El centro de cara a la izquierda unida y la nueva derecha

El centro de cara a la izquierda unida y la nueva derecha

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Tanto el centro como la constitución de 1991 se fortalecieron en un ambiente político distinto al actual. Hoy la tarea del centro no solo es contarse en las elecciones sino prepararse para dar la batalla frontal para evitar que esa constitución sea destruida.

A una semana de la primera vuelta presidencial, el centro político apenas marca el 5% de la intención de voto. El vaciamiento es profundo, la crisis es real y la debilidad se acentúa por su propia fractura interna. Por un lado, Sergio Fajardo representa un centro-derecha cuya identidad busca marcar una distancia absoluta frente a Gustavo Petro y Álvaro Uribe, al leerlos como dos extremos equidistantes. Por otro lado, con Claudia López emergió una centroizquierda progresista que se define por su cercanía a las reformas sociales del gobierno, pero también por su férrea crítica a su corrupción, la crisis del sistema de salud y la inseguridad. En las pasadas elecciones legislativas, las sobrevivientes de este sector fueron pocas y el partido que con frecuencia se asoció a sus causas terminó absorbido casi en su totalidad por la izquierda.

Creo que un balance preliminar debe tener en cuenta dos factores estructurales que vaciaron el atractivo identitario del centro: el fin de las FARC y las redes sociales. Puede ser que errores tácticos tengan algún papel, pero dudo que el problema sea de campañas políticas. Me persuade la idea, común en ciencia política, de que las campañas no importan tanto. Puesto de otra manera, las estrategias se adaptan al espacio narrativo existente, no lo doblan. Las campañas no hacen milagros frente a una posición política que entra a la contienda sin capacidad para cristalizar una identidad política con vocación mayoritaria.

Por eso, aunque creo que el centro cometió varios errores —por ejemplo, no tener una estrategia de defensa digital frente a las bodegas de mentiras de la izquierda y la derecha—, pienso que al final no fue un problema de estrategias. Los asesores que ganaron en el pasado reciente, hoy perdieron estruendosamente: Antoni Gutiérrez-Rubí estuvo con Petro y ahora fracasó con Fajardo; Ángel Beccassino despegó con Rodolfo y ahora se hunde con Roy.

Es más, las campañas de los candidatos que hoy van liderando tampoco parecen depender de una genialidad estratégica singular. La nueva derecha sigue un formato ya probado: construcción de marca, enemigo claro, lenguaje simple y promesa de castigo. Eso no le quita mérito al trabajo eficaz de estrategas como Suárez, que logró volver viable a una figura menor al insertarla en un contenedor simbólico de emociones probadas por la nueva derecha global. Del otro lado, figuras como Cepeda —casi un accidente en los cálculos de Petro, siempre más inclinado hacia opciones como Quintero o Roy— tampoco tuvieron que inventar una campaña nueva. Les bastó con subirse, de manera más bien mediocre, a la polaridad de clases ya abierta por Petro, del mismo modo en que Sheinbaum heredó la de López Obrador.

El problema del centro no fue solo de candidatos, eslóganes o tiempos. El síntoma es que la categoría misma ya venía degradada. Nadie quiso llamarse centro: Fajardo intentó “adelante”; Claudia, “imparables”. La coyuntura es tal, que ser leído como centro ya no sugiere equilibrio o sensatez. La paradoja de hoy es que en ese mismo espacio terminaron conviviendo fuerzas aparentemente irreconciliables. En el centro caben hoy tanto los idealistas que defienden las instituciones democráticas por convicción moral, como los pragmáticos de las franquicias regionales y figuras como Roy Barreras en el ocaso de su carrera. No es cinismo, es el reflejo de una institucionalidad liberal que termina siendo defendida tanto por quienes creen en el modelo y su promesa reformista, como por operadores políticos que conocen cómo se hacen las salchichas y necesitan que la fábrica siga abierta. Para el votante, sin embargo, esta mezcla sugiere ambigüedad, pactismo, defensa del statu quo, falta de coraje para pelear y, sobre todo, falta de claridad sobre quién es el culpable del desastre.

¿Cómo llegamos aquí? ¿Dónde quedó la ola verde? ¿los legados de buenas administraciones de ciudades principales? ¿Mockus? ¿La defensa de la Constitución del 91?

La izquierda impensable en un país en guerra

Durante décadas, el conflicto armado desplazó el eje principal de la política colombiana desde la desigualdad hacia la seguridad. Varios de los mejores analistas políticos del país son violentólogos y no por casualidad. No es que la desigualdad no existiera. Era brutal, persistente, estructural. Pero la cuestión dominante era otra: enfrentar a la guerrilla, al narcotráfico, al paramilitarismo, a la criminalidad armada. En ese contexto, cualquier agenda redistributiva fuerte podía leerse como sospechosa.

Ahí se abrió el espacio para un tipo de outsider —profesor como Mockus y Fajardo, periodista como Claudia— representante de un centro que podía criticar el orden sin parecer una amenaza total contra él. Su misión era, en cierto modo, hacer cumplir la nueva Constitución. Podía hablar de derechos individuales, anticorrupción, pedagogía cívica, cultura ciudadana, litigio estratégico, ciudadanía, transparencia, denuncia del poder criminal en la política, incluso del paramilitarismo, sin activar del todo la pregunta más explosiva: quién tenía que perder para que otros ganaran en un país de extrema desigualdad. Esa era su fuerza. También, visto desde hoy, su límite. El centro fue creíble mientras pudo reformar sin hablar de redistribuir.

Antes del fin de las FARC, el centro sí fue una posibilidad política real, no como identidad nacional hegemónica y estable, sino como una serie de momentos, enclaves y figuras donde el reformismo liberal urbano resultó creíble. Bogotá, Medellín y, en menor medida, Cali muestran que hubo un período en el que se podía prometer mejora real sin abrir una guerra distributiva de frente. Por eso sus mejores momentos fueron locales, no nacionales: allí la promesa del centro no era abstracta, sino visible en menos violencia, mejor espacio público, más movilidad, más educación, más institucionalidad, menos arbitrariedad y más ciudadanía efectiva. No era solo una pose moral; había resultados. Eso ayuda a leer mejor figuras como Mockus, Fajardo, Claudia y Armitage. No son idénticos, pero pertenecen a una familia política reconocible. Lo que ofrecen no es simplemente moderación, sino resultado en medio del reformismo y la gradualidad: la apuesta de que el país podía mejorar sin incendiar el orden social, de que se podía corregir mucho sin entrar en una lógica de revancha total.

La persistente dificultad para ubicar con claridad a figuras como Fajardo y Claudia López en el eje izquierda-derecha es sintomática del problema más amplio del centro en Colombia: su identidad fue durante años más reconocible como estilo moral e institucional que como posición ideológica nítida.

Entonces Santos se empecinó en lograr la paz con las FARC y pese a la férrea oposición Uribista el acuerdo de paz debilitó el viejo desplazamiento que llevaba toda la política nacional a orbitar hacia la seguridad. Al bajar parcialmente ese veto, se volvió más visible que el problema del país no era solo de orden público sino de estructura social. La desigualdad, la exclusión, la falta de movilidad real y el acceso desigual a derechos reaparecieron con fuerza en el debate público. Pero Petro no se eligió en 2018, ganó Duque.

El estallido social y luego la pandemia aceleraron ese proceso. El covid convirtió en experiencia íntima y masiva lo que antes podía parecer una denuncia abstracta. Ya no era solo que Colombia fuera desigual, sino que la desigualdad se vivía en el cuerpo; en la casa; en la posibilidad de estudiar, trabajar, cuidarse y aguantar. Recluidos en sus casas, millones de personas vieron en tiempo real el estallido social, la represión de las marchas, los abusos policiales y asesinatos de jóvenes en ciudades como Pereira y Bogotá. En ese contexto, se volvió mucho más difícil sostener la idea de que el sistema podía seguir entregando mejoras graduales con paciencia institucional.

A toda esta tensión material se sumó una reconfiguración simbólica de la memoria pública: la Comisión de la Verdad, la JEP, la centralidad de los falsos positivos y la mayor visibilidad de las víctimas civiles, populares y de sectores de izquierda. Todo esto no solo debilitó la legitimidad moral del uribismo como lenguaje total del orden. También hizo más difícil seguir viendo como neutras o incuestionables las instituciones a través de las cuales ese proyecto había dominado la política nacional durante veinte años.

Es aquí quizás donde radica la sensación de desconexión del centro político. A menudo se le critica su moralismo o su aire de superioridad, pero su ancla de identidad se sostiene sobre la defensa de las instituciones: el reformismo desde las instituciones, la capacidad técnica de los ministerios, la responsabilidad fiscal, la independencia judicial o la autonomía del Banco de la República. El centro defiende el statu quo argumentando, con razón, que «todo puede empeorar» si se rompe el sistema de pesos y contrapesos.

Pero, visto desde la perspectiva de votantes seducidos por la urgencia de redimir a los “nadies” o los “nuncas”, esas instituciones no son un logro democrático; son, precisamente, el obstáculo que le impide al pueblo alcanzar su destino. Nada tiene de extraño que hoy los únicos que presentan programas de gobierno serios estén en el centro: para los bloques que lideran las encuestas, la prioridad no es administrar el Estado en el sentido clásico, sino capturar las instituciones para derrotar al adversario.

Una nueva estructura de la esfera pública

Lo que se volvió nombrable con el fin de la guerra, además encontró un nuevo entorno de información. Colombia llega a la era de la política digital siendo una de las sociedades más desiguales de la región, con una gramática política todavía llena de protagonistas de la guerra y con una penetración fuerte de redes sociales. Eso importa porque las redes no solo aceleran mensajes. Cambian lo que es fácil de decir, lo que circula bien, lo que se siente verdadero. En un entorno de información que depende de la viralidad, defender el gradualismo se vuelve narrativamente mucho más difícil que culpar al enemigo de todo y prometer castigo o reparación simple.

Ahí la redistribución regresa como una gramática del conflicto mucho más flexible y potente que el lenguaje del centro. Desde un lado, puede narrarse como reparación histórica: siglos de exclusión, riqueza concentrada, derechos negados, territorios abandonados, vidas populares expuestas a la violencia y al desprecio. Desde el otro, puede narrarse como restitución del orden: castigo a una clase política parasitaria, derrota de enemigos internos, depuración moral de la Nación y restauración de jerarquías que se presentan como naturales. Son lenguas ideológicamente distintas, pero comparten algo decisivo: convierten la política en una disputa entre quienes deben ser reivindicados y quienes deben ser derrotados. Una organiza el mal en clave distributiva; la otra, en clave retributiva. Pero ambas ofrecen lo que hoy circula mejor: un culpable claro, una explicación simple del desastre y la promesa de que alguien, por fin, va a cobrar la cuenta.

Quizás la particularidad colombiana como sociedad en posacuerdo es que esta esfera pública digital está todavía habitada por los reflejos, protagonistas y gramáticas de la guerra. Por eso la redistribución no aparece solo como suma cero material, sino como la guerra por otros medios, destripar o encarcelar al enemigo.

El centro, en cambio, no ofrece un culpable suficientemente claro. No ofrece goce. Y esto es central. Porque aquí ya no estamos solo en el plano del diagnóstico correcto. Estamos en el plano de la pertenencia afectiva. El goce político, en esta coyuntura, es la satisfacción de pertenecer a un bando y la tranquilidad de que alguien nombra al culpable. Los programas y la experiencia palidecen frente al gusto de ver humillada a la contraparte.

Por eso mostrar “lo malo de ambos lados” no rompe la polarización. La confirma. Cada bloque piensa: “Sí, los míos son malos, corruptos, incluso criminales, pero el otro lado es peor”. El centro aparece entonces como el que insiste, sin una justificación ya muy persuasiva, en defender instituciones que para muchos permiten la conspiración de la contraparte, en sostener una gradualidad absurda frente al mal o en proponer correcciones parciales a la perversidad del oponente que terminan sonando a complicidad. Lo que en otro momento podía sonar civilizado, incluso ilustrado, hoy suena a pactismo. A una voz que no entendió la magnitud del mal que enfrenta. Quien se mantiene en el centro perdió la razón o es cobarde.

Y sin embargo, ahí aparece una paradoja. Precisamente porque en entornos de alta polarización casi todo se organiza en dos grandes bloques, los márgenes que quedan en el centro se vuelven electoralmente desproporcionados. El centro puede dejar de existir como fuerza capaz de ganar por sí sola, pero sus restos —urbanos, moderados, ambivalentes— pueden definir una segunda vuelta.

Además, el principal obstáculo para la realización plena de cualquiera de los dos proyectos políticos que encabezan las encuestas es la Constitución del 91. Y una cosa es construir en campaña un mensaje abstracto para defender la institucionalidad, y otra muy distinta hacerlo para frenar algo tan concreto como la reelección presidencial, la pérdida de los derechos territoriales de indígenas y comunidades negras, el fin de la tutela, la vulneración de libertades fundamentales y, en general, todo aquello que promueva la refundación de la patria. Por eso, la defensa del centro no debe ser nostálgica ni limitarse a llorar una reliquia moral perdida. Su tarea hoy es hacerse deseable y prepararse rápido para el día en que haya que defender no una sensatez abstracta, sino las reglas mínimas que impiden que el país sea devorado por la fuerza apasionada de sus odios virales.

Le recomendamos: Entre la interpretación y la realidad: lo que nos deja Petro

Acerca del autor

Mauricio Velasquez
mvelasquez@razonpublica.org |  + posts

*Profesor asociado de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes. Asesor de la campaña de Claudia López.

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*Profesor asociado de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes. Asesor de la campaña de Claudia López.

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