Maria Kamila Lenes, autor en Razón Pública
Foto: Biblored

Compartir:

Foto: Biblored

El vallenato social, además de nutrirse del paisaje sonoro caribeño, es una herramienta para narrar el conflicto armado y preservar la memoria de las colectividades silenciadas por la historia oficial.

María Kamila Lenes*

Un paisaje sonoro 

El Caribe colombiano se caracteriza por vivir al ritmo de la música, lo cual es fundamental en las celebraciones y festividades de la región. El paisaje sonoro de estos municipios se nutre de sonidos como el de los vendedores ambulantes, los carros de mula en la calle, la música de los equipos de sonido, entre otros. 

El paisaje sonoro, es decir, todos aquellos sonidos que son característicos de un lugar, es vital para la sociedad del Caribe colombiano. Por esta razón, es común encontrar en las narraciones locales onomatopeyas como “¡juácata!, ¡pri-pra-prum!, ¡juaz! Todo se vive y se disfruta al compás del sincretismo cultural presente en el Caribe, donde los ritmos musicales compiten por ser los más populares. 

El vallenato es un género musical que, de algún modo, mezcla lo indígena, lo extranjero y las formas literarias occidentales de narración. De igual forma, se ha caracterizado por hacer parte de la cotidianidad de todos los grupos sociales. A diferencia de otros géneros musicales, en sus letras recrea la política, la economía, e incluso, las emociones y las pasiones locales. 

Uno de los grandes mitos del vallenato afirma que se originó a finales del siglo XIX en la Guajira, específicamente en el puerto de Riohacha. A partir de la llegada del acordeón, aparece la figura del juglar. Este último se encarga de extender los cantos junto a un músico acompañante. 

A través de una narrativa casi pictórica, las letras se transforman en el reflejo de la colectividad regional. Así, las tonalidades son usadas para narrar la historia no oficial de las consecuencias del conflicto armado en la región.

Es importante tener en cuenta la fusión de ritmos en el vallenato: cumbia, paseo y múltiples sonoridades campesinas. En este sentido, es un espacio simbólico para las diferentes colectividades, tanto así que se ha convertido en una herramienta de transferencia de la memoria colectiva. Sobre todo, en el Caribe, ha tenido un papel clave en la diseminación de los eventos sociales relacionados con el conflicto armado del siglo XX. 
Foto: Idartes - El vallenato apoyó a los campesinos y las movilizaciones que promovían las reformas agrarias. Máximo Jiménez fue uno de los representantes de este género.

Le recomendamos: El vallenato despide a uno de sus grandes exponentes

Narrar el conflicto

El vallenato suele asociarse al campo y, por ende, a labores como la vaquería. Por lo general, las letras suelen representar las paupérrimas condiciones de los trabajadores y el poco bienestar y dignidad humana. En este contexto, la figura del juglar es la encargada de transmitir los mensajes que, poco a poco, se mimetizan con las necesidades sociales de la época. 

Por ejemplo, en “Las Bananeras” (1995) de Santander Durán Escalona, se canta: “Porque allá en la zona bananera, allá sufre sin queja un pueblo soñador / Que nada ganó al pelear dos guerras / Solo que hoy olviden su valor / Es el pueblo bananero de abarca y de sombrero que espera redención”. 

Entre 1970 y 1990, el Caribe estuvo marcado por La Violencia. Departamentos como Córdoba, Bolívar y el Magdalena se vieron afectados por múltiples masacres que impactaron a comunidades campesinas, líderes políticos y miembros de partidos de izquierda. 

De este modo, aparece el vallenato social, también conocido como vallenato de protesta. Habitualmente se utiliza para denunciar el maltrato, las masacres y los desplazamientos forzados. A través de una narrativa casi pictórica, las letras se transforman en el reflejo de la colectividad regional. Así, las tonalidades son usadas para narrar la historia no oficial de las consecuencias del conflicto armado en la región. 

El vallenato social apoyó la representación de los campesinos y las movilizaciones que promovían las reformas agrarias. Con el tiempo, se consolidó un vallenato comprometido con las inconformidades sociales. En este género sobresalen cantantes como Máximo Jiménez, Santander Durán Escalona y Leandro Díaz. El vallenato activista, además de proporcionar una voz al campesinado, cohesionó a las comunidades que habían sido víctimas de La Violencia. 

Por ejemplo, en “Usted, señor presidente” (1976) de Máximo Jiménez, se afirma: “Usted, señor presidente sí está de acuerdo / Que acaben los campesinos de su nación / Si sabe que es un esfuerzo el que están haciendo / para no morir de hambre con su opresión / Y manda su gente armada sin corazón / pa’ que vean correr la sangre de un hombre bueno”. 

La anterior canción habla sobre la opresión hacia el campesinado mediante la explotación de sus tierras y el aumento de la propiedad privada, a partir de 1936 con la implementación de la Ley 200. Luego de su promulgación, las condiciones sociales y económicas de las comunidades más vulnerables se vieron afectadas por la llegada de grandes industrias a la región.

El vallenato social, como género musical, es resistencia, una causa política y el reflejo de la identidad costeña. En las tierras campesinas, estas canciones todavía resuenan como símbolo de resistencia y un modo de preservar la historia desde una perspectiva poco convencional.

Rodríguez Lizcano afirma que dichos sucesos condujeron a la creación de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) en 1967. Para esta colectividad, el vallenato fue un elemento unificador de las narrativas culturales, la idiosincrasia costeña y las preocupaciones sociales incrementadas por las actuaciones del Estado. 

El poder de la narración musical

La música tiene la capacidad de crear identidades colectivas a través de signos no verbales. Lo anterior no solo la convierte en un discurso, sino en una herramienta en función de quienes desean reivindicar sus derechos. De cierta forma, es un instrumento que aglutina un sentir y un pensamiento común. Por su parte, las letras vallenatas reflejan la relevancia de perpetuar la identidad caribeña a partir de sus rasgos más autóctonos.

La estrecha relación entre la cultura regional y la música popular-cotidiana ha dado origen a una fusión de ritmos conocida como vallenato. El vallenato social, como género musical, es resistencia, una causa política y el reflejo de la identidad costeña. En las tierras campesinas, estas canciones todavía resuenan como símbolo de resistencia y un modo de preservar la historia desde una perspectiva poco convencional. 

Cuando se celebra que el vallenato es patrimonio “inmaterial” de la humanidad, se deja de lado su capacidad para perpetuar la memoria colectiva y documentar un período histórico. A diferencia de muchas fuentes escritas, el vallenato, a través de sus letras y la sonoridad del Caribe, se nutre de las voces silenciadas y las circunstancias olvidadas por una nación. 

A pesar de la llegada de nuevos estilos musicales y temáticos como la champeta y el pop, el vallenato social siempre nos permitirá tener un registro de la memoria colectiva de aquellos que buscaron tener una voz en un país que ha monopolizado el discurso y la historia oficial. 

Lea en Razón Pública: ¿Por qué el reggaetón floreció en Medellín?

0 comentarios

Maria Kamila Lenes

Escrito por:

Maria Kamila Lenes

*Maestra en Artes, Magíster en Patrimonio Cultural Mueble de la Universidad de los Andes. Gestión de colecciones, gestión de proyectos culturales, conservación preventiva y documentación.

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.