
Cumbre Europea de Seguridad: Rearme entre la languidez democrática y el ascenso autocrático
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El objetivo de la próxima Cumbre Extraordinaria de la Unión Europea del 6 de marzo es rearmarse ante el viraje de la posición estadounidense respecto de la seguridad en Europa. Lo que allí suceda tendrá sin duda repercusiones en el mundo.
Las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia para terminar la invasión rusa en Ucrania son un síntoma de la ruptura del eje euroatlántico y el abandono de los principios democráticos liberales por parte de Estados Unidos, como derrotero contra el avance de autocracias en el sistema internacional.
Lo anterior se expresa en el desdén de Washington por atender los dilemas de seguridad en Europa, con lo que abandona uno de sus principales intereses estratégicos y geopolíticos desde la segunda guerra mundial. Esto se acompasa con las críticas sistemáticas de Trump contra la OTAN, el alineamiento con las posturas de Rusia y las medidas arancelarias del 25% a productos de los países de la Unión Europea.
Habrá quienes expliquen el comportamiento de Estados Unidos desde preceptos de interés nacional; sin embargo, ese país, al igual que cualquier otro Estado, se ha conducido desde siempre guiado por el interés nacional, pero canalizado en el marco de una cooperación basada en un mismo sistema de ideas y valores democráticos liberales. Es aquí donde se da el punto de inflexión: Estados Unidos probablemente está cambiando su paradigma democrático liberal y republicano, base de su independencia, por un sistema basado en el ultranacionalismo antiglobalista con fuertes indicios de xenofobia enmascarada en riesgos de seguridad nacional, con lo que construye un hábil sistema de identidades predatorias donde todo lo que no sea blanco, protestante, angloparlante y nacionalista representa una potencial amenaza a la Nación.
En Europa no corren vientos distintos, los ultranacionalismos en Francia, Hungría, España, Alemania e Italia hacen carrera y cosechan triunfos políticos y electorales cada vez más importantes, aupados por presuntas operaciones de influencia e información de los servicios de inteligencia de Rusia. Resulta paradójico ver por ejemplo en España marchas contra la OTAN y la Unión Europea cuando durante décadas estas organizaciones fueron las responsables de sacar al país ibérico del ostracismo retardatario en la dictadura de Franco para insertarlo –a fuerza de muchos millones de dólares– en la sociedad europea moderna.
Así, mientras el presidente Trump cree que obtiene réditos negociando con Rusia para disminuir el esfuerzo militar en Europa y asegurar el acceso a activos estratégicos ucranianos como las tierras raras, Rusia gana mucho más: la validación política y la impunidad jurídica de una invasión militar que trasgredió todos los acuerdos del sistema internacional contemporáneo ante la complaciente mirada de las Naciones Unidas; la exención tácita de cualquier responsabilidad por la violación a los derechos humanos y el Derecho Internacional Humanitario, la patente de corso para justificar la visión expansionista de su proyecto geopolítico autocrático sobre Europa y otras regiones del mundo, y el oxígeno suficiente para seguir adelante en su intención de sustituir los liberalismos democráticos por una versión propia de “multipolaridad” que no es otra cosa que el socavamiento de las bases de toda democracia liberal, es decir, la libertad de expresión, las libertades individuales y el pluralismo político.
En todo ello, algunos gobiernos europeos que aún perciben la amenaza que representa Rusia para su seguridad nacional redoblan tardíamente sus esfuerzos para garantizar capacidades disuasivas creíbles contra Moscú en un escenario donde la asistencia de Estados Unidos es cada vez más improbable. Polonia, Alemania, Suecia, Noruega, Reino Unido y, naturalmente, Ucrania han venido alertando sobre la probabilidad ascendente de una guerra sistémica con Rusia en el curso de los próximos seis años, y en ese sentido han aumentado su gasto en defensa. Ese es el objetivo de la próxima Cumbre Extraordinaria de la Unión Europea del 6 de marzo: rearmarse ante el viraje de la posición estadounidense respecto de la seguridad en Europa.
Por su parte, Rusia y Corea del Norte han firmado pactos de asistencia militar recíproca mientras China, según informes de inteligencia de Finlandia, suministra a Rusia material e insumos estratégicos para sostener su invasión a Ucrania. Las recientes cumbres de los BRICS en Kazán y San Petersburgo dejaron ver un apoyo parcial de los miembros a las visiones de Rusia y China sobre la necesidad de transformar el sistema internacional a través de una ambiciosa agenda de cooperación por alineamiento que ya vienen adelantando en varias partes del mundo en donde el común denominador es la asociación tendencialmente preferente de estas potencias con gobiernos autocráticos y autoritarismos disfrazados de democracias afines a Moscú y Beijing, tal como ha venido sucediendo en Afganistán, Mali, Níger, Burkina Faso, Vietnam, Bielorrusia, Venezuela, Nicaragua y Cuba, por poner solo algunos ejemplos.

Lo que suceda en Europa tendrá sin duda repercusiones en el mundo. Toda guerra trae consigo presiones inflacionarias, rupturas en las cadenas globales de suministro, restricciones financieras y comerciales por sanciones impuestas, volatilidad en los tipos de cambio, incremento en los precios internacionales de las commodities, alineamientos políticos de gobiernos alrededor del mundo y una reacomodación resultante de nuevos regionalismos basados en lealtades e intereses políticos y económicos.
En todo ello, el fanatismo ultranacionalista, dogma que no admite cambio, controversia o discusión, parece imponerse como el criterio orientador sobre el que se fundamentará a corto y mediano plazo todo proceso de dilución o fortalecimiento de la cooperación internacional en temas de seguridad y defensa, y será, por tanto, el elemento más probable sobre el que se erigirán las guerras regionales y sistémicas por venir; máxime si se compara con el languidecido y debilitado precepto democrático liberal que ni la misma Organización de las Naciones Unidas pudo o quiso defender desde la invasión rusa a Ucrania.
Por último, el debilitamiento de las instituciones democráticas e internacionales traerá consigo una enorme vulnerabilidad para observar y exigir el cumplimiento del Derecho Internacional Humanitario y los Derechos Humanos. Por ende, la guerra que se cierne sobre Europa no será limpia y Rusia ya ha dejado ver ello con sus acciones sobre Ucrania. Casi con certeza se combinarán formas de guerra híbrida, acciones en zona gris y guerra irrestricta que llevarán las confrontaciones al plano informacional, a las escuelas y hospitales; usando a la población civil, haciendo sabotaje a infraestructuras de uso civil, cables submarinos, satélites; explotando toda serie de recursos y activos estratégicos y reactivando la temida y difícilmente controlable disuasión nuclear.
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Farid Badrán
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