Cali, o la invisibilidad de la violencia - Razón Pública
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Cali, o la invisibilidad de la violencia

Escrito por Angélica Durán
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Explicación perceptiva de por qué y el cómo de una violencia altísima pero poco visible, donde los narcos compiten entre sí pero tienen acuerdos con la élite política, de modo que hay muchas víctimas que pueden pasar desapercibidas y que son importantes.

Una ciudad muy violenta

El año pasado Cali tuvo una tasa de 79,27 homicidios por cada 100.000 habitantes. De acuerdo con la organización mexicana Seguridad, Justicia y Paz, esta tasa hizo de la capital del Valle la séptima ciudad más violenta del mundo.

Si bien la situación preocupa a la sociedad civil y a la administración actual de la ciudad, llama la atención que esta violencia extrema — endémica desde los años 90, como se observa en la gráfica siguiente — no resuene con más fuerza en los medios masivos, en las conversaciones de los ciudadanos del común y en las decisiones de las autoridades nacionales.

 

 
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Tasa de homicidio de Cali 1991-2012
Fuente: Elaboración propia, datos de Medicina Legal y Alcaldía de Cali

 

La situación anterior me hace plantear dos preguntas:

  • ¿Por qué la violencia de Cali no ha recibido la atención adecuada por parte de las autoridades y de los medios masivos?
  • ¿Cómo explicar esta violencia, que no es reciente?

Violencia poco visible

Los homicidios en Cali no han causado la alarma que deberían, en gran parte, porque se trata de una violencia poco visible. Por “visibilidad” de la violencia me refiero a aquellos casos donde los perpetradores exponen sus ataques públicamente o asumen la responsabilidad de sus actos.

Un claro ejemplo de visibilidad fue el narcoterrorismo de Pablo Escobar a fines de los 80 cuando, para confrontar al Estado, los narcos de Medellín utilizaron carros bomba, cometieron magnicidios y publicaron comunicados donde asumían la responsabilidad por sus ataques.

Pero en Cali, durante los últimos 20 años, la violencia ha sido relativamente silenciosa: no tanto para las víctimas, por supuesto, pero sí para las autoridades, especialmente las nacionales, y para el público en general.

Una forma de apreciar esta baja visibilidad es analizar los métodos utilizados para los asesinatos. Por ejemplo, la gráfica siguiente muestra cómo se cometieron los homicidios en 2009, año en que hubo 3 masacres y un 58 por ciento de los homicidios ocurrieron en espacios públicos:

 

 
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Métodos de violencia en Cali, 2009
Fuente: Base de datos de violencia asociada al narcotráfico, creada por la autora.

 

La mayoría de los casos correspondió al uso simple de armas de fuego o armas blancas, con poco uso, digamos, de mutilaciones o de carros bomba, que hubieran llamado la atención del público.

Este patrón de 2009 se mantienen hoy en Cali, y contrasta con casos de alta visibilidad – que inducen respuestas más directas e inmediatas de las autoridades – como el de Ciudad Juárez (México) donde sólo en 2010 se utilizaron 15 diferentes métodos violentos, se perpetraron 101 masacres, hubo 61 ataques a miembros de la fuerza pública, a periodistas y a figuras públicas; un 80 por ciento de homicidios ocurrió en espacios públicos.

Otra forma de apreciar la visibilidad es por el tipo de víctimas: por ejemplo en 2012, la mayoría de víctimas de homicidio en Cali fueron ciudadanos desempleados o empleados de origen humilde, mientras que hubo pocas víctimas de la fuerza pública y ninguna autoridad de alto rango que pudiera atraer más atención del público.

 

 
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Homicidios por ocupación de la víctima, 2012
Fuente: Observatorio Social, Alcaldía de Cali

 

El hecho de que la violencia sea menos visible no implica que la tragedia humana sea menor, pero sí puede explicar por qué recibe menos atención. La pregunta crucial es entonces, ¿cómo entender este tipo de violencia y su persistencia en Cali?

 

 
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Foto: caliylosderechoshumanos.blogspot.com

 

Disputa por mercados ilegales

La violencia de Cali es compleja, tiene muchos actores y raíces. Sin embargo, el narcotráfico sigue jugando un papel esencial: la violencia persistente resulta sobre todo de disputas entre organizaciones de narcotraficantes.

Desde la época cuando los hermanos Rodríguez Orejuela controlaban la ciudad, ningún grupo ha logrado imponer un control monopolístico sobre las actividades criminales en Cali. Tras las disputas entre los herederos de los Rodríguez Orejuela, pasando por los conflictos entre Diego Montoya y Wilber Varela, para llegar a las disputas entre Machos, Rastrojos y Urabeños de hoy en día, ningún grupo ha logrado un control del mercado criminal como el que, por ejemplo, estableció en Medellín Diego Fernando Murillo, “Don Berna”.

La disputa constante entre grupos criminales genera violencia, en tanto ella permite eliminar a los enemigos y expandir mercados. Esto no significa que la violencia sólo afecte a criminales, pues en su esfuerzo por controlar los mercados, los grupos criminales pueden eliminar a cualquiera que parezca un riesgo.

Obviamente, se han registrado momentos de mayor o menor intensidad en disputas criminales, pero en general en Cali, aunque los protagonistas del narcotráfico y de los mercados criminales han cambiado, la situación sigue siendo de competencia constante.

 

 
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Foto: www.elespectador.com

 

Narcos sin pandillas

Los niveles de violencia siempre han sido muy altos, pero Cali no ha registrado aumentos súbitos y extremos, como el que llevó a Medellín al record de 381 homicidios por 100.000 habitantes en 1991. Esto se debe a otra particularidad de los mercados criminales en Cali: los narcotraficantes no emplean sistemáticamente a pandillas como su fuerza armada.

Si bien existen conexiones entre pandillas y narcotraficantes — que a través de las llamadas “oficinas” pueden subcontratar los servicios de jóvenes — estas conexiones han sido esporádicas y débiles, especialmente si se comparan con el caso de Medellín, donde los combos han sido parte de las disputas criminales, como se vio en la lucha territorial entre “Sebastián” y “Valenciano: los combos estuvieron enfrentados hasta la captura de ambas cabecillas en noviembre de 2011 y agosto de 2012, respectivamente.

En Cali, esta conexión no sistemática es una tradición que se remonta a los Rodríguez Orejuela: los cuerpos policiales de la ciudad se hacían cargo de protegerlos, y además disponían de una extensa red de inteligencia — que incluía a los taxistas — de modo que no necesitaba reclutar “soldados” para su defensa.

Estudios realizados desde principios de los 90 señalan cómo las pandillas de Cali, pese a ser numerosas, en general eran poco organizadas, pues estaba dedicadas a delitos de bajo perfil, como decir los robos, sin relaciones sistemáticas con el crimen organizado. En 1993, Álvaro Guzmán describía cómo la violencia de Cali — a diferencia de la de Medellín — no pasaba tanto por los conflictos entre pandillas. En 1998, Gildardo Vanegas hablaba de la existencia de más de 200 pandillas, que en su mayoría se dedicaban a robos de menor cuantía.

Hoy por hoy, según estima la Personería de Cali, existen 134 pandillas en la ciudad. Hay un grupo limitado (aunque creciente) de pandillas que tienen relaciones directas con la criminalidad organizada, pero la mayoría de ellas tiene nexos más bien indirectos y no se conectan de manera clara con los conflictos criminales de mayor escala.

Esos vínculos relativamente débiles tienen dos implicaciones importantes:

  • En primer lugar explican por qué la violencia ha sido permanentemente alta, sin aumentos ni descensos extremos: las pandillas ni están totalmente bajo control de las autoridades, ni se criminalizan por entero.
  • En segundo explican por qué establecer un monopolio de la violencia criminal en Cali resulta difícil: porque los posibles actores violentos son difusos.

El que los criminales no recurran al “outsourcing” de pandillas juveniles también refleja las preferencias de los grupos criminales, que en su mayoría han preferido usar violencia poco visible, para evitar llamar la atención del Estado.

Estado local, élite política y simbiosis con la mafia

Desde 1988, con la primera elección de alcaldes, y con más fuerza desde el 2000, cuando por primera vez un candidato totalmente independiente de los partidos tradicionales llegó a la alcaldía, Cali ha tenido cambios constantes en sus tendencias electorales.

En algunos casos han surgido liderazgos realmente interesados en transformar la ciudad, como es el caso del actual alcalde Rodrigo Guerrero, quien también fue alcalde en 1992. Sin embargo, la constante ha provenido de fuerzas poderosas que dominan la política y tienen lazos directos con actores criminales.

Esta élite política — aparentemente alejada de las élites económicas tradicionales, pero no necesariamente opuesta a ellas — ha establecido relaciones de protección y simbiosis con actores criminales. Esto crea incentivos para que los delincuentes no usen violencia visible que pueda arriesgar la protección que reciben, o que pueda obligar a las autoridades a responder.

Esta segunda tradición se remonta también a la época de los Rodríguez Orejuela — quienes en vez de atacar preferían negociar con el Estado — y se mantuvo bajo el Cartel del Norte del Valle que – en palabras de un comandante del Ejército a quien alguna vez entrevisté- “asimiló la experiencia del cartel de Cali y se dedicó a sobornar a nivel municipal”.

Esta tradición sigue bien establecida, como lo muestra el caso del senador Juan Carlos Martínez Sinisterra. Hay un claro linaje que vincula a Martínez con Carlos Herney Abadía (investigado en el proceso 8000) y con su hijo, el exgobernador del Valle, Juan Carlos Abadía, poniendo en evidencia que los nexos entre política y criminalidad no son ocasionales.

Persistencia histórica, futuro incierto

Si bien las élites políticas cercanas a la mafia reciben golpes — como el proceso judicial contra Martinez Sinisterra — las fuerzas innovadoras de Cali tienen una capacidad limitada para romper los lazos entre las mafias y el Estado local. Esto ha creado organizaciones criminales que – aunque no menos violentas – están menos dispuestas a desafiar al Estado a través de la violencia.

El nexo entre pandillas y crimen organizado debe ser una preocupación esencial de política pública, pero es preciso entender y desagregar las múltiples formas como esa conexión tiene lugar, y dejar de pensar que eliminar pandillas es sinónimo de eliminar violencia.

Es crucial evitar que las pandillas consoliden sus lazos con el crimen organizado para que la violencia no se vea exacerbada. El punto es decisivo porque — como señala el reporte de la Personería — parece ser que se están fortaleciendo los vínculos entre pandillas y organizaciones como los Urabeños y los Rastrojos.

En conclusión, para entender la violencia actual en Cali es preciso reconocer sus raíces históricas y su persistencia. Así mismo, se necesita entender cómo las dinámicas políticas y criminales han contribuido a mantener una situación que, en su mayor parte, afecta a las clases menos favorecidas.

 

* Candidata a doctora en Ciencia Política en Brown University, maestra en Estudios Latinoamericanos de New York University y Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia.

 

Angélica Durán razonpublica

Angélica Durán Martínez*

 

De acuerdo con la organización mexicana Seguridad, Justicia y Paz, esta tasa hizo de la capital del Valle la séptima ciudad más violenta del mundo. 

 

 Los homicidios en Cali no han causado la alarma que deberían, en gran parte, porque se trata de una violencia poco visible. 

 

  La violencia persistente resulta sobre todo de disputas entre organizaciones de narcotraficantes. 

 

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