En busca del tiempo perdido en Bogotá | Razón Pública 2025
Foto: Gobernación de Cundinamarca

En busca del tiempo perdido en Bogotá

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Bogotá roba 1.000 horas al año a sus habitantes en trancones, colas, citas médicas y trámites burocráticos. En primera persona, un habitante de la ciudad cuenta cómo sobrevivir —y amar— a la capital del tiempo perdido.

Para soportar la vida en Bogotá es mejor ser budista: disociarse de la cruda realidad, flotar en el éter, alcanzar el nirvana individual y egoísta mientras alrededor está el mundo salvaje de la competencia animal-capitalista por los pocos recursos, mientras nos aplastan en un bus, nos tocan el trasero, nos sacan el celular en Transmilenio, y el smog llena nuestros pulmones y sentimos que la respiración se atrofia. Bogotá puede ser una ciudad que asfixia.

Lo peor para mí ha sido la espera. Desde hace años soy una Penélope que no teje, y mi Odiseo no llega. En estos días, en el centro, junto a estudiantes desorientados, deprimidos, que hablaban de pastillas y variedades de marihuana, esperé un bus Sitp casi dos horas; y llovía, y el frío penetraba en el alma y habitantes de calle pedían para comer y para pastillas, marihuana, bazuco y lo que sea que los distraiga en Ciudad Gótica. He esperado mucho tiempo buses en Bogotá; cuando aparecen hay que rezarle a Dios, que agradecerle tanta bondad: un Sitp a tiempo es un milagro inconmensurable.

En cuanto al transporte en Bogotá, se vive en carne y sangre aquella Ley de Murphy: “Todo lo que pueda ir mal, irá mal”. A la espera sumemos los buses repletos, con la gente saliéndose por las ventanas —esto en trancones de horas—. En la capital sabemos lo que es la tortura permanente; por eso somos muy fuertes, más bien nos resignamos al dolor. Qué decir de Transmilenio: es rápido, pero la competencia por entrar a un “articulado” en hora pico es feroz, la absoluta ley de la selva. Y adentro hay que guardarse la billetera y el celular en las partes nobles e innobles para evitar que nos roben.

Un habitante promedio en Bogotá pierde más de dos horas diarias en traslados, con viajes en TransMilenio o Sitp que duran 58 minutos en promedio —frente a solo 29 en carro particular— (Encuesta de Movilidad 2023, vigente). En horas pico, las esperas en paraderos oscilan entre 10 y 20 minutos, pero pueden sumar hasta 75 minutos por trayecto completo por sobrecarga y bloqueos. Y para estudiantes inocentes y fumones el impacto es brutal: 2 horas y 40 minutos diarios equivalen a 32 días perdidos al año. La ciudad estima pérdidas económicas de $30 mil millones solo por congestión en 2024.

Y qué decir de la salud: nuestro sistema enferma. Hace un mes, por un accidente doméstico, estuve en urgencias; el lugar estaba lleno de cabizbajos, gente triste que tosía, y zombis abducidos por el teléfono, encontrando consuelo en traseros bronceados y la vida feliz de los otros en Instagram. Estuve en el subterráneo tres horas antes de que me atendieran; me estaba secando de la desazón; lo que quedó de mí fue atendido por un médico muy joven, recién graduado, de ojeras pronunciadas, más enfermo él que yo, que hizo lo que pudo. Al otro día me agarró por la garganta una gripa que me duró tres semanas, cortesía de algún zombi de urgencias. Por supuesto, no fue una experiencia nueva para mí.

En Bogotá, el sistema de salud pone en jaque la vida de miles. Según el Ministerio de Salud, los pacientes esperan en promedio 70 días para una cita con médico general —y hasta 210 días para especialistas—, mientras que la entrega de medicamentos puede tardar de 97 a más de 200 días en casos crónicos como cáncer. La lista de espera quirúrgica nacional supera los 840.000 pacientes (dato de septiembre 2025), con un promedio de 126 días por procedimiento; Bogotá concentra cerca del 20 % de estos casos. En 2024, la capital registró 438 barreras de acceso a servicios, lo que obliga a familias a gastar más de $110.000 mensuales de su bolsillo.

Perder la cédula en Colombia es un pecado casi mortal; la renovación de los documentos de identidad es enredarse en una maraña de burocracia kafkiana. Hace unos días estuve unas ocho horas en el trámite de renovar la licencia de conducción. Pero bueno, el proceso se ha agilizado: antes eran doce horas, y es que por más que las entidades intenten agilizar, Bogotá es una ciudad sobrepoblada. En el área metropolitana de la ciudad (incluye municipios aledaños) vivimos más de diez millones de personas y todos creemos que seremos exitosos.

Los trámites administrativos en la Alcaldía y entidades distritales convierten lo simple en una odisea y la mayoría no tenemos los músculos de Ulises ni la paciencia de Penélope. Un trámite presencial toma de 15 a 30 minutos de atención efectiva, pero las colas suman de 1 a 2 horas en picos; un hogar bogotano pierde entre 2 y 3 días al año solo en estos procesos (Guía de Trámites y Servicios, Alcaldía, 2025). Aunque la digitalización ha reducido tiempos en un 50 % para licencias y pagos en línea, el 30 % de las entidades aún excede plazos legales —como 15 días hábiles para respuestas—. Estudios locales calculan un promedio de 8 horas por trámite complejo, agravado por la falta de agendamiento eficiente.

En total, un bogotano pierde cerca de 1.000 horas al año —equivalentes a cuatro meses— en salud, movilidad y papeleo, una gran afectación a su calidad de vida y productividad, y por lo tanto al desarrollo de la ciudad.

He perdido mucho tiempo en Bogotá y no lo recuperaré, pero he tomado medidas: ya salgo en muy contadas ocasiones de la localidad en donde vivo y hago lo posible por trabajar desde la casa. Así, moviéndome poco, amo a Bogotá; su cielo plomizo, antiguo y sabio, puede ser encantador; su sol sabanero alegra algunas caminatas; su aire europeo es muy apto para la melancolía creativa. E ir de turista al centro, un domingo, a ver el exotismo de esta ciudad, es un plan espectacular; en cuanto a su diversidad humana, Bogotá resume Colombia: la risa y el baile no faltan.

No sé si lo del tiempo perdido tenga solución; tal vez no, pero sí podríamos ser menos competitivos, budistas, individualistas, resignados, y más cristianos, solidarios con el prójimo y colectivistas: eso también hace parte de nuestra naturaleza animal y humana; no es cierto que solo seamos egoístas y busquemos el beneficio individual. Es difícil ser colectivista y solidario en Bogotá, lo sé, sobre todo en hora pico en Transmilenio.

*Una primera versión de este texto se publicó el 25 de noviembre en Contexto Media.

Le recomendamos: Colombia: un mapa que se canta – Parte 2

Acerca del autor

Juan Sebastian Lozano
jlozano@razonpublica.org | + posts

*Escritor y periodista cultural. Ha colaborado en El Espectador, El Malpensante, Bacánika, Cáñamo y otros medios. Su libro de cuentos, La vida sin dioses, fue publicado en 2021 por Calixta Editores.

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Juan Sebastian Lozano

*Escritor y periodista cultural. Ha colaborado en El Espectador, El Malpensante, Bacánika, Cáñamo y otros medios. Su libro de cuentos, La vida sin dioses, fue publicado en 2021 por Calixta Editores.

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