Como perros y gatos: sobre la tauromaquia y los derechos de los animales - Razón Pública
Yecid Muñoz en RazonPublica

Como perros y gatos: sobre la tauromaquia y los derechos de los animales

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Yecid Muñoz en RazonPublicaUna reflexión abstracta y sin embargo concreta sobre un tema lejano y al mismo tiempo cercano a todos nosotros.

Yecid Muñoz Santamaría*

Yecid muñoz animales protesta bilbao

Foto: Ekinez Sortu -Protesta simbólica contra las corridas de toros en Bilbao.

El terreno común

A continuación trataré de demostrar que los argumentos “antitaurinos” usuales caen en lo que llamaré “el dilema esencial del animalismo”. Luego de plantear tal dilema, esbozaré una alternativa y, por último, me referiré tangencialmente al toreo. 

Los argumentos animalistas tienen sentido solo si concebimos que los animales tienen derechos. Tal idea, a su vez, solo puede ser comprendida en el marco de una sociedad políticamente laica y moralmente “historicista” (no-naturalista). Esto es, una sociedad que crea que los argumentos para defender valores políticos no pueden fundarse en verdades últimas, sino en conceptos que se modifican con el transcurrir de la experiencia histórica de las comunidades humanas. 

En efecto, solo en un marco así se puede desechar como fundamento de valores políticos la idea judeocristiana de que los humanos somos, por potestad divina, dueños y señores de la creación, y que por lo tanto tendríamos derecho de hacer con los animales lo que quisiéramos. De modo similar, únicamente en ese marco puede rebatirse la idea moderna de que solo las personas tienen derechos. 

El animalista contradictorio

 

Yecid muñoz animales Ventas madrid

Foto: Geroge M. Grouthas -Plaza de
toros de Las Ventas, en Madrid.
 
 

En ese marco, la posición animalista tiene como base el emotivismo de los utilitaristas clásicos: ya que se debe evitar, o cuando menos mitigar, el dolor del sujeto de derechos, si los animales son sujetos de derechos, toda acción que les produzca dolor injustificado debería estar prohibida legalmente. 

Por supuesto, tal posición obligaría a prohibir, en particular, la práctica de producción de carne para consumo humano, a menos que se garantizaran procedimientos indoloros para el sacrificio de nuestros compañeros de reino. 

Ahora bien, esta posición admite que los animales no tienen los mismos derechos que nosotros: es admisible matar intencionalmente a ciertos animales, aunque deban buscarse mecanismos de reducción o eliminación del dolor, para satisfacer ciertas necesidades humanas básicas —v. g., alimentarse—; no lo es, cuando se trata de satisfacer caprichos individuales —v. g., “diversión”—. En este punto cabe preguntarse, dado que uno se puede alimentar sin comer carne, por qué eso no cuenta como “capricho”. 

Pues bien, como hace tiempo señaló John Stuart Mill, el utilitarismo no entiende el “placer” meramente como la satisfacción de ciertas necesidades básicas, sino como la expresión de las facultades más elevadas del espíritu humano. De modo que la frontera entre “necesidades básicas” y “caprichos” es borrosa, pues lo que hace que tengamos ciertos derechos que los animales no poseen es justamente

· que no satisfacemos nuestras “necesidades básicas” de cualquier manera —no solamente nos alimentamos, dormimos o nos reproducimos, sino que lo hacemos de cierto modo, bajo ciertas condiciones (eso es lo que llamamos propiamente “placer”)—,

· y que lo que podríamos llamar “necesidad básica” de un ser humano va mucho más allá de las necesidades básicas del resto del reino animal. 

Así, el argumento animalista que depende de la distinción entre “necesidad básica” y “capricho” no se sostiene: ¿acaso para un ser humano no es tan importante alimentar su espíritu como alimentar su cuerpo?, ¿y acaso no está eso relacionado con lo que propiamente puede llamarse “sentir placer”?; parafraseando a Mill, ¿puede un cerdo, cuando come, duerme o se reproduce, “sentir placer” en el sentido de “ser consciente del placer”?; ¿y no es eso lo que permite establecer la distinción entre nuestros derechos y los del resto de animales? 

En resumen, el animalista que esgrime este tipo de argumentos, amén de hipócrita (porque quiere llamar “capricho” al placer cualificado de otro pero no al propio), desconoce los fundamentos de su argumentación. 

El animalista dogmático

Cabe, no obstante, rechazar los fundamentos anteriores y enfocar la argumentación en la vida animal como un valor que está al mismo nivel de la vida humana. 

 

Yecid muñoz animales tauromaquia india

Foto: Vinoth Chandar -Jalikattu, deporte
en donde se doma al toro,
en Alanganallur, India.
 

 

Según esta perspectiva, nuestras relaciones con los animales no deberían ser de propiedad, pues nuestros compañeros de reino son tan importantes como nosotros; no podemos hacer lo que queramos con ellos; ellos no están impunemente a nuestro servicio. 

Esta perspectiva debería ser ampliamente discutida pues, por ecológica que parezca, deja enormes dudas por resolver, que no por obvias dejan de ser relevantes: ¿vale lo mismo la vida de un niño que la de, digamos, un gato?, ¿es moralmente idéntico alimentar a un perro callejero o a un indigente?, ¿soy moralmente malo si mato al zancudo que no me deja dormir? 

Además, tal posición es problemática porque, en el marco valorativo antedicho, de hecho estaríamos obligando a la gente a actuar como si el vegetarianismo, en cuanto doctrina que considera moralmente malo comer animales, fuera Verdadero, lo cual atenta contra el principio de no afincar valores políticos en verdades últimas. 

En el marco donde se están discutiendo estas cuestiones tal posición no puede fundamentar ningún argumento admisible: se trata de una concepción de la moralidad basada en nuestra comunidad metafísica con la naturaleza, que uno podría sostener como guía de las propias acciones, pero que no puede pretender imponer a toda la sociedad. 

De hecho, ni siquiera se sostiene como actitud personal admisible, al menos no para quienes compartimos los valores liberales (post)modernos. El espíritu de nuestros tiempos hizo posible la comprensión de los valores morales, no como dogmas, sino como productos del análisis y el debate sobre la historia de nuestras sociedades. 

Por ejemplo, si hoy comprendemos que los seres humanos deben tener ciertos derechos inalienables no es porque tengamos tales derechos “por naturaleza”, sino porque la historia nos enseñó que tales derechos son el límite que debe imponerse a instituciones monstruosamente poderosas, los Estados, que pueden hacerle la vida imposible a comunidades enteras. 

Me parece que va en contra de ese espíritu, que es la fuente misma de nuestra actual preocupación por los derechos de los animales, recurrir a valores absolutos, por ecológicos que parezcan. 

Un esbozo de propuesta alternativa

A David Hume le debemos la idea de que son nuestras relaciones con los otros las que determinan nuestra moralidad. Esto permite poner el acento en el punto de encuentro real, efectivo, entre nosotros y los otros —plantas, animales, otros seres humanos—. Así, nuestros valores morales no deberían estar dictados por discursos metafísicos-universalistas, sino por éticas relacionalmente diferenciadas: una cosa son las relaciones que podemos establecer con un zancudo o una pulga, otras distintas las que establecemos con gatos o perros y otras más las que podemos establecer con otros seres humanos; nuestra escala de valores debería estar determinada por esas distintas posibilidades relacionales. 

Es muy popular treparse en la retórica de que los “animalitos” son igual o más valiosos que los seres humanos. Pero es irresponsable. En el fondo, se trata de una renuncia imposible a nuestra posición de poder: hay un sentido relevante en el que los seres humanos estamos irremediablemente arriba de la pirámide; en el que toda la naturaleza está en nuestras manos. ¿Asumiremos esa responsabilidad seriamente, honrando las tradiciones que nos permiten reconocerla, o preferimos quedarnos en la cómoda posición que distingue entre los moralmente buenos amigos de los animales y la gente mala que come carne, mata zancudos y va a corridas de toros? 

Apéndice sobre la tauromaquia

Si bien no es mi intención defender el toreo, sino promover una discusión seria sobre este, ello pasa por entender su valor cultural. 

 

Yecid muñoz animales toro farnesio

Foto: Mary Harrsch -Toro Farnesio,
Museo Arqueológico de Nápoles.

 

Lo importante es el camino: defender nuestra tradición deliberadora; no dejarnos tentar por fáciles alternativas dogmáticas disfrazadas de sensibilidad ecológica. Dicho esto, aquí va lo que podría ser un argumento razonable a favor de la “fiesta brava”, enmarcado en la idea de las variadas relaciones que podemos establecer con los animales: 

Las corridas de toros son el último rito que se preserva en Occidente para solventar simbólicamente nuestras relaciones con los “dioses del lado oscuro” (es decir, para asumir el hecho inevitable y cruel de que, como parte de la naturaleza, destruimos, matamos y causamos dolor). Que se use un rito en el que lo simbolizado —la muerte— está presente en realidad, y no meramente en símbolo, solo indica que el asunto es más complicado de procesar para la condición humana que cualquier otro tema. 

Lo cual parece implicar que los amantes de las corridas de toros son más “naturales y humanos” que los “antitaurinos” mismos: están presentes en el rito, participan activamente en él, no eluden su responsabilidad, sino que tratan de transfigurarla convirtiéndola en parte de un ejercicio estético. 

¿Quién puede afirmar, a la luz de lo dicho sobre lo difuso de las fronteras entre las necesidades básicas y los “caprichos” personales, que la transfiguración estética de nuestras relaciones con la naturaleza no es tan importante para nosotros como la necesidad de alimentarnos? ¿Quién puede asegurar que dar a un animal la oportunidad de enfrentarse a uno de los nuestros en un rito mortal no es menos hipócrita que pronunciarnos contra las corridas de toros después de haber disfrutado de un jugoso filete? ¿Quién puede asegurar que no está siendo dogmático cuando pretende que apliquemos a todos los animales los mismos estándares valorativos? 

* Profesor de la Universidad del Rosario y corrector de estilo.

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