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Bellas palabras contra la devastación global: la COP26 y el futuro de América Latina

Escrito por Ernesto Ráez
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La convención de la ONU sobre cambio climático produce más desconfianza que expectativas. Mientras le sigan rindiendo tributo al crecimiento económico no podremos hacer las paces con la naturaleza.

Ernesto F. Ráez Luna*

Sería insuficiente aunque cumplieran

Se celebra en Glasgow (Escocia) la vigesimosexta Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático: la COP26. Una reunión global atendida con menos esperanzas que temores o desconfianzas.

Tras un verano catastrófico en el hemisferio norte, plagado de canículas asesinas, incendios forestales mayúsculos e inundaciones devastadoras, la evidencia del trastorno climático global es abrumadora. La brecha entre las emisiones de la especie humana y la reducción necesaria para alcanzar las metas del Acuerdo de París es gigantesca y creciente.

Durante los seis años posteriores a la firma del Acuerdo—en 2015—las emisiones siguieron aumentando. Como si no pasara nada, se añadieron más de 300 mil millones de toneladas al exceso de gases que atrapan el calor de la superficie terrestre. Las políticas de desarrollo, las obligaciones financieras (¡los préstamos y las deudas!) y las inversiones comerciales nos condenan a mantener un ritmo desenfrenado de consumo y a un calentamiento estimado de 3 °C. Si las políticas de mitigación prometidas fueran cumplidas, nos llevarían a un calentamiento cataclísmico, superior a los 2 °C.

Para mantener la posibilidad de frenar el recalentamiento global hasta un máximo de 1,5 °C para finales de este siglo, como propone el Acuerdo de París, se necesita reducir las emisiones anuales en 32 mil millones de toneladas para 2030, por encima de los compromisos actuales. Esto plantea el desafío de coordinar y orquestar una disminución   drástica de la demanda energética global y del consumo de hidrocarburos fósiles.

 la inmensa desigualdad socioeconómica que desafía nuestra imaginación es además concurrente con la devastación ecológica global.

Tal vuelco exigiría una revolución económica y tecnológica sin precedentes: exactamente lo que plantea el IPCC, el grupo de científicos de talla mundial que monitorea el trastorno climático. No hay muchas alternativas, pues este siglo se agotarán las últimas reservas viables de hidrocarburos fósiles y las grandes ciudades—donde vive casi el 80% de la población mundial—no podrán seguir funcionando.

El planeta de los ricos

Pero las emisiones—tras encogerse ligeramente en 2020 por efecto de la pandemia—regresaron con fuerza en 2021. Las empresas y los gobiernos del mundo siguen invirtiendo y haciendo proyecciones económicas sustentadas en la extracción y consumo de hidrocarburos fósiles. Los vuelos y cargamentos de larga distancia se han reanudado, la industria cárnica y agroalimentaria sigue enchufando metano y óxido nitroso en la atmósfera. El avance arrollador de la agroindustria y la minería sobre los bosques y humedales del mundo se ha acelerado.

En el colmo del ensimismamiento, el hombre más rico del mundo, Jeff Bezos, visitó este año el espacio exterior en una flamante nave espacial privada. Él y el ultramillonario Elon Musk están enzarzados en una carrera tecnológica desenfrenada para—afirman ellos—conquistar el espacio y “liberarnos” de nuestra redonda prisión, el planeta Tierra; el único hogar que conocemos. Es una completa idiotez; pero los ultra-ricos pueden pagarse todos los aduladores que deseen.

A ellos no les afecta la alarma del Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Guterres, quien anunció en 2020 que la humanidad está enfrascada en una guerra suicida contra la naturaleza y advirtió a los encorbatados asistentes de la COP26 que no podemos seguir tratando a la naturaleza como un inodoro. A los ultra-ricos esas palabras urgidas no les hacen mella.

De hecho, la inmensa desigualdad socioeconómica que desafía nuestra imaginación es además concurrente con la devastación ecológica global: el 10% más rico de la humanidad emite más del 50% de los gases de efecto invernadero y el 1% más rico emite un 15%; dos veces más que la mitad más pobre de la humanidad. La responsabilidad por las emisiones tiene un marcado sesgo geopolítico: los países del G20 producen cuatro quintas partes de los gases de efecto invernadero. Por su parte, los ultra-ricos se creen inmunes al daño que causan. Su planeta no es el nuestro.

Foto: Flickr Mark Dixon/ Blue Lens - Latinoamérica ha optado por ser una voz insignificante en la geopolítica climática.

Una utopía posible

Por otro lado, construir un mundo diferente, más comunitario y fraterno, frugal en la energía, más lento y pausado, donde nos vayamos a dormir y nos levantemos más temprano, produzcamos muchas menos mercancías, poseamos menos cosas por más tiempo, cocinemos sin combustibles fósiles y viajemos con menor frecuencia, más cerca y más lentamente, empleando mucho más la energía de nuestros propios cuerpos; todo ello, a pesar de ser perfectamente posible, parece una utopía.

La civilización global es radicalmente tecnolátrica y petro-dependiente; pero además el capitalismo necesita una incesante expansión de las fuerzas productivas y de la demanda de materiales y energía. En cuanto el sistema se frena, se pierden empleos, hay bancarrotas y el tinglado tiembla.

Pero el planeta tiene límites inevitables y no puede soportar una insaciable ampliación de la demanda de materiales y energía, ni flujos inacabables de residuos. Llevada al límite, expoliada y contaminada, la biósfera se está desbaratando.

El futuro de América Latina

América Latina está en el centro de la vorágine. La selva tropical continua más extensa que nos queda todavía, la Amazonía, está siendo derrumbada e incendiada en Brasil y Bolivia con el beneplácito de sus gobernantes, para reemplazarla con cultivos agroindustriales y pasto para vacas. Los demás países amazónicos hacen lo mismo. La deforestación amazónica acumulada ya equivale en extensión al territorio continental de Chile.

La minería aurífera ilegal, la tala ilegal, el tráfico de fauna silvestre y el cultivo de coca para el tráfico de estupefacientes se expanden y proliferan violentamente. Al crimen organizado le estorban los bosques y ríos amazónicos, a los que van convirtiendo en territorios liberados, refugios de impunidad, tierras de nadie, donde uno puede hacer lo que le dé la regalada gana, y quien se oponga muere.

Las protestas de conservacionistas e indígenas contra los abusos y despojos se encuentran con Estados corruptos y negligentes. Sin derechos territoriales reconocidos, marginados e inmersos en la pobreza, muchos pueblos pasan décadas demandando títulos colectivos sobre la tierra, solo para ver cómo llegan los invasores a avasallarles y asesinar a sus dirigentes.

Desde 2008, los investigadores han advertido que a este paso la Amazonía podría alcanzar un punto sin retorno, donde el bosque ya no será capaz de mantenerse y se transformará en una pampa árida con uno que otro árbol. Las extinciones biológicas y las emisiones del bioma, terminalmente enfermo, serían inmensas y nos condenarían a un cataclismo de espanto. Para evitarlo necesitamos mantener no menos del 80% de los bosques amazónicos originales; pero ya hemos destruido y fragmentado más del 16%.

También nuestras preciosas reservas de agua dulce, en los glaciares y nevados, están en franco retroceso. Colombia prácticamente ha quedado sin nevados y Perú, que tiene la mayor concentración mundial de glaciares tropicales, ha perdido más de la mitad de su superficie glaciar. Los glaciares tropicales probablemente habrán desaparecido a mediados del siglo.

Latinoamérica, entonces, tiene mucho que perder si sigue por la vía de la agroindustria y el extractivismo. Este bellísimo trozo de la buena Tierra corre el riesgo de convertirse en un infierno. Sin embargo, el espíritu prevaleciente entre los grupos de poder económico y político, y en la cultura ciudadana, sigue siendo incongruente ante las amenazas ambientales.

Fiel a su pasado colonial, Latinoamérica ha construido repúblicas racistas, depredadoras y excluyentes, profesa entusiasmada su vocación de crecimiento extractivista y exportador de materias primas. Pero lejos de redistribuir la riqueza obtenida e invertir en sociedades más seguras e igualitarias, prefirió abandonar a sus ciudadanos a su suerte y ensanchar las brechas entre pobres y ricos.

Cambio o devastación

A pesar del panorama desolador que enfrentará si los peores escenarios de la crisis ecológica se hacen realidad—y teniendo bajo su responsabilidad uno de los mayores sumideros de carbono del mundo y los procesos que regulan la circulación de importantes volúmenes de agua dulce—Latinoamérica ha optado por ser una voz insignificante en la geopolítica climática.

Aunque prima la decepción con los procesos multilaterales, la conferencia de Glasgow comenzó con tres auspiciosos anuncios multinacionales:

  1. el propósito de reducir en un 30% las emisiones de metano,
  2. la declaración en favor de los bosques del mundo,
  3. y la promesa de destinar no menos de 1.500 millones de euros directamente a los pueblos indígenas, para sostener su defensa de los últimos ecosistemas silvestres.

Aunque son bellas palabras, se trata de acuerdos no vinculantes que efectivamente desplazan la responsabilidad hacia el sur global, donde no están los emisores principales. Y el diablo, como siempre, se oculta en los detalles; aunque ya ni siquiera se da el trabajo de ocultarse: ¿de qué sirven las expresiones y los propósitos grandilocuentes si la propia Convención, el Acuerdo de París y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, al unísono, rinden tributo explícito al todopoderoso crecimiento económico?

En un sistema que crece como un cáncer, ni la economía circular ni la conversión a fuentes energéticas renovables tendrán efectos benéficos. Mientras persista la hegemonía del crecimiento económico incesante, y la acumulación y concentración de riqueza siga siendo el fin supremo de la sociedad, pasando por encima de los ecosistemas y la persona humana, no podremos hacer las paces con la naturaleza y la seguiremos tratando como a un inodoro.

Los investigadores han advertido que a este paso la Amazonía podría alcanzar un punto sin retorno, donde el bosque ya no será capaz de mantenerse y se transformará en una pampa árida con uno que otro árbol.

No todo, pero casi todo, ya está dicho en Glasgow. Mientras tanto, Latinoamérica, el jardín del planeta, cómodamente instalada en el furgón de cola de la geopolítica mundial, está a un paso de transformarse en una pampa hostil, árida y desnuda.

Nunca como ahora hemos necesitado tanto vestirnos de heroísmo. Nunca como ahora ha sido tan urgente ejercer la solidaridad, la justicia y la convivencia pacífica con la naturaleza. Nunca ha sido tan evidente que enfrentamos una disyuntiva ética. La frustración que sentimos por la traición de los gobernantes y diplomáticos, la ira que nos causa la megalomanía de los poderosos, no deberían distraernos de seguir oponiendo amor, fraternidad y clamor de justicia contra las voluntades autoritarias y egoístas que están devastando nuestro planeta.

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