COVID-19: la distopía del siglo XXI - Razón Pública
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COVID-19: la distopía del siglo XXI

Escrito por Javier Arenas
Vivir una pandemia

Estas son las similitudes y diferencias entre la pandemia que azota al mundo entero y las distopías literarias más famosas del siglo XX. 

Javier Arenas*

La manipulación del pasado

Aislamiento social, relaciones virtuales, teletrabajo, vigilancia extrema, estados de excepción, toques de queda y prohibiciones: así luce el mundo desde que la COVID-19 nos obligó a eliminar el contacto físico, una de las necesidades básicas del ser humano.

El parecido con las distopías descritas por diversos pensadores que veían el futuro con recelo es innegable, pero a diferencia de las situaciones imaginadas por George Orwell en 1984, Aldous Huxley en Un mundo feliz o Ray Bradbury en Fahrenheit 451, nuestra distopía no es producto de un gobierno autoritario, sino de un virus invisible capaz de desestabilizar la mente humana, el capitalismo y los estados de bienestar.

En la novela 1984, el partido Ingsoc, liderado por el Gran Hermano, manipula el pasado para ajustarlo a su ideología política. Winston, el protagonista, es uno de los encargados de cambiar los documentos históricos. Pero en nuestra distopía, el pasado no es manipulado por un partido político, sino por nosotros mismos: ante la nueva e insólita realidad, anhelamos la libertad que disfrutábamos hace un par de meses e idealizamos la normalidad que precedía el virus.

El virus no amenaza tan solo nuestra vida, sino también nuestra capacidad de reconocer problemas severos

Pero esa idealización esconde un gran peligro: llevarnos a olvidar los puntos turbios de aquella normalidad. Por eso el virus no amenaza tan solo nuestra vida, sino también nuestra capacidad de reconocer problemas tan severos como la desigualdad social o el consumismo desmedido.

Cada vez que publicamos fotos sonrientes con el hashtag “#quedateencasa” parece que hemos olvidado las desigualdades que precedían el coronavirus –y que de hecho se han exacerbado a partir de su llegada-. Idealizamos el pasado y, al hacerlo, omitimos algunos de sus rasgos principales: somos los Winston de nuestra distopía.

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Los puntos débiles

En medio de la incertidumbre, hemos sido testigos de numerosos actos solidarios, como decir donaciones, mercados regalados, o películas y conciertos gratuitos.

Se trata, sin embargo, de una solidaridad inspirada por el miedo que sentimos frente al enemigo invisible.  En el fondo, no tenemos tanto a la COVID-19 como al cambio, un elemento presente en casi todas las distopías.

El coronavirus ha puesto en evidencia las flaquezas de nuestra sociedad globalizada: la deficiencia de los sistemas de salud, la falta de conectividad en lugares vulnerables, la fragilidad de la economía y la destrucción del medio ambiente que ha causado nuestra especie. Pues si algo debería recordarnos la pandemia es que somos tan mortales como los demás seres vivos que forman nuestro entorno.

Encierro por la cuarentena

Foto: Departamento de Defensa de Estados Unidos
El encierro se convirtió en la primera parte de la distopía que muestra las desigualdades del mundo.

Aunque parezca una situación novedosa, en realidad nos enfrentamos a un interrogante milenario: ¿cómo dominar a la naturaleza? En el pasado, tratamos de lograrlo mediante la religión y el heroísmo, y actualmente depositamos nuestra confianza en el poder de la ciencia.

Nos llegan historias de héroes anónimos que sacrifican su vida para controlar el virus y, al mismo tiempo, noticias inverosímiles sobre líderes mundiales que actúan como dioses de la antigüedad o como el Gran Hermano: en vez de proteger la vida de sus ciudadanos, se preocupan por mantenerse en el poder, por aumentarlo o por ser reelegidos. Sus medidas inhumanas están cobrando millares de vidas y han  exacerbado la xenofobia en muchos lugares.

Cada país depende de sí mismo y, sobre todo, de su sistema de salud y de su capacidad para adquirir pruebas de diagnóstico. Como la extraña realidad plasmada en Un mundo Feliz, Latinoamérica parece una reserva natural donde conviven las más variadas prácticas salvajes: se llevan a cabo fiestas, carnavales y misas mientras que millones de personas mueren de hambre y sacan banderas rojas por la ventana para alertar al gobierno de su situación.

De Europa llegan noticias que dan cuenta de la fragmentación del continente y de la solidaridad a medias entre países vecinos. También nos llegan noticias sobre el deseo de proteger las libertades ciudadanas, especialmente en los lugares donde el virus no ha causado demasiados estragos.

Del Asia llegan noticias sobre los impresionantes avances tecnológicos de China, Singapur, Japón o Corea del Sur, avances que algunos admiran y otros temen por el riesgo que implican para la libertad y privacidad de sus habitantes.

Parece, finalmente, que el continente africano no existe porque los medios transmiten poquísima información sobre él.

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Las enseñanzas

Sopa de Wuhan compila textos de varios filósofos contemporáneos que intentan, sin éxito, explicar las consecuencias que tendrá la pandemia en nuestra sociedad. Todos parecen más interesados en revalidar sus posiciones teóricas que en analizar el virus de manera objetiva y cuidadosa.

Las distopías literarias nos ofrecen mejores herramientas para reflexionar sobre la pandemia, en tanto nos recuerdan la necesidad de cambios profundos en la organización social. Así logremos una vacuna contra la COVID-19, debemos transformar las prácticas que destruyen ecosistemas enteros y facilitan la aparición de enfermedades como esta.

El coronavirus ha puesto en evidencia las flaquezas de nuestra sociedad globalizada
Vivir la distopia

Foto: Librería Pública de Pima
¿Qué tanto se parece esta realidad de hoy a las distopías que narran los libros?

De no hacerlo, podríamos acabar en una realidad como la de Fahrenheit 451 donde los bomberos hacen incendios en lugar de apagarlos y donde el saber es prohibido para mantener el control sobre la población. Cada vez que difunden falacias o desacreditan el conocimiento científico, presidentes como Trump o Bolsonaro hacen fácil imaginar un escenario como este.

Pero también lo hacen los ‘mensajes positivos’ que divulgan los gurús de la felicidad a través de redes sociales: estos mensajes nos recuerdan las ‘pastillas de la felicidad’ que consumen algunos personajes de la novela Huxley para lidiar con la depresión que les provoca el mundo superficial en el que viven.

La mejoría que ha experimentado el medio ambiente gracias a la cuarentena y la aparición de especies animales o vegetales que se creían extinguidas en las grandes ciudades deberían entenderse como un llamado de atención al egocentrismo y superioridad desmedidos que los seres humanos hemos venido alimentando durante siglos.

En últimas, la COVID-19 se asemeja a casi todas las distopías porque nos recuerda que somos vulnerables: pequeñas chispas de energía que tarde o temprano serán absorbidas por la inmensa oscuridad de lo desconocido.

Polvo de estrellas víctima del gran olvido de la eternidad.

* Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Javeriana. estudiante de la Maestría en Estudios de Género de la Universidad Nacional.

 

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