
Del inevitable apocalipsis a habitar el compost: Donna Haraway y sus claves para pensar el presente
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Las narrativas escatológicas del segundo milenio cristiano siguen operando de forma secularizada en figuras como Nick Land y su propuesta de la Ilustración oscura. Frente a la lógica del apocalipsis inevitable, Donna Haraway nos propone habitar el compost, quedarse con el problema y hacer nuevos parentescos en un mundo dañado.
Una de las discusiones más interesantes en la obra de la feminista estadounidense Donna Haraway es su crítica a la lógica escatológica del fin de los tiempos. En su obra, Haraway habla permanentemente, de manera algo irónica, del segundo milenio cristiano, y cuando lo hace, usa el concepto para señalar no solo la fecha en la que habitamos en el calendario gregoriano, sino la lógica de una época —este segundo milenio— que, aunque secular, sigue operando desde narrativas cristianas en las que las ideas del apocalipsis y el final de los tiempos ocupan un lugar central. Esa es, en ese sentido, la lógica (ahora secularizada) con la que seguimos operando en este segundo milenio, la lógica con la que nos narramos y, por tanto, construimos nuestra propia subjetividad. Cuando la noción de apocalipsis vuelve a circular con fuerza en los imaginarios contemporáneos y el daño cada vez mayor al planeta parece destinarnos a observar y esperar el fin de los tiempos, resulta interesante volver a la obra de Donna Haraway.

Es Nick Land, uno de los autores de la llamada Ilustración oscSura, quien echa a rodar con fuerza, nuevamente, las nociones de apocalipsis y fin de los tiempos, ideas que en realidad nunca han desaparecido de las narrativas de Occidente o, más bien, de la forma de narrar en sentido moderno. Contar historias bajo la lógica moderna significa unir pasado, presente y futuro en una línea que se dirige al éxito o al fracaso. Sin embargo, esta no es la única forma posible de comprender el tiempo; en el budismo y las visiones indígenas (entre otras) encontramos formas alternativas a esta estructura lineal.
La propuesta de Land (que en buena medida recoge en su texto las ideas de Peter Thiel) reúne todos los elementos que Haraway señala al hablar de las narrativas de este segundo milenio cristiano. No se trata de una narrativa del todo religiosa, sino de una narrativa secular que apela a imaginarios judeocristianos, como el del apocalipsis, para plantear algunas de sus propuestas. En ese sentido, diremos con Haraway que cuando afirmamos que “el sistema nos conduce al progreso” o “el sistema nos llevará a la destrucción”, continuamos habitando estas narrativas (ahora secularizadas), mesiánicas o del fin de los tiempos, que, propondremos, cierran la posibilidad de acoger el acontecimiento y pensar otro tiempo.
Ahora bien, para Land, el apocalipsis no es el juicio final de Dios ni un evento provocado por el cambio climático; es la disolución inevitable y violenta de la especie humana, a partir de la aceleración incontenible que es concomitante con la dinámica misma del capital, disolución que parece estar, ahora, en manos del Tecnocapital del que el mismo Land, convenientemente, hace parte. Es decir, si apelamos a Haraway, las ideas de Land, Thiel y sus compañeros tecnocapitalistas (todos hombres, blancos y hasta hace poco, aparentemente heterosexuales) son una propuesta narrativa que continúa la senda de las narraciones del segundo milenio cristiano no solo porque plantean el final de los tiempos, sino porque realizan, nuevamente, el truco del ojo divino: el gran observador que todo lo ve, pero que no se revela ni es observado.
Dime quién habla o cómo desnudar el truco del ojo divino
Otra de las nociones de Haraway que conecta con su propuesta del segundo milenio cristiano es la del testigo modesto, un gran otro capaz de observarlo todo desde un lugar impoluto y objetivo, desde un no lugar o un lugar no marcado: el ojo de Dios que todo lo ve, pero no es visto. No tenemos que recordar aquí que la IA —esta herramienta que hoy alimenta y, al mismo tiempo, amenaza al mundo, con toda su increíble capacidad de procesar, clasificar y predecir, pero también con su peligrosa trasescena— se parece mucho a la visión de un Dios que todo lo ve y lo sabe, pero que ocupa un lugar que no podemos observar. Para Haraway, esta figura, que puede mirar desde un lugar aparentemente neutro (que, por tanto, oculta sus intereses), se concreta en el siglo XVII con la idea de una ciencia objetiva que ella critica porque no muestra desde dónde es producida ni cuáles son sus intereses, jugando de esta manera con el truco del ojo divino.
Lo que Haraway hace al desnudar esta artimaña es mostrar, precisamente, que esa propuesta es solo una gran narrativa que se ha arrogado el lugar de la objetividad y la verdad, pero que, si miramos con cuidado, nos revela que ha sido producida desde intereses particulares que —ella nos recuerda— son intereses vinculados a las posiciones de cierta élite que también denomina, con humor, hombres blancos muertos. Bien valdría la pena pensar que el relato apocalíptico de Land y sus compañeros es, nuevamente, una narrativa de hombres blancos, inmensamente ricos, y que son sus intereses, sus subjetividades y su particular manera de vivir los que estamos reproduciendo cuando asumimos sus narrativas y su forma de entender el mundo como la historia a la que parece condenado el planeta. El temor que esta narrativa genera es claramente desesperanzador y paralizante. En este sentido, Haraway propone que cuando se presenta el fin del mundo como algo inevitable o el daño planetario como irreversible, corremos el riesgo de cancelar toda agencia política. Pero también debemos señalar que, al asumir esta narrativa como la que mejor refleja nuestros tiempos, estamos soslayando la incómoda pregunta de qué mundo estamos construyendo con ella y a qué intereses particulares le sirve ese mundo.
La sociedad del compost o quedarse con el problema
Pero, por supuesto, no se trata de negar el gran problema en el que estamos metidas. Ni el inmenso daño que ya se ha hecho al planeta ni el inmenso poder de las élites tecnocapitalistas que parecen querer, intencionalmente, precipitar el fin de los tiempos. Este pequeño texto quiere, simplemente, llamar la atención sobre las narrativas a las que les damos estatuto de verdad y los mundos que ellas proponen y, por tanto, ayudamos a construir al repetirlas.
El Manifiesto Chthuluceno es la última gran obra de Haraway y el tercer manifiesto de su producción intelectual, después del Manifiesto cíborg y del Manifiesto de las especies de compañía. La obra es realmente interesante porque responde, precisamente, a las urgencias que atravesamos con el planeta literalmente en llamas. Este aparece en Seguir con el problema: Generar parentesco en el Chthuluceno (2016), donde se proponen formas de habitar y sobrevivir en un planeta profundamente dañado por la crisis ecológica y el capitalismo. Voy a recoger algunos de los puntos que plantea el texto desde la historia bellamente animada por Hayao Miyazaki en el filme Nausicaä del valle del viento (disponible en Netflix) que Haraway recoge en su manifiesto desde un gesto de figuración y especulación feminista (SF): la posibilidad de crear historias como una manera de inventar para poder sobrevivir, fabular para abrir el pensamiento a otros modos de vida hospitalarios con lxs subyugadxs e inferiorizadxs, y proponer un compromiso por y para algo posible y diferente, que trata de activarse y que es ya perceptible en el presente.
Habitar el Chthuluceno
La historia de Nausicaä tiene lugar mil años después de una guerra apocalíptica que destruyó la civilización, la Tierra está cubierta por el Mar de la Descomposición (Fukai), un bosque tóxico custodiado por insectos gigantes llamados Ohmu. Mientras otros reinos intentan erradicar este ecosistema con armas de destrucción masiva, Nausicaä, líder del pacífico Valle del Viento, descubre que los hongos en realidad están purificando el planeta contaminado. Al arriesgar su vida para detener una estampida de Ohmus, Nausicaä demuestra que la supervivencia humana depende de la coexistencia con la naturaleza, logrando que la humanidad se una para sanar el mundo.

Nausicaä del valle del viento, recoge varias de las lecturas y apuestas fundamentales de Haraway para atravesar estos tiempos. Como en esta historia, estamos atravesando, en diversos espacios, lo que Haraway denomina una doble muerte: la muerte que ocurre cuando las acciones humanas del Antropoceno y del Capitaloceno (como el calentamiento global, la extinción masiva de especies, la contaminación por plástico, las zonas muertas oceánicas o la radiación nuclear) matan a multitud de seres y, además (segunda muerte), se rompen para siempre las conexiones que sostenían el ecosistema. Esto provoca un efecto dominó que destruye las relaciones naturales y pone en riesgo el futuro de toda la red ecológica. Es, literalmente, el fin de la continuidad de la vida. Es el Fukai: el gran mar de la descomposición.
Sin embargo, Haraway no se queda en la muerte; por el contrario, para atravesar estos tiempos propone la idea de ser y hacer compost. En este sentido, en una entrevista de este año con el diario El País, afirma que más que como una autora poshumanista, se identifica como alguien que piensa con el compost: “Yo estoy más en el compost, en los estratos, en la materia que se descompone, en el calor del montón de compost en putrefacción; desde ahí es desde donde pienso”. En suma, trabajar desde y con las ruinas y los desechos que deja el sistema (algo a lo que quisiera referirme con más detalle en un próximo texto), a lo que se suma la noción muy polémica de hacer parentesco y no bebés (make kin, not babies).
La princesa Nausicaä no se aísla en un edén del pasado; por el contrario, logra hacer accesible a su comunidad la gran tarea de trabajar en el mundo intoxicado, pero también debemos recordar que, en su mundo en ruinas, que forzosamente decrece en población, entiende que no debe hacerlo sola, sino que debe hacer parentescos inesperados entre diversos grupos humanos y no humanos. La propuesta de Haraway no es la de un antinatalismo, sino la de repensar y redefinir el concepto de familia y parentesco: “Los bebés deberían ser escasos y valiosos”, nos dice en la entrevista que ya he reseñado. Nausicaä, en ese sentido, establece parentesco no solo con otras poblaciones humanas, sino también con otros organismos: nuevos vínculos que dan origen a familias multiespecie. Nada más apropiado para nuestro presente, en el que la definición de lo que es una “verdadera” familia también está en disputa.
Al trabajar desde y con los organismos que surgen del subsuelo, la descomposición y la tierra negra, las propuestas de Haraway también apelan a la oscuridad, pero para pensar en historias de descomposición y reciclaje ético. Para pensar en la vida que surge de la muerte. Frente al lema de Land, “nada humano saldrá con vida del futuro”, Haraway responde que nadie (humano ni máquina) saldrá de aquí sin estar conectado con los demás. No somos individuos aislados ni algoritmos puros; somos humus.

Dos tiempos para dos apuestas
Para Nick Land, la oscuridad del futuro es inevitable y hay que acelerarla de forma destructiva. Para Haraway, habitar la oscuridad del presente implica una exigencia ética. No debemos apartar la mirada del daño ecológico ni de la extinción, pero, en lugar de celebrar el colapso, debemos ponernos a trabajar en la tierra. Su diferencia es la diferencia entre el nihilista que tira una bomba para ver arder el mundo y el jardinero que mete las manos en la tierra negra para intentar revivir un suelo dañado.
También hay dos tiempos para esas dos apuestas: uno que busca y se encamina frenéticamente al futuro (superar el pasado, dejar atrás la humanidad imperfecta) y otro que tiene claro que requerimos de inmanencia (estar hoy con lo que el compost y las ruinas nos piden y nos dan). Las historias oscuras de Haraway son, en última instancia, historias de refugio en tiempos difíciles. Nos recuerdan que en la oscuridad del subsuelo es donde las semillas y el compost preparan, lenta y comunitariamente, la continuidad de la vida. Al traer la historia de Nausicaä, Haraway realiza bellamente un ejercicio de figuración feminista que nos permite imaginar un mundo donde la gran política aún cuenta, pero donde solo las alianzas inesperadas y el trabajo en común pueden ofrecernos refugios habitables.
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Acerca del autor
Liliana Vargas Monroy
*Doctora en Psicología Social de la Universidad Autónoma de Barcelona. Magister en filosofía de la Universidad Javeriana. Investigadora y profesora universitaria. https://liliana-vargas-monroy-3.jimdosite.com/
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