¿Debemos (y podemos) perdonarnos para asegurar la paz? - Razón Pública
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¿Debemos (y podemos) perdonarnos para asegurar la paz?

Escrito por Andrés Felipe Ortega y Juan Carlos Rico

Familiares de desaparecidos en la presentación del informe final de la Comisión de Verdad y Reconciliación en Perú.

Andres_Felipe_OrtegaJuan_RicoUna segunda reflexión en Razón Pública sobre un problema moral que urge en Colombia pero que no por eso es menos complicado ni menos delicado. No todo es cierto para todas las víctimas ni para todos los perdones.  

Andrés Felipe Ortega* – Juan Carlos Rico**

Imperativo moral

En las últimas semanas el perdón parece haberse convertido en un imperativo moral para el posconflicto. Así lo sugirió Francisco de Roux en una columna del 14 de septiembre, y así mismo lo hizo Fadhia Sánchez el 19 de septiembre en Razón Pública.

En algunos sondeos de opinión también se ha hecho eco abierto a aquella idea, como lo hizo la encuesta “percepciones sobre el perdón” patrocinada por la Fundación Ideas para la Paz y la Fundación para la Reconciliación, en conjunto con la firma Cifras & Conceptos, que fue aplicada en septiembre del año pasado.

En este breve texto proponemos algunas reflexiones sobre aquel presumible “imperativo moral”, pues a la luz de algunos casos de justicia transicional y partiendo de la definición jurídica y sociológica del perdón es difícil sostener que una sociedad pueda o deba perdonar para ponerse a la altura ética del momento histórico que vive.

Qué es el perdón

Fuerzas Armadas de Colombia, FARC.
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC.
Foto: Phoenixdiaz

El perdón es, ante todo, una actitud y una actividad personal e íntima. En este campo existe una premisa que suele servir como base para la discusión: perdonar le hace bien al ofendido.

Pero el perdón también hace parte de un aparato conceptual y técnico relacionado con la  justicia transicional. Y de este modo la cuestión se vuelve mucho más compleja en tanto aquí estamos hablando de perdonar violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Un manejo inadecuado de estos delitos puede dar lugar a “vacíos de injusticia” que no le hacen bien a las personas ofendidas y tampoco le hacen bien al país.   

El caso colombiano es un buen ejemplo de esta situación: el presidente Santos sugirió que los colombianos tendríamos que “tragarnos algunos sapos”, incluido el de no ver satisfechas todas las ansias de justicia que tenemos frente a las acciones criminales de las FARC. Pero esta manera de ver el asunto toma en cuenta la participación de apenas uno de los actores del conflicto armado, cuando en el caso de Colombia es evidente la presencia de varios actores con sus varias y distintas responsabilidades por actos criminales.  

En todo caso en el debate nacional parece persistir un ánimo vindicativo que podría arruinar los avances resultantes de la implementación de los acuerdos. Tramitar de manera inadecuada los asuntos relativos al perdón podría dar pie a nuevos ciclos de venganza y de violencias.

Este es un tema emocional, pero también es un tema político. Por eso cobra relevancia la propuesta de la filósofa Martha Nussbaum, quien ha puesto en discusión las emociones que son “cultivadas” por la opinión pública y la forma como estas alimentan la cultura política de los ciudadanos.

El perdón es, ante todo, una actitud y una actividad personal e íntima.

Además, perdonar implica ser consciente de la agresión recibida. Al respecto, Everett Worthington señala la importancia de establecer las diferencias entre ofensas y daños. Estas últimas se refieren al plano físico, mientras que las primeras se refieren, sobre todo, a los daños morales. En el conflicto colombiano hay un grupo definido que ha sufrido los daños directamente: las víctimas. Pero existe también una gran parte de la población que ha sido afectada por las “ofensas”.

En este sentido, el imperativo moral del perdón implicaría que tanto las víctimas directas como el grueso de la población colombiana que se ha sentido afectada por el conflicto se hagan conscientes de la importancia del perdón.

Aprender de otros países

Los procesos de justicia transicional, especialmente a partir de la década de 1980, nos han dejado una serie de lecciones sobre el perdón que bien vale la pena recordar para Colombia:  

  1. No hay fórmulas inequívocas para llegar al perdón. Los casos de Argentina, Sudáfrica, Guatemala o Perú (por mencionar solo algunos) muestran que muchas veces las personas valoran más la asignación de responsabilidades penales que una sentencia rigurosa o que pretenda el castigo y el “borrón y cuenta nueva”. Y sin embargo muchas veces la sociedad civil no se muestra complacida con la idea de un privilegio basado en la reconciliación más que en la justicia. Priscilla Hayner ha confirmado esta realidad tras evaluar las actuaciones de varias comisiones de la verdad.
  2. En términos de legitimidad política es difícil pasar de un sistema tradicional de justicia a uno de justicia transicional. Mientras el primero se encarga de asignar penas para ciertos tipos penales específicos, la segunda se propone reconstruir una sociedad fracturada sobre la base de la búsqueda de la verdad y las garantías de no repetición. Pero al no haber un castigo tradicional, como ocurrió en el caso peruano, la idea de impunidad persiste (y así lo muestra el trabajo de Kimberly Theidon).
  3. Entendido como una relación entre la víctima y el victimario, el perdón no permite ver la serie de condiciones “estructurales” que serían indispensables para garantizar la no repetición. El caso de Sudáfrica es muy diciente al respecto; Alejandro Castillejo ha mostrado que las técnicas transicionales en ese país no lograron acabar con la segregación racial para las mayorías, lo cual hizo que el sueño de la “nación del arcoíris” no pasara de ser un puro sueño.   

La opción de no perdonar

Conferencia de las FARC
Conferencia de las FARC 
Foto: Delegación de Paz FARC EP somos todos 

Volviendo al caso de Colombia recordemos que las FARC en un principio se empeñaron en negar su condición de victimarios y buscaron presentarse como víctimas del Estado y del sistema. Pero en el transcurso del proceso de La Habana fuimos viendo el cambio en el discurso de esta guerrilla y en la recta final ya hemos presenciado las reuniones para pedirles perdón a las víctimas de Bojayá, así como a las familias de los once diputados secuestrados y asesinados y, más recientemente, a las víctimas de la masacre de La Chinita.

Este es un tema emocional, pero también es un tema político. 

En Colombia también hay resistencias frente a la justicia transicional que se consagra en el Acuerdo Final entre el gobierno y las FARC porque no necesariamente implica la privación efectiva de la libertad en cárceles para los miembros de la guerrilla. Por eso debe quedar claro que la justicia transicional no es condición suficiente para garantizar el perdón. El objetivo de este modelo de justicia no es asegurar la justicia en el sentido tradicional sino darle a la sociedad el impulso para reiniciar la senda democrática.

Bajo las circunstancias anteriores es imposible sugerir que exista un perdón “obligatorio”. Superar la lógica del perdón en el ámbito exclusivo de la relación entre víctima y victimario es una condición necesaria para evitar los ciclos de venganza que puedan emerger de aquellos que decidan no perdonar. En últimas, el peligro de no perdonar consiste en que la ola de resentimiento tenga fuerza bastante para desembocar en nuevas atrocidades, como ocurrió en el caso de las “deudas históricas” entre Tutsis y Hutus que desencadenaron el genocidio de Ruanda.

Modificar las condiciones estructurales del conflicto (pobreza, falta de oportunidades, ausencia de una cultura democrática) debe ser una prioridad para que el derecho legítimo de no perdonar no sea el causante de nuevos vejámenes.

 

* Docente de las Universidades Sergio Arboleda y del Bosque, miembro del grupo de investigación en Seguridad y Defensa de la Universidad Nacional. ortegagomez@gmail.com. Twitter: @ortegagomez

** Egresado de la facultad de Ciencias Sociales y estudiante de la maestría en Estudios Culturales de la Universidad de los Andes. jc.rico10@uniandes.edu.co.

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