Consumo de drogas: hay algo errado —y grave— en los datos del DANE - Razón Pública
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Consumo de drogas: hay algo errado —y grave— en los datos del DANE

Escrito por Alejandra Villamil y Augusto Pérez
Augusto Perez
Alejandra-Villamil

El DANE dice que disminuyó el consumo, pero esto contradice todo lo que sabemos. A qué se debe el error y cuáles daños implica.

Augusto Pérez Gómez*
Alejandra Villamil Sánchez**

La Encuesta

El gobierno colombiano, a través del DANE, acaba de presentar el último Estudio Nacional sobre Consumo de Sustancias en población de 12 a 65 años.

Se trató de una presentación apresurada e incompleta: hay muchos datos que no se han analizado; además, la precedió una filtración de las principales conclusiones en medios de comunicación. Algunas son, por decir lo menos, sorprendentes.

Según este estudio, habría disminuido el consumo de alcohol y tabaco. Esta es una tendencia observada en todo el mundo, con variaciones grandes de una nación a otra e, incluso, entre regiones de un mismo país; y se relaciona con distintos factores: restricciones legales, impuestos, toma de conciencia sobre eventuales daños y mala imagen.

Esto último concierne especialmente a los fumadores, sin incluir a los «vapeadores» y los «cigarrillos electrónicos», que se han convertido en un notable problema entre los jóvenes. Tanto el alcohol como el tabaco son sustancias de consumo elevado. Evaluarlo es relativamente fácil: al ser legales, los encuestados no tienen mayores reservas o desconfianza al reconocer su uso.

Disminución inverosímil

Según el estudio, el consumo de casi todas las sustancias ilegales disminuyó significativamente: son cifras similares a las del 2008. Esto es sorprendente por varios motivos:

• Es contrario a lo que sucede en el resto del mundo, como constatan los informes sucesivos de Naciones Unidas, cuya última versión se publicó en junio del 2020: desde hace muchos años, el consumo de sustancias tiende a aumentar de manera lenta pero sostenida.
• En Colombia no hay prevención, o es muy poca y frecuentemente se hace mal; por ende, no habría ninguna razón para que disminuyera el consumo. Además, la percepción de riesgo para sustancias como la marihuana y el éxtasis es muy baja: se sabe que cuando esto sucede hay tendencia a consumirlas más.
• Los datos actuales contradicen al Estudio Nacional del 2013 y a los datos del 2018 para población escolar.
• Los estamentos gubernamentales e internacionales están de acuerdo en que la producción de marihuana legal e ilegal ha aumentado notablemente; lo mismo ha ocurrido con la cocaína.
• Hace muchos años se sabe que una parte importante de las sustancias producidas se quedan en su lugar de origen y se consumen localmente: tal ha sido el caso de Afganistán, Tailandia, Pakistán y Vietnam; algo similar ocurre con los sitios de tránsito, como México y numerosos países africanos.
• El narcotráfico es una enorme y poderosa industria que no cesa de expandirse y de diversificarse: la consecuencia obvia es que aumente el consumo.

Uno se queda perplejo ante semejantes cambios; podría sentir la tentación de pensar en un milagro.

Foto: Pexels - La separación entre países consumidores y productores es anacrónica e inútil.

Los responsables

Considerando lo anterior, la división entre países «productores» y «consumidores» es un anacronismo poco útil, que distorsiona la realidad.

Esta distinción procede de la época en la que ciertos países se negaban a reconocer su responsabilidad y encontraban más fácil señalar como culpables a aquellos —todos pobres o en vías de desarrollo— donde se cultivaban ciertas sustancias.

Esta perspectiva dejaba de lado el hecho de que Estados Unidos, Canadá y varios países europeos son grandes productores de los insumos químicos necesarios para producir cocaína o anfetaminas; por otro lado, China es el productor más grande de opioides en el mundo.

Ahora bien, Colombia nunca ha tenido un problema de consumo de sustancias psicoactivas o de alcohol comparable a los de Europa o Estados Unidos. A pesar de ser el principal productor de cocaína del mundo, un gran productor de marihuana y de presentar numerosos factores de riesgo, se ubica en un nivel intermedio en América Latina: está muy por debajo de Chile, Argentina y Uruguay, y por encima de países como Ecuador y Bolivia. Aun así, los indicadores señalan en la misma dirección: el consumo tiende a aumentar.

Los datos presentados por el gobierno resultan entonces, casi milagrosos: ¿por qué disminuiría el consumo cuando la producción aumenta, cuando hay una menor precepción de riesgo y cuando la población tiene mayores recursos económicos que hace diez años? Como creer en los milagros es cada vez más difícil, es imprescindible buscar otras explicaciones. Y, por supuesto, lo primero que uno tiene que pensar es que hay un problema en el estudio.

Los métodos del DANE

En su presentación de hace pocos días, Juan Daniel Oviedo —el director del DANE— saltó al ruedo a defender los resultados antes de que nadie los atacara. Probablemente, eso significa que sabe que los datos son incongruentes y que despertarán muchas suspicacias.

¿Quién recolectó los datos de la encuesta? (ese es el dato clave): el DANE. ¿Cuántas personas están dispuestas a aceptar ante un funcionario público —que lo está mirando a la cara en su propia casa— que consumen marihuana, opiáceos o cocaína?, ¿cuántos adolescentes lo harían con sus padres oyendo? Francisco Cumsille, anterior director del Observatorio Interamericano de Drogas de la OEA, lo advirtió muchas veces y en todos los tonos: eso es un grave error que distorsiona totalmente los resultados.

La pregunta es obvia: ¿por qué se toman decisiones tan equivocadas a pesar de las advertencias? Porque quienes toman esas decisiones son funcionarios de nivel ministerial, pero desconocen completamente el problema, usualmente no tienen ninguna idea sobre investigación y, además, están sometidos a rotación constante.

En síntesis, aunque los datos revelados sean incompletos y todavía necesiten ajustes, es poco probable que haya cambios sustanciales en los resultados. Ojalá fuera así, pues lo que parece ser un error irreparable en el proceso de recolección de los datos anularía la credibilidad del informe. Y eso es más grave de lo que parece.

Primordialmente, las encuestas nacionales orientan las políticas. Si creemos en estos resultados, entonces lo mejor es no hacer nada, porque, según esta «evidencia», el problema se resolvió solo. La realidad es que no se invirtió en prevención, no se pudo manejar el microtráfico e ignoramos por completo el aumento de la producción de sustancias ilícitas —que supuestamente no son ningún problema interno—.

Foto: Flickr - ¿Por qué disminuiría el consumo y no la producción?

Una propuesta destinada

Mientras no acabamos de asimilar semejantes conclusiones, un representante a la Cámara registró un proyecto de ley para legalizar el consumo recreativo de marihuana.

Su proyecto revela tal ignorancia que inspira vergüenza ajena: asegura, entre otras cosas, que «según la OMS el tabaco es 114 veces más tóxico que la marihuana…»

Esa frase no significa absolutamente nada desde el punto de vista científico, porque la palabra tóxico puede referirse a cientos de situaciones diferentes y sin relación entre sí. El representante no parece conocer la gran síntesis de la National Academy of Sciences de los Estados Unidos (24.000 artículos), que permite demostrar que la inocuidad de la marihuana es una de las falacias más populares del mundo contemporáneo.

Tratar de convencer con argumentos científicos a alguien que ya cree saber es tan vano como tratar de convencer a un seguidor de Trump de que él es un mal presidente.

El nuevo estudio invita a voltearle la espalda al problema; la consecuencia de hacerlo sería dejar a los menores de edad en un estado de total indefensión, el problema desaparece y tendría la aparente ventaja de solucionarse sin intervención. Tal vez en eso, también, Colombia sea un país único en el mundo.

O tal vez los defensores del estudio deban darnos explicaciones sobre algo que parece perfectamente contraevidente, más teniendo en cuenta que entre julio y agosto del presente año la Policía incautó 22 toneladas de marihuana y cocaína destinadas al microtráfico interno.. Si no logran hacerlo, convendría que se pensara en dejar que ese trabajo se olvide en un anaquel polvoriento. Ya ha ocurrido antes, más precisamente en el 2006.

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