BAFICI 2010 - Razón Pública
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BAFICI 2010

Escrito por Ana María Trujillo

BAFICI 2010

Por: Ana María Trujillo.

Entrevista: Juan Pablo Franky.

Ya han pasado doce años y, en consecuencia, doce festivales desde abril de 1999, cuando la entonces Secretaría de Cultura del Gobierno de Buenos Aires organizara por primera vez un evento que presentó más de 150 películas para un público de 120,000 espectadores, contando entre sus invitados con personajes del peso de Francis Ford Coppola.

Desde entonces, año tras año, el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente ha ido creciendo, consolidándose como uno de los festivales más importantes a nivel mundial y convirtiéndose en una ventana para el descubrimiento de nuevas tendencias cinematográficas y una plataforma internacional para el cine argentino y latinoamericano. En ésta, su duodécima edición, el número de entradas vendidas llegó a las 200,000. Sumándole a este número las proyecciones al aire libre, conferencias, talleres y conciertos, la cifra total de espectadores asciende a los 280,000. 422 películas. 48 países. 1,115 funciones en 12 días, desde las 10 de la mañana hasta pasadas las 11 de la noche. 12 sedes y 21 salas. Un festival titánico, pretencioso –en el mejor sentido de la palabra– y fascinante.

Siendo una espectadora colombiana que participaba de este evento por primera vez, el peso del festival me resultó abrumador, pues ningún evento cultural en nuestro país –a excepción, quizás, del festival de teatro, pero con sus matices distintos– podría comparársele. El BAFICI está pensado desde y para lo público, lo cual implica una variedad de contenidos –expresada en las diferentes secciones en las que se organiza– y una facilidad de acceso, posibilitada por el gran número de salas y funciones, pero también por el bajo costo de las entradas: las boletas, para público general, se conseguían a 10 pesos argentinos (5,000 pesos colombianos), con tarifas especiales para estudiantes y mayores de edad.

Es imposible abarcar la inmensa oferta del festival, y entonces el juicio personal y la selección de contenidos juegan un rol fundamental. Difícil precisar cuánto pesa el criterio del cinéfilo y cuánto el azar, pero en definitiva, uno se hace su propio BAFICI. El mío, por ejemplo, abrió con una función mágica la misma noche de mi arribo a la por sí mágica ciudad de Buenos Aires, con un increíble documental de Frank Scheffer sobre Frank Zappa, en una sala enorme completamente llena. Me confronté dos veces con esos documentales especiales y sinceros del realizador japonés Kazuo Hara, y también con los nuevos lenguajes y desafíos visuales del inefable realizador inglés Chris Petit (estos tres directores, además, estuvieron presentes en las proyecciones, hablando de su trabajo y respondiendo preguntas del público). Viajé a los confines del cine finlandés de Teuvo Tulio. Me aburrí con una película francesa y pastoril de Alain Guiraudi y desafié mi paciencia con Sweetgrass, un insistente ejercicio etnográfico protagonizado por los larguísimos planos de un enorme rebaño de ovejas guiado por sus silentes pastores en los impactantes paisajes de Montana. Me dejé sorprender por un país del que poco se conoce como el Paraguay, y la crítica mirada que lanza sobre éste, sobre sus dictaduras y sus tensiones olvidadas, una joven y prometedora realizadora, Renate Costa. Celebré con entusiasmo la existencia de una sección del festival dedicada a los niños, el BAFICITO, que junto con un taller de animación, vincularon exitosamente a esos nuevos públicos, invirtieron en la educación cinematográfica de los más chicos. Por donde se lo mire, el BAFICI acierta, es apropiado, pertinente, interesante, es un festival que busca las maneras de seducir a un público más amplio que la comunidad de cinéfilos declarados, desafiando nuestras maneras de ver.

Es arriesgado hablar de lo que no se conoce, de una experiencia que nos es nueva y sorprendente, antes que un privilegio que año tras año nos va resultando familiar (por el contacto que tuve con argentinos y extranjeros que residen allí, el Festival es ante todo una nueva expectativa a superar). Esta fue mi primera visita al BAFICI y lo único certero que puedo plasmar acá es que me gustó y que quiero volver. Pero el festival bonaerense también me dejó un interrogante, me dejó el sinsabor de la inexistencia de un evento cinematográfico tal –de tal magnitud e importancia, tan bien organizado, tan bien pensado y tan bien recibido– en Bogotá, cuando eso de la Atenas Suramericana nos sabe a engaño trasnochado. El movimiento cultural en la Argentina es un ejemplo, ejemplo del país que mal que bien da un lugar importante y un espacio tangible a la cultura, a las letras, al cine, al arte en todas sus expresiones. Lugar factible, lugar productivo y necesario. El cine como posibilidad de arrojar y de percibir nuevas miradas, de adentrarse en nuevos mundos, de confrontarse a nuevos lenguajes y nuevas formas de narrar. El cine como una apuesta, como una inversión pública, como ejercicio cultural. El cine, más allá de la industria y la cultura de masas, como un efectivo constructor de significados, como un enriquecedor de conocimientos, como un evento capaz de involucrar a una ciudad y una población con el placentero y retroactivo oficio del mirar.

ENTREVISTA con el actual director del BAFICI, Sergio Wolf, realizada por Juan Pablo Franky.

RP: Se habla de lo importante que es para un festival tener un carácter particular, una personalidad propia. Más allá del sello de independiente, ¿cuál es la personalidad del BAFICI?

SW: La palabra independiente es bastante clave. Es la más incomprensible de todas las que componen la sigla del BAFICI. ¿Qué quiere decir independiente en un país que no tiene empresas majors como la Argentina? Creo que la independencia tiene que ver con el criterio, con la estética y con los modelos de producción. A partir del cine moderno es difícil escindir la producción de la estética, ya que mantienen una relación directa y solidaria.

Por otro lado, la personalidad del BAFICI tiene que ver con el tema del descubrimiento, con el nuevo cine. Si alguien propone que el BAFICI haga una retrospectiva de Ken Loach, Claude Chabrol o Pedro Almodóvar, vamos a decir que no, ya que el festival es bastante reacio a alivianar su programación de un modo populista, no tiene un carácter demagógico. No porque no gusten esas películas, sino porque no hacen parte de su personalidad. En los festivales nuevos –los que tienen menos de veinte años– generalmente hay películas para la gran audiencia. En el BAFICI esto no ocurre tanto, es parte de su propuesta.

En este tema está claro que es el evento de cine independiente más importante de América Latina. Es uno de los dos o tres festivales que marcan tendencia en el nuevo cine. Para los grandes festivales es como un par, no en vano pagan un pasaje aéreo para venir, ya que el BAFICI exhibe un cine que les interesa. Eso se consigue después de muchos años y mucha coherencia en la programación. Creo que los cuatro directores que ha tenido el festival mantuvimos un perfil en éste, con el que se ha beneficiado mucho.

RP: Seleccionar más de 400 películas para un festival parece una tarea titánica, ¿Cómo seleccionan las películas?

SW: Somos seis programadores, pero no vemos todos las 400 películas. Vemos todas las que hacen parte de las secciones de competencia, y parte del material. Por ejemplo, hay casos de retrospectivas de diez películas y se ven seis. Por otro lado, no tenemos programadores para cada sección. Si alguien va a un festival ve películas para la sección de chicos, para la sección de cine del futuro, para retrospectivas, para todas las secciones. Esto genera que no se busque que una sección sea más importante que otra, porque todos participamos de todo. Creo que es una gran decisión. Hay un disfrute en la discusión de las películas…

RP: Se discuten las películas de cada sección…

SW: Sí claro, hacemos una reunión semanal. Éstas arrancan prácticamente cuando termina el BAFICI. La semana siguiente se hace una primera reunión mínima de evaluación y de recuperación de lo que hemos recogido durante el evento. Todo festival que se precie de tal, empieza su nueva edición durante la edición en curso. Se reciben cosas de los invitados, sugerencias, críticas y opiniones. Todo eso va generando un caudal de información que genera ideas que son estudiadas. El BAFICI es un festival que no descansa nunca.

RP: Este año cancelaron la séptima edición del FICCO (Festival Internacional de Cine Contemporáneo de la Ciudad de México) por falta de presupuesto, ¿Cómo vive el BAFICI su situación económica?

SW: No es cierto que hayan cerrado el FICCO por falta de presupuesto. La realidad de la cancelación es más grave. El problema central es que era un festival que estaba atado al sector privado. Por un lado la caída del FICCO, para mí, se veía venir porque a la gente de Cinemex no le gustaba la programación que se hacía. Ellos querían vender entradas y alfombra roja. En cambio se programaba una muestra de cine filipino a la que iban veinte personas, por ejemplo. Hay un problema ahí que tiene que ver con el rol privado.

En un festival de cine como el que hacemos importa mucho la programación. No está concebido con el mismo criterio de una empresa de distribución. Es diferente a un festival que se hace para estrellas, presidentes y alfombra roja, como el de Roma. En ese sentido el BAFICI es un festival público con un nivel de patrocinio muy bajo. Hay empresas que colaboran con el festival, que suman un aporte importante, pero el festival no tiene grandes patrocinadores. No recibe apoyo de una gran compañía aérea, de telefonía o de autos, quizás por ser un festival público. Al mismo tiempo es muy querido y no es fácil de cerrar. Lo que ocurrió con el FICCO no podría ocurrir con el BAFICI, podría ocurrir con un escándalo político y mediático enorme, un costo político que nadie estaría dispuesto a asumir.

En términos económicos tal vez es frágil. Pero un festival como el BAFICI nunca tiene el presupuesto que necesita y nunca lo podrá tener. Siempre podría tener más películas, más invitados, más eventos, más críticos para que hagan cobertura de prensa. Nunca alcanza porque es un festival enorme al que va mucha gente. En todo caso ¿qué pasaría si en lugar de 420 películas tuviéramos 350? Los festivales se acomodan a las circunstancias para sobrevivir. El de Berlín redujo significativamente su presupuesto el año pasado.

Tendemos a pensar que estas cosas sólo pasan en América Latina en donde la política es salvaje y las condiciones de trabajo son brutales, pero los festivales del primer mundo tampoco tienen todo lo que necesitan. Un festival como el de Gijón no cruza el Atlántico, va a Berlín y a Cannes porque es Europa, pero no viene al BAFICI si no se le invita, al igual que el festival de Vancouver.

El BAFICI no tiene todo lo que debería tener, pero se las arregla para ir a los festivales que tienen que ver con un perfil como el suyo. El BAFICI queda en América Latina, lo que quiere decir que todo le resulta caro. Solamente el costo de los pasajes es enorme ¡Estamos en el fin del planeta! Aún así, de las 420 películas debemos tener 100 de América Latina, pero las otras son de Asia, Europa y Estados Unidos.

RP: Con un legado de doce años realizando el festival y la importancia internacional que ha ganado durante estos ¿Cuáles eran las expectativas de esta edición?

SW: Hay expectativas con el cine argentino ya que el festival es una de sus plataformas de lanzamiento. Para los que hacemos el festival y los que lo han hecho durante todos estos años, es muy importante que el BAFICI provea nuevos directores al cine contemporáneo. Por otro lado los programadores que vienen de Europa o Estados Unidos y Canadá, ven cine argentino, pero también vienen por el cine latinoamericano. Hay un asunto regional que para el festival es importante mantener. Que las películas sean invitadas a otros festivales implica que el BAFICI descubre películas que son importantes para otros, y no que nos gustaron por caprichosos.

Hay también expectativas de mejorar la organización. El BAFICI es el suceso suizo en argentina: 1,115 funciones tuvo el festival este año y no se cayó una función ni un subtitulado. Para un país como Argentina, en donde todo se hace a las apuradas, el BAFICI es un evento muy raro, bastante único. No porque lo dirija yo ahora, sino porque es un modelo de organización. Por ejemplo, tener tres días antes que el año pasado la programación online es muy importante.

Se instala la idea de que las cosas sí se pueden hacer bien. Uno siempre trabaja “cortando clavos” como decimos en Argentina, y se tiene la impresión de que no se puede, y resulta que sí. Entonces cuando llegue un director artístico nuevo, le va a ser difícil hacer un catálogo y no tenerlo diez días antes, le va a ser difícil no poner ventas anticipadas, porque ya hubo y funcionó. Uno sube la vara y construye hacia un futuro. Se marcan caminos para la gente que hace festivales latinoamericanos: Luis Ospina del festival de Cali, Carlitos Núñez del SANFIC (Santiago Festival Internacional de Cine), Edgar Saba de Lima, todos los que tienen que ver con los festivales de cine independiente. Gente que está mirando mil cosas del BAFICI, desde el catálogo hasta el perfil de las películas.

RP: El año pasado se realizó el primer Festival intencional de cine de Cali, el cual promete ser un festival comprometido con el cine independiente. ¿Qué consejo le das a las personas que comienzan estos emprendimientos?

SW: Principalmente la imbricación del festival con la ciudad. No existe la posibilidad de que un festival sobreviva sin una estrecha vinculación con ésta. Creo en los festivales públicos, porque los privados están siempre al borde de la catástrofe. Tarde o temprano el sector privado le impone alternativas estéticas negativas.

Un festival de cine debe luchar contra su propia burocratización, renovarse. El BAFICI busca no ser un lugar predecible. Este año decidimos no hacer una gran retrospectiva y pusimos un montón de focos de directores desconocidos, y la gente se tuvo que arriesgar. Así el festival propuso cosas nuevas, desconocidas; no alquiladas en la esquina o bajadas de Internet.

Por otro lado, un festival de cine hoy no puede dejar de ser un evento político y cultural que tenga una incidencia y un peso propositivo. No es solamente mostrar películas; en ese caso se convertiría en una muestra. Los puntos fuertes del festival no están en una película de Godard o Hong Sang-Soo. Por supuesto estas películas se integran en la programación, y es importante tenerlas, pero el BAFICI es mucho más que la suma de esas películas.

El consejo sería pensar un perfil y respetarlo, no ablandarlo ni negociarlo. Esto es lo único que el festival debe resguardar. Lo cual no quiere decir que sea un festival hermético o cerrado a sugerencias. Pero recordar que un festival de cine es un lugar de poder y no hay lugares de poder que no generen disputas.

* Socióloga de la Universidad Nacional, editora de la revista i.letrada

 

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