Crisis y cambio social | Tatiana Andia | Razón Pública
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Crisis y cambio social

Escrito por Tatiana Andia

El anuncio de un cáncer, como el estallido de una crisis social, parte en dos la vida de las personas. Tal vez por eso, la experiencia más parecida al cáncer que yo había tenido es la pandemia.

Una pandemia, como una enfermedad o una muerte accidental, son críticas en gran medida porque son impredecibles. Así como no se les ve venir, no se sabe tampoco cómo se van a desenlazar. El cáncer puede estar creciendo dentro del cuerpo, pero uno no lo nota hasta que un día estalla como un desastre natural, como una revolución, como una guerra, como una debacle económica, como una pandemia. De la noche a la mañana revuelca todo a su paso. Un día todo es normal y al día siguiente nada es normal.

Es lo impredecible lo que genera un buen periodo de disonancia cognitiva. Los elementos con los que normalmente procesamos la realidad y le damos sentido dejan de funcionar por un rato. La incertidumbre sobre el futuro, la duda misma sobre la existencia de un futuro, más allá de las horas en que nos sabemos inmediatamente vivos, genera ansiedad y miedo.

La experiencia de la pandemia me ha sido útil para enfrentar y entender estos primeros meses del cáncer. Básicamente he abordado la enfermedad de una forma muy similar a la que abordé la pandemia. Eso sí, con el privilegio que en el caso del cáncer ha sido tener tiempo de bienestar físico renovado por un tratamiento efectivo y que en la pandemia fue la suerte de no haber perdido a alguien cercano. La crisis es muy distinta para el que la tiene que atravesar cargando el peso de un dolor inmenso.

El abordaje, casi intuitivo en ambos casos, fue y ha sido el de contribuir con lo que pudiera desde mi posición y a la vez realinear el orden de prioridades de todo lo demás que ocurre en mi vida. Por ejemplo, escribir estas columnas y hablar de la enfermedad se parece mucho a hablar del Covid en las brigadas y las clases abiertas virtuales que hicimos con algunos colegas cuando nadie entendía mucho de la pandemia.

Pero lo más parecido entre las dos experiencias ha sido el reordenamiento de las prioridades de la vida cotidiana. Casi sin distinción a lo que ocurrió en los primeros meses del Covid, me he dedicado a mí y a mis más cercanos, he evitado las relaciones dolorosas, he evitado las actividades que agregan poco valor y he maximizado todas aquellas que me producen felicidad y gratificación. En el desorden y la confusión propias de cualquier crisis, me he dado toda la licencia para estrechar los lazos más significativos y he dado la mayoría de los abrazos que siento que debo dar.

Pero todos sabemos que así no se viven usualmente los primeros meses del cáncer ni se vivieron los primeros de la pandemia, al menos no para todo el mundo. Las experiencias son y fueron totalmente distintas dependiendo de la posición social que uno ocupa en el momento de la tragedia.

En la pandemia recuerdo reconocerme profundamente afortunada por muchos factores, comenzando por mi edad. Los más jóvenes y los más viejos la pasaron mucho peor. Fui afortunada también por mi situación afectiva, terminaba una relación, pero comenzaba una nueva con todo el tiempo para disfrutar cada instante en un encierro que pareció más una luna de miel larga. Quienes se divorciaron o enfrentaban violencias de género e intrafamiliar pasaron por un infierno. También pasé las cuarentenas en una casa amplia, en lugar de un pequeño espacio hacinado. Para completar, mi trabajo no dependía de las actividades presenciales. Las clases se volvieron rápidamente virtuales y mis colegas y yo mantuvimos la seguridad económica. Quienes trabajaban en la informalidad o en sectores muy sensibles a lo presencial padecieron hambre.

Así tal cuál es el cáncer. La posición de la persona cuando se enferma lo cambia todo, desde el acceso efectivo a servicios de salud, pasando por las redes de apoyo, hasta la disposición física y mental a enfrentarlo. Muchos plantean, como se decía también del Covid, que la lucha contra el cáncer es un asunto de resiliencia, es decir, de la capacidad de cada individuo de enfrentar la adversidad. Nada más alejado de la realidad. No importa cuantas habilidades y fortalezas individuales tenga alguien, si está en la posición equivocada frente a una crisis de este tipo, su experiencia será mucho peor. Es más, sus fortalezas individuales están fuertemente determinadas por su posición social.

Sin embargo, más allá de reconocer el impacto que tienen las desigualdades sociales en las experiencias más significativas de los individuos, lo que me atormenta y me ha quitado el sueño por estos días es que después de notarlo tan claramente no seamos capaces de hacer nada al respecto.

Con el inicio de un nuevo año, el trauma del diagnóstico y el reordenamiento de las prioridades parecerá quedar atrás. Como con la pandemia veo en mí y en mis seres queridos el impulso natural a pasar la página y no volver a hablar del tema. Un mal trago que esperamos que no se repita a pesar de que sabemos que se repetirá. La tragedia volverá al cómodo ámbito de la vida privada. Cada cual con su duelo y la vida social lo menos reflexionada que la podamos mantener. ¿Todo cambió para que nada cambie?

Creo sinceramente que algo similar a esto es lo que vivimos en el planeta entero desde hace un par de años. Después de la pandemia, todo volvió gradualmente a la normalidad y los aprendizajes, tan evidentes y dolorosos en los primeros meses, parecen haberse olvidado.

Pero aquí estoy yo, con mis efectos adversos y unos pocos nuevos dolores que no me permiten olvidar que tengo cáncer, que la vida es corta y que la forma en que la tenemos arreglada la sociedad no funciona. Aunque el cambio parece eludirnos y la inercia del statu quo vencernos, confío en que la fuerza de quienes no queremos olvidar las lecciones de estas tragedias nos permita capitalizar esas experiencias para que todo mejore.

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1 Comentario

Orlando Jiménez Martinez enero 11, 2024 - 1:35 am

Sorprendido y estupefacto por la valentía de la profesora Tatiana Andia, me llevo una lección que en mi condición de profesor nunca le he dado y quiero dejarle un millón de aliento y una fuerza espiritual infinita. Caluroso abrazote

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