Crisis política en Costa de Marfil: “¿podemos dejarlos morir?” - Razón Pública
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Crisis política en Costa de Marfil: “¿podemos dejarlos morir?”

Escrito por Mauricio Jaramillo-Jassir
Mauricio Jaramillo Jassir

Mauricio Jaramillo Jassir

Las crisis políticas y humanitarias en el continente negro mantienen su vigencia, mientras quienes fueron sus colonizadores se desentienden y miran para otro lado.

Mauricio Jaramillo-Jassir*

Crisis que gesta, por lo general, termina en tragedia

La crisis actual que se presenta en Costa de Marfil es una de las más graves que ha conocido el llamado continente negro, porque pone en entredicho los cimientos de lo que alguna vez fue una potencia africana.

Esta agobiante crisis ha mostrado el grado de indiferencia de la comunidad internacional y de algunos medios de comunicación para los que la situación marfileña no despierta mayor interés.

En el pasado, el mundo creyó haber aprendido de lecciones como las de Rwanda y Srbrenica. No obstante, Costa de Marfil se encuentra ad portas de una guerra civil y, entretanto, la imposibilidad de la comunidad internacional para reaccionar frente a lo que puede ser una tragedia humanitaria de proporciones que ella aún no sospecha, queda en flagrancia.

Las raíces profundas de la crisis

Para comprender la crisis actual marfileña es necesario entender algunos hechos históricos que marcaron a esta nación africana.

En su historia reposan contradicciones que dan cuenta, en buena medida, de la violencia que ha acompañado a su sociedad y que reflejan las talanqueras de algunas potencias africanas para consolidarse y afirmar sus sistemas políticos sin traumatismos.

El creador de Costa de Marfil y principal figura política histórica fue Felix Houpouët-Boigny, quien sentó las bases para la creación del Estado marfileño y forjó la independencia.

Empero, se trató de una independencia relativa ya que Houphouët Boingy siempre quiso que su país mantuviera una relación estrecha con los franceses, por los réditos económicos y políticos que esto podía significar. Por ello, en 1960, la nación accedió a la independencia pero no sin antes firmar un acuerdo de asistencia militar con Francia.

En las décadas siguientes conoció un desempeño económico sobresaliente, que hizo de Costa de Marfil una potencia regional y un lugar atractivo para las migraciones de los países vecinos como Burkina Faso, Ghana, Mali y Liberia.

En consonancia con estas circunstancias el país sufrió una transformación demográfica en dos sentidos:

  • El norte se volvería interétnico y diverso culturalmente y en el sur se concentraría la mayor parte de marfileños que no participaron de esa mezcla.
  • El país pasó de contar con 2,5 millones de habitantes en 1955 a 16,5 millones en 1998.

No obstante, estos logros económicos contrastaban con unas condiciones políticas antagónicas con la democracia. De hecho, el país se modernizó a expensas del Estado de derecho.

La política se limitaba a un partido único, el Partido Democrático de Costa de Marfil, dirigido por Boigny y ante inaceptables niveles de represión, Europa prefirió guardar silencio y dejar que esta nación alcanzara niveles de desarrollo suficientes como para mantener la estabilidad.

El fin de la estabilidad y el comienzo de una tragedia

En 1993 murió Felix Houphouët Boigny, lo que obligó a una redefinición de la política marfileña con consecuencias visibles hasta hoy en día.

El gran líder mesiánico fue reemplazado por Henri Konan Bédié y como suele suceder, la legitimidad de éste para sustituir al padre de la patria marfileña fue puesta en duda.

Estos hechos desencadenaron en una serie de disputas entre la dirigencia marfileña que reivindicaba el legado de Boigny y otros sectores que habían hecho oposición y que jamás había gozado de algún margen de maniobra política.

En 1994, Bédié desarrolló un concepto que condicionaría la vida política del país africano, la marfilidad, entendida como la necesidad de que para ser presidente del país, los aspirantes debían cumplir con el requisito de tener ascendencia marfileña.

En las elecciones de 2000, antecedidas por un golpe de Estado ejecutado por militares, Laurent Gbagbo, opositor de Boigny, cercano ideológicamente al socialismo y promotor del populismo, ganó sin mayores inconvenientes.

Empero, debió enfrentar un intento de golpe de Estado que, a pesar de no prosperar, condujo a una ofensiva contra el norte donde se sospechaba se había fraguado el intento fallido por derrocar a Gbagbo.

Dentro de la represión que se emprendió contra el norte, el gobierno le dio el status constitucional a la marfilidad, excluyendo a líderes políticos de talla nacional para las elecciones siguientes, entres ellos a Allassane Ouattara.

Desde entonces, el país asistió a uno de los períodos más violentos de su historia, hasta el anuncio de elecciones que se realizaron en noviembre de 2010.

El significado de estas elecciones es comparable con los Acuerdos de Oslo en el conflicto entre Israel y Palestina o los de Esquipulas en Centroamérica, porque debían procurar la paz en el volátil Estado africano.

No obstante, el resultado de las elecciones agravó la situación profundamente y se teme por el eventual estallido de una guerra civil entre el norte, que apoya masivamente al candidato Alassane Ouattara, quien las habría ganado, y el sur, que acompaña a Laurent Gbagbo, quien a pesar de no haber sido favorecido en los comicios, tomó posesión.

El significado y la importancia de la situación marfileña

África está asociada en el mundo con problemas de hambrunas, VIH/Sida, genocidios y corrupción. Rara vez se alude a las potencias africanas y su importancia y poderío en la región y en el mundo.

A pesar de esta imagen, existen potencias regionales de cuya situación depende en buena medida la estabilidad de algunas zonas africanas sensibles a los conflictos y Costa de Marfil cumple estas condiciones.

Se trató de una potencia regional que aún aspira a ejercer ese status. Sin embargo, su precaria situación política está poniendo en riesgo al África noroccidental negro, golpeado en el pasado por conflictos como el de Sierra Leona o el de Liberia.

Esto ha llevado a que países como Francia, Reino Unido y Estados Unidos hayan reconocido la victoria de Ouattara y desafíen abiertamente a Gbagbo y no obstante ello, vuelve a surgir el debate acerca de la imposibilidad de la comunidad internacional para establecer mecanismos claros de acción para evitar una tragedia.

La movilización en el mundo por el caso marfileño es mínima y se desconoce abiertamente la gravedad de los hechos.

A pesar de todos los avances tecnológicos y la profusión de información en redes sociales y medios en internet, el grado de conciencia frente a la crisis marfileña es insignificante.

En pleno proceso de descolonización el filósofo francés Jean Paul Sartre afirmó que el hombre estaba condenado a ser libre y por ello era absolutamente responsable de sus actos. Pues bien, esa responsabilidad era proporcional al grado de conocimiento de un hecho que mereciera una reacción.

Recientemente el actual ministro de Relaciones Exteriores francés y fundador de la organización no gubernamental “Médicos sin Fronteras”, Bernard Kouchner, publicó un texto a propósito de la limpieza étnica en Kosovo titulado “El deber de injerencia: ¿podemos dejarlos morir?”, en el que instaba a Europa a reaccionar frente a una tragedia que pudo alcanzar mayores proporciones sin la movilización internacional, y que hizo más visible las crisis de los Balcanes.

Ahora, ocurre un hecho de la mayor gravedad y la comunidad internacional revela cuán difícil es reaccionar una vez surgidas las crisis.

Sucedió recientemente en Madagascar, y gracias a la presión se llegó a un principio de acuerdo que, aunque frágil, calmó al país. Hacia adelante, se esperan reuniones en la Comunidad de Estados de África Occidental para generar una presión suficiente y Estados Unidos ha anunciado su propósito de no cejar en ese empeño.

Las crisis en África dejan ya varias lecciones acerca de las polarizaciones internas con ecos regionales.

Sea ésta la oportunidad de blindar los sistemas regionales de integración contra conductas que pongan en riesgo cualquier elemento de la condición humana, sea cual sea el escenario y los actores.

De lo contrario, el mundo asistirá impávido a una tragedia más que apenas comienza. Hoy, como nunca, cobra sentido afirmar que “el hombre está condenado a ser libre” y preguntarse si “¿podemos dejarlos morir?”.

* Internacionalista de la Universidad del Rosario. Magíster en Seguridad Internacional del Instituto de Estudios Políticos de Toulouse y en Geopolítica del Instituto Francés de Geopolítica de París. Aspirante a Doctorado en Ciencia Política de la Universidad de Ciencias Sociales de Toulouse. Investigador en la Universidad del Rosario e investigador en el Ceeseden de la Escuela Superior de Guerra.

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