Crónica de una mirada: la belleza particular del barrio Santafé - Razón Pública
Inicio TemasArte y Cultura Crónica de una mirada: la belleza particular del barrio Santafé

Crónica de una mirada: la belleza particular del barrio Santafé

Escrito por Edson Rodríguez
Edson_David_Rodrguez

Edson_David_RodrguezEn la tradición de Walter Benjamin, un safari de miradas por este barrio especial de Bogotá sirve para reflexionar sobre la diversidad sexual y la realidad cotidiana de la marginalidad.

Edson David Rodríguez Uribe*

La intención y la mirada

La cita era a las 9:00 a.m. en la calle 22, vía principal del barrio Santafé en la ciudad de Bogotá. Este sector es conocido como una zona de tolerancia debido al trabajo de prostitución que allí se desarrolla.

  santafe
 

Nuestro objetivo era acompañar a Diana, una líder política de la comunidad LGBTI de la ciudad, a un recorrido que nos permitiera afinar nuestros sentidos y ver, escuchar, oler, sentir el barrio y sus habitantes.

Al llegar, me sentí desubicado, no geográfica sino procedimentalmente: no tenía ni idea de qué carajos era lo que tenía que hacer. Muy a las 9:00 en punto de la mañana de un martes, en el barrio se sentía un ambiente festivo, como la preparación de un carnaval. No me imagino cómo será un viernes en la tarde en este lugar.

El paisaje del barrio era justo el que esperaba: el comercio normal de un barrio bogotano, acompañado de mendicidad y trabajadoras sexuales madrugadoras. Al llegar, vi todo con naturalidad, lo que no noté en ese primer momento fue que mi trabajo debía enfocarse justo allí, en la mirada.

El grupo llegó, nos reunimos con Diana y con Carmen, la investigadora que, muy amablemente, nos había invitado. Diana era, como ella misma lo dijo, una mujer de sexo masculino. El género –decía– es una construcción social mientras que el sexo es una condición con la que nacemos.

Mi primera impresión fue, seguramente, igual a la de muchos de ustedes al ver a una negra de 1.90 mts de estatura, cabello negro con rayos rojos agarrado por una moña, vestía un pantalón de sudadera ligero, una camiseta escotada y llevaba un abrigo enorme que había traído de Francia en el 89. Su voz gruesa develaba su sexo pero sus palabras respaldaban su género. Una mujer de sexo masculino que conocía el barrio como la palma de su mano. Acariciaba a Lucy, su perra, y a Francisco, el gato, con el cariño de una madre.

Comenzamos nuestro recorrido por el lugar, conociendo su historia y registrando las palabras de Diana. No me gustaba cómo nos miraban, éramos intrusos, turistas, era la típica imagen del gringo que ve la pobreza como un espectáculo. Así me sentí, así que decidí cambiar de acera y ver el grupo desde lejos. Era evidente, los carros nos pitaban, la gente de las casas se asomaba y la de los negocios se escondía. Para poder ver el barrio realmente, era necesario alejarse de los demás, pero eso generaba miedo, nunca sabías qué terreno estabas pisando. Mirar desde el otro lado, me permitía ver cómo nos miraban, la gente del barrio tenía curiosidad, algunos se veían un poco serios y unos cuantos estaban realmente molestos.

El barrio Santafé no es un lugar turístico, pensé. Aun alejado del grupo, era evidente que era parte de ellos: mi actitud de pequeño explorador me delataba. Sin embargo, la gente de los locales comerciales me veía como un posible cliente, eso me permitió estar más tranquilo, creo.

Pero la mirada cobró sentido cuando llegamos a los locales donde se desarrollaba la prostitución heterosexual. Aunque había visto más de una mujer de sexo masculino semidesnuda, mi curiosidad no iba más allá. Pero al ver mujeres semidesnudas, ofreciendo sus servicios, mirándome fijamente e invitándome a acompañarlas, mi percepción del lugar cambió.

En una esquina, resguardándome del sol, me descubrí rodeado por hombres en busca de algo. Poco a poco me fui quedando solo y las miradas se intensificaron. Estaba permitido mirar mujeres semidesnudas. Yo me lo permitía. Estaba permitido excitarme y hasta pensar en cuál sería el precio por sus servicios. Nada de eso había pasado por mi mente hasta que estuvieron tan cerca. Cinturas pequeñas, senos grandes, culos redondos y miradas sensuales.

Sin embargo, una cámara de video en una zona de tolerancia es como ajo para un vampiro. Tan pronto el grupo empezó a moverse, todas se escondieron. No había rabia, simplemente cautela. Finalmente sólo éramos niños exploradores, no clientes. Pero allá, desde la oscuridad del recinto, una mirada coqueta me invitaba, y yo respondía al juego, me gustaba, me excitaba, me sentía atraído. Muchas de ellas ni siquiera eran bellas, pero la picardía de su mirada me hipnotizaba. 

Tristemente, no volvimos a pasar por esa cuadra. Pero allí me di cuenta que mi trabajo acababa de comenzar: ya no era el niño explorador con carnet de universitario, era un cliente como cualquier otro, y mi erección lo confirmaba. Si se trataba de sentir, entonces, en esa cuadra fue donde comenzó mi etnografía. 

Luego de una pequeña reunión en casa de Diana, volvimos a la zona de prostitución transexual. El día avanzaba y las chicas salían en grupos a trabajar. Estaban semidesnudas, algo de ropa interior o una malla jugaba con sus cuerpos, sin cubrir realmente nada. La comparación fue inevitable, ¡qué culo el de estas mujeres!, era incluso mejor que el de las mujeres. Pero no, no está permitido mirar, no me lo permito, aquí no, ni que me inviten, no, ni pensarlo ¿o sí?

Una muñeca digna de una película de Hentai se acercó a nosotros, bueno… a los hombres del grupo, bueno… a mí. Una cintura pequeña, perfectamente trabajada; senos redondos, de esos que deben ser poco económicos; un trasero superlativo; ojos grandes e inquietos, sonrisa leve pero cautivadora y una voz… una voz que envidiaría cualquier galán de radionovela. De no ser por la voz, pasaría perfectamente por una modelo, pasaría por la mujer de los sueños de muchos.

¡Qué man tan linda!

No, espere, se supone que yo no debo mirarle el culo a un hombre, por más linda que esté ¿cierto?

Me escondí entre el grupo, me causaba pánico pensar que sentía atracción por ese tipo. Empecé a esconder mi mirada. Ese era el problema: mi mirada. Hasta ahora lo veo. Mi interés por ver cómo nos veían, mi interés por parecer un cliente y esperar una mirada seductora, era sólo un interés por descubrir ¿hacia dónde se dirigía mi mirada? ¿Qué me permito mirar? Y, por lo tanto, ¿qué me permito desear? Como si fuera uno quien lo controlara.

¿Miro libremente, o son mis prejuicios los que determinan mi mirada? ¿Cuáles son los límites de nuestra homofobia? ¿Cuáles son los límites de mi homofobia? No sabía que la tenía, pero la idea de ver una mujer hermosa obligada por el destino a nacer con sexo masculino rompió toda claridad que pudiera tener sobre el tema.

Es mi mirada la que debe ser evaluada o, por lo menos, puesta a prueba. Y ya en medio de la tormenta, pues miremos. Juliana, una compañera del grupo, le hizo un estudio fotográfico a uno de ellas: medía aproximadamente 1.85 mts, piel trigueña, cintura pequeña, senos casi ausentes y un culo que se robó la mirada del grupo. “¡Qué envidia el culo de esa vieja!” dijo una de las chicas. Y yo, asentí. Estaba extasiado de ver el detalle de la piel masculina en un cuerpo femenino. Su mirada mutaba de un instante al otro: la seducción hacia la cámara, la seducción hacia mí, la incomodidad generada por mi curiosidad, el deseo de tener un posible cliente.

Y yo, yo no estaba, estaba mi mirada, sola. Ok, no tan sola cómo yo creería, los obreros, mecánicos y transeúntes de la zona, las miraban con más deseo de lo que me habría imaginado. No había bromas o burlas por mirar a una mujer de sexo masculino, sólo había deseo desbordante, ese que experimenta un ser humano por otro, independiente de su sexo. 

El vendaje que más impide ver es el que está hecho de prejuicios, de miedo, de dudas, de incomodidad… hasta de certezas: si ya sabes, no tienes que ver nada, porque nada buscas. Es imposible ver cuando tus ojos están cerrados; y abrirlos, duele. Abrir los ojos para ver el detalle de la piel de un hombre con el mismo deseo con el que se mira a una mujer, genera un dolor en la historia personal, rememora burlas de la infancia, despierta miedos sobre quién eres. 

Sólo vemos aquello que nuestros miedos nos permiten ver. Hemos sido tan efectivos salvaguardando nuestra tranquilidad, que llegamos al punto de negarnos la posibilidad de ver el mundo. Nos escondemos en nuestra burbuja protectora y desde allí renegamos de aquellos que se bañan en sudor, sangre y mierda, convencidos de que tenemos certezas que ellos no tienen; cuando en realidad, nos estamos negando la posibilidad de ver más allá de nuestras narices.

Fui al barrio a Santafé a mirarme, a mirar mi mirada. Fue necesario estar ante mis miedos y mis prejuicios para descubrir que mi mirada tiene barreras, y que no lograré descubrir nada, a menos que rompa el vendaje de mis sentidos.

* Candidato a Magister en Comunicación y Medios de la Universidad Nacional de Colombia.

Artículos Relacionados

Dejar un comentario

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies