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Clasificación racial y Estado en América Latina

Escrito por Tatiana Alfonso

Pobladores de La Boquilla, a las afueras de Cartagena

Tatiana Alfonso La clasificación según raza o etnia ha sido tema de muchos debates en la historia de América Latina, porque con ella se han excluido o incluido millones de personas en  los proyectos de nación. Un libro de especial interés para Colombia.

Tatiana Alfonso-Sierra*

National Colors. Racial Classification and the State in Latin America

(Colores Nacionales. Clasificación racial y Estado en América Latina)

Mara Loveman

New York, NY: Oxford University Press, 2014

Consulta previa o consulta breve  

“¡Estos sí son negros! Los del último pueblo al que fuimos en cambio, esos son como uno”, dijo el funcionario del Ministerio al llegar a una comunidad negra a media hora de Cartagena. Esa clasificación simple y rápida había dejado sin derecho a la consulta previa a una comunidad en los Montes de María por cuyo territorio habrá de pasar una línea de exploración sísmica en 2006.

Hace ya un poco más de ocho años fui autorizada para acompañar varias visitas de un ministerio a comunidades rurales en la zona de Montes de María. El “paseo” comenzaba en un avión de Bogotá a Montería, donde tomábamos una camioneta para ir de comunidad en comunidad hasta llegar a las afueras de Cartagena.

La idea del progreso racial, sin embargo, seguía presente, solo que ahora venía vestida de traje típico.

Las visitas eran parte del protocolo de la consulta previa, según el cual el Estado debía hacer una verificación de las comunidades para decir si eran o no eran indígenas o afro-descendientes. La agenda  era muy apretada porque los funcionarios debían recorrer la zona en 3 o 4 días, y durante los horarios hábiles en esa región (Los Montes de María seguían controlados por grupos ilegales y el Ejército hacía presencia solo en las carreteras entre las 6 de la mañana y las 6 de la tarde). En cada parada de la carretera, los soldados advertían que después de esa hora no podríamos entrar ni salir de la zona, y que convenía “estar descansando en el pueblo más cercano a donde los agarre la noche”.

En esas condiciones los funcionarios estatales, pese a sus buenas intenciones personales, se veían obligados a hacer visitas de médico en cada comunidad, a donde apenas si alcanzaban a llegar, a tomar agua o guandolo, a hacer ciertas preguntas y a pedir que convocaran a la comunidad para una reunión con la empresa y el Ministerio.

Durante la reunión, que nunca tomó más de una hora, anunciaban el proyecto e inauguraban el proceso de consulta previa si el funcionario decidía que había lugar a ella. Lo interesante – y lo triste- era ver cómo entre el momento del guandolo y la reunión, los funcionarios ya habían decidido si ahí “había indios” o si “eran negros de verdad”.

Algunas veces el dictamen coincidía con la forma como la comunidad se definía a sí misma y otras veces no; muchas veces, las personas a las que el funcionario clasificaba lucían exactamente como él o como yo, pero con argumentos caricaturescos se decidía la identidad étnica de los presentes. Esta caricatura resultaba en excluir o incluir la comunidad dentro del proceso de consulta previa.

Raza y modernización

Tales prácticas burocráticas, que pueden verse como ridículas, indignantes o violatorias de los derechos humanos, a menudo definen las formas de inclusión o exclusión de los ciudadanos en un Estado.

Cuándo, por qué y cómo los Estados clasifican a sus ciudadanos en categorías étnicas y raciales es la pregunta que intenta contestar el libro National Colors: Racial Classification and the State in Latin America. Mara Loveman, la autora, analiza las políticas y  prácticas de clasificación étnica y racial en los países de América Latina a través de los censos poblacionales de los dos últimos siglos.

Loveman muestra cómo los Estados latinoamericanos en distintos momentos han cambiado las formas de clasificar a sus ciudadanos en términos de raza, ya sea usando o eliminando categorías censales, o modificando la categoría misma. Cada una de estos cambios ha servido para incluir y excluir a determinados sectores de la idea de nación.

Ese argumento no es para nada novedoso en los estudios sobre el tema. El libro de Mara Loveman, sin embargo, logra mostrar que a pesar de las particularidades de cada país, hay un patrón histórico donde las políticas de clasificación racial han respondido a ideas sobre la modernidad a las cuales han tratado de ajustarse los Estados latinoamericanos.  

Según el argumento de Loveman, la mayoría de esos Estados se definieron racial o étnicamente a partir de las expectativas internacionales sobre lo que es una nación moderna y un país desarrollado. Y estas versiones raciales tratan de reconciliar proyectos nacionales con las ideas internacionales sobre lo que significa perseguir el desarrollo y con discursos científicos acerca de la raza. La idea de nación moderna y desarrollada ha cambiado durante los dos últimos siglos, y  Loveman nos muestra cómo las políticas de clasificación étnico-racial han respondido a dichos cambios.

En efecto: la mayoría de los países latinoamericanos pasaron de la clasificación de los sujetos coloniales a la prohibición del uso de la raza a principios del siglo XIX, como parte del discurso de la independencia y de la ruptura con ese pasado colonial.

Entre mediados y finales del mismo siglo, sin embargo, las élites con afán de modernización impulsaron el énfasis sobre las particularidades raciales. Esa posición era consistente con las teorías sobre diferencias naturales entre grupos humanos, según las cuales las poblaciones que no eran del tipo blanco europeo eran menos desarrolladas. De esa manera, las élites podían justificar el atraso económico de sus países, al mismo tiempo que trazaban planes para el futuro y entraban en la competencia por el “progreso”.

Indígenas Wiwas en La Guajira.
Indígenas Wiwas en La Guajira.
Foto: Agencia Prensa Rural

Cambia el censo, sigue la discriminación

Hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX los censos se utilizaron para reafirmar la “mejoría racial”: en los números la población mestiza comenzó a aumentar, mientras disminuían  las poblaciones indígenas y  afro-descendientes. Los Estados podían mostrar de esa manera que estaban avanzando hacia un futuro blanco y civilizado.

Las preguntas sobre raza fueron desapareciendo de los cuestionarios censales,  y entre la mitad y el final del siglo XX, los censos comenzaron a incluir preguntas sobre cultura, tales como lengua, formas de vestir y prácticas alimenticias. La idea del progreso racial, sin embargo, seguía presente, solo que ahora venía vestida de traje típico.

La negación de la raza y las categorías étnicas en los censos no cambiaban para nada las realidades de las poblaciones minoritarias. La dimensión de la brecha entre el discurso sobre la nación y la exclusión de los grupos étnicos preparó el escenario para las luchas políticas del siglo XXI sobre la diversidad de los Estados latinoamericanos, la reivindicación racial y cultural de los pueblos indígenas y afrodescendientes, y las formas específicas de inclusión y participación en las vida nacional.

El libro de Loveman tiene grandes méritos académicos porque establece un diálogo entre dos tradiciones usualmente separadas; por un lado, el análisis de las narrativas históricas sobre nación y raza, y por otro, el tema de las políticas internacionales sobre el desarrollo.

Para hacer eso, el libro identifica al Estado como el actor fundamental que liga el discurso sobre el desarrollo con las clasificaciones raciales y étnicas, mostrando  a estas como espacios por la inclusión y no como reflejo de diferencias naturales entre los habitantes

Esta caricatura resultaba en excluir o incluir la comunidad dentro del proceso de consulta previa.

Saber si los congresistas recientemente elegidos para las curules afrocolombianas son  negros o no lo son no es un asunto “científico” sino político: hasta donde está siendo respetada la reivindicación de movimientos sociales que lucharon para ser parte de la nación en calidad de personas o comunidades negras, como pueblos indígenas o como comunidades campesinas.

Colombia es un caso muy interesante dentro del análisis histórico de Loveman. Leer el libro es entonces un ejercicio útil para entender nuestras luchas por la inclusión étnica.

Los académicos y activistas locales tendrán sin duda muchos reparos en puntos específicos del libro, pero su lectura no podría hacerse en un mejor momento, ahora que Colombia vive cada día la discusión sobre quién es negro puede ir al Congreso en nombre de los afrocolombianas, y la consulta previa se restringe a quien es indígena o afrocolombiano.

Más importante aún, el tema es de actualidad ahora que el censo agrario está en desarrollo y una buena parte de sus resultados sobre quién es qué definirán derechos territoriales. Hay que poner atención entonces a lo que significan nuestros colores nacionales y a las luchas políticas (no científicas) sobre la identidad étnico-racial.

 

*Estudiante de doctorado en Sociología de la Universidad de Wisconsin-Madison.

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