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Coyuntura y agenda: el empaque del tiempo que fluye

Escrito por Jorge Gaitán
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jorge gaitanGobernar es controlar la agenda pública, aunque el tiempo sea ingobernable. El enorme poder de los medios radica hoy en enfocar el reflector sobre los hechos pertinentes. Extraer sentido del incesante flujo de información es reflexionar colectivamente, para poder opinar individualmente.

Jorge Gaitán Villegas*

¿Qué pasa cuando no pasa nada?

agenda

Los primeros días del año son propicios para reflexiones menos impregnadas del fárrago de la coyuntura. De hecho, el fluir de los acontecimientos parece desacelerarse. Casi no hay noticias y las pocas que merecen ser enfocadas bajo el reflector de los medios de comunicación resultan ingrávidas e intrascendentes.

Pero la compleja realidad no se rige por caprichos del calendario. Los acontecimientos se siguen produciendo a la misma velocidad de siempre. Solo que han hecho una pausa los artífices de la “coyuntura”, ese conjunto de hechos significativos que parecen indicar la orientación general del curso que van tomando los acontecimientos — la historia del corto plazo —.

Es legítimo preguntarse si la “coyuntura” no es más que una construcción artificial, una elaboración fabricada por los medios para ser consumida inmediatamente por devoradores de noticias, adictos a textos e imágenes que les son suministrados bajo formatos ritualizados con un solo propósito: aliviar su ansiedad ontológica, haciéndoles creer que están bien informados sobre el mundo que los rodea.

¿Quién selecciona los hechos pertinentes?

Si se adopta esta perspectiva aunque sea por un momento, es preciso admitir que una condición para la estabilidad del orden social consiste en la necesidad de regular los flujos de información.

Habría que remontarse a la fuente misma. Alguien debe seleccionar y filtrar la información pertinente. ¿Pero bajo qué criterios? ¿Quién tiene derecho a decidir sobre qué temas y en qué momento se posará la potente luz del aparato mediático, mientras se deja en la oscuridad el resto del escenario? ¿Hasta dónde se extienden las sombras de la realidad?

Cada sociedad ha resuelto estos dilemas delegando el poder de decidir sobre qué se pone a pensar a la gente en los anchos hombros de instituciones fundamentales para su estabilidad: en una época los poderosos confiaron esa misión a la religión; en otras épocas se educaba cuidadosamente a las élites para mandar y solo se instruía rudimentariamente al pueblo sobre lo necesario para obedecer.

Hoy, la sociedad humana avanza en un proceso acelerado de interconexión planetaria gracias a las inmensas posibilidades que han aportado las nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones. Pero los dilemas son los mismos desde el principio.

Al ritmo de la coyuntura

Un consenso indispensable para mantener la coherencia social es la estructuración del tiempo. La gente necesita confiar en la normalidad, en la secuencia regular de acontecimientos, en la sucesión de los días y de las noches, de las estaciones y de los años.

De ahí se deriva la adicción a formas estandarizadas de información que confirman que la vida sigue, que el mundo se reproduce al ritmo de conflictos, de hechos curiosos, de resultados esperados o imprevistos y de anuncios gubernamentales.

Pero un hilo conductor conecta todos estos acontecimientos sin vínculos ni relaciones de causalidad: es la coyuntura. Todo se ordena simplemente al ritmo de la coyuntura, como un pentagrama salpicado de notas, que parecen tener sentido solo cuando se escuchan unas detrás de otras, compás tras compás.

¿Una sola agenda pública o varias agendas paralelas?

La estructuración del tiempo social da entonces pie a la creencia en una coyuntura objetiva y comprensible. A su vez, esta creencia es el fundamento profundo de otro arquetipo cultural: la agenda como representación del poder de controlar el tiempo social.

Con frecuencia, la primera imagen que evoca el concepto de agenda es justamente la pequeña libreta de papel, organizada por días y semanas, que otorga a su dueño el poder aparente de estructurar su tiempo personal: citas, plazos, pagos, compromisos, notas para recordar, celebraciones, días festivos…

De la misma forma, los gobiernos y otros centros de poder adoptan agendas donde en un tiempo ritualizado se van acomodando sus planes, sus proyectos, sus programas al ritmo de las elecciones, de los períodos legislativos, intentando vanamente domesticar el tiempo mediante cronogramas y estrategias. Gobernar es controlar la agenda.

Un componente central de toda agenda es su profundidad de campo, su horizonte temporal. Para los Estados se mide en términos de generaciones, para los gobiernos en términos de períodos presidenciales o hasta las siguientes elecciones, para las empresas el largo plazo puede ser cinco años, para las personas normalmente es un año, para los animales superiores es el intervalo hasta la próxima comida…

Pero los medios de comunicación intentan reproducir la inmediatez: su horizonte temporal sería el instante mismo. Como evidentemente se requiere un intervalo mínimo para elaborar la noticia misma, se ha ido llegando a una fórmula artificial: fabricar directamente las noticias.

El seguimiento de la actualidad se está convirtiendo en un conjunto caótico de reflejos caleidoscópicos y parciales de acontecimientos filtrados aleatoriamente, a partir de miradas furtivas sobre las agendas de los principales actores sociales.

¿Quién debe tener voz en una sociedad hipermediatizada?

De ahí la necesidad de buscar opiniones, de comparar otras percepciones sobre los mismos hechos ya conocidos por todos, de disponer de guías y baquianos en esta exuberante jungla de la información. Para reflexionar colectivamente y poder opinar individualmente.

Hace unos cuarenta años, Albert O. Hirschman, economista heterodoxo y pensador original de los grandes temas de la sociedad contemporánea, introdujo un poderoso instrumental analítico para tratar de responder a los desafíos que ya comenzaban a aparecer frente a la decadencia de los Estados, de las organizaciones y de las empresas. En forma sintética propuso la interacción de tres fuerzas: vozsalida y lealtad. Con gran lucidez observó cómo en la historia moderna ha prevalecido la salida sobre la lealtad y la voz: escapar de la realidad, para no tener que entenderla.

Hoy más que nunca se requiere dar voz a más gente. No basta con informarles o hacerles creer que están informados. Es preciso que puedan opinar, que puedan desarrollar criterios de análisis para aplicarlos a la lectura consciente de la realidad que los rodea.

Surge entonces la crítica a la noción moderna de opinión pública. En palabras de Pierre Bourdieu, “la definición patente en una sociedad que se pretende democrática, a saber que la opinión oficial es la opinión de todos, esconde una definición latente, a saber que la opinión pública es la opinión de quienes son dignos de tener una opinión”.

Se ha ido imponiendo, pues, una concepción elitista de opinión pública como “opinión esclarecida, digna de ese nombre, digna de ser expresada”[1] y dentro de las formas socialmente aceptables como, por ejemplo, las columnas de opinión.

La verdadera agenda pública para Colombia

Colombia ha llegado tarde a la globalización. Pero muchos componentes de la globalización ya han penetrado profundamente en la sociedad colombiana, como el acceso relativamente generalizado a la red mundial de información constituida por el entramado de Internet.

En contraste, la sociedad colombiana sigue profundamente anclada a viejas tradiciones y moldes sociales, que hace unos cincuenta años Edward C. Banfield caracterizó minuciosamente en su libro “Bases morales de una sociedad atrasada” como el familismo amoral, que parece gozar de excelente salud en la sociedad colombiana.

Se define este concepto como “una actitud de confianza, lealtad y compromiso moral exclusivamente con aquellos que pertenecen al grupo familiar. Es, por tanto, la versión opuesta de la confianza interpersonal – una actitud marcada por la preferencia de relaciones y actividades sociales que transcienden al grupo básico de relación”.[2]

El republicanismo cívico constituye el paradigma contrario: la construcción de ciudadanía en abstracto, como prerrequisito para desplegar un Estado social de derecho, pasa por la formación de ciudadanos conscientes y deliberantes, capaces de emitir opiniones informadas sobre lo que ocurre en su entorno.

Ocho años de un régimen de democracia plebiscitaria casi echan por tierra la Constitución de 1991. El gobierno actual ha profundizado esta tendencia, pero la sociedad colombiana necesita orientarse hacia los principios de una democracia constitucional.

El modo de inserción de Colombia en la economía mundial no puede decidirse sobre la base de criterios tecnocráticos y bajo la presión de tratados internacionales cuyos efectos no han sido debatidos racionalmente.

Los grandes temas del desarrollo colombiano en un entorno de crisis financiera global, de crisis alimentaria, de adaptación al cambio climático, siguen esperando que surja un Estado moderno capaz de entender y administrar su territorio, capaz de inducir la formación de capital social y de estimular la creatividad de sus ciudadanos.

Pero al parecer, la sociedad colombiana se está activando impaciente por articular su propia agenda paralela ante la lentitud de un Estado atrofiado por sus propias limitaciones.

* Ingeniero industrial, Máster en Administración Pública Internacional, Ph.D. (Cand.) en Análisis y Política Económica, Consultor especializado en Pensamiento Estratégico Aplicado y Competitividad Sistémica Comparada.

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