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Colombia, pocas vacunas y dudosas prioridades

Escrito por Oscar Alfonso y Pablo Bermudez
Oscar Alfonso
Pablo-Bermudez

Al atraso de Colombia hay que sumarle el problema de quiénes deban ser vacunados primero. Aquí, una propuesta polémica basada en evidencias nacionales y en el ejemplo de Indonesia*.

Óscar Alfonso Roa** y Pablo Bermúdez Bermúdez***

Externado

El atraso de Colombia

El gobierno anunció que llegarían 1.159.000 vacunas contra la COVID‑19, pero esto no entusiasmó a los colombianos.

Esa falta de entusiasmo tal vez se debe a las noticias que nos llegan de otras partes: la mitad de la población vacunada en Israel, aumentos rápidos de cobertura en Inglaterra o en Estados Unidos, avances en México, Perú o Chile… y hasta camiones lecheros que transportan las vacunas en Bolivia.

Colombia en cambio llegó tarde y, de paso, se enredó en una disputa diplomática con Rusia en el momento menos indicado. A todo lo cual se agrega por supuesto la negativa a hacer públicos los contratos con las farmacéuticas multinacionales.

Un plan hipotético

Pero hay algo más preocupante: el lenguaje del gobierno, que abusa del tiempo condicional simple es decir, el que transmite el mensaje de que el Plan Nacional de Vacunación es apenas una hipótesis porque sus elementos esenciales no están bajo control del gobierno.

En los discursos presidenciales acerca de las vacunas, palabras como llegarían y comenzarían han ido desplazando la muletilla “quiero expresar con toda claridad”.

Esta no es una cuestión lingüística sin trascendencia. En un tono semejante, Úrsula von der Leyen —presidenta de la Comisión Europea— admitió esta semana que “tal vez fuimos muy optimistas sobre la producción masiva y quizá confiamos demasiado en que lo que habíamos encargado llegaría a tiempo”

Prioridades nacionales vs. realidades internacionales

La Organización Mundial de la Salud (OMS) sugiere comenzar la vacunación por el personal sanitario con alto riesgo de infección; a continuación, vendrían quienes tienen riesgos considerables de enfermedad grave y muerte; después aquellos que no pueden guardar el distanciamiento físico, y por último el resto de la población. Este orden en general ha sido acogido por la mayoría de los 192 países que integran la OMS, aunque con variaciones o detalles bastante diferentes de país a país

El lenguaje del gobierno abusa del tiempo condicional simple, transmite el mensaje de que el Plan Nacional de Vacunación es apenas una hipótesis

Pero las prioridades nacionales o internas están sujetas a una muy grave distorsión: cuáles países del mundo reciben las primeras vacunas. Los países más ricos o influyentes se están quedando con una proporción desmedida en relación con el desabastecimiento que ocasiona y aun, en ciertos casos, han contratado envíos por encima de sus necesidades. Muchas de las vacunas han sido asignadas al mejor postor, violando así el derecho universal a los avances de la ciencia, consignado en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.

La Comisión Europea tiene razón; el mensaje es el mismo que la Asociación por el Acceso Justo a los Medicamentos lanzó en octubre de 2019: estamos ante un desastre que no es el resultado de un fenómeno natural, “porque las patentes no son fenómenos naturales”.

Saltándose la fila

En este escenario de disponibilidad limitada de vacunas, agudizado por incentivos desmedidos a los propietarios de las patentes, las autoridades sanitarias de casi todos los países adoptaron los criterios de la OMS como su guía estratégica para contener la transmisión comunitaria del coronavirus.

Pero los órdenes de prioridad teóricos están sujetos a muy serias presiones internas.

Ya sea por el temor al contagio o por el hastío del confinamiento, abundan los casos de corrupción para violar el orden de vacunación: personas adineradas que toman vacaciones sibilinas para vacunarse en otro país, sacerdotes que mienten sobre su profesión para incorporarse al grupo prioritario y, por supuesto, políticos inescrupulosos que abusan de sus micropoderes para saltarse la fila. Estos y otros tipos de “jugaditas” son frecuentes en Colombia.

Y el escenario se complica por las nuevas cepas del SARS-CoV-2 que han sido detectadas en varios lugares del planeta y que por supuesto, también acechan a Colombia.

Foto: Concejo de Cali - Las masacres aumentaron en el 2020 y esta tendencia viene desde 2018.

Indonesia y la pirámide del contagio en Colombia

Ante la mala gestión del gobierno colombiano en relación con las vacunas, el acaparamiento por parte de los países más ricos y los abusos de quienes tienen dinero o influencias, habrá que asegurarse de que las pocas vacunas disponibles tengan el mayor impacto posible.

Desde el comienzo de la crisis, los virólogos explicaron cómo el coronavirus se convierte en “pandemia”: una persona contagia a tres; esas tres contagian a nueve; esas nueve, a veintisiete, y así sucesivamente. El contagio es exponencial: cada día aumenta más rápido.

La pandemia ha dado muerte sobre todo a las personas mayores. Y esa ha sido la principal razón para darles prioridad, incluyéndolos en el segundo grupo de vacunación.

Indonesia se ha apartado de esta pauta, seleccionando para la primera fase de aplicación de la vacuna a los trabajadores entre 18 y 59 años. ¿Será porque no quieren a los adultos mayores? Nada de eso, pues es una estrategia racional que los ampara a ellos y a sus compatriotas. La razón es de carácter demográfico: Indonesia —con 270 millones de habitantes— es el país más afectado de Asia, y, además el país donde la mayor cantidad de población ocupada está en este rango de edad.

Tiene sentido inmunizar primero a la población en edad de trabajar, porque son quienes tienen mayor número de interacciones y porque la propagación del virus es mucho más frecuente en ese rango de edad. En su mayoría, las interacciones de este grupo causaron los picos de contagio que saturan las unidades de cuidados intensivos

La economía del contagio

Como en Colombia, los indonesios trabajan en un contexto donde predomina el trabajo informal. Según la Organización Internacional del Trabajo, en el 2019 la informalidad en Colombia alcanzó el 62,1 % del empleo total; en Indonesia fue del 80,4 %. Ambos países tienen el mismo problema: en la mayoría de los casos, la gente cuenta con empleos que no pueden adaptarse al teletrabajo.

Esto debe considerarse al tomar decisiones, sobre todo cuando la pandemia ha tenido un impacto tan grande sobre la actividad económica. La COVID‑19 demostró que la gente le teme más al hambre que al contagio.

Ya sea por el temor al contagio o por el hastío del confinamiento, abundan los casos de corrupción para violar el orden de vacunación

Con el enfoque de “la juventud primero”, Indonesia tiene la convicción de que también están protegiendo a los ancianos. Si hay 27 portadores potenciales del coronavirus y los vacunan primero, evitarán el contagio de al menos 729 más, y así sucesivamente. En consecuencia, más personas podrán ir con confianza al trabajo, menos negocios cerrarán y menos ancianos morirán de coronavirus. Este enfoque es crucial para la reactivación económica.

La pirámide del contagio de Colombia no es muy diferente de la de otros países ni, claro está, de la de Indonesia: como se aprecia en la gráfica siguiente, el 53,6% de los hombres y el 52,0% de las mujeres contagiadas en Colombia tienen entre 20 y 44 años.

Pirámide de la población contagiada con el coronavirus
Colombia – febrero 11/2021
(porcentajes)

Fuente: elaborada según registros del Instituto Nacional de Salud

Las políticas públicas no deben formularse sin tener en cuenta el contexto peculiar del país donde deben aplicarse. Como vacunar es una de las decisiones más importantes para un gobierno, hay que considerar cómo funciona el contagio y cuál es su relación con el mercado laboral.

Ante la disponibilidad limitada de vacunas, la estrategia de Indonesia es más recomendable que la sugerida por la OMS, que el gobierno colombiano promueve sin siquiera permitir la discusión.

*Este artículo hace parte de la alianza entre Razón Pública y la Facultad de Economía de la Universidad Externado de Colombia. Las opiniones son responsabilidad de los autores.

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