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Bravas no son sólo las barras

Escrito por Alejandro Sanchez - Luisa Fernanda Arenas
las barras bravas en colombia

La violencia de las llamadas barras bravas tiene rasgos que se olvidan a menudo. El enfoque punitivo está lejos de resolver el problema.

Alejandro Sánchez Lopera* y Luisa Fernanda Arenas**

Violencia e hinchadas

Este 5 de marzo, varios dirigentes políticos y comentaristas deportivos se pronunciaron a través de los medios de comunicación colombianos y mexicanos a raíz de lo sucedido en el partido entre Querétaro y Atlas en el estadio La Corregidora de Querétaro.

Todas las opiniones tuvieron el mismo sustrato: las hinchadas populares tienen una naturaleza violenta. Por eso la solución tiene que ser punitiva en términos penales y administrativos —con la judicialización y el cierre del estadio—.

Un ejemplo fue la nota de El Espectador del 7 de marzo, “La violencia en los estadios en Colombia tampoco descansa”. Tras recordar varios hechos violentos que involucran a los barristas colombianos, la nota afirma sin dudar que “No importa la ciudad, el equipo: el problema lo lleva en su genética el barrista colombiano”.

Pero la explicación de estos hechos no es tan simple. La violencia en los estadios demuestra la serie de limitaciones en las políticas y programas orientados a disminuir de esas violencias. De hecho, en Colombia llevamos más de veinte años de diálogo incesante entre las instituciones y las hinchadas.

Un ejemplo es el programa Goles en Paz, que comenzó en 2001 —y se mantiene hasta hoy con modificaciones—, y otros ejemplos son las iniciativas sobre barrismo emprendidas por la Secretaría de Salud, que empiezan en el Hospital Pablo VI de Bosa en 2008.

Contrarrestar la estigmatización

Cabe resaltar una diferencia sustancial entre el caso mexicano y el caso colombiano.

Estas dos décadas de construcción de políticas efectivas sitúa a los hinchas y a las barras futboleras colombianas en escenarios participativos y organizativos. Esto ha permitido aprovechar sus propias capacidades para reflexionar y actuar frente a dichas violencias.

En México, en cambio, esos puentes de diálogo no existen pues no se reconoce a las ‘porras’, como se las denomina allá, en su dimensión de ciudadanía, sino apenas como grupos para estigmatizar y castigar.

Por eso, desde la línea “Fútbol, Violencia y Participación Ciudadana” del Observatorio de Participación Ciudadana del IDPAC se interrogan precisamente esas simplificaciones. Esta línea viene haciendo un trabajo de investigación e intervención para contrarrestar ideas esencialistas sobre la violencia asociada con las barras futboleras. La iniciativa parte de dos supuestos:

  • No existe una única definición de barras bravas. El uso de la expresión “barras bravas” y sus connotaciones negativas fue introducido inicialmente por algunos medios de comunicación, que desconocían los contextos de estas agrupaciones.

En vez de eso habría que usar los términos definidos por la legislación, como el de barras futboleras. Entre las asociaciones que proponen estos términos se cuentan el colectivo femenino Fútbola, Fútbol, Mujeres, Conciencia y Sociedad, y el colectivo Fútbol ConCiencia, compuesto por miembros de hinchadas distintas, cuyo enfoque es la producción artística y cinematográfica en torno al fútbol como expresión cultural.

De acuerdo con el “Estado del Arte sobre las causas de la violencia asociada al fútbol”, realizado desde la línea, existen al menos diez tipos de procesos organizativos —incluyendo la distinción entre barras populares y tradicionales, los parches insertos en las barras, los parches no copeo, guerreados, entre otros—.

  • Las culturas futboleras son una forma de acción colectiva —entre las que resulta fundamental el barrismo social en tanto ejercicio participativo— para captar esa heterogeneidad de las expresiones asociativas del fútbol.
las barras bravas en colombia
Foto: Wikimedia Commons - No es que la violencia, en singular, se origine en las expresiones asociativas del fútbol, sino que sus prácticas recrean y agudizan violencias ya presentes en la sociedad.

Los niveles de la violencia de las barras

La línea también recoge los resultados de la investigación académica reciente sobre las prácticas violentas de las barras futboleras. Esto permite situar esas prácticas en dos niveles.

Primero, en las violencias vividas en las instancias de socialización —familia, escuela, prisión—.

Segundo, en escenarios híbridos como las carreteras, donde hay contacto con otras formas de violencia tanto urbana como rural —hay que tener en cuenta que una de las prácticas fundamentales que constituyen “el aguante” es el viaje constante para alentar a los equipos—.

En estas interacciones plenas de intercambios simbólicos se produce el escalamiento de la violencia y la introducción de nuevas prácticas al entrar en contacto con actores del conflicto armado como las guerrillas, los grupos paramilitares e incluso el mismo ejército, en áreas rurales, y organizaciones criminales ligadas a las bandas y al tráfico de drogas en las áreas urbanas.

Por tanto, no es que la violencia, en singular, se origine en las expresiones asociativas del fútbol, sino que sus prácticas recrean y agudizan violencias ya presentes en la sociedad.

Por ello, en dichas agrupaciones se expresan valores que están presentes en la sociedad colombiana. Así, valores como el honor se aparejan con prácticas verticales como la masculinidad o la venganza entre grupos (o entre miembros de las mismas agrupaciones).

Entender las causas de la violencia

No obstante, se observa en estos colectivos una deserción de las instancias clásicas de socialización, una creciente participación femenina y una mayor solidaridad en diversas expresiones del barrismo social.

Si bien estas formas de agrupamiento atraviesan distintas capas sociales, existe un trasfondo común de marginalidad que incluye desempleo, precariedad social, ingreso temprano al consumo de drogas y falta de acceso a servicios de salud.

Desde esta perspectiva, y como se ha planteado desde la Secretaría de Salud, la interacción con estas agrupaciones debe enmarcarse desde el marco de vulneración de derechos. Menos represión y estigmatización, más atención y escucha.

La práctica de la violencia debe entenderse como efecto de una serie de detonantes, para lo cual es decisivo abandonar el enfoque punitivo y enfocarse en programas de consumo responsable de drogas y reducción del daño.

Actualmente es insostenible postular una presunta genética violenta en lo(a)s barristas colombiano(a)s —tal como está planteado en la nota de El Espectador—. De lo que se trata más bien es de analizar el fenómeno en su complejidad y diversidad, vinculándolo con las diversas violencias que atraviesan a la sociedad colombiana —y mexicana—.

De hecho, la nota de El Espectador muestra cómo algunos hechos de violencia relacionados con las barras futboleras colombianas se han dado en otros países, lo cual es síntoma de la dimensión global del fenómeno. No se trata entonces de promover la sindicación de ciertos grupos o el manejo estrictamente policivo del asunto.

Dado que este es un problema social, atravesado por coordenadas de clase, edad, género y región, se requieren estrategias de intervención que se enfoquen en lo preventivo y no en lo punitivo. El primer paso para ello es la comprensión apropiada del fenómeno.

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