El capital contra el virus: la pandemia nos mostró cómo podría ser el fin del capitalismo - Razón Pública
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El capital contra el virus: la pandemia nos mostró cómo podría ser el fin del capitalismo

Escrito por William Duica
William Duica

Aunque el virus no cambió el modelo económico imperante, nos mostró la fragilidad de la vida moderna.

William Duica*

“Parece que hoy día nos resulta más fácil imaginar
el total deterioro de la Tierra y de la naturaleza
que el derrumbe del capitalismo”
Fredric Jameson

Solo porque me parece que hablar de “capitalismo” o “neoliberalismo” puede estrechar demasiado la mirada y, por otra parte, hablar de “la humanidad” me resulta insulso y vago, he decidido arriesgarme y echar mano de un concepto más elocuente pero más arriesgado por sus asociaciones ideológicas: El Capital.

Con mi elección busco abarcar el engranaje social, económico, político, cultural, psicológico y ecológico de las sociedades modernas industriales y postindustriales. Quiero expandir El Capital a dimensiones cósmicas para enfrentarlo al diminuto virus, al minúsculo agente de la afección cuyo nombre ya no es solo su nombre, sino la marca de un acontecimiento histórico: el COVID-19.

La Historia, un comic

“El Capital contra el virus” podría ser el nombre de uno de esos comics contemporáneos de estética vanguardista. Sería la historia de cómo un agente microscópico pone en peligro toda una forma de vida; porque eso es El capital, la forma misma de la vida moderna.

Se contaría la historia de la misteriosa aparición del virus y de cómo al reproducirse, puede causar la muerte de los “positivos”, como termina por llamarse a los seres humanos infectados.

En suma, sería una historia sobre la supervivencia. Tanto el virus como los positivos quieren vivir. Pero ambos tienen que enfrentar a un tercero. No es una fuerza, ni una entidad; es El Capital, la única y verdadera realidad para millones de personas sobre la tierra.

En la historieta que “imagino” hay un momento en que El Capital se siente amenazado y empieza a luchar por su “vida”. Pronto, los seres humanos se dan cuenta de que no solo con sus anticuerpos y vacunas deben luchar para vivir, sino que también tendrán que enfrentar la realidad de El Capital: sobrevivir es producir.

Leer como una historieta el acontecimiento histórico de la pandemia me permite reparar en tres cosas.

La primera es que, en el registro de la historia mundial, esta quedará como otra historia sobre el miedo y, más precisamente, sobre el uso político del miedo.

La segunda es que, en la medida en que la caricatura de la realidad me libera de la ansiedad y la desesperanza, puedo entrever que esta no es una historia apocalíptica. El mundo de El Capital, no va a desaparecer. Pero esta conclusión está lejos de ser una voz de esperanza.

Sin embargo, el virus que nos confinó a una hibernación forzada, desgarró ligeramente un velo. Así, lo tercero y más revelador de esta historia es que fue un virus y no una docta especulación lo que vino a mostrarnos cómo es imaginable el fin del capitalismo.

Foto: Pixabay - La guerra contra el virus es un llamado a preservar tanto como sea posible la vida.

El valor del Miedo

Vistos en la pantalla del televisor, en los registros noticiosos del mundo, los “ciudadanos modernos” parecen más humanos que nunca; sus caras, parcialmente cubiertas, son menos culturales; sus raciocinios más biológicos: “debo asilarme y protegerme pero también debo salir a buscar el alimento” ¿Hay un credo más universal en este momento sobre la tierra?

El Capital, aturdido en su hemiplejia temporal, trata de “reinventarse” mientras que el virus, con su invisible aspecto de diente de león psicodélico, sigue ciega y laboriosamente su tarea de reproducirse. En mi animación, todos tienen miedo. El virus le teme a la vacuna, El Capital le teme a la parálisis del mercado y los humanos le temen al virus y a la parálisis del mercado.

Hay tanto miedo que se vuelve un recurso, una oportunidad de negocio para obtener beneficio económico o político. El negacionismo inicial de Donald Trump, Boris Johnson, Jair Bolsonaro, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, y Andrés Manuel López Obrador, así como las descalificaciones mutuas en la carrera científica de producción de la vacuna son formas de administrar el miedo.

Se contaría la historia de la misteriosa aparición del virus y de cómo al reproducirse, puede causar la muerte de los “positivos”

Ambas son formas de hacernos elegir algo orientadas a crear la fantasía de la decisión y a llenarnos de razones para comprar productos o ideologías.

La imagen de las calles militarizadas en Wuhan controlando el distanciamiento social, contrastada con la imagen de ciudadanos norteamericanos en Michigan armados con fusiles de asalto defendiendo la “libertad” de salir a las calles, representa la gran disyuntiva política contemporánea

¿Aislamiento preventivo obligatorio para cuidar la salud; ¿o, libertad individual para ganarse la vida? ¿Movilizar a la opinión pública con un discurso moral basado en la vida como valor supremo; o con un discurso “realista” basado en el hecho de que debemos asumir una “nueva normalidad” productiva? Estas son “disyuntivas” que sirven para administrar el miedo y enfrentarnos entre nosotros, mientras se oculta el drama de ser humano en el mundo de El Capital.

De pronto tenemos que tomar una decisión vital y cada elección trae su propia amenaza. Por un lado, “#Quédate en casa” puede dejar sin alimento a las familias; por el otro, “#Vamos a ganarnos la vida” puede traer el virus a los hogares.

Aparentemente estamos al vaivén de slogans que, según se dice, nos vuelven de izquierda o de derecha. Pero al final, en cualquiera de sus versiones, estamos atrapados entre el virus y El Capital.

La irrealidad del apocalipsis

La jugada apocalíptica es una carambola a dos bandas. En el primer movimiento se muestra un escenario de hospitales saturados y muertes incontrolables; y en el segundo, se anuncia que una ciudadanía autodisciplinada permitirá una “nueva normalidad”.

Pocas cosas son más efectivas para movilizar a una gran masa humana que infundir el miedo a perder la vida en manos de un enemigo pertinaz. Ese miedo es lo que explica la guerra. Y aunque es obvio que el llamado a la “defensa” es siempre un discurso que quiere proteger algo (la vida, la patria, la “raza humana”) no siempre es claro que lo que se quiere preservar es “el orden”.

El lenguaje bélico no es solo un manido recurso periodístico para reportar los avatares de la pandemia. Hablar del virus como el enemigo; de los profesionales de la salud como héroes y heroínas y de líneas de combate, etc., es la forma en que los medios llevan a cabo su jugada apocalíptica.

La guerra contra el virus es un llamado a preservar tanto como sea posible la vida. Pero “la vida” no incluye la vida social, cultural, educativa, deportiva, religiosa, política, amorosa, familia, etc. Todo eso puede detenerse o desaparecer porque la gente tiene que entender que nada volverá a ser como antes.

El Capital le teme a la parálisis del mercado y los humanos le temen al virus y a la parálisis del mercado.

Lo que hay que preservar como nuestra forma de vida irrenunciable es la vida productiva. Las vacunas, el sano distanciamiento, el aislamiento (voluntario u obligado) son medidas para proteger, no la vida, sino la vida productiva. Son medidas para inmunizar al Capital contra un virus que tiene el potencial de paralizarlo.

La pandemia podrá transformar a la humanidad en todo lo que sea prescindible para El Capital (las costumbres, las convicciones políticas, las creencias religiosas, las relaciones interpersonales…) pero aquello que se debe preservar a toda costa es la producción de riqueza desmesurada y privada. Esa es la “nueva normalidad”.

Final para un comic

Con la reclusión que tuvo lugar al principio de la pandemia se produjo un paisaje de desolación invernal en las ciudades que, aunque conmovedor, no dejaba de ser fascinante.

Ver desde las alturas los enormes entramados urbanos deshabitados, las intrincadas urdimbres de edificios y calles vacías, como si fueran esqueletos de animales extintos; ver las grandes ciudades del mundo como si fueran vestigios de un planeta devastado, era exactamente ver la parálisis de El Capital.

El paisaje post-apocalíptico sintonizado en vivo y en directo por CNN mostraba que el invasor imperceptible había logrado instaurar el aislamiento social a escala mundial. Sin embargo, nada parecía sorprendente. Más bien, había una especie de embeleso morboso que no acababa de saciarse con las cifras diarias de “casos positivos” y el conteo de muertes.

De repente, lo verdaderamente desconcertante ocurrió. Fue unas semanas después marzo cuando los animales silvestres empezaron a asomarse a los centros urbanos; y las aguas empezaron a transparentarse; y el aire a limpiarse; y el cielo a clarear. ¿El lobo está? El hombre-lobo-para-el-hombre estaba hibernando en la cueva de su propio miedo.

Por un momento se había agrietado la realidad de El Capital y detrás de sus fisuras alcanzamos a ver que la vida florecía. Fue solo una pequeña luz, un destello que mostró que El Capital podría morir de muerte lenta por causa de la quietud humana.

Pero antes de que amaneciera el día de una vida “moderna” compatible con la Tierra, El Capital se adelantó a retomar el ritmo de su (re)producción. El aislamiento social que lo habría vencido terminó incluso antes de que tuviéramos una vacuna porque El Capital no podía esperar más. “No podemos encerrarnos y cruzarnos de brazos a esperar que haya una vacuna” –dijo el “presidente” Duque–. Y no es que esté equivocado. Es, más bien, que podríamos imaginarnos otras formas de ser productivos y vivir no se reduzcan a “ganarse la vida”.

Así, el paisaje invernal se acabó sin que se derritiera el miedo. Ahora, desde la nueva normalidad, solo en un comic me puedo imaginar un virus mil veces más veloz en propagarse y mil veces más letal.

En el recuadro final de esa fabulación, está la ironía poética de imaginar que un virus y no una revolución convoque “a todos los pueblos del mundo” a confinarse en sus casas y contemplar, desde la ventana, el fin del capitalismo y el nacimiento de una nueva primavera.

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