
Colombia: un mapa que se canta – Parte 2
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Esta es la segunda entrega de un artículo en tres partes que busca escuchar a Colombia desde la música autóctona de sus regiones.
En Colombia, la diversidad musical ha sido un espejo de los caminos del país: tránsitos, resistencias, encuentros y mezclas. Cada región ha tejido su propia sonoridad, pero juntas conforman un mapa vivo que sigue transformándose.
Esta es la segunda entrega de un artículo en tres partes que busca escuchar a Colombia desde la música autóctona de sus regiones. La primera entrega —dedicada al Caribe y al Pacífico— se puede encontrar aquí: [Primera parte].
En esta sección el viaje continúa tierra adentro, donde el galope del Llano y las cuerdas de los Andes revelan otras maneras de contar quiénes somos.
Llanos: donde galopa el canto
En los Llanos Orientales, la música corre con los caballos y vuela con los pájaros. El joropo —con su arpa, cuatro y maracas— es identidad viva, donde el canto se funde con la copla, el galope y el río.
Luis Ariel Rey, Reynaldo Armas y El Cholo Valderrama han narrado el alma llanera con fuerza poética. Ellos forman parte de una tradición que ha dado al Llano un sonido propio: el joropo.
Pero el joropo no se quedó quieto. Grupos como Cimarrón lo han llevado a escenarios internacionales con una energía que cruza virtuosismo y potencia escénica. Cimarrón presenta al mundo una mezcla contemporánea de la sonoridad del Orinoco.
De Juepuchas, proyecto colombiano de electrónica, ha explorado elementos del joropo. En Panas, del álbum Viajes Ilustrados Vol. 1, toma esas sonoridades de los Llanos para llevarlas a un terreno digital, transformándolo en una experiencia electrónica vibrante.
El joropo sigue extendiéndose como el manto de la sabana: libre, fuerte y lleno de alma.
Andes: tradición pulsada
En la región andina, la música se teje con cuerdas pulsadas: tiple, requinto, bandola, guitarra. Son las voces del bambuco, el pasillo, la guabina y el torbellino, géneros que desde hace siglos cantan al amor, al arraigo y al paisaje.
Garzón y Collazos, dúo tolimense emblemático, encarnaron por décadas el alma del bambuco y el pasillo. Su música aún suena como parte emocional del archivo del país, entre serenatas, celebraciones patrias y familiares.
La carranga, nacida en Boyacá, dignificó lo campesino desde la fiesta. Jorge Velosa, su creador, construyó un lenguaje entre la risa, la crítica y la nostalgia.
Hoy, ese legado sigue transformándose. Edson Velandia, desde Piedecuesta, mezcla lo popular con lo teatral y lo político. Su música incomoda y emociona a partes iguales.
Edson Velandia decidió retirar su música –y la banda de la que es fundador, Velandia y la Tigra– de Spotify tras el conflicto relacionado con la inversión del CEO de Spotify (Daniel Ek) en tecnología militar. Sin embargo, aquí hay una canción suya disponible como parte de una banda sonora.
La Muchacha canta desde el sur de Huila con una guitarra y una voz filosa. Habla de lo íntimo, lo colectivo, lo que duele y lo que se resiste.
Lucio Feuillet, desde Nariño, propone otra lectura de lo andino. Como en Mínimo Infinito, un álbum que mezcla pasillo y bambuco en una narrativa poética. Un trabajo donde lo tradicional y lo contemporáneo se encuentran orgánicamente.
En Los Andes, la música es como la niebla de sus montañas: aparece y se envuelve y funde entre la tierra.
Entre llanuras abiertas y las montañas andinas culmina este segundo recorrido. El viaje continuará en donde el sonido se vuelve selva, dentro de un río magnificente: el Amazonas.
Le recomendamos: Colombia: un mapa que se canta – Pt. 1
Acerca del autor

Leonardo Suárez Jiménez
*Músico de la Universidad de Los Andes, compositor y productor musical. Magíster en Producción de Audio de University of Westminster (Reino Unido) y docente universitario. Su práctica articula creación e investigación con el sonido como punto de partida para explorar el cruce entre percepción, comunicación y cultura.
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