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Crisis en Venezuela

Escrito por Carlos Romero

Crecen los enfrentamientos entre el gobierno y sus opositores. Los problemas del país son profundos y no se ve solución cercana. Aquí, un mapa comprensible y balanceado de los protagonistas,  de sus razones y sus sinrazones.

Carlos A. Romero*

Una nación difícil de entender

No es nada fácil entender lo que pasa en Venezuela, pues el entrecruce de múltiples variables que van y vienen dificultan un análisis racional.

Los que gobiernan desde 1999 están apretando las tuercas de su proyecto y no miran a los lados.

Estamos hablando de una nación con grandes recursos materiales y humanos que presenta una profunda crisis económica y un masivo éxodo de su juventud profesional y obrera; de una sociedad con una larga tradición democrática, que se está apagando lentamente; con un aparato policial moderno pero lamentablemente corrompido que no puede frenar el auge de la delincuencia y otras actividades ilícitas; y con un modelo socialista que no acaba de funcionar en un ambiente político polarizado y sectario.

Tal vez por eso sea más fácil acudir a los recursos de la retórica, tal como lo han hecho muchos gobiernos y otros actores internacionales, pidiéndole a Dios que los venezolanos vivamos en paz, que logremos la reconciliación, que reduzcamos los brotes de violencia y que procuremos el diálogo entre las partes. Pero la verdad no es tan fácil, porque la nación está atrapada entre cuatro paredes.


Ciudadanos protestan en Maracaibo por la escasez
de productos.
Foto: Globovisión

Gobierno intransigente y oposición dividida

Los que gobiernan desde 1999 están apretando las tuercas de su proyecto y no miran a los lados. Su poder es como una mancha de aceite que ha venido cubriendo todo el tejido de la historia nacional; es decir, reinterpretando -a su manera- el pasado, el presente y hasta el futuro del país.

El gobierno le ha dado prioridad a la intensificación de la revolución y ha ahogado cualquier posibilidad de diálogo y de consenso. Pese a las muestras oficiales de apertura al diálogo al convocar a los gobernadores y alcaldes opositores a reuniones de trabajo, no se han dado señales de querer tratar y resolver el tema de los presos políticos (en especial el sonado caso del comisario Iván Simonovis) y se ha dado rienda suelta a las actividades de grupos paramilitares.

Para la “nomenclatura” en el poder, la bayoneta sirve cada día más a sus propósitos que El Capital de Marx. La violencia legítima se desborda y reaparece la violencia ilegítima en manos del paramilitarismo y el desangre de los organismos de seguridad.

No hay orden en las cosas y no hay un eje mental en lo referido al orden público. Tan solo el peligro permanente de un primitivismo voraz que ya hemos conocido en América Latina.

Al mismo tiempo, no se ha dado ningún paso para abrir la participación de la oposición parlamentaria en la Asamblea Nacional. Al formarse las comisiones parlamentarias para este período, no solo se volvió a negar la posibilidad de que la minoría ocupara un puesto en la directiva, sino que se ratificó la posición de que ninguna comisión estaría presidida por un miembro de la bancada de la oposición. Incluso se llegó al colmo de decidir que tampoco habrá este año ningún vicepresidente de alguna comisión parlamentaria que esté adscrito a la oposición.

El sector opositor que aspira a gobernar se ha convertido en un muro de contención de un proyecto hegemónico que lucha para que la democracia y la empresa privada no desaparezcan del país, pero no ha podido ir más allá.

La oposición se debate entre la vía pacífica, asumida por una mayoría consciente, o la vía violenta, esgrimida por una minoría.

La oposición se debate entre la vía pacífica, asumida por una mayoría consciente, o la vía violenta, esgrimida por una minoría, y por lo tanto su comportamiento ha sido cíclico y a veces poco eficaz para convencer a la mayoría de que vamos por muy mal camino.

Quienes viven su cotidianidad tienen otras prioridades y no le prestan la atención debida a este proceso. Para ellos se trata de sobrevivir en un espacio rodeado de incertidumbre. Se cuidan de que los roben, de que los maten, de perder su trabajo, de que no logren obtener un producto de primera necesidad, de que la policía o los malandros les cobren “peaje”, de que se queden sin plata en el bolsillo al caer la noche y, lo que es peor, de terminar sin empleo.

Por su parte, la empresa privada, la Iglesia y los medios de comunicación observan con preocupación cómo un aparato autoritario se impone con la fuerza y la intimidación. Y otros sectores se deslizan en silencio a través del precipicio revolucionario y el resto se compromete con la fórmula mágica del socialismo del siglo XXI.


Represión por parte de las fuerzas policiales a las
protestas estudiantiles.
Foto: Andrés E. Azpúrua (a. andrés)

Los hechos recientes

En este marco se han precipitado los acontecimientos a partir del 12 de febrero de 2014. Una fracción de la oposición planteó desde diciembre del año pasado que había que llevar la Mesa de la Unidad Democrática hacia destinos más radicales, tomando en cuenta que supuestamente se estaban dando las condiciones para un “suceso”, al estilo ucraniano o egipcio, que desembocara en un cambio de régimen y en una transición política.

De inmediato, la mayoría de la dirección opositora se deslindó de esa posición por considearla voluntarista y provocadora de un poder que no toleraría un contrapoder.

La corriente radicalizada tomó fuerza y plasmó sus aspiraciones en la marcha convocada a propósito del Día de la Juventud. La que fue programada como una actividad pacífica se convirtió al final en una batalla campal que, según algunos conocedores del tema, no fue más que la “crónica de una guerra anunciada”.

A partir de ese horrible hecho, todos los esfuerzos por la paz y la reconciliación nacional se echaron a la borda. Cada día está más claro que sectores ligados al gobierno y al oficialismo prepararon la estocada final de esa marcha, creando un ambiente de violencia, con varios fallecidos y un gran dolor para toda la nación.

Esto fue acompañado por unas injustas y prefabricadas denuncias en contra de dirigentes de la oposición, como las acusaciones de conspiración al dirigente Leopoldo López y al conocido diplomático venezolano Fernando Gerbasi, entre otros venezolanos.

Igualmente se vio una selectiva y brutal represión en contra de los miembros y los bienes del partido de López, Voluntad Popular, en contra de algunos estudiantes, y la arremetida contra los medios de comunicación con posiciones críticas. Uno de ellos, el canal de televisión colombiano NTN24, fue sacado del aire para que no se viera en Venezuela.

El gobierno de Maduro se encuentra ante una encrucijada en medio de un rosario de problemas. Ha corrido con suerte porque no ha habido hasta ahora un pronunciamiento militar que refleje una inquietud en los cuarteles y no ha recibido un castigo diplomático de importancia.

Los medios de comunicación (oficiales y oficialistas) y algunos privados sometieron a la población a un verdadero blackout informativo, muy poco exitoso para el gobierno gracias al trabajo de las redes sociales y de algunos medios de comunicación extranjeros que cubrieron sin censura lo que estaba pasando.

Así transcurrieron estos días, con muchas expectativas sobre lo que vendría luego y con un país semiparalizado. El martes 18 defebrero la oposición concentró a sus partidarios para respaldar a Leopoldo López y acompañarlo en su entrega a las autoridades.

La escenografía estuvo bien concebida y manejada, y tuvo el apoyo de los líderes de la oposición que se enfrentan a López por el liderazgo y por la aplicación de la línea política a seguir (temas que no generan un consenso interno, pero cuya discusión quedó suspendida dado el momento que se vive).

Rosario de problemas

El gobierno de Maduro se encuentra ante una encrucijada en medio de un rosario de problemas. Ha corrido con suerte porque no ha habido hasta ahora un pronunciamiento militar que refleje una inquietud en los cuarteles y no ha recibido un castigo diplomático de importancia. Pero por más que quiera ocultar el sol con un dedo, la crisis política y económica lo agobia.

Basta ver las filas de la gente en los mercados y los supermercados por la ola de escasez, los datos de la inflación, la carestía del dólar paralelo, los problemas en la balanza de pagos, la deuda cada día más alta que sostiene el Estado con proveedores, comerciantes, industriales y socios petroleros, y lo costoso que significa mantener el Estado benefactor.

A esto se le añaden las condiciones precarias en que está la seguridad policial en el país y el auge del contrabando, de la corrupción y del narcotráfico,

En síntesis: crece el descontento en Venezuela. En el oficialismo se profundiza la pugna entre sectores radicalizados y algunos sectores reformistas sobre los alcances de la revolución chavista y sus movimientos en esta coyuntura.

En la oposición aumenta el nivel de fragmentación interna y la pugna de liderazgos y visiones de la forma en que debe enfrentarse al Gobierno.

En el país no se detienen los índices negativos de inflación y la inseguridad y, lo que es peor, no se ve una salida cercana a una situación cada día más endeble y contradictoria, aunque se logre “una tregua” entre las partes.

 

*Politólogo y profesor universitario venezolano

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