De Santos a Uribe: “La distancia entre los dos es cada día más grande…” - Razón Pública
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De Santos a Uribe: “La distancia entre los dos es cada día más grande…”

Escrito por Alejo Vargas
Alejo Vargas

Alejo VargasEl panorama político reciente sirve de telón de fondo a la extraña comedia que protagonizan Santos y Uribe. Pero la rapidez con la que se producen los cambios los está empujando a una probable ruptura. Análisis lleno de matices interesantes de un agudo observador de la política colombiana.

Alejo Vargas Velásquez*

Un primer vistazo

Al pasar revista a los resultados electorales —por lo menos sobre la base de los datos parciales disponibles— puede afirmarse que en las elecciones para alcaldías y gobernaciones el Partido Liberal obtuvo mayor número de votos, mientras que para concejos y asambleas el ganador será el Partido de la U; en ambos casos, muy cerca un partido del otro.

Estos resultados globales, junto con los de los demás partidos de la ‘Unidad Nacional’ indican un nítido triunfo para el presidente Santos y su gobierno, que sumado a los altos niveles de aceptación y apoyo que ya traía, le dan una gran legitimidad.

El panorama de las gobernaciones quedó así:

  • Partido Liberal, seis.
  • Partido de la U, cuatro.
  • Alianza Social Independiente, tres.
  • Partido Verde y Cambio Radical, dos gobernaciones cada uno.
  • Mira, Partido Conservador, MIO, AICO y AFROVIDES, una gobernación cada uno.
  • Ocho gobernaciones entre coaliciones de partidos y movimientos ciudadanos.

Lo anterior refleja un panorama muy variado, pero sin una fuerza política hegemónica, lo cual es positivo para nuestra democracia. Cabe destacar que el Movimiento MIRA por primera vez gana una gobernación y tiene el reto de demostrar resultados en la tarea ejecutiva, pues en las corporaciones públicas sus representantes lo han hecho bien.

Igualmente se deben resaltar dos casos de municipios: 

  • el de Bello (Antioquia) donde triunfa el voto en blanco y obliga a repetir la elección, demostrando los ciudadanos no se resignaron a votar por un candidato que les querían imponer.
  • el de Magangué (Bolívar) dónde Marcelo Torres, dirigente del movimiento Progresistas, derrota al candidato apoyado por una controvertida empresaria del chance, lo cual muestra cómo los ciudadanos pueden liberarse de amarres clientelistas o de presiones antidemocráticas.

Petro y los progresistas

Debe destacarse el triunfo de Gustavo Petro en Bogotá. Expresa el triunfo de ese voto atípico de los bogotanos, independiente de las tendencias nacionales. Y no sólo merece reflexión por tratarse del segundo cargo en importancia del país, sino por ser un antiguo miembro del grupo guerrillero M-19, con todo el simbolismo que esto conlleva, pues expresa la generosidad de elegir como gobernante de la ciudad capital a un ex insurgente que ha jugado limpio con la democracia.

Es probable que se esté iniciando la construcción de un nuevo movimiento de izquierda democrática, Progresistas, que represente una opción distinta, más flexible y conciliadora, respecto de la izquierda más rígida que parecería ser la posición actual del Polo, muy golpeado por los electores, como sanción por el desastre de la administración de Bogotá.

Parecería en efecto que el movimiento que ganó en Bogotá, el que triunfó en Magangué, el que lideró Raúl Delgado y ganó la gobernación en Nariño, junto con un sector de la bancada del Polo que ha expresado su descontento con el manejo actual de ese partido, constituyen la base para la consolidación nacional de un movimiento suficientemente anclado en la realidad y que no pretenda tener el monopolio de la izquierda democrática.

Pelea de uno solo

La derrota de los principales candidatos que apoyó Álvaro Uribe Vélez no puede interpretarse sino como un descalabro para el ex presidente, aunque este sea un fenómeno recurrente de la historia: salvo casos muy excepcionales, los líderes caudillistas no consiguen transferir a otros su apoyo electoral.

Por el contrario, el presidente Santos fue un ganador neto en tanto triunfaron las fuerzas que integran su coalición de gobierno. Esto, junto con el nombramiento de Rafael Pardo, director del Partido Liberal, como Ministro del Trabajo, produjo una nueva seguidilla de críticas de Uribe contra el gobierno Santos. Sin embargo, dado el estilo de Santos, difícilmente va a dejar ubicarse en la posición de antagonista en un mismo nivel con el ex presidente.

Dos vidas paralelas

Pero los dos parecen condenados a compartir vidas paralelas e inextricablemente interconectadas, aunque Santos y Uribe desde un principio han tenido similitudes y diferencias.

Santos desciende de una aristocrática familia bogotana y recibió una educación acorde, tanto en Colombia como en el exterior. Uribe viene de una familia paisa de empresarios agropecuarios y se formó en el ámbito de la educación pública.

Ambos nacen políticamente en el Partido Liberal: el primero, como heredero de la tendencia santista y de la casa editorial El Tiempo; el segundo hará la mayor parte de su carrera dentro del liberalismo, primero bajo el ‘paraguas’ de Bernardo Guerra Serna y luego como parte de la tendencia liderada por Ernesto Samper. Ambos habían recibido honores y representaciones políticas dentro del Partido Liberal. Ambos lo abandonan posteriormente, más por cálculos político-electorales, que por diferencias ideológicas.

Progresivamente se echa de ver que Santos conserva coincidencias ideológicas y programáticas con el liberalismo, pero sobre todo de talante. Para Santos, dentro de una concepción moderna de la política, no se puede concebir la existencia de enemigos —de enemistades absolutas en los términos de Carl Schmitt— sino de adversarios con los cuales siempre es posible llegar a acuerdos.

Por su parte, Álvaro Uribe mostró cada vez más su alineación con tesis de raigambre conservadora y su talante de caudillo populista de derecha; tiende a mirar la política en términos de amigos y enemigos –ahí sí enemistades absolutas según Schmitt– y por consiguiente deja pocos espacios para acuerdos. Su lectura de la lealtad política es en términos igualmente absolutos –donde radica probablemente su profunda inquina contra Germán Vargas Lleras y Rafael Pardo, aliados iniciales de su gobierno.

Delfín con agenda propia

Pero Uribe y Santos coincidieron cuando el primero requirió un apoyo político organizado en función de su reelección y el segundo igualmente buscaba ‘pista’ para salir de la oposición e ingresar a las toldas del oficialismo, que por entonces era prácticamente imbatible.

Santos entonces lideró la organización del Partido de la U, apoyándose sobre una serie de jefes liberales que habían migrado a las toldas del ‘uribismo’ mediante la vieja práctica del transfuguismo –tan común en la política colombiana– y que temían no alcanzar por sí solos el umbral establecido por la reforma política de 2003.

Santos cumplió una gestión muy importante durante el segundo gobierno de Uribe y, a decir verdad mientras estuvo al frente del Ministerio de Defensa se le propinaron los golpes más contundentes a las FARC, golpes que no se habían producido durante el primer gobierno Uribe, a pesar del discurso guerrerista. Esto catapultó a Santos como heredero natural de Uribe, en caso de no prosperar la segunda reelección.

Todo indica que Uribe no consideraba a Santos totalmente confiable y era evidente que había depositado sus afectos y su confianza como sucesor en Andrés Felipe Arias. Sin duda tenía razón: Santos no tiene el perfil de un gobernante que se deje influenciar fácilmente y cuenta con agenda propia. Está buscando cómo y por qué pasar a la historia, como sucede generalmente con titulares de alto perfil en un régimen presidencialista.

Uribe, sí y no a la oposición

Desde el inicio de su gobierno –incluso desde su triunfo en la primera vuelta– Santos comenzó a marcar diferencias con su antecesor, no sólo con un talante más conciliador y respetuoso de sus oponentes –tanto nacionales como internacionales–, sino al formar una amplia coalición que incluía al Partido Liberal y además a Cambio Radical —que habiendo acompañado a Uribe en sus gobiernos, no apoyó la segunda reelección.

Fue así como Santos logró que la llamada ‘Unidad Nacional’ reuniera cerca del 90 por ciento de los congresistas –partidos de la U, Conservador, Liberal, Cambio Radical y recientemente el Verde– lo cual le ha conferido un holgado margen para impulsar sus iniciativas.

Lo anterior no parece agradar para nada al expresidente Uribe y al círculo de sus seguidores. Las revelaciones, los ataques y las acciones penales emprendidos por la Fiscalía y la Corte Suprema contra buena parte de los altos funcionarios del círculo íntimo del gobierno Uribe, han elevado la tensión a tal punto que algunos prevén que el propio Uribe se convertirá pronto en el líder de la oposición.

Sin embargo, conviene matizar el análisis anterior: 

  • Primero, porque el presidente Santos ha decidido seguir una estrategia que elude cualquier confrontación abierta con su antecesor, lo cual dejaría al expresidente Uribe como un gladiador en la arena, pero sin con quién enfrentarse, más allá de su propia sombra.
  • Segundo, porque si se llegara a agudizar aún más esta tensión, lo previsible podría ser que se acelere la reunificación del ‘Gran Partido Liberal’, no sólo con el Partido Cambio Radical –proceso que al parecer es inevitable a mediano plazo– sino con un sector del Partido de la U de origen liberal, lo cual dejaría al liberalismo como el gran partido de gobierno, con la jefatura natural del presidente Santos y con posibilidades de mantenerse en el poder por un largo tiempo, y al Partido de la U al borde de la extinción.

La paz de la discordia

Un nueva controversia podría surgir si se dieran acercamientos con las guerrillas, haciendo uso de la ‘llave de la paz’ que el presidente ha dicho tener entre el bolsillo y aprovechando el clima psicológico derivado de los golpes contundentes que las Fuerzas Armadas acaban de propinar a las FARC. En este campo, el expresidente Uribe parece seguir siendo partidario acérrimo de una salida exclusivamente militar.

Por su parte, el presidente Santos parece poner un cierto énfasis en la posibilidad de una salida negociada para cerrar definitivamente este ciclo de violencia –que por supuesto hoy nadie tiene claro cómo sería, aunque lo único que nadie quiere es repetir la frustrada experiencia del Caguán–.

Tercera reelección

Algunos pretenden justificar el activismo del expresidente con el argumento de que está defendiendo lo que considera su principal herencia –la seguridad democrática, la confianza inversionista y la cohesión social–; pero, todo indica que el camino escogido para pretender su objetivo no es el adecuado y que por el contrario está causando una cierta fatiga entre amplios sectores de la opinión.

Es claro que el gobierno Santos ha continuado en lo esencial las políticas de Uribe –con los cambios normales de los nuevos tiempos– y que ha modificado solo aspectos de forma, que por supuesto han ayudado a crear la sensación de cambio positivo durante este año largo de gobierno.

Por último, en ciertos sectores de opinión ha ido creciendo la sospecha de que el expresidente Uribe no ha descartado la posibilidad de ser reelegido algún día. Pero como esto supone una reforma constitucional –que se parecería más a un cambio de constitución– sospechan que la opción de convocar una nueva Constituyente con el pretexto de reformar de la justicia, escondería realmente la intención de permitir el retorno de Uribe a la presidencia.

Para muchos otros, por el contrario, eso son solamente sueños y como sueños van a mantenerse.

* Profesor Titular de la Universidad Nacional.

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