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¿Clases de filosofía o filosofía de clases?

Escrito por William Duica

Estudiantes de colegio en Bogotá.

Wiliam_DuicaLa declaración de un alcalde al que le parece inútil enseñar filosofía a los jóvenes pobres suscita esta reflexión (también filosófica). No se trata apenas de lo “útil”, sino de quiénes son -o no son- dignos de acceder al conocimiento más sofisticado.

William Duica*

La filosofía ¿para qué?

Si hay algo corrosivo, algo ante lo cual nada resulte inmune, es la filosofía. Nada, ningún elemento material o inmaterial, escapa a su luz reveladora o a su poder de ensombrecerlo todo. Lo que quiero decir con esto es que todo, absolutamente todo, puede ser tratado como un asunto filosófico: porque la sola duda acerca de si es posible o no es ya una consideración filosofica.

Con este abstracto preámbulo quiero enmarcar mi análisis de las polémicas declaraciones del señor alcalde de Cartagena, Manuel Vicente Duque, quien en una entrevista para un canal regional de televisión se preguntó "¿de qué le sirve a un muchacho pobre estudiar filosofía?".

La pregunta del alcalde no expresaba una duda nacida del puro deseo de especular para llegar a una conclusión que llenara un vacío de su pensamiento. Es decir, no era una duda cartesiana. Quienes lo conocen dicen que el alcalde tampoco es el tipo de hombre de espíritu socrático que usa las preguntas para guiarse en una reflexión que oriente el curso de sus acciones.

No. Lo que el alcalde estaba haciendo era, con un giro retórico que no es inusual, rematar un argumento con una pregunta que en realidad se entiende claramente como una conclusión.

El argumento es, grosso modo, que en la actual situación de Cartagena, del país y del mundo contemporáneo, la población joven más vulnerable debe ser educada para adquirir herramientas que le permitan salir a competir en un mercado laboral cada vez más necesitado de saberes prácticos.  En este contexto, piensa el alcalde, dedicar años del bachillerato a estudiar filosofía en un salón de clases es inútil. Por eso concluye su razonamiento preguntándose: para qué le puede servir a estos jóvenes estudiar filosofía. 

Los críticos virtuosos

Manuel Vicente Duque, Alcalde de Cartagena.
Manuel Vicente Duque, Alcalde de Cartagena.   
Foto: Manolo Duque @Manolo Duque

Como ya dije, todo, incluso el argumento del alcalde puede ser objeto de una consideración filosófica. Al hacerlo en este caso quiero tomar distancia de las reacciones de algunos profesores y estudiantes de filosofía que se apresuraron a salir en defensa de la profesión. Su tesis es que estudiar filosofía es útil porque forma en las personas un espíritu crítico que además provee de ciertas virtudes morales y políticas.

Yo comparto esa opinión, pero hay dos cosas que me inquietan de este gremio de críticos virtuosos: una, que piensen que un razonamiento como el del alcalde es el resultado de la ignorancia. En particular de ignorar "qué es la filosofía", como si contáramos con una idea concluyente al respecto.

Todo, absolutamente todo, puede ser tratado como un asunto filosófico.

La otra es que se crea que se ha liquidado la discusión al decir que la filosofía es útil porque forma espíritus críticos y virtuosos, como si fuera claro que el pensamiento crítico solo florece en la filosofía y como si otras experiencias humanas no produjeran en nosotros virtudes morales y políticas.

Pero más que la respuesta lo que rechazo es que en las reacciones haya una actitud generalizada de descalificación del contrincante. Uno puede sospechar de la seriedad de alguien que se identifique públicamente como "Manolo"; o desconfiar por principio de todo "burgomaestre" con o sin doctorados falsos. Pero, si lo que se quiere es considerar filosóficamente el argumento de la inutilidad de la filosofía, nada de eso es relevante. Ni siquiera la presunta ignorancia del interlocutor invalida su argumento.

¿Seguir estudiando?

En general, creo que es un error abordar lo dicho por el alcalde como una pregunta cerrada: ¿Estudiar filosofía, "es útil" o "es inútil"? Esto puede ser un error inclusive en áreas cuyas respuestas parecen más obvias.

¿Para qué les puede servir a estos jóvenes estudiar biología, química, física, literatura, geografía, historia o matemáticas (componentes de lo que se conoce como bachillerato académico)? Lo que uno tiende a pensar es que eso depende de qué quieran hacer los tales jóvenes. Pero al tratarlas como preguntas cerradas podríamos llegar a reducir todo a la pregunta ¿de qué le sirve a un muchacho de esos estudiar un bachillerato académico?

Lo sorprendente es que hay algo de esto en el análisis del alcalde Duque. ¿Por qué no mejor enseñarles oficios y prepararlos para la vida que les espera con una habilidad práctica?  ¿Por qué no enseñarles a ser carpintero, sastre, plomero, cocinero, hacker, periodista? O prepararlos para cargos que en Colombia no requieren alguna habilidad en particular o virtud moral (aunque puedan tenerlas): alcalde, gobernador… incluso, hay un senador costeño al que dicen que no se le ha oído hablar.

Si se tienen en cuenta las condiciones de la educación básica y secundaria, la claridad de los objetivos que persigue y las oportunidades de formación de quienes la imparten, etc., no faltará quien argumente que esa educación, en general, no les sirve de nada. Y si a eso se suma la reacción masiva de padres y jóvenes que protestaron en contra de la ideología de género que supuestamente se quería infiltrar en el sistema educativo, uno concluye que esa educación, con todo y las clases de filosofía no ha servido para nada.

Así planteado, yo no estoy seguro de estar totalmente en contra del alcalde Duque. Pero por otra parte, quizá por un interés gremial, pienso que es un error privar a los jóvenes de la oportunidad de educarse en el saber universal.

A medio camino

Representación clásica del pensamiento filosófico.
Representación clásica del pensamiento filosófico.  
Foto: Wikimedia Commons

Como me siento a medio camino entre pensar como pienso, después de no haber sido sino profesor de filosofía toda mi vida laboral y sentir que hay algo de razón en el punto del alcalde Duque, voy a partir de lo que dice para ver hasta donde llego con él.

La deserción escolar tiene muchas fuentes pero creo compartir con Duque que una de ellas es la mala educación. Es decir, la educación que no le está diciendo nada a los jóvenes, y no logra ser una alternativa real en sus vidas.

Creo además que muchos docentes pierden el tiempo en los colegios dando información que los jóvenes pueden encontrar en sus teléfonos, y con ello pierden la oportunidad de ser referentes adultos para pensar con criterio, para crear, para expresarse con claridad, para mostrarse dispuestos a convivir en la diversidad, etc. Creo que estos jóvenes vulnerables social, económica y culturalmente deben ser formados con mejores herramientas para salir a vivir la vida que les espera.

Pero hasta ahí llego con Duque. A diferencia de él no creo que la vida que les espera es la que tienen, su educación no debe orientarse a prepararlos para “jugársela” en las calles con algún oficio. El error que veo en el razonamiento del alcalde Duque es que acaba por pensar una política educativa que encarna el prejuicio de que a los pobres hay que educarlos para que vivan sus vidas de pobres.

Filosofía de clases

Yo no creo que sea por principio inapropiado poner en tela de juicio la utilidad de la enseñanza de la filosofía. Este sería sin duda un interesante debate que podría hacerse en una clase de filosofía con un grupo de esos jóvenes estudiantes.

Seguramente lleguen pronto a la conclusión de que las cosas son útiles o inútiles a la luz de los intereses que uno tiene. Un martillo no es útil o inútil en sí mismo, depende de dónde esté el martillo y qué quiere lograr el que lo tiene a la mano. Hay casos en los que es completamente inútil digamos, si uno quiere entender un poema.

Pero si uno está perdido en el desierto y quiere saber cuánto le queda del día para caminar y dónde está el norte, uno tiene que haber recibido cierta educación para saber que el martillo le puede ser útil (quizá en esas desesperadas condiciones se recuerden las clases de filosofía y lo que el antiguo Aristarco logró descubrir acerca de la Tierra, estudiando las sombras de los cuerpos a la luz del sol).   

Lo que resulta reprochable de las declaraciones del alcalde Duque no es tanto que haya cuestionado la utilidad de la filosofía. Lo que resulta reprochable es que a la hora de pensar en políticas públicas de educación considere importante crear una discriminación de contenidos relevantes a los jóvenes, dependiendo de su estatus social y sus posibilidades económicas. Esta es la consideración que ha hecho el alcalde seguramente con las mejores intenciones.

Pero, quizá sin darse cuenta, al cuestionar la utilidad de las clases de filosofía para “esos jóvenes” ha puesto de manifiesto una filosofía de clases, una filosofía de la educación que cree (incluso de buena fe) que los saberes sofisticados son para personas privilegiadas por la vida.

Al pensar de esa manera, al pensar que una forma de ayudar a los jóvenes pobres es enseñarles cosas prácticas para que puedan hacer algo, está perpetuando un modelo de sociedad en su ciudad que reproduce una poderosa división de clases. Lo importante de enseñar filosofía a los jóvenes está en la experiencia de pensar y aprender de otros que hay nuevas posibilidades de ser uno mismo. Aprender a imaginarse el futuro y saber que no estamos destinados a “jugar en las calles”.  

 

* Profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia en el Departamento de Filosofía. Investigador en el grupo Relativismo y Racionalidad.

 

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