Bogotá desde los márgenes: Ximénez y Osorio Lizarazo - Razón Pública
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Bogotá desde los márgenes: Ximénez y Osorio Lizarazo

Escrito por Ben Johnson
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Ben Johnson RazonPublicaLa vida de los pobres como teatro del absurdo o como laboratorio de crueldad social fue retratada por estos dos cronistas de otra época, que sin embargo vuelven a  tener actualidad en esta urbe de recién llegados.

Ben Johnson*

Dos cronistas  

Las masas comenzaron a llegar a Bogotá en los años veinte. Decenas de miles de personas emigraron por entonces en busca de trabajo, y en el proceso cambiaron el rostro de la ciudad.

Fue entonces cuando apareció un nuevo género periodístico que ya se practicaba en las principales ciudades latinoamericanas y que intentaba dar cuenta de esta transformación: la crónica.

La crónica permitió que los periodistas se adentraran en la ciudad para dar una visión de cómo estaba cambiando la vida cotidiana. La labor del cronista era esencialmente literaria: imaginar una nueva ciudad cuyos contornos apenas tomaban forma en contraste con la vieja urbe.

Dos de los mejores cronistas de Bogotá en los años treinta y cuarenta fueron José Antonio Osorio Lizarazo (1900-1964) y José Joaquín Jiménez (1911-1946), quien solía firmar también como Ximénez.

La élite cultural de la época no reconoció sus ficciones híbridas como literatura. El hecho de que estuvieran tan cerca del folletín privaba a las crónicas de Ximénez del estatus de literatura, administrado entonces por los vates y gramáticos de la “Atenas suramericana”.

Lo mismo ocurrió con las novelas de Osorio Lizarazo, que eran en esencia versiones extendidas de sus crónicas.

Este año, sin embargo, la casa editorial independiente Laguna Libros, en una serie titulada “Colección Laguna Crónica”, ha reeditado tres  novelas de Osorio: La casa de vecindad (1930), Garabato (1938) y El camino en la sombra (1964). Dicha editorial también publicó una entretenida biografía titulada Ximénez, escrita por Andrés Ospina.

Es así como en 2013, cuando la Atenas suramericana está en ruinas, tenemos la oportunidad de redescubrir las obras de Osorio Lizarazo y de Ximénez, y sus visiones sobre una Bogotá que se iba transformando con las masas. 

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Foto: Biblioteca Virtual, Biblioteca
Luis Ángel Arango 
Jose Joaquín Jiménez, Ximenez. 

Ximénez: viaje por los bajos fondos de la ciudad

La primera crónica de Ximénez, publicada en El Tiempo en 1932, fue una increíble historia acerca de un tiroteo entre policías y ladrones en Bogotá. El título de la crónica, “Una escena de Chicago en pleno centro de la ciudad”, refleja algo esencial de su método.

Él se imaginó a Bogotá como un espacio donde la modernidad ya estaba operando con plena fuerza. Bogotá no se estaba convirtiendo en Chicago. Bogotá era Chicago.

El uso del término teatral “escena” también es muy diciente. Para Ximénez, la modernidad era una suerte de obra teatral absurda donde espacios populares de la ciudad, como Egipto, Las Cruces o La Perseverancia, eran el escenario principal, y no la Calle Real o la Plaza de Bolívar.

Ximénez basó sus crónicas en la experiencia real de la clase trabajadora, para luego reescribirlas a modo de aventuras exuberantes. En las manos de Ximénez, la historia de   Nepomuceno Guerrero, un emigrante de Leticia a Bogotá, se convirtió en la historia de “un rumbero, un superrumbero, un Tarzán, amigo de los micos y de los tigres y de las tambochas y de las culebras y de los caños y de las charapas”.

En la crónica “Vulgar y sentimental historia de la hampona Bárbara Jiménez”, por ejemplo, narró la historia de una campesina del Tolima quien, una vez llegó a Bogotá, tuvo que prostituirse y acabó convertida en ladrona.

Ximénez llevó a los lectores de El Tiempo en viajes voyeristas por los bajos fondos de la capital, incluyendo sus celdas y prisiones, donde el cronista escrutó cada detalle, hasta el grafiti en las paredes: “Letreritos menudos, escritos a lápiz sobre la epidermis del cemento. Sentencias. Versos románticos. Parrafadas de filosofías. Oraciones. Súplicas. Blasfemias y vulgaridades. El calabozo es un libro cerrado, que contiene la sabiduría del bajo fondo, texto de vicios y pecados, catálogo de los 7 males”.

Rápidamente, esta licencia poética se alargó tanto que sus crónicas acabaron  por desconectarse completamente de los hechos. Ximénez es recordado por inventar dos personajes: Rascamuelas, un gánster extravagante, “un apache internacional”, que de alguna manera siempre lograba eludir a la policía, y Rodrigo de Arce, un poeta cuyos versos lúgubres seguían apareciendo en las notas de suicidio de los trabajadores que saltaron en el Salto del Tequendama, y que Ximénez publicaba en sus crónicas sobre los suicidas.

Dudo que alguno de sus lectores habituales haya caído en sus chanzas, o al menos no por mucho tiempo. Sus crónicas estaban llenas de guiños para el lector, y en ellas  frecuentemente bromeó acerca de los desafíos de escribir noticias en Bogotá al estilo del folletín. Tras una noche calmada en la estación de policía, Ximénez solía regañar a los criminales por no haberle dado material digno de una mejor crónica. 

Otra constante de Ximénez fue burlarse de los miedos de la élite cultural sobre lo que  pasaría con la literatura si caía en manos de las masas. Así por ejemplo, en una crónica sobre la primera feria del libro de Bogotá, en 1936, el periodista contó que un trabajador había comprado dos libros de Freud, un libro de Nietzsche, y una introducción a la dialéctica materialista. Luego se preguntó qué haría el trabajador con estos libros, para concluir que “ni él mismo lo sabe (…) Mañana irá a un sindicato. Repetirá los párrafos del señor Nietzsche. Hablará sobre la formación de las clases sociales y sobre la influencia de los sueños en su vida. Y todos sus compañeros quedarán escandalizados”. Así señaló el cronista que las masas no eran inherentemente revolucionarias, sino que podían ser tan pacatas como las élites. 

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Foto: Wikimedia Commons 
Jose Antonio Osorio Lizarazo

Osorio Lizarazo: el dolor de los hombres del pueblo

Osorio Lizarazo también escribió acerca de la experiencia de las clases populares en el proceso de modernización en Bogotá. Sin embargo, su perspectiva difirió radicalmente de la de Ximénez.

Para Osorio Lizarazo, la modernidad era un shock traumático. Inspirado por los realistas rusos como Máximo Gorki, buscó registrar “el dolor de los hombres del pueblo”. Tenía un ojo para ver la violencia infligida sobre los cuerpos de la clase trabajadora.

Si Ximénez convirtió los barrios populares en escenarios de una absurda obra teatral, Osorio Lizarazo los convirtió en laboratorios donde tenían lugar experimentos brutales sobre los cuerpos de los individuos y sobre el cuerpo social como un todo.

De hecho en sus escritos, las multitudes eran usualmente transformadas –literalmente- en una masa. En El día del odio (1953), por ejemplo, describió un grupo de indigentes que se apiñaban para mantener el calor, como “un montón de carne amoratada en el hueco de un portón”.

Pero esta es solo una de las formas no humanas que las clases explotadas tomaban en sus manos. En otras ocasiones, las comparó con las formas más innobles de vida animal. En  El día del odio, se refirió a ellas como “gusanos en una cloaca”.  

Hay una profunda ambigüedad política en la deshumanizante imaginación de Osorio Lizarazo. Por un lado contiene una crítica -inspirada por Marx- a la modernidad, en la que el capitalismo es horrendo pues trata a los trabajadores como si fueran bestias de trabajo. Y sin embargo, si el sistema fuera a ser derrocado, es precisamente esa animalización de la clase trabajadora la que la convertiría en una fuerza revolucionaria.

De otro lado, sus descripciones grotescas de las clases populares dejan entrever un miedo a la masificación de las ciudades colombianas que corrompería aún más a la nación, según Osorio Lizarazo, ya degradada por “la sangre indígena que, muy a nuestro pesar, llevamos a torrentes en nuestras venas”.

Esta ambigüedad explica cómo el izquierdismo de Osorio Lizarazo se volvió cada vez más autoritario: después de apoyar a Gaitán en los cuarenta, se iría a trabajar como propagandista para Perón en Argentina y más tarde para Trujillo en la República Dominicana.

La ambivalencia anterior también se ve reflejada en sus opiniones acerca de la cultura de masas. Aunque Osorio Lizarazo entendió su propia escritura como “literatura de masa”, lamentó que la cultura de masas estuviera menoscabando el prestigio de los escritores en Colombia.

En 1946, por ejemplo, protestó porque el Estado se estaba preocupado demasiado por educar a las masas, y no lo suficiente por cuidar de sus escritores: “Porque el gobierno, dentro de ese esfuerzo de colectivizar la educación, de democratizarla, como se ha dicho, ha ignorado a los intelectuales: y ha olvidado que las expresiones culturales de un país provienen de una minoría casi insignificante”.

Pese a ello, Osorio Lizarazo vio su propia lucha por ser reconocido como una lucha similar a la de sus sujetos proletarios por ganar dignidad. Los protagonistas de sus textos fueron a menudo pensadores solitarios y autodidactas. En una crónica de 1939 podemos vislumbrar al propio Osorio Lizarazo en la figura de “Pablo Emilio Mancera, el hombre que durante 40 años publicó un periódico del que era el único lector”.

La clase trabajadora le daba una posición desde la cual podía imaginar su distanciada relación con los otros intelectuales colombianos. Uno de esos intelectuales, Hernando Téllez, admitió que Osorio Lizarazo siempre había “inquietado a los literatos”.

En un ensayo publicado en 1953 Osorio Lizarazo reconocería ese hecho, repasando una serie de preguntas que la élite cultural tenía acerca de él, pero que nunca se atrevió a responder: “¿Qué pasaba, pues, con Osorio? ¿Estaba en la literatura o estaba fuera de la literatura? ¿Era un escritor demasiado fácil? ¿Le faltaba el toque de la gracia en el estilo? ¿Y cómo era su cultura?”.

La ansiedad que producían los escritos de Osorio Lizarazo seguramente encerraba una ansiedad acerca de su ideología política. Su visión trágica sobre la vida de las clases populares iba de la mano con las críticas del Partido Liberal a los gobiernos conservadores que controlaron el Estado desde finales del siglo XIX.

El Partido Liberal asumió el poder en 1930 bajo la promesa de incorporar a las masas a la sociedad colombiana. Pero cuando la Revolución en Marcha fue puesta “en pausa”, en 1936, se hizo claro que el Partido Liberal no iba a llevar a cabo reformas populistas, y el trabajo de Osorio Lizarazo se convirtió en un recordatorio de las promesas fallidas del Partido. 

Crónicas de nuestro tiempo

¿Qué explica esta publicación de las novelas de Osorio Lizarazo y de una novela sobre Ximénez en el año 2013?

Tanto la visión de Osorio Lizarazo – la modernidad como un experimento cruel sobre las clases populares – como la Ximénez – la modernidad como un teatro popular del absurdo – son fascinantes en sí mismas.

Pero el interés renovado en ambos escritores puede ser su curiosidad compartida por las vidas de los inmigrantes que llegaron a Bogotá en los años veinte y treinta. Quizás esa curiosidad resuena con la nuestra ante los muchos desplazados que, huyendo de la  violencia, se han mudado a Bogotá en épocas más recientes. Parecería ser tiempo de volver a los márgenes de la ciudad para re-imaginarla como un todo.  

  * Estudiante de posgrado  de la Universidad de Columbia,  Nueva York, y co-editor de la revista Crítica Latinoamericana. 

 twitter1-1@benjohnson125 

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