Gonzalo Cómbita, autor en Razón Pública
Foto: Javier Milei

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Foto: Javier Milei

En un mundo que procura ganancias rápidas y dividendos altos, Milei y el Bitcoin son portavoces de la revolución conservadora 4D (desigualdad, desesperanza, desesperación y desinformación).

Gonzalo Cómbita Mora*

El escandaloso y el anónimo

Dos figuras contemporáneas emergen como referentes disruptivos, sobre todo entre los jóvenes. Pero no son más que productos mediáticos soportados por una revolución conservadora 4D (desigualdad, desesperanza, desesperación y desinformación).

Javier Milei hizo carrera en la televisión argentina al mejor estilo de Donald Trump —por supuesto, con folclor latino—. A la par de sus incisivos y furiosos comentarios a favor del libre mercado, aparecía bailando, cantando o participando en una rutina de humor.

Sathoshi Nakamoto es el seudónimo del creador (o creadores) de Bitcoin, la famosa criptomoneda. Esta revolucionaria forma de pago es una alternativa al  sistema financiero de banca pública y privada, que hizo añicos la economía mundial en 2008 a través de la especulación en el mercado de hipotecas.

Los dos abrazan las ideas de la libertad, se los asocia con Hayek y con otros reconocidos economistas de la Escuela Austriaca: férreos defensores del libre mercado.

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La crítica a los bancos centrales

El discurso del candidato y ahora presidente Milei es asombrosamente cercano al que aparece en el libro el Patrón Bitcoin, escrito por un entusiasta de esta criptomoneda y evidente suscriptor de las ideas austriacas. Es curiosa la cercanía en ideas y calificativos:

  • La “estafa” de que los bancos centrales —como nuestro Banco de la República—administren la moneda, ya que anima la cultura del “todo gratis”, desprendida de la posibilidad de crear dinero de la nada y sin sustento en la producción de bienes.
  • La idea de dinero sólido, emanado del mercado y respaldado en la producción, como “restricción natural al tamaño del Estado, y sus tendencias al autoritarismo y la extralimitación”. 
  • La moneda del Estado como creadora de la “casta social” que no se rige por las reglas de la competencia en el mercado, sino que se escuda en esta “droga adictiva y destructiva” de la “emisión”.

Milei el Bitcoin de la Política y Bitcoin el Milei de los mercados financieros

El vertiginoso ascenso de estas dos figuras de la “libertad” y el mercado se puede ver, por ejemplo, en el número de búsquedas en Google Trends.

Aunque suene moralmente valido, un respaldo de 100% es económicamente ineficiente aun para las monedas tradicionales, porque el capitalismo moderno se expande y ajusta en los ciclos a través del crédito.

Cuando se alimenta el motor de búsqueda con el término Bitcoin desde 2008 hasta hoy, se hallan unos picos enormes de popularidad: particularmente los de 2011, 2013, 2017 y 2020-2021 —periodos cuando el precio de Bitcoin en dólares alcanzaba sus niveles récord—.
Por otro lado, al consultar Javier Milei limitando la búsqueda a Argentina, se encuentra que tuvo algunas pequeñas apariciones en los últimos cinco años, seguro por sus incursiones polémicas en TV y algunos medios alternativos; pero lo que impulsó su popularidad, al mejor estilo del precio de Bitcoin, fue su aparición en la política como diputado y luego como presidente.

El viejo neoliberalismo

Las ideas asociadas con estas figuras no son novedosas ni disruptivas. 

Las ideas asociadas con el libre mercado y sus virtudes —esgrimidas por Adam Smith o Hayek— tienen varios siglos, así como las ideas opuestas —por ejemplo, defendidas por John Keynes, el economista británico odiado por Milei y los seguidores de Nakamoto—.

Si se pone en el contexto latinoamericano, la búsqueda de las reformas de mercado de Milei data de la década de 1950. Se basaron en los postulados de los famosos Chicago Boys: un grupo de estudiantes chilenos entrenados en la Universidad de Chicago, en el marco de un programa de cooperación de Estados Unidos para reducir la influencia de las ideas comunistas en plena Guerra Fría. En su decálogo de propuestas, resumidas por Sebastián Edwards en su libro The Chile Project, se encuentran estos temas:

  • Liberar las tasas de interés,
  • Bajar los aranceles,
  • Privatizar las empresas del Estado,
  • El voucher en la educación,
  • Sistemas pensionales basados en el ahorro individual,
  • Desregular la banca.

Estas propuestas fueron calcadas en el “programa de choque” del general Pinochet, en el reciente programa de Milei, y en los de algunos economistas colombianos que temen ser llamados neoliberales y se oponen férreamente a las reformas posando de técnicos y neutros.

Prejuicio algorítmico

Por su parte, el proyecto Nakamoto indica que los discursos de la moda y el progreso son los principales motores de la adopción de las fintech; pero la adopción de cualquier tecnología depende del contexto y, básicamente, del prejuicio de quien programe o desarrolle la innovación.

El algoritmo no es neutral; lo determina quien teclee en el computador, y sus nociones de economía en cuestiones como moneda y banca, así como sus propios intereses. Esto es evidente en la aplicación de la tecnología blockchain, subyacente a Bitcoin: mediante una prueba de trabajo, hace un escrutinio severo de cada transacción, rastreando el origen de la moneda empleada y verificando su respaldo del 100% en la emisión del algoritmo (minería).

Aunque suene moralmente valido, un respaldo de 100% es económicamente ineficiente aun para las monedas tradicionales, porque el capitalismo moderno se expande y ajusta en los ciclos a través del crédito.

El espejismo financiero

Pero lo más importante es reconocer que el Bitcoin es una criatura de la financiarización: un proceso que empezó en 1950, con el mercado de eurodólares y que se consolidó con el rompimiento del Sistema Monetario de Bretton Woods a comienzos de la década de 1970.

Foto: Pexels: Karolina Grabowska - El Bitcoin es el resultado de un proceso de financiarización que comenzó en 1950 y que se caracteriza por la desregulación, la concentración del ingreso, una mayor inestabilidad que puede causar especulación, entre otros aspectos.

En contra de lo prometido por Milei y Nakamoto, sus proyectos son inflacionarios y dejan ver que la inflación es multicausal; no se limita a excesos de demanda o excesos de emisión.

Se caracteriza por la desregulación, la concentración del ingreso, el efecto desplazamiento de las actividades financieras sobre el sector real, la propensión a una mayor inestabilidad —propicia para la especulación—, la evasión fiscal, la primacía de lo privado sobre lo público, el autoempleo enmascarado de emprendimiento y la volatilidad.

En ese sentido, el Bitcoin —y las demás criptomonedas— no son más que activos de alta especulación. En medio de un mundo en procura de ganancias rápidas y salarios altos para reconocidos CEO, es perfecto para inyectar esteroides a los portafolios de inversión financiera, que compiten duramente unos con otros por administrar fortunas.

En este escenario volátil, ninguna actividad real podría prosperar y el intercambio de mercancías sería inexistente, dado que los precios de los productos fluctuarían bruscamente en cuestión de horas.

En Bitcoinland —como dice en su blog el profesor Matias Vernengo—, cuando esta moneda pase de valer USD60.000 a USD30.000 en unas horas, todo lo que se denomine en ella subirá de precio 100%. Por ejemplo, si vende su apartamento por un Bitcoin el viernes, puede que el lunes deba pagar dos Bitcoins, dado que para completar USD60.000 ahora necesita dos unidades de esa moneda.

El choque inflacionario

Por eso, el Bitcoin no se usa en El Salvador, en la práctica, en contra de los argumentos de la economía austriaca. En la Argentina de Javier Milei, después  de las medidas tipo “doctrina del shock”, la inflación se aceleró; no bajó: por ejemplo, en enero de 2024 fue de 20,6%, y se planea que siga creciendo, en detrimento de los trabajadores de ese país.

En contra de lo prometido por Milei y Nakamoto, sus proyectos son inflacionarios y dejan ver que la inflación es multicausal; no se limita a excesos de demanda o excesos de emisión.

Así, un mundo donde gobierna la especulación, los salarios se deprimen y la información es basura, Nakamoto y Milei brillarán, aunque con un poco de cuidado emerja la verdad. Tengan cuidado, no todo lo que brilla es oro.

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Gonzalo Cómbita

Escrito por:

Gonzalo Cómbita

*Profesor titular de la Universidad de la Salle y profesor asistente de la Universidad Nacional. @econocombita

Foto: Facebook: Presidencia de la República

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Petro quiere reformas de fondo sin salirse de marcos ortodoxos. Quién tiene la razón en el debate entre el presidente y el Banco de la República a propósito de la reforma laboral.

Gonzalo Cómbita Mora*

Petro y los conejos keynesianos

John Maynard Keynes fue el gran defensor de la intervención activa del Estado para salir de una crisis económica, mientras que los economistas ortodoxos, —llamados los neoclásicos— defendían a toda costa la operación del mercado.

Pues bien, en una conferencia reciente dijo Esteban Pérez que “no se pueden sacar conejos keynesianos de sombreros neoclásicos”.  Pérez se refería a los gobiernos de izquierda que quieren hacer reformas sustanciales dentro de marcos técnicos y jurídicos ortodoxos.

El presidente Petro ha intentado encontrar el sombrero adecuado para sus reformas y para que su discurso tenga más coherencia. Esto explica el remesón ministerial y su polémico tweet de respuesta al estudio sobre el mercado laboral del Banco de la República. El estudio advertía que la reforma podría causar la pérdida de 450.000 puestos de trabajo.

Petro cita en su tweet a Keynes, quien en su Teoría General (1936) sostiene que las caídas en la demanda propias de una recesión deben ser compensadas por un aumento en el gasto del Estado. Petro apeló entonces a una figura de autoridad para justificar su reforma.

Pues bien, en una conferencia reciente dijo Esteban Pérez que “no se pueden sacar conejos keynesianos de sombreros neoclásicos”. Pérez se refería a los gobiernos de izquierda que quieren hacer reformas sustanciales dentro de marcos técnicos y jurídicos ortodoxos.

Y en efecto. Keynes se había opuesto al profesor Pigou porque este defendía la idea de que la disminución del salario aumentaría la oferta de empleos y disminuiría el incentivo para que las personas buscaran empleos. O sea que el mercado por sí solo nos llevaría a una situación de pleno empleo.

El Banco de la República heredó la teoría de Pigou porque achaca la posible pérdida de casi medio millón de puestos de trabajo al aumento de los costos laborales que traería la reforma.

Foto: Alcaldía de Medellín - Desde 1991 las reformas laborales han buscado una mayor flexibilidad para el mercado laboral; sin embargo, el desempleo no ha vuelto a tener un índice constante de un solo digito.

Le recomendamos: El debate sobre la reforma laboral

Menos salario pero el mismo desempleo

Parece obvio que un aumento en los costos laborales hace que la empresa individual contrate menos trabajadores.

Pero los salarios no son apenas un costo, sino que en su conjunto constituyen la base principal de la demanda de bienes y servicios en cualquier economía moderna.

Aumentar los salarios es aumentar entonces las ventas de las empresas (según lo que llamamos los economistas la “elasticidad ingreso de la demanda”, es decir la reacción porcentual de la demanda de cada empresa ante aumentos porcentuales del ingreso de sus compradores).

Los salarios más altos aumentan los costos y los ingresos de las firmas, de modo que el efecto neto de creación de puestos de trabajo depende de cada firma y de la conformación de cada economía.

De hecho, en el caso colombiano, las reformas laborales desde 1991 han intentado “flexibilizar” el mercado de trabajo, promoviendo la disminución del salario mínimo, los parafiscales y otros derechos del trabajador que ven solo como costos y obstáculos para que funcione el mecanismo de mercado que decía Pigou.

Pero esta política no ha logrado reducir el desempleo: Colombia nunca volvió a tener una tasa inferior al 10% de manera duradera. Por ejemplo, para 2021 la tasa abierta de desempleo fue del 14 %, la cuarta más alta de América Latina.

Empeorar las condiciones laborales para crear puestos de trabajo no ha logrado crear puestos de trabajo, pero sí concentrar el ingreso como se puede ver en la siguiente gráfica:

La gráfica confirma la caída de la participación de los salarios en el PIB entre 1993 y 2010. Después se recuperó, sin alcanzar las cifras previas a las reformas. Esto muestra que los menores salarios aumentan las ganancias empresariales y no necesariamente crean puestos de trabajo.

Una economía excluyente

En la teoría de Keynes hay un elemento adicional que conviene mencionar a propósito del debate sobre la reforma laboral: la elasticidad empleo-producto, es decir, en cuanto aumentan los puestos de trabajo por cada punto porcentual de aumento en el producto total del país.

La grafica siguiente muestra este índice para la economía colombiana durante las últimas tres décadas:

Es evidente el deterioro constante de este indicador a partir del momento en que empezaron a adoptarse las reformas de flexibilización del mercado laboral.

El indicador alcanza su valor máximo en 1996, cuando por cada aumento de 1% en el PIB el empleo aumentaba un 1,1 %, mientras que para 2019 el valor era de apenas del 0,37 %. ¿Qué pasó con las reformas?

De hecho, en 2019 el gerente del Banco de la República y el ministro de Hacienda manifestaron su preocupación por que el aumentos del PIB no reducía el desempleo y aun admitieron que “ignoramos las causas del desempleo”. Esto seguramente debido al hecho de la elasticidad empleo-producto de ese año fue negativa, del -0,28 %, es decir, que por cada punto porcentual de crecimiento del PIB el desempleo aumentó 0,28 %.

Esto muestra una economía claramente excluyente que necesita crecer por encima de cierto umbral para crear suficientes puestos de trabajo, como dijo por entonces el ministro Carrasquilla.

Pagar lo mismo por menos horas

La caída de la elasticidad empleo-producto es un reto para la reforma laboral —que al menos en teoría debería acompañarse de otras medidas como las que este gobierno llama la “reindustrialización” —.

Empeorar las condiciones laborales para crear puestos de trabajo no ha logrado crear puestos de trabajo, pero sí concentrar el ingreso.

Según el DANE, sectores como el financiero no son creadores netos de trabajo por unidad de aumento en el PIB —aunque son los que más aumentado su participación en el ingreso nacional—. Por eso es necesario encontrar sectores que jalonen el crecimiento y permitan crear muchos más puestos de trabajo.

Acá también es clave preguntar por la interrelación entre mejoría de las condiciones laborales —que se traducen en mayor demanda agregada para la economía en su conjunto — y las políticas de desarrollo industrial que deberían acompañar a aquellas mejorías.  Esta acción combinada implicaría que la productividad promedio de los trabajadores aumentara más rápido que el PIB; esto a su vez significa destruir puestos de trabajo —si es que en lugar de hacerlo se establece una menor jornada laboral es decir, que se pague lo mismo por menos horas de labor—.

Aunque la polémica en Twitter se debió a que Petro negó la existencia del mercado laboral, la cuestión es más compleja y nos remite al debate entre Keynes y Pigou. Quizás la academia y los técnicos, ensimismados en esta época, sean quienes deben encontrar el sombrero adecuado para las reformas del gobierno, además de dirimir tweets en sus tiempos libres.

Puede leer: El mito del alza en los combustibles

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Gonzalo Cómbita

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Gonzalo Cómbita

*Profesor titular de la Universidad de la Salle y profesor asistente de la Universidad Nacional. @econocombita

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Sociedad Portuaria de Cartagena.

Gonzalo CombitaLos indicadores se están deteriorando y los mercados internacionales se nos están cerrando. Vamos hacia una crisis financiera o hacia un ajuste recesivo que sacrifique crecimiento y empleos.

Gonzalo Cómbita*

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Gonzalo Cómbita

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Gonzalo Cómbita

*Profesor titular de la Universidad de la Salle y profesor asistente de la Universidad Nacional. @econocombita

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