Construcción de ciudadanía y elecciones locales - Razón Pública
jorge ivan cuervo

Construcción de ciudadanía y elecciones locales

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jorge ivan cuervoLa dinámica propia de las elecciones locales, movidas por fuerzas modernas y premodernas, no contribuye a construir ciudadanos sino a consolidar alianzas que administran votos, plata, puestos y contratos colgados del uribismo.

Jorge Iván Cuervo *

Tensión entre lo nacional y lo local

En la misma dirección señalada por Hernando Gómez Buendía en su pasada columna de opinión en Razón PúblicaCiudades sin ciudadanos, uno de los temas que debería debatirse en las próximas elecciones locales es la construcción de proyectos de ciudadanía en el contexto de la democracia política.

Se ha dicho con un simplismo elocuente que la tensión modernidad – premodernidad en Colombia se refleja en la tensión entre lo nacional y lo local, que Colombia es moderna en lo nacional y premoderna en lo local. Que el triunfo del uribismo se explica al haberse conectado con la fibra local y haber obtenido el permiso de las élites nacionales para derrotar a la guerrilla, con los efectos sobre la institucionalidad ya conocidos.

Pero las realidades políticas son más complejas. Lo nacional no termina de construirse en medio de la heterogeneidad regional, entre otras razones porque el concepto de nación no puede dislocarse del concepto del universo local: ambos están imbricados, se retroalimentan y entrecruzan, niegan y reafirman de manera simultánea, así que hablar tajantemente de una realidad política nacional y otra local, no es un buen punto de partida, porque las fronteras son porosas.

Es necesario reconocer que si bien en Colombia los temas nacionales tienen mucho peso en la agenda política y en la conformación de los imaginarios sociales, aún en las regiones, las elecciones locales no se dan en el espacio simbólico de lo nacional, de suerte que las urgencias y demandas que caracterizan las elecciones para Presidente de la República no son las mismas que para alcaldes y gobernadores, y las que se dan para Asambleas, Concejos y Juntas Administradoras Locales no son las mismas que se dan para la elección de senadores y representantes a la Cámara.

Por esta razón no es correcto trasplantar las dinámicas políticas de lo nacional a lo local, así sean los mismos actores los que estén presentes en el juego electoral. El elector nacional es uno y el elector local es otro, porque los problemas y las expectativas son otras.

Es en ese contexto que la construcción de ciudadanía política debería ser el tema central en las próximas elecciones. Como señala Gómez Buendía, tenemos grandes ciudades, pero no tenemos ciudadanía, algo que ya había adelantado el Informe sobre la Democracia del PNUD. Democracia sin Ciudadanos.

La ciudad como metáfora espacial es el escenario para el ejercicio de los derechos, para la inclusión social, para los proyectos colectivos, para la solidaridad, es la polis de los modernos, donde se supone que todos participamos activamente de los asuntos que nos concierne, donde definimos nuestras identidades políticas y donde concretamos nuestros proyectos de vida. La proximidad espacial de la ciudad, debe ser una proximidad vital y política, pero nuestras ciudades parecen haberse disociado del interés común, y es en las ciudades latinoamericanas donde más lejos nos sentimos de la esencia de la democracia.

Colombia, Brasil y México son los países de América latina que cuentan con grandes ciudades, lo cual debería ser prerrequisito para democracias más profundas y sólidas, pero en el caso colombiano, la democracia local que se viene tejiendo desde 1986 con la elección de alcaldes y desde 1991 con la elección de gobernadores, no se ha traducido en ciudadanías locales.

Nuestra democracia es fuerte en lo nacional y débil en lo local. Unas elecciones locales deberían estar jalonadas por la construcción de ciudadanías locales, pero eso nos lleva al segundo tema.

Mafias locales y micropoderes

Los poderes fácticos coparon el espacio local y han empobrecido la democracia. Son ellos los que deciden quiénes participan del juego electoral, con qué recursos y bajo qué circunstancias. Aparentemente, ciudades como Bogotá, Barranquilla, Medellín, Cali y Bucaramanga habrían logrado blindarse  frente a este fenómeno, pero las evidencias indican que esa no es una batalla ganada.

Los poderes fácticos usan la estrategia del micropoder, no se trata de ocupar todo el espacio político, sino de parcelas significativas asociadas a actividades que se desarrollan muchas de ellas en la informalidad o con alta dosis de corrupción administrativa: juegos de azar,  prostitución, microtráfico de estupefacientes, mototaxismo, que les permite controlar espacio y ejercer influencia en la actividad política y en las dinámicas sociales.

Pero también otros negocios de tesitura legal, como la salud, el transporte público, centrales minoristas de abastos, transporte informal. Son los dueños de esos negocios los verdaderos dueños de ciudades como Montería, Sincelejo, Ibagué, Pereira, Armenia, sectores de Medellín y Bogotá, Riohacha, Villavicencio, por sólo nombrar algunas.

Allí la ciudadanía como espacio para el ejercicio de los derechos y los deberes, la construcción de identidades políticas y la inclusión social, es una ilusión. La dinámica del poder se sustenta en generar las condiciones para que estos negocios se consoliden, y los recursos económicos en las campañas se dirigen hacia allí.

Los discursos ideológicos desaparecen. La discusión sobre condiciones de vida, proyectos productivos, desarrollo social son pies de página en la gramática política subordinada a poderosos intereses, muchos de ellos de naturaleza mafiosa.

Bogotá, que parecía la más blindada frente a esa dinámica, hoy es presa de carteles de contratación y de organizaciones sociales fantasma en las localidades, depredando los presupuestos públicos con el consecuente deterioro de la calidad de vida que sufrimos a diario quienes habitamos la apenas suramericana.

En medio de esa reconfiguración política y económica en lo local, cuya manifestación más sofisticada es la parapolítica, sin un proyecto nacional aglutinante, pasamos al tema de la supervivencia de los políticos tradicionales reciclados en las nuevas generaciones. Lo cual nos lleva al tercer tema.

Más partidos, menos ideología

El modelo político de la Constitución de 1991 buscaba ampliar el escenario político a otras formas de representación. Pasar de un bipartidismo a un sistema de multipartidismo moderado. En el fondo del proyecto político constituyente estaba el problema de la representatividad del régimen político.

A veinte años de esa experiencia, el panorama del sistema político ha cambiado mucho en la forma y muy poco en el fondo. La reconfiguración política formal –más partidos políticos con personería jurídica- no ha significado una profunda reconfiguración ideológica.

El Partido Liberal y el Partido Conservador, sobreviven en medio de sus crisis de identidad y de erosión ética, la izquierda sobreagua en el Polo Democrático Alternativo, y toda la derecha se ha alineado, o bien en el Partido de la U o en Cambio Radical. Los poderes fácticos locales tienen su franquicia en el PIN, los cristianos se consolidaron como minoría definitiva en el Mira, y una facción del movimiento social y del llamado voto de opinión se quiere poner la careta del Partido Verde.

De cara a las elecciones de octubre, en casi todos los municipios y departamentos se cuecen alianzas entre liberales, conservadores y la U, lo cual demuestra que desde el punto de vista ideológico son una unidad- ¿una unidad nacional?; Cambio Radical apuesta más por su consolidación independiente, el Polo por no desaparecer ante la debacle de la administración en Bogotá, y los Verdes tienen el reto de demostrar que la ola verde, ese movimiento ciudadano de indignación ciudadana cabe en el Partido, que Mockus, Peñalosa, Fajardo y Lucho Garzón, son otra cosa, que pueden liderar el llamado voto de opinión y abrir una fisura al sistema político.

Los primeros se siguen sustentando en las redes clientelares y en muchas ocasiones en alianzas con los poderes fácticos, la llamada pequeña parapolítica, y en regiones del sur de la geografía nacional y Arauca, en la llamada pequeña farcpolítica.

De suerte que en octubre también está en juego la consolidación de los movimientos de opinión o la extensión de los cacicazgos del bipartidismo en diversas presentaciones del espectro ideológico: desde el centro del Partido Liberal hasta la extrema derecha del Partido de la U y el conservatismo, porque si hay algo que es significativo hoy en Colombia es que la derecha es la fuerza política decisiva, luego de ocho años de gobierno de su más conspicuo representante, lo cual nos lleva al cuarto y último tema.

El uribismo se refugia en lo local

Hoy se habla del uribismo como una fuerza política mayoritaria y decisiva que amenaza con tomarse el espacio local. Su líder más visible, el ex presidente Uribe, ha definido una estrategia de conservación del legado de su gobierno en las elecciones locales.

Los caciques regionales, siempre en búsqueda de la estrategia ganadora, le apuestan a colgarse de esta puesta en escena, poniendo sus candidatos en el empaque ideológico de la U en alianzas con otros sectores políticos. Finalmente ellos tienen los votos, la plata, los puestos y los contratos. NO tienen pierde: lo saben ellos y Uribe.

En el Quindío, por ejemplo, ya se selló una alianza entre el Partido Conservador, la U y el Partido liberal para le selección de los candidatos a la alcaldía y gobernación. El cacique tradicional del liberalismo impone a su hija para la alcaldía de Armenia, con el aval de la dirección nacional del Partido, un moderno como Rafael Pardo. La U pondrá en la gobernación a quien garantice la extensión de la concesión del chance a los poderes fácticos que lo administran hace lustros. En un mismo escenario local, convergen poderes políticos tradicionales, poderes políticos emergentes y poderes fácticos: la fórmula mágica que no se hubiera atrevido a vaticinar ni el más maquiavélico asesor de marketing político.

Este ejemplo se verá reproducido en todo el país, con algunas variaciones. En el Valle, el PIN será el actor decisivo, en Sucre el Partido Liberal, y en medio de esta negociación política de élites, se diluye el discurso de construcción de ciudadanía.

Modernos y premodernos a la vez

De manera que la consolidación o disolución de esta federación de caciques reciclados y de poderes emergentes alrededor del uribismo, es otro de los temas que estará en juego en las próximas elecciones locales, lo cual en el fondo, es una reedición más de la tensión entre la modernidad política que, en principio, reclama el bipartidismo tradicional y ahora el voto de opinión y un sector de la izquierda, contra la premodernidad política que refleja el ascenso en la esfera política de discursos como los de la U o del PIN.

Pero de nuevo la realidad es más compleja. Modernidad y pre modernidad atraviesan a unos y a otros, no son categorías estáticas, son imaginarios dinámicos. El Partido Liberal es premoderno y moderno a la vez. El conservadurismo moral de los Verdes no está en sintonía con una de las demandas básicas de la modernidad: la inclusión social, y eso los hace premodernos, en el sentido filosófico de la expresión

En este escenario, la discusión de la nación queda aplazada una vez más y la de la ciudadanía sometida a la voracidad de los intereses políticos que no representan los anhelos de bienestar de los ciudadanos, el verdadero malestar de esta democracia.

*Profesor e investigador de la Universidad Externado de Colombia, columnista y autor de numerosas publicaciones.

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Acerca del autor

Jorge Cuervo

Profesor e investigador de la Facultad de Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia, columnista de El Espectador y autor de numerosas publicaciones. @cuervoji.

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