Crece la violencia, crece la victimización | Razón Pública 2025
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Crece la violencia, crece la victimización

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Las violencias asociadas a la actuación de la mayor parte de los grupos violentos que operan en Colombia están creciendo, están ampliando el número de sus integrantes y, así mismo, están en un acelerado proceso de expansión territorial.

Hace poco más de una semana, se presentaron hechos especialmente violentos en Colombia. Hubo dos acciones el jueves 21 de agosto, la primera en el municipio de Amalfi, nordeste antioqueño, donde fueron asesinados 13 policías y cuatro resultaron heridos, mientras adelantaban labores de erradicación de cultivos. La segunda sucedió en Cali, capital del departamento del Valle del Cauca, donde murieron siete personas y decenas más resultaron heridas por la explosión de un carro bomba en inmediaciones de la Escuela Militar de Aviación Marco Fidel Suárez. La autoría del primer atentado señala al frente 36, una de las estructuras pertenecientes al grupo de disidencias conocido como Estado Mayor de Bloques y Frentes, liderado por alias Calarcá Córdoba, actualmente en conversaciones con el gobierno nacional en el marco de la política de Paz Total. De la responsabilidad por los hechos de Cali se sindica al grupo de disidencias que se autodenominan Estado Mayor Central, comandado por alias Iván Mordisco, con quien se rompieron negociaciones hace ya varios meses. Ambos hechos han generado una justificada oleada de indignación en el país y el reforzamiento del tema de la seguridad como un componente central de la campaña electoral en que nos encontramos para las elecciones parlamentarias y presidenciales del próximo año.

Un tercer ciclo de violencia colectiva

Es importante analizar estas acciones, qué significan y cuáles serán sus principales consecuencias. La primera es que si bien es cierto que desde el gobierno nacional se ha presentado que algunas de las principales cifras de violencias letales han disminuido en el país, en parte como reacción a la narrativa de algunos líderes políticos y medios de comunicación que de manera ligera dicen que estamos igual “que en los 90”, lo que queda claro es que las violencias asociadas a la actuación de la mayor parte de los grupos violentos que operan en Colombia están creciendo, que están ampliando el número de sus integrantes y que, así mismo, están en un acelerado proceso de expansión territorial. Así lo demuestran los análisis periódicos de organizaciones no gubernamentales y centros académicos que hacen seguimiento a esta situación, por ejemplo, la Fundación Paz y Reconciliación, Indepaz, Fundación Ideas para la Paz e International Crisis Group, entre otros. Como han advertido algunos analistas, por ejemplo, el profesor Francisco Gutiérrez Sanín, cada vez estamos más cerca de un tercer ciclo de violencia colectiva, que se ha ido gestando y fortaleciendo desde la firma del Acuerdo de Paz entre el Estado colombiano y las FARC en 2016, el cual produjo un descenso temporal de las violencias políticas, pero que se han venido incrementando desde 2018, al inicio del gobierno Duque y que mantiene su ritmo tendencial de crecimiento en el gobierno actual. No estamos en la misma situación cuantitativa y cualitativa con respecto a los años noventa del siglo pasado, tampoco es el mismo conflicto armado; hay continuidades y cambios, pero claramente la situación no es la imaginada para un posconflicto armado, así fuera parcial, y la tendencia es, francamente, preocupante.

El péndulo político vuelve a la seguridad

Lo segundo es que, de nuevo, el péndulo de la discusión política nacional se mueve hacia el tema de la seguridad, qué hacer para enfrentar la preocupante situación de violencia actual. Esto lamentablemente copará buena parte de la atención y la discusión de las fuerzas políticas y la ciudadanía, en detrimento de la imprescindible discusión sobre las inequidades en Colombia, las reformas sociales y económicas que se requieren y el papel del gobierno nacional en esta materia. En este país ya sabemos cómo se han utilizado estas violencias para producir reacciones de pánico y caer en la tentación de la guerra, con la vana ilusión de que esto permitirá de manera mágica resolver la violencia creciente. 

En este contexto, las fuerzas progresistas no pueden simplemente soslayar el problema, minimizarlo o banalizar su gravedad y el terrible sufrimiento que esto genera para millones de personas en Colombia. El reto es mantener la bandera de la paz y la salida negociada, con un conjunto de grupos que en general no tienen este como su horizonte en el corto y mediano plazo, que están creciendo y que en su mayoría obtienen enormes recursos cada día provenientes de sus actividades criminales de narcotráfico y captura de rentas resultado de actividades muy lucrativas como la minería, la explotación de recursos naturales y la extorsión, entre otros. Se requiere entonces diseñar estrategias políticas que mantengan una ventana de oportunidad para negociar salidas con aquellos grupos que realmente estén interesados de manera seria en avanzar en ese camino, combinadas con presencia integral del Estado y acciones de control territorial eficaces por parte de la fuerza pública, siempre en el marco del más estricto acatamiento a la ley, los derechos humanos y el derecho internacional humanitario.

El espejismo de la guerra

Conviene reflexionar sobre los irresponsables cantos de sirena de los propagandistas de la guerra. No hay duda de la gravedad de la situación y de la funcionalidad de las acciones criminales de estos grupos ilegales que al atacar a la población civil y hacer uso del terrorismo generan  oportunidades para las propuestas más radicales de mano dura y guerra. Pero es bueno recordar que en el pasado estas propuestas no han cumplido las promesas hechas, ni siquiera lo que idílicamente parecen añorar algunos de los buenos tiempos de la “seguridad democrática”, que, es bueno recordar, provocó miles de víctimas, desplazamientos forzados, detenciones masivas y arbitrarias, desapariciones forzadas, asesinatos en personas protegidas, estigmatización y criminalización de la izquierda y las luchas sociales, entre algunos de sus principales males. Y también es importante mostrar que la guerra nunca es limpia, siempre deja una enorme estela de dolor, destrucción y muerte, y miles de víctimas. Ni siquiera cuando se enfrenta un ejército poderoso a una fuerza aparentemente insignificante está garantizada la victoria, como nos lo demuestran cada día las guerras en Ucrania y en Gaza. Ese es el espejo en el que debemos realmente mirarnos, no en el ficticio e irresponsable de los guerreros de sofá y de videojuegos, fanáticos que se embriagan con la promesa de la guerra, porque se sienten casi seguros de que no les afectará. Deberían sincerarse y decir, ¡que viva la guerra!, al fin y al cabo, otros pondrán los muertos.

Le recomendamos: 2026: Guerra y violencia política

Acerca del autor

Max Yuri Gil
maxyurigil@razonpublica.org.co | + posts

*Director del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia e integrante de ISEGORÍA, plataforma digital de seguimiento al proceso de paz con el ELN. Contacto: Max.gil@udea.edu.co

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Max Yuri Gil

*Director del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia e integrante de ISEGORÍA, plataforma digital de seguimiento al proceso de paz con el ELN. Contacto: Max.gil@udea.edu.co

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