Matthieu de Castelbajac, autor en Razón Pública
Foto: Wikimedia Commons - Candidatos y aborto.

Compartir:

En vez de propuestas irrealistas necesitamos medidas eficaces para proteger y acompañar a las mujeres que deciden abortar.

Matthieu de Castelbajac*

¿Es posible eliminar los abortos?

El candidato Gustavo Petro causó revuelo al afirmar que “el aborto no hay que estimularlo” sino “prevenirlo con educación sexual y medidas tecnológicas”. Si bien esta propuesta parece dirigida a votantes anti-derechos, en este artículo quiero dirigirme a las personas que creen de buena fe en esta idea, pues a primera vista no parece tan absurdo apuntarle a la eliminación total de los abortos.

Seamos claros: cuando hablamos de una sociedad “aborto cero”, hablamos de ciencia ficción, pues el aborto es un fenómeno social irreductible que ha existido y existe en todas las sociedades humanas, incluso en las que lo condenan por razones religiosas o culturales. De hecho, la tasa de aborto (40 abortos anuales por 1000 mujeres en promedio) es la misma donde hay leyes represivas y donde no está penalizado, lo cual sugiere que el aborto es insensible a las políticas que pretenden suprimirlo.

Mejorar el acceso a los anticonceptivos es un objetivo loable siempre y cuando esté claro que aumentar el acceso no disminuirá la tasa de aborto.

¿Pero quizás podríamos reducir esa tasa ampliando el acceso a la contracepción? Lamentablemente, no. Independientemente del contexto legal, una mayor cobertura de métodos anticonceptivos no disminuye el número de abortos. En Europa occidental, el amplio acceso de anticonceptivos coexiste con tasas altas de aborto legal. Así mismo, en México, Brasil y Colombia, donde el aborto está penalizado salvo en circunstancias específicas, la ampliación del acceso a métodos anticonceptivos de las últimas décadas no ha impedido que aumenten las tasas de aborto.

Vale la pena recordar que, en Colombia, más del 80% de mujeres que tienen una vida sexual activa usan métodos anticonceptivos modernos ¡una cifra muy alta! —y la mayoría de las mujeres que no usan, quieren tener hijos. De hecho, solo el 6,7% de las mujeres tiene necesidades anticonceptivas insatisfechas (la mayoría vive en zonas rurales).

Mejorar el acceso a los anticonceptivos es un objetivo loable siempre y cuando esté claro que aumentar el acceso no disminuirá la tasa de aborto. Debemos separar los dos temas: el aborto es una cosa y la contracepción es otra.

el Aborto en colombia en el 2022
Foto: Flickr - Si la campaña presidencial se convierte en una pelea entre quienes defienden la despenalización y quienes están en contra de ella, perderemos de vista la cuestión de fondo.

Le recomendamos: El aborto: un tema para las elecciones presidenciales

¿Por qué abortan las mujeres?

Existe un gran malentendido sobre este interrogante, pues el principal predictor de la tasa de aborto no es la falta de acceso ni de uso de anticonceptivos, sino el cambio de las normas reproductivas. En la actualidad, la mayoría de mujeres que abortan lo hacen porque las sociedades modernas han adoptado modelos de familia con pocos hijos, y no porque no usen métodos anticonceptivos modernos.

Aunque sea difícil aceptarlo, muchas mujeres tendrán que hacerle frente a un embarazo no planeado en algún momento de su vida reproductiva, así usen métodos anticonceptivos modernos porque ningún método es 100% efectivo. Todos tienen una tasa de fracaso que resulta de los defectos de fábrica y los errores humanos al usarlos: ¡que tire la primera piedra quien nunca haya olvidado tomar su píldora o sacar el aire de la punta del condón! En América Latina, por ejemplo, las tasas de fracaso del condón masculino y de los anticonceptivos orales es de 6% para el primer año de uso, y llega al 16% después de 3 años.

Esas tasas de fracaso causan miles de embarazos no planeados cada año. Por ejemplo, en Colombia, uno de cada dos embarazos no es planeado. Así pues, miles de mujeres tienen que decidir si llevan a término o interrumpen un embarazo que no planearon y que trataron de evitar con anticonceptivos. Frente a ese dilema, la norma social vigente es clara: tener 15 hijos no está bien visto, así que piénsalo bien.

En síntesis, es inevitable que haya abortos porque todos los métodos anticonceptivos tienen un margen de error. Y, sobre todo, es inevitable que la tasa de aborto sea relativamente elevada en sociedades que prefieren las familias pequeñas.

La cuestión de fondo

Lo que sí podemos evitar son las complicaciones médicas, a veces letales, ocasionadas por los abortos inseguros que experimentan alrededor de 100.000 colombianas cada año. La verdadera razón por la cual debemos despenalizar el aborto es para garantizar el bienestar de esas mujeres. Cualquier otra meta es una quimera.

Ese es el panorama que los políticos deberían tener en mente al hablar del aborto. Es realmente preocupante que las propuestas de los precandidatos presidenciales se basen en intuiciones personales e ideas preconcebidas.

Los candidatos —e infortunadamente las candidatas también— buscan asesores especializados para hablar de economía o de seguridad, pero no para tratar el aborto, una cuestión de vida o muerte para las mujeres.

Aunque la propuesta “aborto cero” sea un ejemplo extremo, quienes sostienen que la despenalización es suficiente también se equivocan, pues necesitamos estrategias para acompañar a las mujeres que abortan. ¿Cómo vamos a manejar los abortos que se llevarán a cabo independientemente de que ampliemos las tasas de cobertura de anticonceptivos y avancemos en la despenalización? Esa es la pregunta que verdaderamente importa y que todos los candidatos han ignorado hasta ahora.

Si la campaña presidencial se convierte en una pelea entre quienes defienden la despenalización y quienes están en contra de ella, perderemos de vista la cuestión de fondo: el acompañamiento que debemos ofrecerles a las mujeres que abortan.

Prometer la eliminación del aborto es ciencia ficción. Dejemos el pensamiento mágico de lado, aceptemos los hechos y seamos pragmáticos:

el aborto seguirá existiendo nos guste o no y las tasas no bajarán, aunque más mujeres usen métodos anticonceptivos.

La discusión debería basarse en estos hechos y no en intuiciones y prejuicios.

1 comentarios

Matthieu de Castelbajac

Escrito por:

Matthieu de Castelbajac

*Profesor de Sociología de la Universidad de Los Andes.

Foto: Alcaldía de Bogotá Protesta en Bogotá

Compartir:

Matthieu-de-Castelbajac

El gobierno debe utilizar el diálogo en vez de la represión. Estas son las herramientas que existen para hacerlo en nuestra democracia.

Matthieu de Castelbajac*

Por qué protesta la gente

En una democracia la protesta es la forma como la ciudadanía hace un llamado de atención a las autoridades.

Así, saltándose los eslabones de la representación local y nacional (alcaldes, representantes a la Cámara, etc.), los ciudadanos señalan un problema colectivo que amerita una respuesta urgente.

Cuando surge una protesta, pueden hacerse tres supuestos razonables:

  • Que existe una situación lo suficientemente crítica como para que actúen juntas miles de personas que no se conocen y ni siquiera están directamente afectadas por dicha situación;
  • Que los eslabones intermediarios fallaron en su misión de transmitir las preocupaciones de la ciudadanía a las autoridades centrales, y
  • Que la autoridad no tomó las medidas necesarias para solucionar esas preocupaciones, ni parece dispuesta a tomarlas.

Si la gente sale a las calles, es que ya se armó la gorda. ¿Confirman las protestas de las últimas semanas esos tres puntos? Vea usted:

  • Se cometieron decenas de masacres (o “asesinatos colectivos”, como prefiere decir el gobierno) durante los últimos meses, y muchos civiles fueron asesinados por la policía en la capital durante las protestas de las últimas semanas.
  • En Bogotá, la alcaldesa, coautora del nuevo Código de Policía, no logró disciplinar a la policía ni llegar a un acuerdo con el gobierno nacional para hacerlo; en el resto del país, consta la impotencia de las autoridades locales elegidas frente a las masacres.
  • El gobierno nacional usó repetidamente eufemismos que relativizan e incluso niegan esos problemas.

El dilema de un gobierno

Ahora bien, no todo es lúgubre. Las protestas también auguran una buena noticia. Y es que la ciudadanía, a pesar de todo, confía en su capacidad colectiva para transformar la situación con la colaboración del gobierno.

Si no confiara en su capacidad de acción colectiva, no saldría a las calles; y si no confiara en que el gobierno puede hacerse cargo de la situación, pues molestaría a otros.

Este punto es crucial. La protesta es una confrontación directa entre la ciudadanía y la autoridad, que comienza la primera, pero cuyo curso está determinado sobre todo por la respuesta de la segunda. Esta es la principal enseñanza de toda la literatura sociológica e histórica sobre la protesta: la pelota está en la cancha del gobierno.

Retada por la ciudadanía, la autoridad tiene dos cursos de acción: la concertación social o la represión armada. Es una alternativa radical que no puede evadirse.

Pero condicionar el comienzo de la concertación al levantamiento o cese de las protestas significa renunciar a la primera opción en favor de la segunda.

Nada parece indicar que nos estemos encaminando hacia un acuerdo interpartidario para limitar el uso de la opción coercitiva. Todo lo contrario.

Foto: Personería Municipal de Zipaquirá El ESMAD no es la mejor herramienta para controlar una protesta violenta, porque es como un martillo.

Razón Pública le recomienda: Los abusos de los policías durante las protestas en Colombia

Por qué no sirve la Policía

Es poco lo que la policía puede hacer para gestionar el espacio público cuando la ciudadanía decide ocuparlo. Es más: la policía tiende a empeorar la situación.

Desde su creación, el ESMAD ocasiona bajas civiles, lesiona y captura a manifestantes inocentes, impide el acceso al espacio público, dispersa con gases tóxicos a las multitudes organizadas y libra batallas campales en el centro de las grandes ciudades con daños colaterales importantes para la infraestructura y el comercio.

Este balance fue denunciado en repetidas ocasiones, más recientemente por la Corte Suprema de Justicia. Aun así, se volvió costumbre desplegar al ESMAD y utilizar tácticas ofensivas a sabiendas de que son peligrosas.

Pero es claro que no existen técnicas policiales adaptadas para dispersar a los violentos sin dispersar al mismo tiempo a los manifestantes pacíficos.

La competencia especifica de la policía es el uso de la fuerza física no negociable, puesta al servicio de lo que exige la situación. En otros términos: la policía es un martillo. No es un arma de precisión quirúrgica y mucho menos una herramienta pacífica de diálogo social. Es un arma burda.

Una vez es desplegada, no puede controlarse bien. Pues, en última instancia, quién toma la decisión de cuánta fuerza debería ejercerse es el mismo oficial de policía, a partir de una percepción inevitablemente miope de un terreno cambiante y confuso.

En estas circunstancias, difícilmente puede culparse al oficial individualmente, si la situación se excede. El verdadero problema es la decisión política de desplegar sistemáticamente a una policía militarizada, como una espada de Dámocles sobre los manifestantes.

Es claro que la coerción física tiene su utilidad en muchas situaciones. Pero la protesta no debería ser una de ellas. Sin embargo, para la autoridad, la defensa del orden público y del derecho a la protesta son dos opciones mutuamente excluyentes. A todos nos gustaría que no fuera así, pero así es.

Frente a tal antinomia, podría afirmarse que una democracia liberal se reconoce cuando sus gobernantes están obligados a escoger y le dan más peso al derecho a la protesta que a la defensa del orden público. En cambio, una democracia autoritaria subordina el primero a la segunda.
Los últimos gobiernos de Colombia adoptaron una postura más autoritaria que liberal y así siguieron la tendencia internacional. Pero no siempre fue así, incluso cuando la acción colectiva de los manifestantes fue más violenta que en la actualidad.

Esta es la segunda buena noticia: no estamos condenados por el peso de determinismos históricos o culturales.

foto: Alcaldía de Bogotá La protesta es una manifestación de que el malestar ciudadano no se está canalizando por otras vías.

Lea en Razón Pública: Masacres policiales: la historia que no deja de repetirse

Herramientas democráticas

Volviendo a mis tres puntos iniciales, la protesta es el síntoma de los problemas sobre los cuales el gobierno puede actuar:

  • La primera manera de evitar que se corrompa la protesta es que la autoridad envié señales de que está tomando en serio las preocupaciones de la ciudadanía y se responsabilice de atenderlas. Cuánto más dilate la autoridad su respuesta, tanto más aumenta el riesgo de una protesta violenta.
  • La segunda herramienta es la colaboración con los eslabones intermediarios que tuvieron que saltarse los ciudadanos. Un gobierno que por su actuar muestra que no está interesado en dialogar hasta que se inflamen las calles envía una señal peligrosa.
  • Finalmente, hay que desarrollar un plan para garantizar la seguridad de los colombianos frente a la violencia. No está bien darles tanto relieve a las derivas vandálicas de la protesta, pero tampoco cerrar los ojos sobre los casos de violencia homicida que se acumulan en el país.

Los remedios que acabo de señalar no son originales. No se trata de inventar soluciones inéditas, sino de usar la caja de herramientas democráticas que tenemos entre las manos. No es sin razón que las democracias del mundo adquirieron esas herramientas. Se priva uno de ellas bajo su propio riesgo.

0 comentarios

Matthieu de Castelbajac

Escrito por:

Matthieu de Castelbajac

*Profesor de Sociología de la Universidad de Los Andes.

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.