El canciller Murillo: lo que hereda y lo que tiene por delante
Foto: Cancillería

El canciller Murillo: lo que hereda y lo que tiene por delante

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El nuevo canciller hereda los cuatro años de mala gestión de Duque y los dos años de gestión opaca de Leyva. Su desafío es hacer realidad la política exterior de la izquierda que corresponde al gobierno del cambio.

Mauricio Jaramillo Jassir*

La mala herencia de Duque    

La política exterior era uno de los temas que despertaba más expectativas bajo el primer gobierno de izquierda en Colombia. 

La llegada en propiedad de Gilberto Murillo significa una oportunidad para que el gobierno retome una política exterior orientada por las directrices establecidas en la Constitución del 91

Veníamos de cuatro años cuando erráticamente se apostó por la estrategia del cerco diplomático contra Maduro, se maltrató la relación con Estados Unidos al mantener contra viento y marea a Francisco Santos como embajador, y se dio un manejo de la diplomacia que nunca tomó forma, bien por los cambios en la cancillería o por la desinstitucionalización para entregar un poder desmedido a la entonces jefa de gabinete. 

Aunque el gobierno de Petro comenzó haciendo las correcciones lógicas, como restablecer los lazos maltrechos con Cuba y Venezuela, manteniendo al mismo tiempo cautela y pragmatismo con Estados Unidos y reafirmando su vocación multilateral, el paso de Álvaro Leyva agotó innecesariamente el impulso inicial de estas medidas, que habían generado expectativas justificadas.

La llegada en propiedad de Gilberto Murillo significa una oportunidad para que el gobierno retome una política exterior orientada por las directrices establecidas en la Constitución del 91 (abandonadas por los últimos gobiernos, en especial Uribe y Duque) y apoyada por un aparato institucional cada vez más profesionalizado. 

Esto no va en contravía de la idea que cocina Petro de que el país se vuelva un referente global en temas de paz, cambio climático —incluida la descarbonización—, defensa de los derechos humanos y el latino americanismo. Aun así, Murillo no la tiene fácil. 

Foto: Embajada de Colombia en Estados Unidos - La labor de Leyva en cancillería jamás pudo despegar.

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Embajador en Estados Unidos 

Murillo es uno de los casos exitosos de convergencia entre el Pacto Histórico y un centro que, hasta ahora, ha brillado por su intransigencia y un alineamiento escandaloso e insólito con la derecha. 

Murillo, fórmula vicepresidencial de Sergio Fajardo, desempeñó una labor notable como embajador ante Estados Unidos. Colombia había atravesado cuatro años de marcadas dificultades en las que incluso Donald Trump llegó a desestimar a Duque por su falta de compromiso en la lucha contra las drogas y la delincuencia.

Pocas veces, en la historia reciente, un mandatario estadounidense ha descalificado tan despectivamente a un par colombiano. Para colmo de males, y sin asomo alguno de explicación o justificación, cuando se filtró en la prensa un audio entre el embajador Francisco Santos y la recién designada canciller Claudia Blum con afirmaciones despectivas del diplomático sobre el Departamento de Estado y que causaron malestar en Estados Unidos, Duque se empecinó en sostenerlo.

Durante meses, Colombia quedó incomunicada con su principal aliado y muy tarde el gobierno procedió a ubicar a Juan Carlos Pinzón, quien en algo remedió la situación, aunque sin que hubiera jamás coordinación como la lograda por Juan Manuel Santos o en el gobierno actual. Ni siquiera la actitud obsequiosa de Colombia con la OTAN en la guerra de Ucrania alcanzó para que en ese gobierno se sintonizara con Washington, que parecía más atento al relevo cuatrienal que a remediar las relaciones con un Duque cada vez menos relevante regionalmente.

Murillo manejó la “papa caliente” de la llegada de un gobierno de izquierda en “el mimado” regional de Washington. De manera anticipada, logró comunicación con Biden y Blinken lo que generó sorpresa en Colombia, salvo en los círculos cercanos a Murillo conscientes de la comodidad con la que se mueve en ese país y la cercanía con varios círculos políticos clave en la toma de decisiones respecto a Colombia.

No sólo deshizo rápidamente el mito de que un gobierno progresista generaría tensiones con las autoridades norteamericanas, sino que corrigió rápidamente los términos maltrechos de la relación en el gobierno anterior.

La mala herencia de Leyva 

Mientras tanto, la labor de Leyva en cancillería jamás pudo despegar. Si bien, la sanción de la procuraduría desnuda una extralimitación y confirma la existencia de una férrea voluntad en el establecimiento colombiano para perseguir a la izquierda, también es cierto que su gestión no estuvo a la altura. En cada escenario internacional, Petro hizo anuncios de la mayor relevancia que no fueron acompañados por esfuerzos concretos de la cancillería.

En su primera salida internacional en el Perú, con un Pedro Castillo todavía presidente, cuando dicha nación recibía la presidencia de la CAN, propuso el retorno de Chile, que solo está en el Parlamento Andino, Venezuela, y la ampliación a Argentina.

Posteriormente, vinieron los anuncios en Naciones Unidas sobre el cambio fundamental en la matriz de lucha contra las drogas, la descarbonización en la COP (Conferencia entre las Partes), la propuesta de una suerte de OTAN para la defensa de la Amazonía (una analogía desafortunada), el retorno a UNASUR, que incluía el cambio de nombre y la defensa coherente del cese al fuego en Gaza, que incluyó la condena más contundente emitida por gobierno colombiano en la historia en contra de Israel por un genocidio que no empezó el 7 de octubre. 

En esa maratónica labor, la cancillería estaba llamada a un papel más crucial. A diferencia de Leyva, Murillo parece mejor dispuesto y goza de mayores espacios afuera y adentro como para materializar o al menos visibilizar algunas de estas iniciativas. 

Al gobierno le quedan dos años, que tienden a acortarse por la reducida gobernabilidad de los últimos meses de mandato. En este lapso, Murillo deberá priorizar temas pues no se puede dar el lujo de insistir en proyectos irrealizables.

No hay tiempo

Al gobierno le quedan dos años, que tienden a acortarse por la reducida gobernabilidad de los últimos meses de mandato. En este lapso, Murillo deberá priorizar temas pues no se puede dar el lujo de insistir en proyectos irrealizables. En el plano regional, urge una normalización con el Perú, socio en la CAN y, aunque las relaciones comerciales hayan seguido su curso, cualquier apuesta por la institucionalidad andina como la planteada por Petro a inicio de su gobierno, quedará corta sin la aquiescencia de Lima. 

El desafío regional más complejo es, sin duda alguna, Venezuela y unas elecciones para el 28 de julio, en las que la oposición se va entusiasmando y por primera vez en muchos años parece haber un consenso sobre la necesidad de participar en pleno. Algo así no se sentía desde las elecciones legislativas de diciembre de 2015, ganadas por la oposición. Todo ello a pesar de las enormes desventajas por las manifestaciones abiertas de autoritarismo que han limitado la inscripción de candidatas como María Corina Machado y Corina Yoris.

El arresto de Rocío Sanmiguel, defensora de derechos humanos e investigadora, es una muestra de una furiosa deriva autoritaria que comprueba la urgencia de no cejar en los esfuerzos para una transición hacia la democracia. Colombia sigue gozando de interlocución, por lo que la labor de Murillo será de gran relevancia.

Murillo también tendrá que preparar un eventual cambio de tono si es que Donald Trump vuelve a la Casa Blanca. Los antecedentes de choques por redes y medios de comunicación entre Petro y Bukele, Boluarte, Giammatei y Milei hacen pensar que necesitamos un canciller que active los canales diplomáticos para proteger los lazos de la ira vehemente con la que los presidentes se han acostumbrado a polemizar en redes y medios. La rápida salida entre los servicios exteriores colombo-argentinos ante el cruce Petro-Milei es un ejemplo de la eficiencia con la que Murillo deberá moverse con el ingrediente adicional de que la sensibilidad colombiana, respecto de Estados Unidos, es significativamente mayor que con Argentina, Guatemala o Salvador. 

El apoyo bipartidista en Estados Unidos a Colombia será clave, vale recordar cómo el Centro Democrático, en la elección presidencial pasada en ese país, boicoteó groseramente el consenso colombiano de no intervenir en dicho proceso con Uribe Vélez a la cabeza y con un presidente en funciones que se comportaba como su subalterno. 

Finalmente, Murillo deberá estar a la altura de las apuestas globales de Petro. En el mismo tono de Samper y Santos, respecto a los derechos humanos, las drogas o el derecho internacional; el actual mandatario ha tratado de posicionarse como un líder del sur global en temas que incomodan a las potencias de Occidente como la descarbonización, la defensa del multilateralismo y, por supuesto, la condena al genocidio en Gaza.

En resumidas cuentas, Murillo tiene la ardua tarea de institucionalizar esas posiciones para que se entienda que no obedecen a caprichos, sino a lógicas tanto constitucionales como institucionales, paulatinamente viables. 

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1 comentarios

Mauricio Jaramillo-Jassir

Escrito por:

Mauricio Jaramillo-Jassir

* Profesor de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario, autor del libro Anatomía heterodoxa del populismo. Editorial de la U. del Rosario.

Comentarios de “El canciller Murillo: lo que hereda y lo que tiene por delante

  1. «Aunque el gobierno de Petro comenzó haciendo las correcciones lógicas, como restablecer los lazos maltrechos con Cuba y Venezuela»

    Nada que celebrar, lo lógico no puede ser el priorizar el fortalecimiento de relaciones con las dictaduras y tiranos autocratas violadores de derechos humanos, sobre los países donde se respetan las libertades políticas y civiles básicas.

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