“La pollera colorá” Lucho Bermúdez y su Orquesta en los Estudios de Inravisión (1963) - Razón Pública
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“La pollera colorá” Lucho Bermúdez y su Orquesta en los Estudios de Inravisión (1963)

Escrito por Mario Jursich

En los años cuarenta del siglo XX, si a un bogotano le preguntaban su opinión sobre los costeños respondía que eran “ruidosos”, “descarados” o “atarbanes”. La única cualidad positiva que se les reconocía era su enorme destreza en el baile. Que dos décadas después la percepción fuera exactamente la contraria se debe, en buena parte, a un diminuto clarinetista oriundo de las sabanas de Bolívar.

—Mario Jursich Durán

El 15 de julio de 1947, Lucho Bermúdez presentó de manera oficial su orquesta en el Hotel Granada de Bogotá y ese día empezó una revolución cuyos efectos en la música pudieran ser comparables a los causados en la política por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Los porros, las cumbias y los fandangos de Bermúdez no incendiaron literalmente las calles bogotanas, pero sí redujeron a escombros siglos de prejuicio andino en contra de la música costeña. No es un azar que en 1949 la revista Semana pusiera por primera vez en su historia a un músico de raigambre popular en la tapa: así de arrasador había sido el paso del maestro de Carmen de Bolívar por la capital colombiana. Y así de furibunda —agregaríamos hoy— fue la reacción de periódicos como El Tiempo, que, acaso irritado por el titular “Un oligarca del ritmo”, publicó una seguidilla de artículos en los cuales la música de Bermúdez era calificada de “merienda de negros” y el baile asociado a ella como “un ataque de epilepsia”, insistiendo en que cuando se bailaba cumbia o porro “no era necesario, e incluso podría ser inconveniente, tener la mente sana”.

Agustín Nieto Caballero, el autor de estas inverecundias, debió advertir que esas “danzas epilépticas” tenían un elemento capaz de corroer hasta los más sólidos cimientos del edificio de las costumbres. O, dicho de otra manera, que el baile a la manera costeña era un poderoso agente modernizador y que por eso mismo no había que quitarle ni por un segundo el ojo de encima.

Visto desde nuestra cómoda distancia, podemos atestiguar que Nieto Caballero estaba en lo cierto, aunque por razones equivocadas. Cualquier observador admite hoy en día que en la Costa Atlántica la música popular es más vigorosa que la literatura o las artes plásticas, el único género artístico que compite ventajosamente con los deportes, en particular con el fútbol, y que en ella podemos encontrar unas señas de identidad que aceptan sin reticencias la mayoría de los colombianos. (“La pollera colorá” bien pudiera ser nuestro auténtico —e indiscutido— himno nacional). Empero, nos sigue faltando reconocer el papel de gente como Bermúdez en nuestros procesos de secularización. Aunque me tilden de exagerado, creo que la música costeña, por un parte, y el baile, por la otra, han sido en nuestro país las más eficaces sustancias corrosivas en contra no solo del ascetismo religioso sino de la nociva influencia de la iglesia católica. Basta ver el siguiente video para disipar cualquier duda en ese sentido.

 

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