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Brutalidad policial, racismo y literatura

Escrito por Julián Guerrero
Brutalidad policial, racismo y literatura

Julian GuerreroLos acontecimientos recientes en Estados Unidos son una oportunidad para releer a James Baldwin y revisar una tensión racial de larga data.

Julián Guerrero*

«Y, la policía trata al negro como un perro.»

En 1966 James Baldwin publicó en la revista The Nation un texto titulado Un informe del territorio ocupado, una suerte de ensayo mezclado con crónica, que comienza con un episodio de violencia policial en Harlem, Nueva York.

El 17 de abril de 1964, un hombre llamado Frank Stafford, vendedor y padre de dos hijos, fue golpeado por un grupo de policías cuando este les preguntó por qué golpeaban a un niño. Más tarde fue esposado y llevado a una estación de policía. Dos semanas después perdió un ojo a causa de las heridas.

La historia no acaba ahí. Cuando Stafford se recuperó y pudo salir a la calle, con un parche sobre su ojo ciego, se dio cuenta de que cargaba con una marca más poderosa. No solo era un hombre negro, propenso al estigma y a los actos racistas, sino un “mal-negro”, una persona que se había enfrentado a las fuerzas del orden y que, al quedar con vida, representaba una amenaza.

El de Stafford fue uno de los muchos casos que ocurrían diariamente en Harlem y en todo Estados Unidos durante la década de los sesenta. Casos que el mismo Baldwin, quien para ese entonces ya había ganado notoriedad, tuvo que vivir en carne propia y sobre los cuales escribió a lo largo de su desafiante carrera literaria.

La golpiza a un grupo de muchachos negros y un puertorriqueño, así como los disturbios y manifestaciones tuvieron lugar ese mismo año, tras el asesinato de un joven negro de quince años a manos de un policía blanco. Los habitantes de Harlem eran vigilados constantemente y requisados por la policía sin justificación alguna.

Para este momento, la discriminación contra los negros encontraba su máxima afirmación en la brutalidad policial. Los anteriores son algunos detalles que conformaban este escenario, un escenario que Baldwin denomina un “territorio ocupado” y que no parece muy lejano del presente estadounidense –el presente que en estos días ha tendido a muchísimos ciudadanos protestando en las calles–.

Sin duda la realidad era más cruenta en ese entonces, cuando el racismo no existía solapado bajo la cotidianidad y las acciones abiertas de los blancos obligaban a que los negros portaran también sus armas. Volver a Baldwin en estos días, a sus textos e ideas, significa toparse de frente con una realidad que, a fuerza de persistir a través de los años, ha convertido reclamos justos en lugares comunes.

La vigencia de Baldwin –que se debe a su talento, como también a que el orden racista que criticaba existe todavía– nos permite pensar las muertes de George Floyd y de Breonna Taylor en un marco más amplio.

Sus muertes y otras tantas, no son consecuencias aisladas de la violencia policial, sino parte de una organización de poder donde los afroamericanos en Estados Unidos, como explica Baldwin, tienen un papel fijo asignado por el hombre blanco, de cuya estabilidad depende el poder de este último.

el hombre blanco debe hacerse responsable de su historia y de su propia transformación.

Foto: Wikimedia Commons
En lo que Baldwin llama un territorio ocupado es donde deben darse las disputas y los cambios, en donde el hombre blanco debe hacerse responsable de su historia y de su propia transformación.

Puede leer: George Floyd: la víctima más reciente del racismo

Aceptar al hombre blanco

A pesar de todo, Baldwin reconoce que la lucha por demostrar que los afroamericanos no están obligados a transitar por la vida bajo el orden blanco implica una lección difícil. Resulta necesario aceptar al hombre blanco como un ignorante (y por eso no menos culpable) frente a su propia historia.

En Una carta a mi sobrino, Baldwin le presenta a su joven pariente el mundo racista con el que habrá de lidiar a lo largo de su vida. Inicialmente, explica cómo el mundo en el que vivían estaba hecho para hacer sentir inferiores a los afroamericanos y cómo en la ecuación los negros eran «un pilar inamovible que al salirse de su lugar sacude cielo y tierra hasta sus cimientos».

A continuación, Baldwin le recuerda que el pensamiento de los blancos no es garantía de inferioridad del negro, sino del miedo y la inhumanidad del propio blanco.

La petición está seguida de una inferencia todavía más difícil: James, el sobrino, debe estar dispuesto a aceptar con amor a aquel que lo ha oprimido durante siglos. No porque el hombre blanco fuese inocente, sino porque, dice Baldwin, le han enseñado durante años que el hombre negro es inferior; el blanco debe darse cuenta, por sí mismo, de que ha reproducido una equivocación y que debe remediarla.

Aceptar al hombre blanco, piensa Baldwin, también hace parte de la integración. Esta afirmación pone sobre la mesa el hecho de que la experiencia afroamericana en Estados Unidos no es una cuestión de héroes y antagonistas, de opresores y oprimidos, sino que incluye la rabia de la respuesta al racismo y la aceptación obligada del opresor.

Esto no significa que todas las perspectivas negras en la historia de Estados Unidos lleven esta premisa. El panorama tiene muchos matices. En Baldwin, como escritor y activista, convergen miradas que para muchos son contradictorias. Allí se demuestra lo compleja que es la experiencia de la raza en Estados Unidos y en los países que han vivido procesos de colonización.

Las disputas y los cambios deben darse en lo que Baldwin llama un territorio ocupado: primero por los colonizadores y luego, expulsados estos, víctima de otras ocupaciones por nuevos agentes. Es allí donde el hombre blanco debe hacerse responsable de su historia y de su propia transformación.

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Leer a Baldwin hoy

A raíz de las protestas, se está discutiendo la reforma de la policía como un primer paso para acabar la violencia.

Sin embargo, leer a Baldwin nos confirma que, si bien la policía ha cometido atrocidades contra la comunidad afroamericana, apenas es un engranaje dentro de una gran máquina. Esto quiere decir que su desmonte no garantiza el fin del racismo ni de los actos violentos relacionados.

En un comentario sobre la obra de William Faulkner, Baldwin afirma que cualquier cambio real que se quiera implica la ruptura del mundo como uno lo conoce, la pérdida de todo lo que a uno le da identidad y el fin de la seguridad. Esta idea también aparecerá en la carta a su sobrino, donde el autor le explica a James que “actuar es estar comprometido y estar comprometido es estar en peligro”.

Quizá esta sea una de las lecciones de Baldwin que más nos hablan hoy en día. La elección de mandatarios como Trump reafirman el orden donde los afroamericanos tienen destinos asignados y cuerpos prescindibles. Además, promueve la idea de que el racismo es un problema del negro, una opinión contra la que Baldwin luchaba.

Leer a Baldwin hoy es una oportunidad para reconocer que las opresiones no son un problema de quienes las reciben (por su raza, género, orientación sexual, entre otras razones), sino de quienes las reproducen. Parece obvio, pero no lo es.

Reconocer quiénes son víctimas de la violencia policial y quiénes se molestan cuando los manifestantes utilizan las vías de hecho nos permite ver hacia dónde camina la opresión.

Así como la elección de Obama no significó el fin del racismo, la reforma de la policía no representará el fin de la violencia racista. Remover las bases de la identidad, poner en peligro la propia historia, en cambio, puede ser más provechoso.

*Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Javeriana, jefe de redacción en la revista Cartel Urbano donde trabaja temas de cultura en Bogotá y población LGBTI.

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