Cuando lo nuevo se parece a lo viejo: crisis de representación en las elecciones juveniles
Foto: X: Alcaldía Local de Engativá

Cuando lo nuevo se parece a lo viejo: crisis de representación en las elecciones juveniles

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Al final, gran ausente no es solo el votante: es la confianza. La juventud, atrapada entre la ilusión de cambio y la certeza del desencanto, sigue buscando un lugar desde donde su voz no solo cuente, sino que valga.

El fenómeno de la ausencia ha resultado, nuevamente, victorioso. El abstencionismo fue el gran protagonista de la jornada electoral. Cuatro años han transcurrido y la participación apenas creció 2,39%. De los más de once millones de jóvenes habilitados para votar, solo 1.501.311 lo hicieron. El resto (más de diez millones) decidió no asistir a las urnas. Un silencio que resulta, irónicamente, ruidoso. 

Entre la desconfianza y el voto castigo

Para quienes insisten en ver el vaso medio lleno, tal vez haya algo de esperanza en el discreto aumento de la participación. No obstante, esa ilusión resulta frágil frente a las inquietudes que persisten: ¿Cuál es, verdaderamente, el lugar de los jóvenes en los espacios de representación?; ¿Cómo están siendo percibidos desde este lado de la mesa?

Para los propósitos prácticos de esta columna, nos centraremos en el segundo de los cuestionamientos, pues ello podría ayudarnos a comprender la amplitud de un panorama que aún no logra vencer de manera contundente el abstencionismo y cuyo leve aumento en la participación se concentró, paradójicamente, en los partidos históricamente tradicionales —incluido el autodenominado alternativo—. Un vistazo a los resultados refleja esta tendencia:

  1. Partido Liberal: 147.674 votos (10,17 %)
  2. Partido Conservador: 98.453 votos (6,78 %)
  3. Centro Democrático: 84.476 votos (5,81 %)
  4. Cambio Radical: 78.688 votos (5,42 %)
  5. Alianza Verde: 65.200 votos (4,49 %)

No hay que ser experto para reconocerlo: los primeros cinco puestos corresponden a partidos económica y territorialmente consolidados. Además, se ubican, en su mayoría, dentro de un espectro político hacia la derecha, con excepción de la Alianza Verde, que ha funcionado el partido atrapalotodo histórico de los autodenominados sectores alternativos. 

Muchas lecturas pueden hacerse al respecto. Para quienes se sienten más cercanos a ese espectro diestro, podría interpretarse como un “retorno” de la juventud a los lugares (o valores) “correctos”. Para quienes se ubican más lejos de él, tal vez sea una evidencia de un godismo que, pese al paso del tiempo, no ha logrado desfallecer. 

Sea cual sea la lectura, es necesario volver a la pregunta. La primera hipótesis que se explorará para intentar responderla sostiene que la juventud no logra mantener una afinidad militante (o siquiera simpatizante) con las estructuras partidistas. Más que identificarse con ellas, muchos jóvenes las perciben como plataformas de acceso a los espacios de representación. Y no se trata, conviene aclararlo, de una decisión estrictamente individual. A estas alturas del desarrollo de la democracia participativa en Colombia, resulta evidente que escapar a la influencia de los partidos hegemónicos sigue siendo una tarea sumamente compleja, pues son estos los que concentran los recursos, las redes, y las garantías de obtener un lugar real en las arenas decisivas.

Asimismo, como se expuso en la primera versión de esta serie de columnas, los partidos logran identificar un capital electoral no solo en quienes se suman directamente a sus listas, sino también en la fidelidad de sus núcleos primarios: aquellos tejidos que van desde los lazos familiares hasta los entornos escolares o laborales. 

Ahora bien, un segundo escenario supone que los jóvenes llegan a los partidos con absoluta convicción. Esto puede tener sentido si se considera la creciente sensibilidad generacional ante la propaganda moral conservadora en el ámbito digital, la cual ejerce una influencia evidente sobre sus valores políticos generacionales y, por ende, sobre su expresión en las urnas. 

Desde una lectura personal, de ser este el caso, cabría esperar un resultado más amplio en términos generales. Sin embargo, como aquí se trata de explorar diversas causas, no volveremos a profundizar en la figura del abstencionismo, sino que mantendremos el foco en los resultados cuantitativos. 

Por tanto, pasaremos a la hipótesis número tres: la existencia de un contexto de voto castigo, en el que las promesas de “orden” terminan resultando emocionalmente más seguras que las promesas del cambio. En otras palabras, la narrativa del orden ofrece “certezas” frente a un entorno percibido como inestable, incierto o decepcionante. No es casual que esta retórica encuentre eco en sectores juveniles: la frustración ante la lentitud del cambio social puede traducirse en un deseo de “normalidad” más que de transformación. Así, una parte del electorado joven habría votado menos movida por convicción ideológica que por una necesidad emocional de contención.

En este sentido, la posible insatisfacción con el primer ejercicio de administración de izquierda pudo haber influido en esta tendencia. No necesariamente porque existiera una adhesión previa a los proyectos progresistas, sino porque las expectativas de renovación fueron altas y los resultados percibidos, limitados. De allí que algunos jóvenes hayan optado por “volver a jugar con lo conocido”.

Foto: Alcaldía local de Engativá

Listas independientes y crisis de representación

Una vez identificadas las principales causales de elección, el siguiente paso es indagar el lugar de las listas independientes dentro de la contienda. En lo que respecta a las mismas, para estas elecciones concentraron alrededor del 28% de los votos. Surge entonces la pregunta: ¿Tienen realmente la capacidad de competir dentro del sistema político? Y, más aún, ¿Poseen la fuerza necesaria para consolidarse como futuros partidos políticos? Para aproximarnos a esta reflexión, proponemos describir dos posibles orígenes del ejercicio, basando nuestro análisis en las principales ciudades capitales del país. 

Por un lado, estas listas representan a sectores alternativos juveniles que desconfían de la oferta actual de partidos tradicionales. Sus experiencias, demandas y necesidades no logran alinearse muchas veces en un único partido, lo que los lleva a constituir sus propios procesos políticos con el propósito de alcanzar la elección. No obstante, muchos de estos movimientos no logran prosperar en el tiempo ante las dificultades de mantener un proyecto político con solidez.

Pero del otro lado, las listas también fueron vistas como una herramienta para “reencaucharse”: una estrategia de liderazgos que proviene de los partidos tradicionales, que buscaron conformar una suerte de listas paralelas que les permiten acceder a las curules reservadas a los independientes, pero también son una forma de demostrar el poder de movilización de estructuras, al disponer recursos y logística para los jóvenes candidatos. Tal es el caso del Movimiento 180 en Bucaramanga, nacida del seno la iglesia G12 presente en la ciudad, la cual es parte del conocido Movimiento Carismático Internacional de César y Emma Claudia Castellanos, quienes han mantenido su estructura política de manera modesta tras el fallido intento de poner a Sara Castellanos en el senado, relacionándose con casas políticas regionales y locales.

Teniendo en cuenta estos orígenes que planteamos, podemos decir que la verdadera fortaleza de estas listas no está en sobrevivir como partidos, sino en dejar huella en la conversación pública: en abrir grietas simbólicas dentro del sistema. Es decir, su impacto político puede ser más cultural que electoral.

Ahora bien, la reflexión debería ir en torno a las realidades de la democracia en el país, la cual se nutre con los resultados de estas elecciones juveniles; hay que hablar abiertamente de una crisis de los partidos que se ha venido manifestando, principalmente, con la fragmentación en aumento durante los comicios de los últimos años.

Y es que las listas independientes se pueden explicar en el marco de esta crisis de los partidos (siendo resultado de la fragmentación); aunque este análisis explora dos fuentes de origen de las listas, estas nacen del mismo problema: la gente no se siente representada en los partidos políticos, estos no logran recoger las demandas ciudadanas en sus programas, los partidos parecen funcionar más en torno a entregar avales que a lograr consensos para construir su proyecto político. 

En estas elecciones, los partidos (en especial los de derecha) lograron consolidar su poder en torno al clientelismo y la repetición de las mismas mañas que han servido por años en nuestra democracia para mantener una relación elector-partido más cercana, esto en un país donde la militancia no es más que un carné para guardar en la billetera. Los partidos entonces parecen entender el impacto de la fragmentación en la solidez de sus estructuras, al redirigir sus esfuerzos a conseguir capital electoral que les permita mantener sus puestos dentro del Estado y con esto salvaguardar sus redes clientelares.

Al final, el gran ausente no es solo el votante: es la confianza. La juventud, atrapada entre la ilusión de cambio y la certeza del desencanto, sigue buscando un lugar desde donde su voz no solo cuente, sino que valga. 

Le recomendamos: El Estado, los jóvenes y el simulacro de la democracia

Acerca del autor

Nicolás Andrés Bohórquez
nbohorquez@razonpublica.org |  + posts

* Politólogo de la Universidad Pontificia Bolivariana.

María Valentina Ortiz

*Politóloga egresada de la Universidad Pontificia Bolivariana y estudiante de la Maestría en Intervención Social en la Universidad Industrial de Santander. Investigadora con énfasis en la Seguridad y la Convivencia Ciudadana. Participante de la sección interdisciplinar voluntaria del Comité Cultural de Zapamanga.

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