¿De qué hablamos cuando decimos “terrorismo”? - Razón Pública
Mauricio_Jaramillo_Jassir_

¿De qué hablamos cuando decimos “terrorismo”?

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Mauricio_Jaramillo_Jassir_Esta palabra tiene muchos sentidos, y quienes la usan no siempre son coherentes. Explicación necesaria para que los actores políticos, especialmente los colombianos, se pronuncien con seriedad sobre este tema.

Mauricio Jaramillo Jassir*

El Senador Álvaro Uribe junto a la bancada del Centro Democrático.

Trinar sin pensar 

Las declaraciones desacertadas de algunos políticos colombianos que en esta misma semana han trazado paralelos entre el conflicto colombiano y la lucha global contra el terrorismo significan un retroceso por al menos tres razones:

  • Porque hacen más difícil entender nuestra compleja guerra interna;
  • Porque empantanan el proceso de reconciliación nacional, y
  • Porque simplifican el fenómeno del terrorismo global, que poco o nada tiene que ver con el conflicto colombiano.

Durante los ocho años del gobierno Uribe, la opinión pública se alejó de la idea de un “conflicto armado interno” y se acercó peligrosamente a la simplificación que conlleva la  etiqueta de “terrorismo”. Esta visión alineó a Colombia con quienes defendían la intervención militar como medio para cortar de raíz “el terrorismo” y proteger los derechos humanos.

Por eso, contra  la posición de casi todos los países latinoamericanos, el gobierno Uribe apoyó la invasión de Irak por parte de Estados Unidos, así como los bombardeos en Libia por parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). A petición del Polo Democrático Alternativo (PDA) en abril de 2003 el Congreso citó a la canciller Carolina Barco para que diera cuenta de la posición colombiana sobre la intervención en Irak; la ministra declaró que "al participar en esta coalición, nuestro país fortalece la posición internacional para conseguir aliados que nos ayuden a derrotar a nivel interno este flagelo".

Este tipo de paralelos es inexacto, demagógico y desconoce la lógica detrás del fenómeno del terrorismo en el plano mundial.

Precisiones e imprecisiones

El Presidente de Irán Hassan Rouhani.
El Presidente de Irán Hassan Rouhani.
Foto: Asia Society

Aunque se ha repetido hasta la saciedad, hay que empezar por decir que no existe consenso sobre el sentido de la expresión “terrorismo”, incluso en este momento de rechazo internacional por acciones como las ejecutadas contra Francia, Nigeria, Malí y Rusia.

Existe, eso sí, claridad acerca de la urgencia de combatir el flagelo, y en este sentido han sido emitidas las resoluciones 1373 de 2001 y 1624 de 2005 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Pero las resoluciones no implican ni siquiera un preacuerdo sobre el significado de ese flagelo.

La definición actual del terrorismo y las estrategias basadas en ella parecen hechas a la medida de las potencias occidentales

Pocos Estados han tenido un discurso coherente acerca del problema. Por ejemplo es evidente que ni Estados Unidos, ni Francia ni el Reino Unido han guardado coherencia entre el discurso y la acción: como se puede ver en Medio Oriente, estas potencias apoyan con cinismo a países como Arabia Saudí, Israel o Qatar, promotores o causantes de terror entra la población inerme, según muestran los desastres de Irak, Yemen y Afganistán.  

La cambiante posición colombiana

Colombia está entre los países con un discurso inconstante sobre el terrorismo. Pese a que el Código Penal se ocupa de este delito, la actitud cambiante de los gobiernos frente a las guerrillas, demuestra que el Estado ha estado lejos de tener una actitud permanente. Para no remontarse muy atrás en la historia, durante los mandatos de Andrés Pastrana y Álvaro Uribe, el gobierno vaciló en su definición del problema:  

-Pastrana reconoció un estatus político a la guerrilla y negoció con las FARC, pero en febrero de 2002 abandonó la “diplomacia por la paz” (su política exterior orientada a conseguir apoyos para el proceso de negociación) y emprendió la tarea de aislar a las guerrillas presentándolas como “terroristas”.

-También debe recordarse que en los primeros días de su gobierno, Uribe trató de  negociar con las FARC y pidió los buenos oficios del secretario general de Naciones Unidas Kofi Annan, quien aceptó aclarando que podía actuar como facilitador pero no como oficiante. Las FARC rechazaron esta postura de manera tajante, y añadieron que ni la mediación del papá Juan Pablo II ni de la reina Isabel podía convencerlas de dialogar con Uribe.  

Un caso de coherencia

Son pues pocos los Estados que han sostenido una visión coherente acerca del terrorismo,  y, de hecho la prensa internacional minimiza su importancia.

Por ejemplo Irán desde hace décadas ha sido enfático en señalar el peligro que representa el fundamentalismo religioso sunnita, así como la ferocidad inusitada contra la población chií en varias regiones del mundo.  Este reclamo ha sido desoído y en cambio muchos en Occidente ven a Irán como una grave amenaza contra la paz mundial– sin obstar la vocación pacífica de ese país después de la revolución de 1979 y corroborada por la elección de Hassan Rohani y la derrota del proyecto nacionalista en 2013-.

No hace mucho el canciller iraní propuso una fórmula  para combatir lo que Teherán denomina “fundamentalismo religioso”, fórmula  que viene a ser más más realista y más democrática que la de Occidente en su lucha contra el terrorismo, porque comienza por reconocer la diversidad de percepciones.

En el resto del mundo, la definición actual del terrorismo y las estrategias basadas en ella parecen hechas a la medida de las potencias occidentales, para servir a sus intereses geopolíticos o simplemente para avalar su proyecto de democratización en el Medio Oriente, que ha sido bastante torpe aunque bien intencionado.    

Nueva dimensión del fenómeno

El Jefe negociador del Gobierno Nacional, Humberto de la Calle.
El Jefe negociador del Gobierno Nacional, Humberto de la Calle.
Foto: Omar Nieto / Oficina del Alto Comisionado para la Paz

A comienzos del siglo XXI, el terrorismo se concentraba en Asia Central, concretamente  en Afganistán y Pakistán. Hoy por hoy el fenómeno está en auge en la zona del Sahel, en el África Subsahariana, una región donde las batallas serán aún más  difíciles porque las instituciones por regla general son más débiles que las de Oriente Medio, donde predominan los Estados autoritarios.

No debemos aceptar que se tracen paralelos entre el conflicto colombiano y la violencia fundamentalista en otras latitudes

En Malí por ejemplo las Fuerzas Militares son tan débiles que paradójicamente se tomaron el poder para buscar mayor apoyo internacional en el combate contra el secesionismo en la región de Azawad, donde soplaban vientos de independencia entre la población tuareg. Algo similar se observa en los golpes de Estado en Burkina Faso y en Mauritania, o en la debilidad del gobierno de Nigeria para controlar el norte de su país.

Colombia desfasada

Colombia tiene muy poco que ver con el entramado de la confrontación global contra el terrorismo, salvo por su apoyo desafortunado a la invasión de Irak, lo cual la hace corresponsable de la muerte de millones de iraquíes y del desastre que resultó de aquella operación.  

Por eso no debemos aceptar que se tracen paralelos entre el conflicto colombiano y la violencia fundamentalista en otras latitudes. Y menos todavía cuando quienes formulan este tipo de comparaciones no suelen mencionar que el gobierno de Uribe participó de la trágica situación que hoy aqueja a millones de iraquíes.

A quienes por estos días critican las negociaciones de Santos con las FARC con el argumento de la “guerra mundial contra el terrorismo”, habría que recordarles que Desdmond Tutu, premio nobel de paz surafricano, propuso que la Corte Penal Internacional juzgara a George W. Bush y a Tony Blair por los crímenes de guerra cometidos en suelo iraquí. Pero el gobierno colombiano avaló esta fatídica intervención, creyendo que con ello fortalecería la lucha contra las FARC. Esto implicó un retroceso en la política exterior colombiana, que el presidente Santos ha querido corregir tímidamente.

Desafortunadamente, en Colombia se mantiene la actitud testaruda sobre aspectos sensitivos de la política internacional (como el no reconocer al Estado Palestino) con la idea equivocada de que el conflicto interno está ligado al terrorismo fundamentalista internacional. Esta creencia implica un desfase entre la política exterior, por una parte, y por la otra el discurso nacional en materia de pluralismo y los compromisos internacionales de Colombia contra la violencia religiosa.

Durante muchos años la asociación forzada entre el discurso interno de defensa y la doctrina de seguridad nacional que Estados Unidos acuñó a propósito de la Guerra Fría llevó a graves abusos y violaciones de los derechos humanos en Colombia. Esta creencia   obedeció a una lectura simplista sobre la realidad internacional: la Guerra Fría se acabó en  1989 y -precisamente a partir de ese momento- las FARC comenzaron a registrar el más acelerado crecimiento de su historia, hasta llegar a unos 20 mil combatientes.

Esta lección debería servirnos para evitar el uso de conceptos imprecisos pero cargados de connotaciones morales y políticas – como el de terrorismo- para caracterizar actores, procesos y fenómenos de modos que en efecto promueven intereses partidistas.

Desconocer los avances en el proceso de La Habana a punta de comparaciones que despistan, es apenas otra forma de prolongar el conflicto que desde hace más de medio siglo ha desangrado a Colombia.

 

* Magíster en Geopolítica de París 8, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario

Acerca del autor

Mauricio Jaramillo-Jassir
mauricioj-j@razonpublica.org.co |  + posts

* Profesor de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario, autor del libro Anatomía heterodoxa del populismo. Editorial de la U. del Rosario.

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* Profesor de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario, autor del libro Anatomía heterodoxa del populismo. Editorial de la U. del Rosario.

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