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Autopsia de un despropósito

Escrito por Manuel Guzmán

Manuel Guzman Hennesse

El abuso y la disfuncionalidad de ciertas instituciones, y la confusión generada por los medios de comunicación, contribuyeron al exabrupto de que un simplemente malcriado joven de Chía esté hoy en la cárcel La Picota, acusado de terrorismo.

Manuel Guzmán Hennessey*

El señor Nicolás Castro, acusado de instigar por Facebook contra el hijo del presidente, se declaró inocente de delinquir con fines de terrorismo y homicidio, cargos que la Fiscalía le imputaba. El juez tercero especializado, según se lee en la noticia de El Tiempo [1], rechazó las pruebas presentadas por el fiscal, y adujo para ello manipulación e irregularidades.

Manipulación e irregularidades, ¡vaya vaya!

Entre ellas está el testimonio de un agente del FBI, que participó en la investigación; y unos actos, llamados 'urgentes' por la policía judicial, que, por ejemplo, intervino el servicio de mensajería instantánea de Castro mediante un procedimiento de allanamiento que el juez tercero encontró irregular. Leí en otro informe que algunos de estos actos se justificaron con la frase "alto interés presidencial".

Hasta aquí no me parece que haya noticia por comentar.

A juzgar por las manipulaciones e irregularidades que la principal agencia de inteligencia del Estado ha venido llevando a cabo, según investigaciones en curso, esto del FBI (¿FBI? Sí, FBI) y la Policía bien podría catalogarse como procedimientos de poca monta, que en la marisma de asuntos de mayor envergadura, a ningún procurador con oficio, se le ocurriría investigar.

De manera que dejo ahí la noticia, pues sobre asuntos consabidos no suelen abundar los análisis de Razón Pública.

Quizás sí habría que anotar, un poco de costado, que la costumbre de manipular la realidad para amañarla a un propósito de Estado no es original de este gobierno; otros lo han hecho con apoyo del aparato institucional en pleno, y ante los ojos de una sociedad inerme que se ve relegada a contemplar la cínica actuación, como si fuera en realidad un acto de legalidad.

Creo que no es necesario decir que me estoy refiriendo al caso de un ex presidente que fue investigado por la Comisión de Acusaciones de la Cámara, que no halló méritos para judicializarlo, y se quedó él, rampante y sonriente, atornillado al poder durante sus cuatro años de mandato.

Fue Max Weber quien definió al Estado moderno como aquel que se arrogaba el monopolio de la coerción legítima. Si otro estamento de la sociedad pretendía llevar el agua a su molino, en el sentido de domeñar la realidad para que resultara, política o jurídicamente, conveniente a sus intereses, ello era considerado inconveniente, pero si era el Estado el actor de esta comedia, nadie debía oponerse, pues en él residía, de consuno, la capacidad de manipular la realidad.

La legitimidad de la coerción otorga al agente que la ejerce el poder de negarle a su objeto la capacidad de resistirse o de exigir compensación en el evento de que se cause daño moral por la coerción ejercida, puesto que el acto coercitivo es un acto de Estado, y el Estado representa los fines superiores de la Patria, que es, en últimas, el ente abstracto donde se concretan los anhelos de la  gente como usted, como yo, como Jerónimo, mas no como el joven Castro, según esta curiosa axiología de la manipulación.

Cerrado este paréntesis me voy a referir a un despropósito conceptual, especie mixta de disrupción y disfunción, que viene ganando terreno, tanto en los medios de comunicación como en los propios estrados de la Justicia: asignarle el mote de terrorismo a todo aquello que se mueva en una dirección contraria a los caminos trazados por el régimen.

Terrorismo según el Drae [2] es una sucesión de actos violentos ejecutados para infundir terror, y terror es pavor, miedo, espanto, de un mal que amenaza o de un peligro que se teme. Terrorista es un tipo partidario de este tipo de conductas; partidario consuetudinario y convencido, inmerso en una ideología proclive a infundir miedo y espanto en una población mediante la realización sistemática de actos de violencia, no un muchacho que se pone a joder con el Facebook para meterse en un problema del cual no sabe cómo salir.

Escrito lo anterior, y revisado lo de Weber, resulta más comprensible lo que escribió Gary Younge [3], el columnista de Guardián: definir lo que es un terrorista depende enteramente del equilibrio de fuerzas en conflicto, en un momento determinado. Lo cual agrega una mayor posibilidad de uso disfuncional de la palabreja: la veleidad con que se puede mover el objetivo. La reciente historia de uno de los países amigo de usar, no exento de abuso y veleidad, la palabra terrorista, así lo confirma; ellos lanzaron la ofensiva aérea contra los talibanes con la enseña "con los paquistaníes, contra el terrorismo", pero una vez que les falló la estrategia, y entraron en escena los uzbecos y los tradjiks de la "Alianza del Norte", cambiaron de slogan por "contra los terroristas y contra los paquistaníes".

Pero este despropósito conceptual no es el único que ha cometido el país en su conjunto. El referendo reeleccionista es otro, no suficientemente analizado por los sociólogos, pues contó con un apoyo de la población que algunos consideran excesivo e inexplicable. El millón de votos de ‘Uribito' en la consulta conservadora es otro.

Los despropósitos conceptuales encuentran terreno fértil, y se vuelven modelos mentales o creencias compartidas por el colectivo, cuando son alimentados desde la cúpula de un Estado por una ausencia de línea política que da pie a la confusión y a la disfunción. Confundir terrorismo con lo que simplemente es violencia puede llevarnos a la disfuncionalidad de un aparato judicial que condena por terrorista a quien simplemente es un malcriado.

Baudrillard [4] escribió en Le Monde que la guerra declarada al terrorismo por los Estados Unidos no era otra cosa que el reflejo de una falta de política. Cuando no se tiene una línea política seria es previsible que se pretenda cubrir la vulnerabilidad ideológica de un régimen, mediantes actos de defensa a ultranza de una sociedad supuestamente desvalida y supuestamente minusválida. Se acude a las emociones básicas, usando a discreción criterios como seguridad y Patria, porque no se tiene más cartilla para la seducción del electorado que el miedo a los violentos.

Pero hay que reconocerle a los Estados Unidos la paternidad de esta herencia nefasta de llamarle terrorista a los enemigos; eso lo inventaron ellos y lo copiaron luego sus aliados del sur, o mejor, lo aplicaron estos aliados en ausencia de política. Para justificar el ataque contra Afganistán lo primero que hizo Estados Unidos fue declarar que Bin Laden y Al Qaeda eran terroristas, y con ello justificó un ataque contra buena parte de una población civil no violenta, desarmada y, además, no beligerante en conflicto internacional alguno. Así lo reconoce la columnista de Guardian Madeleine Bunting [5] en su columna del 19 de noviembre de 2001.

Una variante aún más infame descubre William Pfaff [6], en International Herald Tribune; él anota que como los gobiernos les resulta más fácil declararle la guerra a otros pueblos, como Afganistán, que al verdadero terrorismo, que por su razón de ser es "invisible", entonces atacan sin miramiento ético alguno a los pueblos, bajo el pretexto de perseguir a los terroristas.

George F. Will [7], en el mismo diario de Pfaff se refiere a esta ausencia de escrúpulo del gobierno del recordado George W: "Ni los abogados al invocar el ‘derecho internacional', ni los diplomáticos al citar a la ‘opinión pública' impedirán a Estados Unidos actuar en defensa propia". Will puso entre comillas derecho internacional y opinión pública, con lo cual me releva de poner yo un subrayado adicional sobre estos mismos términos, tan nuestros y tan queridos.  

Y para volver al joven Castro, que lejos de ser un talibán es un vegetariano, y lejos de ser de Afganistán es de Chía, anoto que su estrellato en los medios no es debido, exclusivamente, al picotaso, sino a la cháchara que ofrecieron los medios sobre el despropósito, sin reparar mucho en el análisis de que lo que se estaba cometiendo allí era un despropósito. El asunto fue llevado a la palestra como si se tratara de una telenovela, de Las Muñecas de la Mafia, capítulo por capítulo hasta la victoria final.

Y no fue asunto exclusivo de la policía, los jueces o la fiscalía. Y el FBI. Entre todos ellos, y los medios, nos tuvieron, por casi cinco meses, pendientes de un muchacho que se metió a decir ¡qué se yo! que había que matar a otro, como si todos no supiéramos que desde las llamadas redes sociales se ventilan asuntos asociales que no necesariamente desembocan en actos criminales, y que casi nunca se concretan en actos de violencia física, pues el objetivo de la actuación anónima que facilitan esas redes, no es la comisión de delitos ni la violencia física, sino el desfogue de odios y frustraciones que no se pueden expresar por medios explícitos, donde uno tiene que escribir su verdadero nombre, y asumir las consecuencias de lo que escribe.

Lo que puede demorar un adiestrado informático en saber de dónde vino un correo electrónico es menos de 15 minutos, según me dice uno de ellos, en el cual creo bastante. De manera que a nadie que de veras sea terrorista se le ocurrirá usar este medio para asustar a sus víctimas.

Y no me van a decir los investigadores que nunca conocieron los llamados foros de los medios de comunicación, donde insultan a los columnistas y les prometen que los van a matar, o les recuerdan, como a mí me ha ocurrido, y no precisamente con cariño, a Carolina Hennessey. 

Si los columnistas escriben sobre Gustavo Petro, Hugo Chávez o la señora Córdoba, llueven los ditirambos contra ellos como si el simple acto de nombrarlos desatara una reacción en cadena equivalente a la explosión de millares de kilotones de energía, contenidos en los cerebros de quienes se agazapan en la oscuridad de los foros.

Pero una vez liberados los kilotones, el asunto queda resuelto. Esa es la enseñanza sociológica de las redes sociales que hemos venido aprendiendo desde su reciente uso y abuso.

Y, por supuesto que lo anterior descubre otro tipo de problema, relacionado con otro tipo de violencia y malestar en quienes de esta manera actúan, pero que poco tiene que ver con lo que el DRAE y los analistas citados, dicen del terrorismo.

* Director del Centro de Pensamiento y Aplicaciones de la Teoría del Caos, profesor, investigador y columnista de varios diarios. Otros escritos suyos pueden consultarse en manuelguzmanhennessey.blogspot.com

twitter1-1@guzmanhennessey

Notas de pie de página


[1] El Tiempo, 18 de marzo de 2010.

[2] Diccionario de la Real Academia Española, decimoséptima edición.

[3] Gary Younge, "Lots of wars on terror", en Guardian, 10 de diciembre de 2001, p 17.

[4] Jean Baudrillard, "L¨esprit du terrorismo" en Le Monde, 3 de noviembre de 2001, p 11.

[5] Madeleine Bunting, "The raging colossus" en Guardian, 19 de noviembre de 2001, p 12.

[6] William Pfaff, "The war on terror turns into war on Afghanistan" en International Herald Tribune, 3 y 4 de noviembre de 2001.

[7] George Will, "A lesson for America from an Israeli attack on Saddam", en International Herald Tribune, el 3 y 4 de diciembre de 2001.

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