Roberto Sánchez Torres, autor en Razón Pública
Foto: Twitter: Juliana Páez - Primera Línea en Kennedy

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Los jóvenes han sido los principales protagonistas del paro nacional. Estas son las razones que los impulsan a marchar. Y estos son los cambios que piden.

Roberto Mauricio Sánchez Torres*

Indolencia y desdén

Una congresista les dijo “estudien vagos” a unos jóvenes que se manifestaban en contra de sus ideas.

No fue la primera ni la última vez que un funcionario público descalificó la visión de quienes se oponen al gobierno Duque. Tachar la indignación ciudadana de “manipulación ideológica”, ignorancia o falta de entendimiento de la realidad nacional se ha convertido en una estrategia recurrente del gobierno.

Hace poco, cuando el DANE reveló las desgarradoras cifras de pobreza de 2020, el director del DNP dijo que gracias a las nuevas transferencias monetarias, dos millones de colombianos no cayeron en la pobreza, pero no reconoció la insuficiencia de la política social actual, un asunto sobre el cual hemos insistido varios académicos desde hace más de un año.

El gobierno usó una estrategia similar para impulsar su fallida reforma tributaria: varios funcionarios dijeron que los manifestantes no entendieron que la reforma beneficiaría a los más vulnerables.

A la indolencia y el desdén característicos del gobierno, se han sumado el despliegue indiscriminado, violento y armado sobre las voces inconformes de nuestros jóvenes.

Razones para protestar

La reforma tributaria –que en efecto incluía varios puntos progresivos– fue el detonante de las manifestaciones. Sin embargo, todo indica que las razones para protestar van mucho más allá de la inconformidad suscitada por la reforma. La pobreza y las viejas desigualdades exacerbadas por la pandemia y la falta de medidas por parte del gobierno parecen ser las más importantes.

Millones de colombianos han visto un angustiante deterioro de su calidad de vida a causa del desempleo, la informalidad, la reducción de ingresos, el encierro y el miedo a la enfermedad.

Tachar la indignación ciudadana de “manipulación ideológica”, ignorancia o falta de entendimiento de la realidad nacional se ha convertido en una estrategia recurrente del gobierno.

Los jóvenes han sido los principales protagonistas del paro. Son ellos quienes están más comprometidos con la construcción de una sociedad diferente. Se trata de jóvenes con distintas identidades (políticas, personales y culturales), y con ideas modernas y liberales sobre la vida y la sociedad. Son jóvenes que confían más en las fuentes alternativas de información que en los medios tradicionales, y que creen que la clase política del país debe ser renovada urgentemente.

A diferencia de los paros de otros sectores y grupos sociales, que reaccionan solo cuando se ven directamente afectados y están dispuestos a negociar con concesiones tan simples como el precio de la gasolina, nuestros jóvenes son sensibles frente a la situación social del país así no los afecte directamente y son mucho más ambiciosos.

Sin embargo, el descontento de los jóvenes también es el resultado de lo que muchos de ellos enfrentan día a día: la falta de oportunidades. En particular, la doble exclusión del sistema educativo y del mercado laboral de una tercera parte de ellos, y del 40% de las mujeres entre 18 y 28 años.

Se trata de jóvenes desempleados (30%), jóvenes que no acceden a la educación superior (68%), jóvenes que estudian y no encuentran un empleo formal (62%) y jóvenes que aceptan empleos mal remunerados para los cuales están sobrecalificados porque tienen que pagar deudas o porque no hay de otra. Es eso o nada.

Foto: Twitter: Temblores ONG - El presidente más joven de la historia reciente del país, parece tener muy poca empatía con las nuevas generaciones, que piden a gritos un cambio de una sociedad marcada por la violencia política y la desigualdad económica y social.

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Jóvenes que no estudian ni trabajan

Colombia desaprovecha el talento de más de tres millones de jóvenes entre 14 y 28 años que ni estudian ni trabajan (NINIS). La tasa llega al 40% entre las mujeres.

Estos jóvenes son, en su mayoría, miembros de hogares de ingresos bajos (pobres o vulnerables) cuyos jefes de hogar están desempleados o son informales. Estas cifras explican parcialmente la falta de desarrollo del país y justifican el descontento de los manifestantes.

Si bien es cierto que la cobertura de educación básica y secundaria ha aumentado considerablemente, el ingreso a la educación superior—especialmente de alta calidad—sigue siendo un privilegio al que muy pocos tenemos acceso.

Como ilustra la gráfica 1, a los 16 años muchos jóvenes dejan de estudiar y no logran insertarse en el mercado laboral. Para el grupo de 18 a 28 años, el mercado laboral absorbe a quienes dejan el sistema educativo (muchos en condiciones de informalidad), pero la proporción de los excluidos del mercado laboral persiste a lo largo de los años.

Paradójicamente, el presidente más joven de la historia reciente del país está muy alejado de los jóvenes que piden un cambio a gritos. Parece que aún no se ha dado cuenta de que dialogar con ellos es urgente

Creer que la educación secundaria es suficiente es una actitud complaciente que impide entender parte de las razones legítimas de la indignación de esta generación. Lo cierto es que el acceso y los beneficios de la educación superior se han concentrado en los integrantes de hogares con ingresos altos.

Gráfica 1.

Con la pandemia empeoró la situación de los jóvenes: las tasas de desempleo e inactividad aumentaron, muchos se vieron obligados a abandonar sus estudios y aquellos que lograron permanecer en el mercado laboral han tenido que soportar altos índices de informalidad. Todos estos problemas han afectado de forma desproporcionada a las mujeres, lo cual implica que las brechas de género se han profundizado todavía más.

Gráfica 2.

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Cambios necesarios

El gobierno no puede seguir ignorando el conflicto generacional, las exigencias de los jóvenes, y el deterioro de las condiciones de vida de los colombianos.

Paradójicamente, el presidente más joven de la historia reciente del país está muy alejado de los jóvenes que piden un cambio a gritos. Parece que aún no se ha dado cuenta de que dialogar con ellos es más urgente que conversar con sus aliados, sus contradictores y los líderes que marchan con ellos, pero no los representan.

Un primer paso para promover el diálogo es acelerar el proceso de vacunación y poner en marcha una política social ambiciosa que permita mitigar los devastadores efectos de la pandemia.

Pero lo verdaderamente fundamental es avanzar en la construcción de una sociedad donde el diálogo, la paz y la equidad primen sobre la violencia y la desigualdad, pues como señala Joseph Stiglitz, los altos niveles de desigualdad erosionan la confianza en las instituciones y debilitan la democracia.

Los grupos sociales y económicos que tienen ingresos altos y concentran grandes volúmenes de riqueza, deben entender que la pirámide no puede tener una cima sin una base sólida, y que hablar de la importancia de combatir la desigualdad no es un asunto de “lucha de clases”.

Como explica Stiglitz, exigir mayores contribuciones a “la gente de bien” (los ricos) en una sociedad con desigualdades tan profundas no es apelar a la solidaridad o al altruismo. Las élites deberían entender que la sostenibilidad de una sociedad que los ha privilegiado—y su propio bienestar—exige democratizar las oportunidades.

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Roberto Sánchez Torres

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Roberto Sánchez Torres

* Profesor e investigador de la Universidad Nacional de Colombia y la Universidad de La Salle.
rmsanchezt@gmail.com

Foto: Alcaldía de Bogotá - Desigualdad

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Las personas más vulnerables ahora tienen menos ingresos, peor salud y menos oportunidades que hace un año.

Roberto Sánchez Torres*

Más pobreza y desigualdad

La pandemia de COVID-19 y las medidas para su contención han exacerbado las desigualdades económicas y sociales en todo el mundo.

Según un informe  de Oxfam, mientras que las mil personas más ricas del mundo recuperaron lo que perdieron en apenas nueve meses, la mayoría de la población que cayó en la pobreza a causa de la pandemia tardará al menos una década en alcanzar los niveles de ingreso previos. De acuerdo con el Banco Mundial, 300 millones de personas alrededor del mundo habrían caído en la pobreza y 115 personas habrían caído en la pobreza extrema.

Además, los más afectados han sido quienes ya tenían menos oportunidades y menos ingresos. La carga de cuidado en cabeza de las mujeres aumentó y ellas perdieron más empleos que los hombres. Muchos jóvenes tuvieron que dejar sus estudios y redujeron sus expectativas de empleo. Los migrantes se expusieron más al virus y sus condiciones de vida se deterioraron aún más.

Estos devastadores efectos de la crisis podrían agravarse con el paso del tiempo. Si esto sucede se reducirá la movilidad social, se ampliarán las brechas y se limitarán aún más las oportunidades de los más vulnerables.

Pero eso no es todo: las desigualdades también se han manifestado en el proceso de vacunación. Del total de personas con vacunación completa en el mundo, Estados Unidos tiene el 42%, mientras que en los países africanos apenas 1 de cada 300 personas está vacunada.

El caso de América Latina también es desalentador: en la mayoría de los países, menos del 1 % de los habitantes han sido vacunados.

Foto: Alcaldía de Bogotá - La pandemia agravó la desigualdad y afectó particularmente a las mujeres, a los niños en la ruralidad y ensanchó las brechas entre países ricos y pobres.

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El caso colombiano

Colombia no ha sido la excepción: los ingresos de la mayoría de la población han disminuido, pero con un golpe más fuerte para los hogares más pobres.

La desigualdad del ingreso laboral aumentó significativamente en 2020. El ingreso laboral medio del 10 % más rico de la población pasó de ser 30 a casi 40 veces más alto que el del 10 % más pobre.

Del total de personas con vacunación completa en el mundo, Estados Unidos tiene el 42%, mientras que en los países africanos apenas 1 de cada 300 personas está vacunada.

Además, la participación en el total en el ingreso nacional del 10% más rico aumentó mientras que ha disminuido la del 50% más pobre de la población. Considerando indicadores sintéticos, como el coeficiente de Gini y el índice de Theil, se observa un aumento de entre el 2 y el 6% de la desigualdad en la distribución del ingreso laboral.Grafica 1. Indicadores de desigualdad del ingreso laboral
Fuente: elaboración propia con información del DANE.
Los más afectados fueron los trabajadores independientes y domésticos. A pesar de que el ingreso laboral medio se redujo para todos los grupos de trabajadores sin importar su nivel educativo, la reducción fue mayor para los trabajadores no calificados, como se ve en la Grafica siguiente.Gráfica 2. Niveles de ingreso laboral medio
Fuente: DANE, Gran Encuesta Integrada de Hogares 2019-2020.

Las otras desigualdades

El virus también ha afectado de manera diferencial a la población más vulnerable en términos de salud y nutrición, condiciones habitacionales y acceso a la educación.

Como encontraron investigadores de la Universidad de Los Andes, la población de estratos bajos tiene más probabilidad de contagiarse de COVID-19. Un individuo de estrato 1 tiene diez veces más probabilidad de ser hospitalizado o de morir por la enfermedad que una persona de estrato 6. Sobre la base de las pruebas realizadas en el proyecto COVIDA, se concluye que los casos positivos aumentan a medida que desciende el estrato de la persona.

La reducción del ingreso y la mayor presión de los arriendos sobre el presupuesto familiar ha disminuido la calidad de vida, sobre todo en hogares pobres donde este rubro alcanza a ser alrededor del 20%.

El ingreso laboral medio del 10 % más rico de la población pasó de ser 30 a casi 40 veces más alto que el del 10 % más pobre.

Además, la falta de conexión a Internet y de acceso a tecnología en áreas rurales habrían impedido la educación remota de las niñas y niños y habría limitado su aprendizaje. Esto implica una pérdida alarmante en los conocimientos de los jóvenes en edad escolar, y además amplía la brecha de oportunidades, pues los jóvenes en áreas urbanas o con mayores ingresos enfrentaron la crisis en mejores condiciones.

Por otra parte, tenemos el aumento del desempleo y la informalidad laboral. La tasa de desocupación aumentó en un 50 % entre 2019 y 2020. También se redujeron las horas trabajadas y aumentó el número de trabajadores en ausencia temporal de sus puestos de trabajo, es decir, trabajadores con licencias remuneradas y no remuneradas, suspensión de contratos, cierre temporal de negocios, etc.

A todo lo anterior hay que añadir la incertidumbre y el deterioro de las condiciones de trabajo para muchos de quienes laboran desde sus casas.

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¿Qué hacer?

El Estado tiene la responsabilidad de contrarrestar las desigualdades que han aumentado durante el último año.

Lo primero es garantizar el acceso equitativo a las vacunas. En lugar de asignarlas por la eficiencia en la aplicación de cada región, se debería dar una ayuda a departamentos rezagados en atención en salud, lo que permitiría morigerar algunas desigualdades. En ese sentido, hay que tener cautela en la posibilidad de que personas y organizaciones privadas puedan comprar vacunas.

En términos de desigualdad del ingreso, la ineludible reforma tributaria no debería imponer mayores impuestos a los hogares vulnerables. Aumentar impuestos de suma fija, como el IVA, es un mecanismo fácil, pero perjudicial en términos redistributivos.

En un momento en que el objetivo es aumentar la recaudación, no sería deseable desmontar impuestos ya existentes (como el 4 x 1.000), sino crear o aumentar los impuestos a las rentas financieras, a la riqueza, y a actividades con externalidades ambientales negativas.

La desigualdad no es inevitable y, como ha resaltado Piketty, las medidas que se toman después de una crisis son esenciales para determinar lo que pasará en el futuro.

El aumento en las desigualdades no es irreversible. Se necesitan políticas que garanticen el bienestar de toda la población y, en particular, de la más afectada por la pandemia. Sin duda, las transferencias monetarias juegan un papel clave, pero tal como están diseñadas son insuficientes y poco ambiciosas.

Además, la desigualdad no es apenas monetaria. Por eso, el plan de recomposición económica y social debe tener un carácter integral y multidimensional, que reconozca las múltiples afectaciones que trajo la pandemia para la población con menores oportunidades.

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Roberto Sánchez Torres

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Roberto Sánchez Torres

* Profesor e investigador de la Universidad Nacional de Colombia y la Universidad de La Salle.
rmsanchezt@gmail.com

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