Fernando Urueta, autor en Razón Pública

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Antoine Compagnon Antoine Compagnon
Los antimodernos
Autor: Antoine Compagnon
Manuel Arranz (trad.) Madrid: Acantilado, 2007, 252 páginas.

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Juan Gabriel VásquezEl arte de la distorsión
Autor: Juan Gabriel Vásquez
Bogotá: Alfaguara, 2009, 228 páginas

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nadine gordimerNadine Gordimer

Traducción de Francisco Rodríguez de Lecea

Barcelona: Bruguera, 2008, 193 páginas

Reseña escrita por Fernando Urueta

Nadine Gordimer nació en Springs, una población minera situada en el norte de Sudáfrica, en 1923. Su madre había llegado al país proveniente de Inglaterra y su padre, que vivía de la venta de relojes y otros artículos de joyería, era originario de Letonia. “Fui a un convento-escuela, de puras niñas, claro, y todas blancas”, dice Gordimer en una entrevista que aparece en la edición del pasado junio de Letras Libres. “Si ahorrábamos algo de morralla para el sábado, íbamos al cine, y las películas eran solo para blancos. Era una dedicada bailarina, no sin talento, y las clases de baile, claro, eran también solo para blancas. Pero más importante es que mi madre me inscribió cuando yo tenía seis años, junto con mi hermana, en la biblioteca infantil, y eso me perdió en los libros. Pronto fui moviéndome fuera de la sección de libros infantiles a los que quisiera tomar. Cuando veo atrás, es increíble lo que llegué a leer en esa época. Pero si hubiera sido una niña negra no hubiera podido ser miembro de esa biblioteca, no hubiera podido tomar ninguno de esos libros. Pienso, entonces, que si hubiera sido negra jamás me hubiera convertido en escritora, porque la única educación para un escritor es leer, leer y leer” 
(http://www.letraslibres.com/index.php?art=14691).

La conciencia de los conflictos raciales y el matiz autoinculpatorio que traslucen estas palabras han estado presentes en la obra de ficción de Gordimer desde sus primeros libros, aparecidos a finales de los años cuarentas y comienzos de los cincuentas del siglo pasado. El marco ético de su trabajo, como lo señaló J. M. Coetzee en un ensayo de Mecanismos internos, quedó establecido precisamente en esa época, cuando leyó a Jean Paul Sartre. Desde entonces, los cuentos y las novelas de Gordimer han tratado de hacer honor, fundamentalmente, a dos ideas sartrianas: una, que la función del escritor consiste en obrar de tal manera que nadie pueda ignorar las injusticias sociales ni sentirse inocente ante ellas; otra, que el valor de la obra de un escritor es proporcional a la indignación que despierta en los lectores ante esas injusticias y al reconocimiento de estos sobre la necesidad de suprimirlas. “No hay más que novelas buenas y malas”, dice Sartre en ¿Qué es la literatura?. “La mala novela es aquella que trata de agradar halagando y la buena es aquella que constituye una exigencia y un acto de fe”.

En el contexto del apartheid era fundamental, para Gordimer, despertar la indignación de los lectores ante la erosión de valores y los actos de violencia causados por un sistema político injusto. Había que desenmascarar la mala fe en la que vivían la mayoría de los sudafricanos blancos, y había que hacerlo confrontándolos con la realidad. Estos imperativos morales determinaron la fisonomía realista de la mayoría de sus narraciones hasta comienzos de los años noventas, es decir, hasta el derrumbe del apartheid. A ellos responden libros de cuentos que la crítica, sin mayores discrepancias, señala como los mejores de la escritora sudafricana: Los compañeros de Livingstone (1972), Hay algo ahí fuera (1980) y El abrazo de un soldado (1984). Sin embargo, esos mismos imperativos se convirtieron a veces en una camisa de fuerza para Gordimer. Sus relatos más cuestionados de ese periodo, sobre todo algunos de El salto y otros cuentos (1991), han sido aquellos en los que predomina una intención abiertamente aleccionadora, en ocasiones un poco irreflexiva.

En libros más recientes, como Saqueo (2003) y Beethoven tenía algo de negro (Beethoven Was One-Sisteenth Black), una colección de catorce relatos escritos entre el 2002 y el 2007, Gordimer ha mostrado una renovada disposición a explorar otros caminos narrativos. Particularmente en este último, ha dejado de lado rasgos formales que caracterizan sus obras anteriores. Los relatos que componen este libro parecen sketches más que obras acabadas. El lenguaje, que antes era profuso, se ha vuelto escaso. Las escenas ya no se describen minuciosamente, pero a cambio se accede con mayor libertad a la conciencia de los personajes, sobre todo mediante un uso generoso del discurso indirecto libre, que consiste en reproducir el pensamiento de los personajes de forma indirecta, es decir, narrando en tercera persona y en pasado, pero permitiendo que la voz del personaje impregne la narración. Podría decirse que los cuentos de Beethoven tenía algo de negro no carecen de preocupaciones morales y políticas, pero estas han sido desplazadas, en casi todos, a un segundo plano bastante borroso. En unos relatos, los mejores del libro, a favor de una medida exploración de los conflictos interiores o de la intimidad doméstica de los personajes: el duelo por la muerte de una persona querida, el estado de incertidumbre y ansiedad que genera una sospecha de infidelidad, la profunda extrañeza que puede sentir alguien hacia su pareja cuando desconoce su lengua materna. En otros relatos, a favor de una experimentación con narradores y personajes inusuales, como un loro, una cucaracha, una tenia, un alma. Con cierta razón se ha dicho que la obra de ficción que Gordimer ha escrito en el nuevo milenio, más reflexiva e introspectiva que la del periodo anterior, hace por fin honor a escritores como Proust y Chéjov, a quienes ella reivindica como sus verdaderos precursores.

Sin embargo, el moralismo de Gordimer no cede tan fácil. En algunos cuentos de Saqueo y en “Beethoven tenía algo de negro”, la narración que da título al libro, perdura una orientación marcadamente ideológica, la orientación ideológica correcta. El protagonista de este último, Frederick Morris, es un profesor universitario blanco de cincuenta y dos años. Tal vez porque empieza a sentirse viejo, se ha obsesionado con reconstruir, sobre la base de fotografías y documentos familiares, una estancia de su bisabuelo en Sudáfrica, mucho antes de que sus hijos y sus nietos se instalaran en el país. El bisabuelo vivió solo, durante cinco años, en un remoto poblado sudafricano, con la idea de enriquecerse en el negocio de los diamantes. Pasado este periodo regresó a Londres, apenas con algunos ahorros, y nunca más volvió a África. Lo que más inquieta a Frederick es saber cómo sobrellevó el viejo las urgencias del deseo en esos años, lejos de su esposa londinense. Es imposible, piensa, que no hubiera mantenido relaciones extramatrimoniales en esas condiciones. Desde luego, tuvo que haber aventuras. Estaban las muchachas negras que lavaban la ropa de los buscadores de piedras, y también las mestizas que trabajaban como meseras en las cantinas. Incluso, es muy probable que de esas aventuras hubiera resultado alguna concepción. Desconcertado por esta conjetura, Frederick emprende un viaje, que al final resulta infructuoso, en busca de los rastros de esa posible descendencia familiar.

El contrapunto a esta búsqueda es el sentimiento de desarraigo que embarga a Frederick en la universidad. En tiempos del apartheid, como muchos otros personajes de Gordimer, fue un activista blanco de la causa negra. Ahora es un blanco más en una sociedad en la que los negros están asumiendo el poder. Al mismo tiempo que trata de descifrar su pasado familiar, la universidad se ha convertido en escenario de fuertes protestas contra “la vieja casta académica blanca que se opone a que la universidad se transforme, de una especie de club para intelectuales blancos, en una institución interracial con una mayoría negra (para expresarlo en un lenguaje políticamente correcto)”. El cuerpo estudiantil, con una alta proporción de negros, no lo identifica con esa casta, de modo que no lo hace blanco directo de las críticas, pero tampoco valora el apoyo de los disidentes blancos, como él, a la causa negra . “Frederick no sabe cómo explicar a sus compañeros que los estudiantes ignoran, y además no les importa, lo que hizo en el pasado, por qué habría de importarles, no saben quién fue, su modesta pretensión de ser calificado de camarada”.

La debilidad del relato radica en que el desarraigo que siente Friederick, cuya cara opuesta es el inconfesado deseo de ser calificado de camarada, está puesto ahí solamente para explicar su interés en reconstruir el pasado familiar. La búsqueda de rastros que le permitan reconstruir la estancia de su bisabuelo en Sudáfrica se reduce a una cuestionable intención de reivindicar, en beneficio propio, un pasado negro o mestizo. De ahí el elocuente veredicto moral con el que termina el relato: “Es dudoso. ¿Qué clase de reivindicación necesitas? El estándar de los privilegios varía con cada régimen. No hay privilegios a prueba. ¿Sí? El caso es ascender hacia la clase dirigente del modo que sea. Una dieciseisava parte. Un primo surgido a partir de la proyección de tus propias necesidades viriles en el guapo semental joven conservado detrás del cristal [de las fotografías]. ¿Qué ha sido entonces del ideal de la Lucha (concepto genérico y con mayúscula de algo que nunca ha dejado de existir, a pesar de las victorias de los libros de historia) por el reconocimiento, un ideal que parte de la conciencia de que nuestra especie, la humanidad, no admite distinciones basadas en el porcentaje de genes incorporados a la sangre? Esas malditas cosas son cuestiones del pasado. Hubo un tiempo en que había negros, pobres diablos, que querían reivindicarse como blancos. Ahora es un blanco, pobre diablo, quien se reivindica como negro. La razón es la misma”.

Nadine Gordimer publicó su primer libro de relatos, Face to Face, en 1949. En 1953 apareció su primera novela, The Lying Days, a la que siguieron El conservador (1974), por la que obtuvo el Booker Prize, La hija de Burger (1979) y La gente de July (1981), sus novelas más reconocidas. También ha publicado colecciones de ensayos y conferencias, entre las que se destacan Telling Times, publicada este año, y Escribir y ser, en la que se recogen sus charlas de la cátedra Charles Eliot Norton de 1994 y su conferencia de aceptación del Premio Nobel de literatura de 1991.

 

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Fernando Urueta

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Versos de vida y muerte, la más reciente novela del escritor israelí Amos Oz (Jerusalén, 1939), se publicó en hebreo en el 2007.

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Philip Roth, Los hechos: Autobiografía de un novelista

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