Biden vs Trump: los mismos, pero no en las mismas
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Biden vs Trump: los mismos, pero no en las mismas

Escrito por Diana Marcela Rojas

La gran mayoría de los estadounidenses quiere candidatos distintos de los dos que van a competir en las urnas; a qué se debe esta paradoja y cuáles cosas fundamentales se están jugando.

Diana Marcela Rojas*

Un contexto diferente

A menos de un año de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, prácticamente ya están definidos los candidatos, las cuestiones centrales del debate y las posiciones de ambos bandos. Se repite el escenario del 2020, cuando el presidente Donald Trump se presentó para un segundo mandato enfrentando al candidato demócrata Joe Biden.

Ambos ahora buscan la reelección, un escenario que apenas tiene antecedentes en el siglo XIX dado que los dos candidatos son veteranos de la Casa Blanca. En principio ya sabríamos qué esperar a partir del 2025. Pero tanto el contexto como lo que está en juego han cambiado significativamente.

La campaña del 2024 se desarrolla en medio de la agudizada división partidista, de la disfuncionalidad de las instituciones y de una generalizada desconfianza ciudadana en el sistema político. Esto ha implicado un quiebre en el orden y los valores liberales que sustentaron la política estadounidense durante décadas.

Otro de los asuntos que entra en juego en la actual carrera presidencial concierne el deterioro de la confianza social y la pérdida de la fe en la democracia

Prueba de ello fue el rechazo a los resultados de los comicios del 2020 y el subsecuente asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, llevado a cabo por huestes enfurecidas y alentadas por el presidente Trump. A su vez, la sostenida estrategia obstruccionista de los republicanos en el Congreso detuvo varios de los proyectos clave de Biden, y amenazó con paralizar el gobierno en varias ocasiones. Además, la proliferación de narrativas fundamentalistas y conspirativas en las redes sociales ha seguido alimentando el rechazo a toda tentativa de regulación o intervención por parte del Estado.

La escena política estadounidense está, pues, confinada a la camisa de fuerza de un sistema electoral desadaptado, atrapada por un bipartidismo esclerotizado y cooptada por fuerzas políticas fragmentadas y radicalizadas.

Foto: Facebook: Joe Biden - La administración de Biden ha tenido grandes resultados como índices de recuperación económica; sin embargo, asuntos como la intensificación de la crisis migratoria juegan en su contra.

Sin alternativas

Este contexto explica por qué Joe Biden se vuelve a presentar como candidato, y Donald Trump se impone de nuevo en el campo republicano.

De un lado, el partido demócrata considera que, pese a sus bajos índices de aceptación y a las críticas por su avanzada edad, el actual presidente sería el único capaz de hacerle frente a la arrolladora campaña de Trump. La administración Biden ha logrado sacar adelante iniciativas importantes en materia de desarrollo tecnológico e infraestructura, y la economía muestra índices de recuperación; sin embargo, asuntos como la intensificación de la crisis migratoria y el más reciente apoyo incondicional a Israel en su guerra contra Hamas le están pasando factura.

Por otro lado, a pesar del casi centenar de procesos judiciales en su contra y al desprecio por las reglas del juego democrático, el partido republicano ha optado por consagrar tempranamente al expresidente como su candidato indiscutible, dados sus altos índices de popularidad y su seria posibilidad de ganar. Para los seguidores de Trump, es la oportunidad de tomar revancha de las elecciones pasadas y restaurar al que siguen considerando su presidente legítimo.

Pero no se trata apenas de los candidatos. Al reiterar la fórmula de hace 4 años, el sistema electoral se ve afectado en sus fundamentos procedimentales: se anula en la práctica la libre competencia entre diversos aspirantes por la nominación dentro de   cada partido, base del pluralismo; se vuelve irrelevante el proceso de elecciones primarias en cada estado, pilar de una participación ciudadana local directa; y se apela a la figura del líder mesiánico, único capaz de garantizar la victoria.

Una democracia debilitada

Otro de los asuntos que entra en juego en la actual carrera presidencial concierne el deterioro de la confianza social y la pérdida de la fe en la democracia. Varios de los problemas que ya se habían presentado en las campañas anteriores, no sólo se mantendrán en ésta, sino que se verán potenciados.

La difusión de noticias falsas, ahora asistidas por la inteligencia artificial, proliferan clausurando toda forma de discusión racional. Asimismo, el uso intensivo de las redes sociales como cámaras de resonancia unidimensionales, crean guetos y anulan el pluralismo; a su vez, la difusión de teorías conspirativas aumenta el recelo frente a las instituciones y patrocinan las tendencias autoritarias.

Todo esto alimenta los discursos extremistas en los que los rivales se vuelven enemigos irreconciliables y la contienda política se torna un asunto de vida o muerte; como resultado, el tejido social se deshace, el sentido de comunidad se pierde, y la democracia hace aguas.

Con cara se pierde y con sello también

Los augurios respecto a los resultados de estas elecciones no son muy alentadores, serán particularmente difíciles porque gane quien gane, parece que es la democracia la que pierde.

Si Trump regresa a la Casa Blanca, probablemente, sería un presidente condenado en varios juicios, cuestionado en su legitimidad y dispuesto a utilizar todos los recursos a su alcance para exculparse. Ya ha anunciado, además, que indultaría a los enjuiciados por la insurrección del 6 de enero, alentando con ello la impunidad y el desprestigio de la ya cuestionada rama judicial.

La persecución política a los opositores se pondría a la orden del día, como lo ha hecho antes, el republicano emprendería una campaña de venganza contra todos aquellos que lo han criticado o se han opuesto a sus decisiones, fuera y dentro de su partido. Así, si su primer mandato fue altamente disruptivo, el Trump 2.0 sería aún más dañino para la estabilidad del sistema político.

Si, por el contrario, el demócrata obtiene un segundo mandato, lo más probable es que el candidato republicano no acepte los resultados, creando una deriva aún más peligrosa que lo ya sucedido con las elecciones en 2020.

Los cuestionamientos, no sólo al proceso electoral sino al estado de derecho mismo, se intensificarían; las fuerzas políticas tenderían más hacia sus extremos imposibilitando la negociación y el logro de acuerdos bipartidistas; incluso se teme que habría más violencia en las calles. Un Biden 2.0 tendría menos capacidad de resistencia ante tales ataques.

Este escenario pesimista concierne no sólo a los asuntos domésticos, sino también a la política internacional. En estos comicios entran en disputa temas cruciales como el papel de Estados Unidos en la OTAN, la continuidad del respaldo a Ucrania en la guerra con Rusia, la intensificación de la confrontación con China, la solución a la cuestión Palestina, o la lucha global contra el cambio climático.

La escena política estadounidense está, pues, confinada a la camisa de fuerza de un sistema electoral desadaptado, atrapada por un bipartidismo esclerotizado y cooptada por fuerzas políticas fragmentadas y radicalizadas.

En todos estos panoramas se juega la credibilidad y el liderazgo de la superpotencia en el ámbito global de los próximos años. Desde ya, tanto las potencias aliadas como las rivales se previenen frente a los impactos que tendría un regreso de Trump a la Casa Blanca.

No obstante, nada está escrito en piedra; todavía faltan varios meses para la elección y podría darse un giro inesperado: problemas serios de salud de alguno de los candidatos; la decisión de última hora de Biden hacerse a un lado y dar paso a otro candidato antes de la convención demócrata; o bien una condena judicial que inhabilite definitivamente a Trump, son eventualidades que podrían alterar el rumbo de la campaña.

Y si bien puede haber cambios coyunturales, lo cierto es que el actual panorama electoral es consecuencia de la profunda crisis de la democracia estadounidense; dada la falta de voluntad, e incluso de capacidad, de los responsables políticos para reformar el sistema, independientemente de los resultados en noviembre próximo, su continuo declive parece no poder detenerse.

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