Grupo multidisciplinario de innovación en educación**, autor en Razón Pública
Foto: Radio Nacional de Colombia - ¿Cómo afrontar los cambios en el proceso de formación médica durante la pandemia?

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La educación en medicina y ciencias de la salud es difícil de adaptar a la virtualidad: la interacción personal con el paciente es fundamental*

Grupo multidisciplinario de innovación en educación**

Importancia de la presencialidad en la medicina

Muchas carreras pudieron tener un aterrizaje más o menos suave en la educación remota; pero para todas ha habido muy poco plazo, especialmente en Colombia. Las ciencias de la salud tuvieron algo más cercano a un aterrizaje forzoso.

El ser humano es el centro de la atención médica: la interacción personal con el profesional de la salud es fundamental. Por esto, “clásicamente”, el pregrado en medicina se divide en dos etapas:

  1. Entrenamiento en ciencias básicas médicas, usualmente en el campus universitario. Los estudiantes comparten cursos con otras carreras y hacen prácticas en espacios como anfiteatros, museos de anatomía y laboratorios; esto lo complementan con actividades propias de la vida universitaria, como las culturales y deportivas. Usualmente en esta primera etapa no participarán en tención de pacientes o en servicios hospitalarios.
  2. Entrenamiento en ciencias clínicas, que se cursa en escenarios hospitalarios. Entonces, el contacto con pacientes en consulta externa, las rondas hospitalarias, los servicios de urgencias y las salas de cirugía son parte de la rutina diaria de formación.

Es claro que los estudiantes estaban más expuestos a agentes infecciosos en este ámbito clínico, aun antes de la pandemia. Incluso esto es parte de su formación: aprenden sobre bioseguridad y protección personal. Pero ahora este riesgo parece ser similar en ambas etapas de preparación profesional, como indican los brotes en universidades de Estados Unidos que volvieron a la presencialidad.

Cómo adaptar la formación teórica básica

Claramente, las ciencias básicas y médicas podrían trasladarse a la virtualidad, aunque sacrifiquen la interacción con otras disciplinas y el trabajo directo en grupo; también se perderían las prácticas en un laboratorio.

Estas no son muy populares entre estudiantes de medicina; pero “poner las manos” sobre experimentos o pruebas de laboratorio —por ejemplo, de microbiología o inmunología— fundamenta la interpretación de exámenes clínicos y la comprensión del funcionamiento del organismo.

En algunos casos —como el estudio básico de la anatomía humana—, es difícil reemplazar la interacción con el cuerpo humano para entender sus dimensiones y afianzar el respeto y la ética.

Aun así, en algunos de estos cursos básicos cabría usar otras formas de enseñanza, como los “laboratorios en seco” a través de videos o la simulación de laboratorios caseros. En otros cursos (histología o patología), se podría recurrir a las excelentes imágenes de internet —obviamente con la orientación de los docentes—.

En todo caso, hay que discutir y examinar estos materiales de estudio: trabajo primordial de un profesor.

En casos como el estudio básico de la anatomía humana es difícil reemplazar la interacción con el cuerpo humano

Gracias a avances tecnológicos como la microscopía en vivo (microscopía de dos fotones), se pueden ver tejidos en vivo o mediante simuladores. Por ejemplo, se puede ver cómo las células responden a diferentes estímulos. Hay videos de este tipo en artículos de revistas científicas e —incluso— en redes sociales.

La práctica clínica después de la pandemia

Hay una parte que puede virtualizarse sin dificultad: el análisis de las pruebas paraclínicas (pruebas de laboratorio o radiografía, entre otras), usando casos clínicos obtenidos de la práctica diaria y mediante discusión en grupos de estudiantes guiados por un profesor.

Para otro tipo de entrenamiento, ante la dificultad de tener estudiantes en los servicios médicos durante la pandemia, se necesitan nuevas estrategias:

  • Pacientes simulados, interpretados por actores entrenados en describir y reaccionar según las enfermedades que les indiquen.
  • Hospitales simulados, que representarían cada uno de los servicios hospitalarios (urgencias, obstetricia, etc.)
  • Asistencia digital a las entrevistas y exámenes físicos del profesor con sus pacientes.

Bajo esta última alternativa, los estudiantes pueden participar preguntando o indicando al examinador qué hacer en la entrevista o examen.

Es otro el escenario para las prácticas clínicas de los semestres más avanzados: el contacto con pacientes es necesario para adquirir conocimiento, pero también para ejercitar la comunicación y la ética. Todo esto se aprende durante el interrogatorio médico, el examen físico y la integración e interpretación de estos hallazgos.

Foto: Radio Nacional de Colombia - Para muchos estudiantes la clase se convirtió simplemente en una voz que habla por un dispositivo electrónico.

Puede leer: Nuevas oportunidades para la universidad: la virtualidad como enfoque práctico y orientado al estudiante

El cuidado de los estudiantes

Al principio de la pandemia, la mayoría de los hospitales universitarios cancelaron las rotaciones de estudiantes, con la intención de retomar este entrenamiento unas semanas después. Pero las restricciones del Ministerio de Educación se mantuvieron durante más tiempo del esperado.

De esta manera se interrumpió gravemente la preparación clínica de los estudiantes. Aunque se instalaron hospitales simulados y otros espacios de aprendizaje, la falta de contacto directo con el paciente puede tener repercusiones sobre el entrenamiento de los futuros médicos.

A pesar de su rígida formación, que exige presencialidad, la medicina ha avanzado mucho en técnicas remotas. La primera cirugía robótica y remota se hizo en 2001; desde entonces, se ha ampliado el uso de diversos tipos de cirugía por telepresencia y el entrenamiento de cirujanos a distancia.

Pero no nos digamos mentiras: esta profesión necesita contacto físico y la conversación directa con el paciente. Esta característica esencial se ha diluido con las prácticas derivadas de la hoy llamada telemedicina: la interacción se reduce a ubicar un síntoma; a partir de allí se solicitan toda clase de estudios de imágenes o de laboratorio que guíen el diagnóstico.

Consecuencias negativas de la medicina y el aprendizaje remotos

  • Para el médico en formación, trabajar o estudiar a distancia es todo un desafío semiológico. En medicina, la semiología es el estudio de los signos que le indican al médico qué sucede con el paciente. Estos signos se oscurecen sin la observación directa y el contacto real.
  • Se deja de lado la anamnesis directa (indagación de la historia médica) y se reemplaza por la lectura burocratizada de la historia clínica.

Con respecto al examen médico, se limita la información recibida por los sentidos: la observación metódica, la auscultación mediante un estetoscopio, el tacto e —incluso— sentidos como el olfato. Estos medios contribuían a una práctica clínica confiable.

A pesar de su rígida formación, que exige presencialidad, la medicina ha avanzado mucho en técnicas remotas.

No puede volverse normal que el médico se conforme con las variables fisiológicas cuantitativas de su paciente, como pruebas de laboratorio. Podría decirse que el análisis de unas imágenes es cualitativo, pero estas son representaciones simbólicas y parciales de la persona real.

Por supuesto, esto es crítico para la formación médica; se necesita mucha creatividad didáctica para que los estudiantes consoliden los conocimientos necesarios para una práctica clínica exitosa. Por esta razón, las facultades de medicina muchas veces han reagendado las rotaciones clínicas, en la medida en que la epidemia lo permite.

Por ahora, se ha usado la simulación; pero es imperativo que haya escenarios, guiones y prácticas más adecuadas. La pandemia nos ha enseñado la importancia de que médicos y profesionales de la salud se distingan por su excelencia académica y, sobre todo, por la empatía, resiliencia y ética que les exige el juramento hipocrático.

*Las opiniones expresadas son responsabilidad de los autores.

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Grupo multidisciplinario de innovación en educación**

Escrito por:

Grupo multidisciplinario de innovación en educación**

**Grupo multidisciplinario de innovación en educación:
• Verónica Akle, Ph. D, Facultad de Medicina, Universidad de los Andes;
• Julián Arévalo, Ph. D., Decano de la Facultad de Economía, Universidad Externado de Colombia;
• Rodrigo Castro, M. D., Facultad de Medicina, Universidad del Bosque.
• Luisa Dueñas, Ph. D., Facultad de Ciencias, Universidad Nacional de Colombia (sede Bogotá);
• Manu Forero-Shelton, Ph. D., Departamento de Física, Universidad de los Andes;
• John Mario González, M. D., Ph. D., Facultad de Medicina, Universidad de los Andes;
• Juan Armando Sánchez, Ph. D., Departamento de Ciencias Biológicas, Universidad de los Andes.

Foto: Alcaldía de Bogotá - Educación virtual

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Universidad, profesores y estudiantes pueden combinar la virtualidad y la presencialidad para mejorar el aprendizaje y ponerlo al alcance de todos.

Grupo multidisciplinario de innovación en educación*

La vieja normalidad

Recordemos nuestras últimas clases presenciales: hace más de un año, justo cuando comenzaba la temporada de lluvias, teníamos salones estrechos para un gran número de estudiantes. Había poca ventilación; el vaho del curso anterior se confundía con el del siguiente.

Aparte de los mismos de siempre, había poca participación, pese a que había más o menos 80 estudiantes: muchos pendientes de sus teléfonos y computadores portátiles. Abundaban los bostezos; las ventanas se empañaban por la humedad y lluvia; se esperaba un gran trancón tras el diluvio del día.

¿De verdad queremos volver a lo mismo?

Ventajas de las clases virtuales

Las grandes clases “magistrales” —algunas universidades las abren al público y las llaman cátedras— nos dan la pauta sobre qué debemos hacer con los cursos a los que asisten muchos estudiantes: virtualizar.

La primera razón obvia es el riesgo de salud: el contagio es más probable para un profesor que dicte 30 clases por asignatura, que trabaje en salones con decenas de estudiantes que vienen y van. Siendo realistas, según las pautas de bioseguridad para COVID-19 en espacios confinados, las universidades tienen pocos salones para impartir clases a tantos estudiantes a la vez.

La educación remota abre la posibilidad de superar las aulas y de llegar a más personas. De este modo, pueden alcanzar zonas apartadas; además, descentralizaría las universidades y —¿por qué no? — las ayudaría a crecer un poco.

Temas de interés general se prestan muy bien para el formato de la gran cátedra. En los colegios comunitarios (community colleges) de Estados Unidos, los estudiantes pueden ver los primeros semestres de su carrera universitaria cerca a sus casas. Si este modelo se estableciera en Colombia, este tipo de cursos aportaría mucho a los programas formales.

Las grandes clases “magistrales” nos dan la pauta sobre qué debemos hacer con los cursos a los que asisten muchos estudiantes: virtualizar.

Por último, estas iniciativas aliviarían las enormes brechas educativas entre diferentes regiones de Colombia. Esta tarea sigue siendo apremiante para la política educativa; las universidades públicas y privadas podrían aportar mucho.

Regreso a la presencialidad, un intento fallido

Durante el primer semestre de 2021, algunas universidades abrieron sus talleres, grupos de estudio y laboratorios a la presencialidad, con gran ilusión. Al comienzo acudieron pocos estudiantes; llegaron aún menos durante el transcurso de las clases.

Las razones son obvias, sin necesidad de analizarlo exhaustivamente. Primero, se graban las clases y acudir es opcional; pero la segunda razón es más interesante: acudir a la universidad para apenas una clase al día no justifica los gastos ni el tiempo que se pierde en el transporte.

De hecho, la virtualidad mejoró la calidad de vida de muchos: tenían más tiempo para hacer lo que quisieran.

Ahora, imaginemos por un momento a un estudiante que vive lejos de su campus universitario —acaso en otra ciudad—: debe trastearse desde su lugar de origen hacia un sitio más cercano a la universidad; debe gastar en arriendo, alimentación y en transporte local; por último, los costos de la matrícula. Hace este esfuerzo apenas por una o dos horas presenciales a la semana.

¡Qué interesante oportunidad! Se podría, entonces, concentrar los cursos y talleres prácticos en los mismos días, para que lo aprendido compense el esfuerzo por llegar a la universidad.

Los cursos con pocos estudiantes —en los que disminuye el riesgo para la salud de los profesores— son los que más necesitan presencialidad. Así se procuran ambientes bioseguros mientras se imparte una educación de calidad, donde los profesores atienden números ideales de estudiantes por curso.

Foto: Ministerio de Educación Nacional - Las clases virtuales no tienen que ocupar el mismo tiempo que las presenciales. Se puede pensar en mucho más trabajo autónomo.

Puede leer: Profesores y estudiantes ante la “nueva normalidad” en educación

Mejoraría la educación, no solo la salud pública

Las lecciones del distanciamiento comunitario y de contagio de enfermedades infecciosas en ambientes cerrados deben mantenerse más allá de la COVID-19. Así sea para prevenir una gripe común, es una ganancia en salud pública e individual de la comunidad universitaria.

Pero, en vista de los cambios ambientales, pueden aparecen nuevas enfermedades infecciosas, sobre todo producidas por zoonosis (una enfermedad que se contagia desde otros animales hacia el ser humano). Nuevas epidemias y pandemias nos esperan en un futuro cercano. La universidad puede organizarse para ser más resiliente ante estas calamidades.

Además, el campus universitario se convertiría paulatinamente en un lugar de prácticas, talleres y debate. Esto animaría un ambiente de intercambio, cocreación, investigación e innovación; mejor aún, la atención presencial de cada profesor sería más personalizada.

Aprendizaje centrado en el estudiante: hora de dar el gran salto

Es necesario que la educación cambie de énfasis: hoy se da más importancia a la enseñanza que ofrecen los profesores e instructores que al aprendizaje de los estudiantes. En otras palabras, hay que pensar más en el mensaje que perdurará en el estudiante después de la clase, no en la lista de contenidos que un profesor se propone cumplir.

Los cursos con pocos estudiantes —en los que disminuye el riesgo para la salud de los profesores— son los que más necesitan presencialidad.

Pero, por décadas —casi que como una trampa en la interacción entre estudiantes y profesores— el enfoque sigue estando equivocado.

Los profesores, con frecuencia, aprovechan la clase para ampliar su conocimiento, reafirmarlo, mostrarlo a los estudiantes y que les reconozcan su dominio de la asignatura. Para algunos es más interesante sumergirse en una discusión académica de alto nivel que desarrollar metodologías pedagógicas para que sus estudiantes puedan comprender gradualmente los contenidos.

Este sería un esfuerzo mayor y, además, tiene menos incentivos: es placentero ampliar sus conocimientos y que les reconozcan su experticia. En ese orden de ideas, para el maestro es más difícil hacer énfasis en el aprendizaje.

Pero para los estudiantes la situación no es mejor: materias, temas, tareas, exámenes y fechas que cumplir. Por lo tanto, es más cómodo asistir a las clases como si se tratara de ir a un teatro o un stand-up comedy o de sentarse frente al televisor. Es decir, se incentiva una actitud pasiva: buscar entretenimiento en un personaje que pasa al frente, que cuenta una historia ojalá interesante.

Tal vez se haga un esfuerzo por seguir la discusión, por tomar notas y, a veces, por hacer preguntas. Pero es difícil entenderse como protagonista —corresponsable— del proceso de enseñanza y aprendizaje.

Aprendizaje en pandemia

La pandemia ha acentuado esta situación: para muchos estudiantes, la clase se convirtió en una voz que habla por un dispositivo electrónico, con la que no es necesario conversar ni mostrar interés; para el profesor, su cátedra tradicional evolucionó hacia un discurso dirigido a cajas negras que esconden su audiencia.

Así, este escenario plantea la urgencia del cambio que se discute hace décadas:

  • ¿Qué deben hacer los profesores para que no sean ellos, sino los estudiantes, los protagonistas de los procesos de enseñanza-aprendizaje?
  • ¿Cómo evitar que este esfuerzo caiga en prácticas indeseables? Por ejemplo, excusándose en la responsabilidad del estudiante, el profesor podría ser negligente.
  • ¿Cómo alcanzar ese equilibrio en el que unos y otros salen de los roles tradicionales de orador y audiencia?

El riesgo de la actual pandemia y de otras que puedan venir —como ya hemos explicado— se suma a los problemas que ya existían y que el confinamiento hizo evidentes. Hay que redefinir el equilibrio enseñanza-aprendizaje y poner al estudiante en el centro de la ecuación.

Los métodos tradicionales se han arraigado en la academia por siglos y se han acomodado en su propio sistema de incentivos para preservarse en el tiempo. Estos procesos están llamados revisarse: las formas de interacción cambiaron, pero también se abrieron nuevas posibilidades para responder a lo que el estudiante necesita.

Le recomendamos: Virtualizar la educación: una oportunidad dorada

Un cambio necesario

Algunos apenas alcanzamos a implementar las metodologías virtuales; de todas maneras, nos ayudaron a avanzar hacia esa meta.

En esencia queríamos un estudiante que aprendiera haciendo, elaborando sobre los temas de la clase en diversos formatos y exponiendo sus ideas. Algunos estudiantes fueron muy receptivos ante estas iniciativas; para otros fue una carga excesiva de trabajo.

Acá se identifica un cambio necesario: las clases virtuales no deben ser tan frecuentes como las presenciales. Tantas reuniones seguidas en streaming fatigan demasiado. Incluso se habla de desórdenes del estado de ánimo, de dolencias musculares y óseas por falta de movimiento y mala postura, de alteraciones en los ojos y el ritmo circadiano por la exposición constante a la pantalla.

Lo ideal sería, por ejemplo, tener una demostración semanal del profesor y otro tipo de interacción virtual de forma asincrónica. Incluso, algunas semanas podrían dedicarse al trabajo autónomo. Acá es donde los profesores necesitamos respaldo de nuestras universidades: apoyo a la innovación educativa e incentivos para que el estudiante se comprometa con el nuevo modelo.

Tenemos que ir más allá de las encuestas de satisfacción y percepción.

Solo un salto cualitativo nos llevará hacia una educación acorde con la realidad global, con las necesidades de la sociedad y con los retos actuales.

El riesgo de no hacerlo, como con cualquier tecnología que no se actualiza, es la obsolescencia.

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**Grupo multidisciplinario de innovación en educación:
• Verónica Akle, Ph. D, Facultad de Medicina, Universidad de los Andes;
• Julián Arévalo, Ph. D., Decano de la Facultad de Economía, Universidad Externado de Colombia;
• Rodrigo Castro, M. D., Facultad de Medicina, Universidad del Bosque.
• Luisa Dueñas, Ph. D., Facultad de Ciencias, Universidad Nacional de Colombia (sede Bogotá);
• Manu Forero-Shelton, Ph. D., Departamento de Física, Universidad de los Andes;
• John Mario González, M. D., Ph. D., Facultad de Medicina, Universidad de los Andes;
• Juan Armando Sánchez, Ph. D., Departamento de Ciencias Biológicas, Universidad de los Andes.

Foto: Pixabay - Educación virtual

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Todavía no hemos evaluado este gigantesco experimento educativo. Una reflexión colectiva sobre estudiantes y profesores universitarios tras un año de la pandemia*.

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Profesor y estudiante: un vínculo necesario

El rector carismático de una de nuestras universidades decía que “si pudiéramos traer del pasado a personas del siglo XIX, los únicos que podrían trabajar sin ningún problema [pues su oficio ha cambiado muy poco] serían los profesores universitarios”. Quizás no sea culpa de los profesores, sino de un sistema que evoluciona muy lentamente.

Los métodos de enseñanza han cambiado poco a poco, en parte, porque el ser humano aprende por imitación y comunicación, actividades ordinarias que necesitan poca tecnología. A partir de la oratoria o cátedra, se puede formar una conexión entre alumnos y maestros efectiva para el aprendizaje: por eso se sigue usando en pleno siglo XXI.

En una clase presencial se transfiere el conocimiento; aún más, el maestro hace énfasis, señala prioridades y opina sobre lo que considera importante, según su experiencia. El cerebro necesita esta conexión durante el proceso de aprendizaje. Ahora que la pandemia nos ha hecho dar un gran salto evolutivo en la enseñanza, este vínculo entre maestros y estudiantes debe perdurar.

En vista de los planes de volver a la “presencialidad” lo antes posible, quisimos adelantar una reflexión colectiva sobre las oportunidades y los retos que se nos presentan en la educación universitaria tras un año en pandemia. A continuación, la primera entrega de este esfuerzo.

Presencialidad y profesores: el riesgo de estar ahí

Las clases presenciales son un riesgo y un reto, debido a los factores de transmisión del virus SARS-CoV-2: el número de personas que asistirán, sus contactos previos, sus posibles interacciones y el uso de transporte colectivo; además, hay que considerar el lugar de las sesiones (por ejemplo, su ventilación y las posibilidades de distanciamiento que ofrece).

El cerebro necesita la conexión de la clase presencial durante el proceso de aprendizaje.

Estudios en Estados Unidos mostraron que a raíz de su reapertura, algunas universidades tuvieron más casos de infección. Esto ocurría en reuniones sociales con un alto número de estudiantes y en espacios cerrados como talleres o laboratorios. Debido a este tipo de transmisión, se tomaron de nuevo medidas como el aislamiento, la educación en línea o el cierre del campus.

En Suecia se hizo uno de los pocos estudios que involucra a estudiantes de secundaria, profesores y familiares; compara las tasas de transmisión en la educación presencial y en la remota: en la presencial hay un leve aumento de infecciones entre los padres de los estudiantes, pero el riesgo fue mayor para los profesores.

Por lo tanto, es importante caracterizar los factores de riesgo de los docentes y de su entorno. También hay que seguir los protocolos de bioseguridad personales y comunitarios durante las clases presenciales.

Foto: Concejo de Cali - La educación virtual cambió completamente la relación entre profesores y estudiantes

Le recomendamos: Las universidades desaprovecharon la educación virtual

El sufrimiento oculto de la virtualidad

Es habitual considerar la salud física y la salud mental como si fueran dos entidades separadas. En verdad, son mucho más cercanas: la ansiedad por una carga laboral intensa, unida a sentimientos de soledad y a responsabilidades de cuidado en el hogar, puede tener consecuencias serias para la salud física, especialmente en el sistema inmune; durante la pandemia, esto es particularmente delicado.

Los profesores son sensibles al bienestar de sus estudiantes; históricamente, las aulas han servido para reconocer problemas personales y familiares. Los estudiantes tienen menos contacto físico —y menos riesgo— en la educación virtual; pero el profesor podría ser el único adulto en contacto con el estudiante, aparte de su familia, lo cual hace que sea la única vía para identificar problemas de salud mental y bienestar.

Pero los profesores no siempre están formados para este tipo de diagnóstico e intervención. Esto aumenta la presión y responsabilidad emocional del profesor y disminuye las oportunidades de apoyo a los estudiantes.

En los campus universitarios hay algunos mecanismos para monitorear y atender problemas de salud mental de los estudiantes, pero son insuficientes para los profesores. No es común que el maestro muestre su vulnerabilidad, porque lo hace perder la autoridad y la integridad de la clase; más difícil aún es aceptar o buscar ayuda en casos de estrés severo y sentimientos de incapacidad.

Las instituciones deben reconocer esta situación y ofrecer espacios seguros de reconocimiento, de manera que las estrategias de apoyo lleguen a los docentes en modalidades presenciales y virtuales.

Un cambio abrumador pero necesario

Ya ha pasado más de una década desde que el experto Roger Schank juzgara que “el e-learning actual es la misma basura, pero en diferente [formato]”.

No se necesitaba una pandemia para darnos cuenta, pero esta ha desenmascarado los problemas que aquejan a un sector que aún está anclado en unos preceptos y prácticas propios de la Ilustración, a pesar de las nuevas tecnologías.

Cuando comenzaron las cuarentenas, instituciones e individuos nos chocamos de frente con las nuevas tecnologías: debíamos migrar contenidos y conferencias que se ofrecían de manera presencia.

Antes, las instituciones llevaban años experimentando tímidamente con la enseñanza mixta, mediante plataformas donde se ofrecían unos pocos cursos en línea. Con la pandemia, pasamos abruptamente hacia unas plataformas cada vez más presentes y dominantes —como Zoom, Meet, Teams, etc.—; muchas ni siquiera estaban presentes en el vocabulario colectivo. De un momento a otro se abandonó la presencialidad.

Rápidamente, los profesores tuvimos que seguir dictando nuestras clases en nuevos espacios, que se habían aprovechado poco.

Aún tenemos que analizar los resultados de este gigantesco experimento colectivo; pero sí se ha puesto en duda un modelo pedagógico y didáctico que ya tiene poco que ofrecer.

Son menos las oportunidades de interactuar con unos estudiantes cada vez más fatigados y desmotivados, sobrecargados con una inmensa cantidad de información.

Debido a los arcaísmos de este modelo de enseñanza, la evaluación de competencias ha entrado en una crisis mayor; ahora sabemos poco sobre cómo evaluar qué y sobre cuál conocimiento realmente adquieren los estudiantes.

Puede leer: La educación superior en jaque

Otros tiempos y espacios para la universidad

A lo anterior se suma la dificultad de muchos estudiantes y profesores de universidades y colegios públicos, particularmente de aquellos que viven en zonas rurales y olvidadas.

De la noche a la mañana se notaron la escasez de equipos personales aptos para la educación virtual y la falta de conectividad. En la mayoría de los hogares, había apenas un smartphone; las familias los usaban por turnos para mirar las tareas, copiarlas en papel y decirle al profesor que “hoy tampoco hay conexión”.

En caso de tener un computador, toda la familia debía compartirlo: padres con trabajo virtual e hijos con educación en línea; todo esto, de manera simultánea, pues los horarios de trabajo y educación no se adaptaron. Otros debían recurrir a los cafés internet e, incluso, caminar largas distancias para obtener suficiente señal para dictar o recibir clases.

El gobierno nacional trató de apoyar a los estudiantes mediante el préstamo de equipos (computadores, tabletas y teléfonos inteligentes) y convenios con empresas de telefonía celular; pero muchos profesores quedaron en el olvido y debieron buscar la manera de seguir con sus propios recursos.

Los profesores son sensibles al bienestar de sus estudiantes; históricamente, las aulas han servido para reconocer problemas personales y familiares.

A pesar de todas las dificultades, los retos obligaron a innovar. Sin importar la edad o la generación, los docentes asumieron el desafío de transmitir el conocimiento a través de una pantalla.

Algunos migraron el contenido de sus clases presenciales a lo virtual, manteniendo una metodología similar y completando las actividades de manera simultánea con sus estudiantes (clase sincrónica); otros se animaron a crear contenidos interactivos, a explorar recursos en línea y a diseñar talleres (clase asincrónica). En algunos casos, dieron a los estudiantes más responsabilidad sobre su educación, mediante las aulas invertidas, por ejemplo.

Clases, trabajo, aseo, cuidado: todo a la vez

A veces se olvida que los adultos —específicamente, los docentes— trabajan mientras cuidan a niños, a adultos mayores y a enfermos. Incluso, los estudiantes tuvieron las mismas dificultades.

Por esto, algunos profesores adaptaron sus horarios sin sacrificar la calidad de la educación; además, usaron las clases asincrónicas: el material se ofrece al estudiante para que lo trabaje a su ritmo, a la hora que le convenga y cumpliendo con entregas programadas.

Según muchos profesores, una estrategia híbrida (sincrónica y asincrónica) ofrece lo mejor de ambas metodologías.

Las condiciones de los estudiantes exigen una combinación de formatos. Las instituciones y los profesores podrían ser más flexibles y considerar a quienes tienen un solo computador; a quienes pueden conectarse una vez al día; a los más motivados, que pueden ser autodidactas, y a quienes necesitan más acompañamiento, entre otros.

Aparte de la estrategia utilizada, se necesita la figura del docente que hace los énfasis e indica prioridades en el conocimiento que comparte.

Una primera conclusión

El cambio en la educación es aparentemente temporal; pronto volveremos a la mal llamada “nueva normalidad”. Aun así, es necesario enseñar de otras maneras.

Hay propuestas como los modelos simulados, que permiten que el estudiante disfrute lo que están aprendiendo. Ante todo, los motiva la convicción de que se aprende para la vida.

La oportunidad es única; pero se necesitan instituciones, profesores y estudiantes comprometidos con el cambio, con capacidad de adaptarse y de aprovechar estos nuevos espacios de interacción.

Dependiendo de cómo se manejen, pueden ser lugares de descubrimiento fascinantes u ocasiones de tedio para todos.*Las opiniones expresadas son responsabilidad de los autores y no de las instituciones que representan.

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**Grupo multidisciplinario de innovación en educación:
• Verónica Akle, Ph. D, Facultad de Medicina, Universidad de los Andes;
• Julián Arévalo, Ph. D., Decano de la Facultad de Economía, Universidad Externado de Colombia;
• Rodrigo Castro, M. D., Facultad de Medicina, Universidad del Bosque.
• Luisa Dueñas, Ph. D., Facultad de Ciencias, Universidad Nacional de Colombia (sede Bogotá);
• Manu Forero-Shelton, Ph. D., Departamento de Física, Universidad de los Andes;
• John Mario González, M. D., Ph. D., Facultad de Medicina, Universidad de los Andes;
• Juan Armando Sánchez, Ph. D., Departamento de Ciencias Biológicas, Universidad de los Andes.

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