Delfín Ignacio Grueso, autor en Razón Pública
Foto: Congreso

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Detrás de la instalación del Congreso y del discurso del presidente Petro había realidades, mensajes y preanuncios de fondo. Es esto lo que muestra una lectura cuidadosa del evento y del contexto.

Delfín Ignacio Grueso*

Instituciones a salvo

El pasado 20 de julio se instaló la nueva legislatura, con la alocución presidencial que podría ser el equivalente colombiano del ‘estado de la Unión’ en Estados Unidos.

Pese a la polarización política que reina en el ambiente, el ritual respetó las formas republicanas, aunque también dejó ver novedades. A partir de lo que allí se dijo, intentaré un análisis a diferentes niveles.

El primer nivel de análisis, el de la estabilidad institucional, arroja un balance tranquilizador. En ese aspecto no se rompieron las formas. El presidente fue al recinto parlamentario y habló; la oposición habló y el presidente la escuchó.

Instalada la nueva legislatura, los parlamentarios procedieron a elegir presidentes de Cámara y Senado. El gobierno ganó una apuesta y perdió su otra apuesta. Este resultado nos dibuja al Congreso que definirá la suerte de las reformas del gobierno. Si las aprueba, pasarán a sanción presidencial y después al examen de constitucionalidad por parte de la Corte. Nada distinto de lo que debemos esperar en una democracia.

El mérito es de ambas partes. Ni las fuerzas más reaccionarias le impidieron al presidente posesionarse ni, una vez posesionado, éste ha cerrado el Congreso, cooptado las Cortes o convocado a una Asamblea Constituyente.

Las novedades fueron igualmente tranquilizantes. Bien por el discurso presidencial que, aunque extenso, recupera el tono de convocatoria de su discurso de posesión. Bien por los presidentes salientes de Senado y Cámara que, aunque gobiernistas, no intentaron ‘jugaditas’ para que el presidente burlara el derecho de la oposición a replicarle al jefe de gobierno.

Bien que éste haya sido el primer presidente que se queda a oír las palabras de la oposición. Bien que la oposición haya hablado con franqueza y claridad.

Todo eso transmite tranquilidad institucional y, tras casi un año, invalida los anuncios apocalípticos propagaron los detractores de Gustavo Petro desde el momento de su elección.

El mérito es de ambas partes. Ni las fuerzas más reaccionarias le impidieron al presidente posesionarse ni, una vez posesionado, éste ha cerrado el Congreso, cooptado las Cortes o convocado a una Asamblea Constituyente.

Pasó la prueba de la inédita remoción de más de cincuenta generales sin ocasionar ningún ‘ruido de sables’, ni hay todavía señal alguna de ese ‘golpe blando’ que el presidente dice que le están fraguando.

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Foto: Desarrollo económico - El desempleo ha disminuido y todo apunta a que llegará a un porcentaje de un dígito como no ocurría hace muchos años.

Los logros del gobierno

Dentro de ese marco institucional estable, el presidente ha podido desplegar su osadía política sin ser anulado por un establecimiento que desde siempre le ha sido adverso.

Logró hacer una coalición con partidos tradicionales, entabló un tranquilizador diálogo con quien hasta ahora había sido el principal líder político de Colombia, ganó con eso un margen de maniobra considerable y, además, para tranquilizar a muchos, trajo a su ministerio experimentadas figuras de gobierno anteriores.

Pero lo más osado, lo que ha sorprendido a tirios y troyanos, ha sido la forma como ha vinculado a caracterizados personajes de la derecha y a representantes de los gremios económicos más conservadores en los equipos negociadores de paz con los grupos armados.

Ahora ha vuelto a ese tipo de osadías nombrando a un temido exjefe paramilitar como gestor de paz. Y todo, todavía, sin afectar la estabilidad institucional.

La tranquilidad en ese frente parece corresponderse con una estabilidad similar en el funcionamiento básico de la economía y en el respeto a los derechos o libertades propias del mercado.

Ni el gobierno está expropiando ‘a lo Chávez’, ni se ha acabado la inversión extranjera, ni el crecimiento está por debajo del proyectado para la región, ni el dólar ha llegado a los $5.000.  Al contrario, el peso se está valorizando, la inflación está cediendo y todo apunta a que el desempleo llegue a un porcentaje de un dígito, como no ocurría desde hace muchos años.

No hay cambio sin reformas

Un segundo nivel de análisis, focalizado en la democratización y en el avance en términos de justicia social, no ya en la estabilidad institucional, no arroja el mismo resultado tranquilizador.

El medidor en este aspecto es el trámite de las reformas sociales. La intransigencia con la que algunos se oponen resulta tanto de factores socioeconómicas como de consideraciones políticas.

Por una parte, los críticos de Petro defienden poderosos intereses en uno de los países más inequitativos del mundo. Por otra parte, tirios y troyanos piensan que si el gobierno tiene éxito es muy probable que el sucesor de Petro también venga de la izquierda, y que si no tiene éxito le abriría paso al regreso de la derecha.

Es mucho lo que está en juego y lo saben todas las partes. Por eso este pulso de fuerzas, que –no es necesariamente un golpe blando, sino un juego político en su sentido más radical– ya no tiene lugar en el recinto del Congreso, sino en una arena más amplia atravesada por los intereses del capital y los de familias poderosas de este país.

No en vano es el primer gobierno abiertamente izquierdista de la historia colombiana y debe soportar por igual el peso de las esperanzas de sus electores y de las actitudes prevenidas de sus detractores. Esta es la extraña y grave encrucijada política que hoy viven los Estados Unidos. Sería ingenuo ignorarlo.

El presidente tuvo algo de razón al afirmar que está aguantando el agua sucia que le arrojan fuerzas regresivas a través de la prensa. Pero no tiene toda la razón, porque en este nivel de análisis lo que debe examinarse en la eficacia de sus comunicaciones. Y esta ha ido quedando comprometida a base de ‘fuego amigo’, improvisación y falta de estrategia informativa. Y las tareas pendientes en este frente no son menores, si el gobierno quiere retener unas cartas valiosas para lo que resta del juego.

Un gobierno jugando sin estrategia

¿Cuáles son exactamente las reformas, cuál es su alcance, y hasta dónde está dispuesto el gobierno a negociarlas? ¿Por qué el presidente insiste en que está dispuesto a una concertación y, al mismo tiempo, habla como si las elecciones le hubieran extendido un cheque en blanco?

Más aún, ¿en qué basa su esperanza de que ‘el pueblo’ salga a la calle a defender las reformas, si todavía se deja tanto margen a las interpretaciones y a las tergiversaciones? En fin, ¿cuál de los discursos en relación con las reformas, el convocante del pasado 20 de julio o el desafiante del balcón presidencial, le está dando más réditos políticos?

Sí, el gobierno tiene derecho a improvisar, mientras aprende a dominar el andamiaje institucional que siempre estuvo vedado para la izquierda. Recorrer los pasillos del poder y familiarizarse con sus lógicas será siempre difícil para los recién llegados, Esto se puede comprender. Pero la improvisación tiene un límite, más allá del cual se acaba por sacrificar el proyecto político.

este pulso de fuerzas, que –no es necesariamente un golpe blando, sino un juego político en su sentido más radical– ya no tiene lugar en el recinto del Congreso, sino en una arena más amplia atravesada por los intereses del capital y los de familias poderosas de este país.

Yo supongo que el presidente lo sabe, como experimentado político que es. Que todo ‘papayazo’ será capitalizado por sus adversarios. Por ejemplo, más de ochenta incumplimientos a las citas presidenciales, cada uno de los cuales quizá pueda justificarse, serán presentado como descortesía o arrogancia del presidente frente a sus propias bases, frente a los gremios, las ciudades, las regiones y las otras ramas del poder público. Todo eso se lo irán cobrando.

Ningún jugador de ajedrez tiene derecho a quejarse si, con ocasión de una movida equivocada, su contraparte aprovecha y le da jaque-mate. Un experimentado político como Gustavo Petro debe saberlo. No en vano ha llegado a donde ha llegado, pese a toda la resistencia contra él.  Difícil creer que se engañe con respecto a la polarización en medio de la cual tendría que tramitar sus reformas.

Sabe, porque igual ocurrió bajo la pasada secuencia de gobiernos uribistas, que la polarización se nutre de hechos y de interpretaciones, más de estas que de aquellos, y que por ende su fuerza movilizadora es fundamentalmente ideológica.

Tal vez ya esté evaluando que las marchas callejeras le están funcionando más a la contraparte que a él y esté pensado jugarse más a fondo en el Congreso en este año electoral, cuando el pragmatismo de los políticos se impone sobre las diferencias ideológicas. De ser así, el pasado 20 de julio habría sido un punto de inflexión en el pulso político que se está librando en Colombia. Solo el tiempo lo dirá.

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Delfín Ignacio Grueso

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Delfín Ignacio Grueso

*Sociólogo y filósofo de la Universidad del Valle. Ph.D. en Filosofía de la Universidad de Indiana, profesor titular de la Universidad del Valle y Líder del Grupo Praxis (Colciencias A1).

Foto: Facebook: Francia Márquez - La conexión de Francia Márquez con esa diversidad excluida permite desvelar mejor las posiciones de poder tras las imposturas de sus malquerientes.

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Desde que Gustavo Petro anunció que Francia Márquez sería su fórmula presidencial, la ola de ataques contra ella no ha parado. ¿Qué nos enseña este hecho sobre nuestra sociedad? ¿Por qué importa más allá de las elecciones?

Delfín Ignacio Grueso*

¿Qué refleja este espejo?

Hoy Francia Márquez es más que un fenómeno político.

Contra ella se agigantan todas las formas de exclusión —el patriarcalismo, el racismo, el centralismo y el clasismo—, y ella nos devuelve, como un espejo, la imagen de todo lo que es asignatura pendiente en nuestro proceso de construcción de nación.

La conexión de Francia Márquez con esa diversidad excluida permite desvelar mejor las posiciones de poder que soportan las imposturas de sus malquerientes. Están las posturas de quienes, con cierta razonabilidad, señalan su carencia de experiencia administrativa; o quienes simplemente la degradan comparándola con un simio; también las personas que la acusan de terrorista, castrochavista y cómplice del narcotráfico, y quienes, escandalizados con aquello de los nadies y las nadies, las mayoras, la juntura, etc., se erigen como defensores del idioma.

La saña con que obran unos y otros se vuelve olímpica sevicia. Su condición de mujer les estimula la misoginia, y su condición de negra, de provincia, y, además, de izquierda, la convierten en blanco para el escarnio público.

Por supuesto, el motor de esos ataques es el racismo que, aún tras el fin de la colonia y la abolición de la esclavitud, sobrevive entre nosotros. El racismo se articula con los sesgos clasistas, machistas y de centralismo que se expresan, por ejemplo, con la burla al acento y a los giros idiomáticos. No obstante, estos dan cuenta de un lenguaje incluyente, o simplemente legitiman usos idiomáticos de la otra Colombia.

Esta burla pone en evidencia esa particularidad de la cultura colombiana, la cual es heredera —como tal vez ninguna otra en América Latina— de una combinación entre gramática y poder. Esta mezcla alguna vez sirvió para excluir y humillar al resto de la población, y ahora también sirve para marcar una distancia orgullosa de quienes no gozaron de una educación privilegiada.

A esa dimensión idiomática del asunto, que también sirve para identificar la tensión entre la Colombia urbana, los territorios allende la capital y la región andina, volveremos luego.

Francia conoce las luchas negras, indígenas y campesinas

Por lo pronto centrémonos en el racismo que, en su versión más burda, es el mismo que heredamos de la Colonia. Reproduce la misma pirámide pigmentocrática que nos impusieron, y que todavía funciona para defender con orgullo las gotas de sangre pura que cada miembro de nuestra población cree retener en sus venas.

No obstante, en esa pirámide se yuxtaponen la naturalización del lenguaje discriminatorio de los estratos, lo pigmentocrático y lo clasista. Por eso se puede llamar indio a cualquier pobre de Bogotá y negro a cualquier recién llegado de tierra caliente. Cuando la gente de bien se altera por la llegada masiva de gente de color a su vecindario, o por la súbita presencia de la Minga indígena en la ciudad, bien puede hacerlo por aporofobia o por racismo.

El racismo se articula con los sesgos clasistas, machistas y de centralismo que se expresan, por ejemplo, con la burla al acento y a los giros idiomáticos.

Ese racismo colonial, por supuesto, perdió sus formas iniciales de expresión. Nuestras élites ya no van al campo de batalla para mantener la esclavitud como lo hicieron, por ejemplo, Sergio Arboleda y Julio Arboleda en 1851. La esclavitud desapareció como institución social, y no por gracia benévola de José Hilario López, como se lo repiten en los foros a Francia Márquez.

Ella, que más que caucana es nortecaucana, conoce esa historia. Sabe que a los negros de acá nadie les regaló la libertad; sabe que la pelearon en la revolución liberal del medio siglo XIX; sabe que partieron desde los territorios de El Palo y lo que ahora es Puerto Tejada hasta llegar a la capital y sabe que fue una lucha de raigambre cimarrona, palenquera y muy nortecaucana.

Así mismo, conoce la lucha de los pueblos ancestrales en un Cauca, donde los patriarcas payaneses ya no tienen la fuerza para reducir a los indígenas a simples terrazgueros. Que los misak se excedan derribando estatuas, y los nasas se fortalezcan en sus territorios, es apenas un reacomodo inevitable tras el ocaso de ciertos apellidos peninsulares.

Francia Márquez, que conoce esas luchas indígenas, se nutre de todas estas transformaciones. Por eso pudo marchar, acompañada de otras mujeres, desde Suarez hasta Bogotá, para parar el abusivo dragado del Río Ovejas. 150 años y los nortecaucanos siguen en la misma lucha.

Pero ese racismo de raigambre colonial, en otro tiempo sustento de instituciones ahora caducas (la esclavitud, el terrazguero), fue capaz de revestirse con formato científico para justificar la subordinación del indígena, del afro y del mestizo y, en general, de los territorios.

En este revestimiento confluyeron de dos improntas crucialmente determinantes de nuestro —nunca acabado— proceso de nuestra definición como nación: la degradación ‘científica’ de las razas, y la legitimación de una dominación piramidal basada en la altitud sobre el nivel del mar y en el centralismo geográfico.

La degradación ‘científica’ de las razas

Fueron intelectuales de los dos partidos tradicionales los que llevaron a cabo, en las primeras décadas del siglo XX, ese revestimiento científico del viejo racismo. Lo hicieron acopiando teorías que compartían eso que el filósofo Tzvetan Todorov ha llamado racialismo: partir del color de piel y otros rasgos para clasificar a los seres humanos en superiores e inferiores imitando los cánones taxonómicos al uso de la biología de la época.

En un primer momento ese racialismo sirvió para justificar el aniquilamiento de pueblos y etnias en todo el mundo y la esclavitud a escala transcontinental. Y terminó volviéndose contra la propia Europa, primero impulsando científicamente las razones de sus nacionalismos y luego arrojando unas contra otras esas naciones en las dos grandes carnicerías que vivieron en el siglo XX y generando el holocausto judío.

A América Latina nos llegó también esa onda cientifista del racismo y en Colombia sirvió para apuntalar de nuevo esa pirámide pigmentocrática en cuya cúspide seguían aposentadas las mismas élites.

Basta ver las conferencias sobre las razas en Colombia pronunciadas por Miguel Jiménez López, Luis López de Mesa, Calixto Torres Umaña y Jorge Bejarano. Allí, intelectuales con formación de médicos tomaron a su cargo la tarea de explicar, recurriendo al expediente de las razas degeneradas, nuestro atraso como nación.

Sus teorías hicieron desfilar, como ratas de laboratorio, al mestizo y al mulato, pero sobre todo al negro y al indígena. Les contaron sus glóbulos rojos, midieron su temperatura corporal, el ancho de su caja toráxica y la forma de sus pómulos para explicar, a partir de allí, nuestra propensión a la violencia, al consumo de la chicha, la presencia de la sífilis, el alcoholismo y la locura.

Dominación basada en la altitud

Así legitimaron, con nuevos argumentos, los estereotipos sobre el pastuso antipatriota, el costeño perezoso, el negro ladino, el indio indolente, en fin, sobre la chusma irredimible.

Que no nos extrañen sus soluciones al problema, como aquella del intelectual antioqueño, López de Mesa, quien propuso embarazar a las boyacenses y a las huilenses con sangre nórdica (de buena calidad). Su intención era superar, en el primer caso, la descomposición cultural, y, en el segundo, la anemia.

Si bien en Colombia tales teorías no dieron origen a políticas eugenésicas, sí reforzaron la pirámide pigmentocrática heredada de la colonia. Pero también viabilizaron otra tendencia, igualmente incubada en las últimas décadas de la Colonia: la muy nacional pirámide territorial que privilegia, con base en la altitud, la región andina sobre la Orinoquía, la Amazonía, las dos costas y los valles interandinos. Una pirámide centralista que, cercenando más de la mitad del territorio, tenía como cúspide eso que a fines del siglo XIX terminó llamándose a sí misma la Atenas suramericana.

Francia Márquez vicepresidenta
Foto: Facebook: Francia Márquez - Francia Márquez opera como un espejo que la desnuda de cuerpo entero.

Este suceso recuerda lo que Freud llamó el narcicismo de las pequeñas diferencias. Este narcicismo hace que un homofóbico pobre pueda creerse todavía mejor que un homosexual, o que una mujer menos humillada por el patriarcalismo pueda humillar, clasistamente, a otra mujer más pobre.

Pero esa Atenas suramericana todavía no existía a fines del siglo XVIII, cuando el sabio Caldas trazó las primeras líneas de ese imaginario topográfico de nación. Su idea fue que, sólo después de ciertas yardas sobre el nivel del mar era posible desarrollar la civilización.

Entonces, las tierras bajas son territorios malsanos donde no puede cultivarse el espíritu. Nada bueno podía esperarse de esas tierras lejanas, plagadas de zancudos y serpientes, que en Bogotá todavía llaman tierra caliente. Ese lugar donde habitan negros que perezosamente vegetan en sus hamacas y donde hay mujeres aborígenes con rostros feos y varoniles.

Así, toda la esperanza quedaba depositada en Pasto y Tunja y, especialmente, en Popayán y Bogotá. Esa primera amputación territorial de la nación, escrita antes de que se alcanzara aquí la independencia de la metrópoli española, no habría de encontrar mejor fórmula que la imposición del imaginario de nación que debemos a La Regeneración.

La gente de bien también está oprimida

Si en algo fue exitosa la perspectiva centralista de don Miguel Antonio Caro, fue en convencernos, durante más de un siglo, de que aquí todos éramos blancos, todos éramos varones, todos españoles, todos católicos, apostólicos y romanos, y todos bogotanos. Fiel a su talante reaccionario de hispanista y latinista santafereño, que nunca salió de Bogotá, reforzó una imagen de la Colombia tal y como se puede ver desde el Cerro de Monserrate.

Por eso ahora resulta extraño y amenazante todo lo que tenga sabor extra-andino: las comunidades indígenas, las comunidades afro, el sincretismo religioso de este país mestizo y la riqueza lingüística de las regiones. Esa otredad no puede sino chocar con el buen gusto de la gente de bien, pues amenaza los cimientos que sostienen su poder social, económico y simbólico en este país, el más inequitativo de América Latina.

Se entiende eso de la gente de bien. ¿Pero qué hace una cantante, nacida en Buenaventura, comparando a Francia Márquez con un simio? ¿En qué amenaza la defensa de los derechos de las minorías y del ambiente sus intereses artísticos? Evidentemente aquí se expresa, en buena parte, la polarización de nuestro presente político, que lanza a unos menos oprimidos contras los más oprimidos.

Este suceso recuerda lo que Freud llamó el narcicismo de las pequeñas diferencias. Este narcicismo hace que un homofóbico pobre pueda creerse todavía mejor que un homosexual, o que una mujer menos humillada por el patriarcalismo pueda humillar, clasistamente, a otra mujer más pobre. Que una mestiza pueda sentirse orgullosa de sus gotas de sangre pura y apertrecharse en su piel un poco más clara para humillar a cualquier mujer negra e indígena. Para poner entre ella y ellas una barrera. En fin, el juego macabro de subalternidades que enfrenta a los oprimidos en la base y que no alcanza a cuestionar a quienes están en la cúspide.

Es trágico y cómico a la vez. Una artista venida de la provincia se yergue frente a otra mujer, exhibiendo sus pechos más redondos y su nariz más respingada, llamándola simio. Pero, por lo que es, esa mujer que se supone resultar ofendida, obra como un espejo que desnuda a la otra y la refleja de cuerpo entero. Y entonces las miserias quedan reflejadas de manera inversa.

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Delfín Ignacio Grueso

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Delfín Ignacio Grueso

*Sociólogo y filósofo de la Universidad del Valle. Ph.D. en Filosofía de la Universidad de Indiana, profesor titular de la Universidad del Valle y Líder del Grupo Praxis (Colciencias A1).

Foto: Commons Wikimedia - ¿Qué argumento con fuerza normativa se le puede oponer a quien dice “No me vacuno. Es mi cuerpo, es mi vida, es mi decisión”?

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Delfin Grueso

¿Es posible decidir no vacunarse? Los argumentos para no vacunarse y el debate sobre obligatoriedad de la vacuna contra la COVID-19.

Delfín Ignacio Grueso*

Argumentos para no vacunarse

A medida que avanza la vacunación en el mundo, se oyen con más claridad las voces de quienes dicen “no me vacuno”. Sus razones son muchas.

Hay personas que aún niegan que exista el Sars-CoV-2.

Otras consideran que la vacuna no es necesaria, porque no creen en su capacidad para detener la pandemia, o en la rectitud moral de quienes la crearon, o en la de quienes gestionan su aplicación masiva.

Otros más argumentan que el sistema inmunológico no es tan indefenso como se pretende. Para probarlo comparan las bajas cifras de hospitalización y muerte con las de los contagios y los casos asintomáticos y proponen que la mitad de la población podría tener una inmunidad congénita frente al virus. Estas personas consideran que no hace falta vacunarse, porque quienes pueden presentar complicaciones disponen de medios alternativos para mejorar su sistema inmune.

Es evidente que únicamente las investigaciones científicas sólidas y concluyentes podrían invalidar este tipo de razonamientos. Lamentablemente todavía no se alcanzan dichas investigaciones.

También hay personas que creen en la necesidad de las vacunas, pero desconfían de las existentes. Las sospechas son entendibles. Los laboratorios reconocen que sus productos no garantizan el 100 % de inmunidad y que la eficacia se reduce ante las nuevas mutaciones del virus.

Por si fuera poco, ahora parece que no es suficiente con tener las dosis completas, puesto que se necesita una adicional. ¿No dirán mañana que les falta una cuarta dosis? De este modo, surge una duda razonable que únicamente podrán despejar las investigaciones concluyentes.

Aún así, hasta que no se demuestre la existencia de los efectos secundarios, la prudencia aconsejaría vacunarse para evitar caer en la lista de las víctimas fatales que rechazaron la vacuna.

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Conspiración

Pero la evidencia científica no es suficiente para quienes sospechan de las intenciones detrás de las vacunas. Ellos se preguntan cómo es posible que las vacunas llegaran tan rápido, si otras como la del polio, el sarampión, la viruela o el tétano demoraron décadas en ser producidas y con otras aún no se llega a puerto seguro.

La mayoría de las vacunas contra la COVID-19 rompieron el método de elaboración seguido en otras ocasiones. Por eso hay quienes creen que ahora se experimenta irresponsablemente con la humanidad.

Algunos afirman que se trata de reducir las probabilidades reproductivas de los vacunados para frenar el crecimiento demográfico. Otros graban sus antebrazos para convencer a las personas de que les colocaron un chip para controlarlos.

Aquí se mezclan enunciados falsables, en términos de la investigación científica, con delicadas acusaciones sobre propósitos ocultos detrás de la vacuna.

El problema estriba en que la balanza se inclina más del lado de las teorías conspiratorias que son inmunes al razonamiento científico y a la lógica más elemental. Las explicaciones de los salubristas y epidemiólogos no pueden contra ellas, menos aún las consideraciones ético-políticas.

Capitalismo y autoritarismo

También hay excusas para no vacunarse que apuntan a una perversa combinación entre capitalismo salvaje y autoritarismo gubernamental.

La lógica del capital invadió las prácticas médicas y domina la agenda de la industria farmacéutica. El autoritarismo político se catapultó en esta pandemia y socavó la democracia. ¿Por qué no podrían confluir estas lógicas a propósito de la vacuna?

Es obvio que los laboratorios están haciendo su agosto; lo muestra el comportamiento de sus acciones en las bolsas de valores. ¿Qué les impediría inventarse una modalidad de obsolescencia programada que, más allá del carácter indómito y mutante del virus, cree un callejón sin salida de innecesarias vacunas estacionarias?

Nada les impide a los gobiernos servirse de planes de vacunación masiva para desplegar formas autoritarias de gobernabilidad so pretexto de administrar la vida y la muerte. Aquí, hay que reconocerlo, la cuestión escapa al alcance de este escrito.

foto: The Bogota Post - Poco se puede hacer, en el corto plazo, contra este libertarismo que se opone a la necesidad de generalizar la vacuna para detener la pandemia.

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Libertad individual

Finalmente está quien dice “nadie puede obligarme a vacunarme; al fin y al cabo es mi cuerpo y es mi libertad”. ¿Cómo oponerle un argumento normativo claro a esta forma de plantear una postura contra la vacuna?

Este individuo se presenta como un libertario. No necesita razones médicas ni teorías conspirativas para defender su posición: apela a un valor superior que la modernidad occidental convirtió en ‘derecho natural’, que el liberalismo elevó a piedra angular de su paradigma y que muchas constituciones consagraron como ‘derecho fundamental’.

Ciertamente, los discursos del ‘autocuidado’ y de la ‘responsabilidad personal’ no son suficientes para discutir con estas personas. Dichos discursos siguen la lógica individualista y aislacionista de los enfoques neoliberales en materia de salud pública.

La idea del ‘autocuidado’ también debería servir para disuadir a quienes practican deportes extremos o llevan al límite su experiencia con las drogas, pero estas personas invocan su derecho a hacer lo que quieran con su vida.

A pesar de todo, las legislaciones que obligan a los choferes y motociclistas a usar el cinturón de seguridad y el casco. De esa manera, dejaron de lado ese discurso inocuo e hicieron énfasis en los costos o daños colectivos que sufrimos por los accidentes de tránsito. Es lo mismo que se aduce al penalizar el consumo de las bebidas azucaradas.

Sin embargo, no puede exigirse una imposición legal y directa de la vacuna.

Los entes públicos y privados saben que esta opción sería autoritaria y están optando por modos indirectos (carnés con equivalencia de pasaportes para viajar o ingresar a establecimientos, regulaciones internas de las empresas, estímulos a la vacunación, etc.).

Tienen razón. Ante una eventual imposición legal de la vacuna, el amigo libertarista usaría cualquier herramienta para evitar la vacunación, desde el sacrosanto derecho a la libertad, hasta los recursos legales que en Colombia incluyen la Constitución, los fallos de la Corte Constitucional y el recurso de tutela.

Dirá que la libertad es un derecho natural y acabará apelando a recursos del derecho positivo o de la legislación vigente en su país.  Incluso recurrirá al Código de Núremberg de 1947, que se llevó por delante tanto a los supuestos iusnaturalistas como a los iuspositivistas en materia de derechos.

Poco puede hacerse a corto plazo contra este libertarismo que se opone a la necesidad de generalizar la vacuna para detener la pandemia. Pero hay que socavarlo si de verdad quieren proponerse metas de salud pública más solidarias y eficaces. Es un imperativo ético-político de primer orden.

La pandemia desnudó la fragilidad de los sistemas sanitarios en los regímenes neoliberales. De igual forma, el obstinado libertarista deja en claro lo poco que tenemos como sociedad para promover metas colectivas como la de una sociedad libre de COVID-19.

Pero no es fácil emprender una cruzada contra la premisa detrás de la postura “es mi cuerpo, mi vida, mi libertad”. La premisa es una variación de esa ‘libertad negativa (en el sentido de Isaiah Berlin) y que MacPherson llamó ‘individualismo posesivo’.

Esta postura sirvió para avanzar conquistas progresistas en los siglos recientes, desde la libertad de conciencia, hasta el derecho al aborto y a la muerte digna. Con ella se defendió la autonomía personal frente a los controles que se ejercen contra el individuo.

Tampoco es fácil defender esa libertad negativa con la salvedad que le impuso John Stuart Mill: “con tal de que no afecte a terceros”. No es fácil saber qué significa afectar a terceros en relación con el fumador, el alcohólico, el consumidor de substancias psicoactivas. Pero la cláusula debería ser invocada con relación al libertarista que no se vacuna. Puede afectar por igual a los terceros cercanos (abuelos, padres, hermanos) y a toda una sociedad que quiere alcanzar la llamada ‘inmunidad de rebaño’ y dejar atrás esta pandemia.

Ya está claro que, dentro del marco del libertarismo, sólo se lo puede regañar, como hace el presidente de Francia frente a la protesta de los ‘antivacuna’: su libertad afecta mi derecho a estar sano. Pero está claro que este regaño no va a modificar un ápice de su libertarismo.

Es aquí, con ocasión del libertarista antivacuna, donde mejor se revelan los límites del individualismo posesivo. Este, puede ahondar nuestra condición de especie amenazada, como lo hacen las políticas privatizadoras, la economía extractivista o el calentamiento global. Y lo puede hacer orgulloso de ser un defensor de la libertad.

En el largo plazo, se hace más patente la urgencia de luchar por una prevalencia de las metas sociales y una defensa del bien común expresable en bienes públicos y medios solidarios, de los cuales una vacunación masiva podría ser un buen ejemplo.

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Delfín Ignacio Grueso

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Delfín Ignacio Grueso

*Sociólogo y filósofo de la Universidad del Valle. Ph.D. en Filosofía de la Universidad de Indiana, profesor titular de la Universidad del Valle y Líder del Grupo Praxis (Colciencias A1).

Foto: Alcaldía de Cali - Distrito de Aguablanca

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Delfin Grueso

La pandemia, la falta de oportunidades y una larga historia de segregación son algunas de las razones para que Cali sea el centro del estallido social.

Delfín Ignacio Grueso*
“Odio a Cali, una ciudad que espera, pero no les abre las puertas a los desesperados”
Infección, Andrés Caicedo.

El régimen y la ideología

Esta cita de Andrés Caicedo podría servir para entender por qué el Paro Nacional en Cali adquirió una forma particular donde estalló el descontento social.

Otras frases, como las que alaban a esta ‘Sucursal del Cielo’ (definida por Neruda como un ‘sueño atravesado por un río’), podrían describir las líneas de apoyo a los llamados ‘puntos de resistencia’, las expresiones artísticas, las ollas comunitarias; en fin, todo un movimiento organizado, impregnado de calidez barrial y creatividad juvenil. Pero ninguna frase logrará penetrar, como la de Caicedo, en el subsuelo de exclusión social donde se enraízan tanto la voluntad de resistencia como el coraje y el vandalismo.

Que la explosión del descontento no se limita a Cali; nadie lo niega. Que no puede explicarse a partir de tendencias continentales, tampoco. Mas allá de lo local y más acá de lo internacional, está la crisis social nacional: resultado de los estragos producidos por un régimen y por una ideología.

  • Al primero lo definen las reformas neoliberales que van desde Uribe hasta Duque, pasando por Santos. Un régimen que socavó conquistas sociales y alejó ese Estado social de derecho que prometió la reforma constitucional de 1991.
  • La ideología es el uribismo, que se nutre de un otro fantasmal (el ‘narcoterrorismo’, el ‘castrochavismo’, la ‘revolución molecular disipada’) para apuntalar un moralismo patriotero que nos retiene en la retórica de la guerra, mientras anula los compromisos en materia de justicia social consignados en los Acuerdos de Paz.

Apagar el incendio con gasolina

Este paro, que de alguna forma es la segunda parte del que comenzó en 2019, se multiplicó en formas de protesta social que ya no tienen dueño.

El pliego de negociación, que está empolvado desde hace más de un año en algún escritorio de la Casa de Nariño, fue rebasado por una multiplicidad de demandas provenientes de distintas regiones, etnias y sectores de la economía. La juventud, más que nadie, vino identificando su propia agenda.

Y aunque nadie niega el papel de convocante que cumplió el Comité del Paro, es evidente que a mucha gente salió a la calle, en plena pandemia, por la rabia que le producían las actitudes desafiantes de este gobierno, su silencio cómplice frente al asesinato de líderes sociales, su catastrófico manejo de la pandemia, las ‘jugaditas’ a las que acudió para quedarse con los órganos de control y para legislar por decreto.

Este paro, que de alguna forma es la segunda parte del que comenzó en 2019, se multiplicó en formas de protesta social que ya no tienen dueño

El presidente no supo tramitar políticamente el momento. Tratemos de entenderlo: no negoció porque no tiene permiso para hacerlo y tampoco tiene liderazgo propio (ni un solo voto propio, ninguna experiencia como concejal de algún remoto municipio o como presidente de una junta de acción comunal). En general, Duque no conoce este país, no tiene empatía con él, y no tiene músculo político para tomar decisiones osadas.

Entonces, fiel al talante ideológico del partido que lo puso allí, no podía hacer otra cosa que reprimir policialmente la protesta. Y esto, debido el historial militarista de nuestra policía, se tradujo en tratar a quienes marchan como el ‘enemigo interno’, llevándose por delante todos los formalismos en materia de derechos humanos y desprestigiándose —si es que puede hacerlo más— en el plano internacional.

Mala táctica: querer apagar con gasolina el incendio que él mismo ayudó a encender con su inhumana propuesta de reforma tributaria.

Foto: Alcaldía de Cali - Cali es una ciudad fragmentada por la segregación étnica, las múltiples violencias y conflictos sociales

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El estallido en Cali

A Cali no le faltaba sino esa chispa para incendiarse con su propia leña seca.

¿Qué tan lista estaba ya esa leña para la combustión? Es algo que cualquiera puede entender con revisar las cifras del DANE sobre los efectos, tanto de las mencionadas reformas neoliberales como de la pandemia en Cali. Esa revisión de estadísticas puede complementarse con explicaciones más recientes (entre las cuales recomiendo el valioso volumen del Centro de Investigaciones y Documentación Socioeconómica (CIDSE) de la Universidad del Valle, Pensar la resistencia: mayo del 2021 en Cali y Colombia.

En cualquier caso, quien repase las cifras del DANE entenderá cómo las políticas que favorecen al capital financiero acabaron golpeando al aparato productivo de una ciudad que no ha sido predominantemente industrial. Cali no produce empleo al ritmo de su incesante aumento poblacional, pues tampoco cesan las causas del desplazamiento forzado que producen la guerrilla, el paramilitarismo y los carteles de la droga en las áreas circunvecinas.

Duque no conoce este país, no tiene empatía con él, y no tiene músculo político para tomar decisiones osadas.

Así las cosas, la pandemia vino a agravar el hambre, el desempleo y la inseguridad. En últimas, llegó para hacer más aguda la falta de oportunidades para una juventud que, aquí más que en ninguna otra ciudad colombiana, está atrapada en el ‘ni-ni’ (ni estudia, ni trabaja). Ése era el mapa socioeconómico el día anterior al 28 de abril, cuando el magma represado comenzó a hacer erupción.

El mapa socioeconómico, sin embargo, no acaba de explicar otros fenómenos que se manifestaron durante la protesta social en Cali. No ayuda a entender, por ejemplo:

  • el derribamiento de la estatua de Sebastián de Belalcázar, y su impacto en el simbolismo caleño;
  • la afectación diferenciada de los bloqueos;
  • la resignificación de ciertos espacios como ‘Puerto Resistencia’, el ‘Puente de las Mil Luchas’, ‘Samcombate’, etc.;
  • el espectáculo de ‘rambos’ criollos disparándole a la Minga indígena, como quien caza ‘indios’ en una película del Oeste;
  • el desgarramiento interno que ese hecho produjo en el seno de la ‘gente de bien’;

el vandalismo que sobrepasa los esfuerzos por mantener creativa, intensa y pacífica la protesta social.

Le recomendamos: Nueve claves para entender lo que pasa en Cali

La segregación en una ciudad ‘triétnica’

Para entender todo esto hay que ir más atrás en la historia de la ciudad y comprender el modo como se han venido acomodando —e ignorando— diferentes ‘razas’, flujos migratorios y narrativas. En este cruce de caminos llamado Cali, impulsado por la Vía al Mar, agrandado por las oleadas de inmigrantes de todas las violencias, con mucha mano de obra sobrante y con poca industria, emergió en la década de los ochenta el más grande asentamiento de miseria de Colombia (anterior, incluso, a las comunas nororientales de Medellín o a Ciudad Bolívar de Bogotá). El Distrito de Aguablanca: 250.000 habitantes largamente ignorados por las administraciones locales.

Hoy, décadas después, la integración de la población del oriente y de las laderas a la ciudad sigue siendo una tarea pendiente. Lo corroborará quien se aproxime a Cali y perciba el fenómeno de la segregación territorial en esta ciudad ‘triétnica’ que no tiene, como Bogotá, un ‘norte’ y un ‘sur’, pues se caracteriza por la vecindad entre conjuntos residenciales de clase alta y barrios informales. El visitante notará que no todos los colores tienen igual posición en el imaginario de la ciudad, así asistan por igual a un partido del Cali o del América, o al Festival Petronio Álvarez. Le llamará la atención la candorosa extrañeza de las damas de alta sociedad, incapaces de entender por qué es ofensivo tomarse fotos de farándula con ‘negras sirvientas’ como decoración de fondo, si eso siempre fue bien recibido entre la gente de bien que comparte un pasado señorial.

Todo esto persiste porque la cálida bienvenida de la que Cali se ufana, tiene sus límites: que el pobre, el negro y el indio no se avecinen demasiado. Persiste la sospecha hacia el negro en ésta, la ciudad más afro de Colombia y la segunda en América Latina, después de Salvador de Bahía. Produce enojo la presencia de ‘chivas’ cargadas de indígenas en los barrios residenciales. Para ciertos ‘rambos’ criollos, los ‘indios’ deben ser devueltos al Cauca, a bala si es preciso; deben, como dijo Duque, volver ‘a sus resguardos’ o, como dijo el presidente del partido conservador, ‘a su entorno natural’.

Abrirles la puerta a los desesperados

Ése es el tamaño de la cerrazón de puertas de que habla el personaje de Andrés Caicedo.

Con relativa independencia de las soluciones políticas a la crisis nacional, Cali tendrá que abordar su propia crisis sistémica y de integración social, produciendo empleo, ampliando el aparato educativo y la cobertura en salud. Y, especialmente, ocupándose de una juventud que ya salió a reclamar, con mayor osadía y con una capacidad de organización que no tuvieron las generaciones precedentes, su derecho a un futuro. Insensato sería, de parte del sector empresarial, las clases medias y el liderazgo político, ignorar el significado de esta fraternidad de madres y universitarios, de líderes barriales y de combos de amigos.

Para ciertos ‘rambos’ criollos, los ‘indios’ deben ser devueltos al Cauca, a bala si es preciso; deben, como dijo Duque, volver ‘a sus resguardos’

Antes de preguntar quién va a pagar los destrozos del mobiliario público y de las estaciones del MIO (lo pagaremos todos), hay que preguntarse con qué reformas profundas se va a pagar la vida de los muertos y se van a sanar las heridas que está dejando este episodio de protesta social. Sólo en la medida en que se pague la gigantesca deuda histórica con los marginados del progreso, Cali dejará de ser esa ciudad que les cierra las puertas a los desesperados. Sólo así se podrá conquistar, también, una ciudad más segura en sus calles y barrios, y menos propensa a nuevos estallidos sociales.

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Delfín Ignacio Grueso

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Delfín Ignacio Grueso

*Sociólogo y filósofo de la Universidad del Valle. Ph.D. en Filosofía de la Universidad de Indiana, profesor titular de la Universidad del Valle y Líder del Grupo Praxis (Colciencias A1).

Foto: PxHere Las pestes siempre han afectado el ordenamiento social y creado nuevas formas de vivir.

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Delfin Grueso

Razones culturales, ideológicas y sociales que nos explican por qué distintos países, regiones del país y grupos de población desconocen las normas o medidas de bioseguridad. ¿Para dónde va el gobierno Duque?

Delfín Ignacio Grueso*

Diferencias culturales en el mundo

La indisciplina está relacionada con factores de clase, ideológicos y culturales. Los factores culturales son más fáciles de visualizar en el plano internacional.

Basta constatar que el confinamiento ha sido mejor soportado por las sociedades china, japonesa y coreana, no tan signadas por ese celo libertario que caracteriza a Occidente. En Italia y en España, al menos al principio de la pandemia, ese plus de libertad obró en contra de las metas colectivas.

Suecia aportó un ejemplo distinto de raíz similar: no cerró escuelas, parques, restaurantes y bares y dejó en manos del individuo la responsabilidad de su cuidado. Así honraba su libertad sin sacrificar la economía. Había otra razón: le apostaba a una ‘inmunidad de rebaño’ que todavía no ha alcanzado. Y de todas maneras ha tenido casi tantos muertos como Francia.

Foto: Alcaldía Distrital de Santamarta ¿A qué se debe la indisciplina ante las medidas para lidiar con la pandemia?

Razón Pública le recomienda: Aislamiento: disciplina impuesta o construcción social del autocuidado

El peso de las ideologías

Una buena parte del comportamiento de la pandemia en Estados Unidos, Inglaterra Brasil o México se explica por la soberbia de Trump, Bolsonaro, Boris Johnson y López Obrador, y no tanto por la cultura de las naciones.

Al menos en los tres primeros, su oposición a cualquier regulación social fue ideológica, mezclando posturas anti-academia (usualmente con la misma irritación hacia la ciencia con que niegan el calentamiento global) y defensas a ultranza de la libertad individual.

Sus imposturas fueron exitosas porque surgieron en países políticamente polarizados y con personas capaces de apoyarlas, no tanto porque tengan mejores políticas frente a la pandemia, sino porque les evita darle la razón a la contraparte.

El ejemplo más patético de esa soberbia ideológica fueron los extremistas de derecha que salieron en las ciudades norteamericanas a desafiar las medidas impuestas por los gobernadores demócratas.

Pero sus líderes van más allá del formato ideológico: buscan salvar la economía (esa específica constelación de intereses que una perspectiva ideológica llama ‘la economía’). Al tenor de esta postura en Estados Unidos y en Brasil miles de ciudadanos fueron enviados a una muerte que pudo ser evitada.

Colombia: vendedores ambulantes y rebelión de las canas

Si vemos a nuestro entorno y prestamos atención a la vida cotidiana de este país tan conservador como inequitativo, podemos identificar la importancia de los factores de clase en la desobediencia de las reglas.

Solo hay que repasar las formas de la indisciplina social: cuando con una conducta se elude el cumplimiento de las pautas de bioseguridad o cuando con argumentos se discute su validez.

Algo va de lo que se expresa en esa romería de vendedores ambulantes, o en las fiestas clandestinas, a lo que se quiere defender con la ‘rebelión de las canas’ de señoras y señores setentones.

Con tan alto nivel de informalidad laboral, los vendedores ambulantes simplemente no pueden confinarse. Si van por las calles con el tapabocas a la altura del mentón, promocionando sus productos y desafiando al mismo tiempo a las autoridades y a la muerte, es simplemente porque tienen que comer. Salen a sobrevivir a riesgo de la vida misma.

No esbozan defensas del derecho a la movilidad como aquellos ofendidos porque fueron enviados a casa bajo el rótulo de abuelitos y que, además, enarbolan la autoridad que les da la experiencia acumulada como prueba suficiente de capacidad de auto-cuidado. Esa sola experiencia podría ser contrastada con la actitud que exhiben los jovencitos hormonados que andan para arriba y para abajo llevando el virus.

Pero argumentativamente hay algo más: ‘No le hemos entregado al Estado el derecho a cuidarnos de nosotros mismos’, dicen. Por eso se oponen al ‘paternalismo’ jurídico y político que llevan implícitas estas medidas de confinamiento.

Casi acaban diciendo al modo de John Stuart Mill: el Gobierno no puede obligarlo a uno a mantenerse sano; no puede impedirle comprometer incluso la salud, si con ello se realiza plenamente la libertad.

Fiestas clandestinas y formas de vida

La indisciplina social propia de las fiestas clandestinas que la policía descubre cada puente y cada fin de semana, en todas las clases sociales y en las distintas regiones del país, no se explica ni por argumentos ético-políticos ni por necesidades extremas.

A menudo hay un hedonismo ramplón propio de subculturas emergentes, pero también hay factores económicos y culturales. En muchas regiones es difícil separar un asado familiar de un intercambio barrial, y un velorio es ante todo algo que incumbe a la familia extensa, no apenas a los dos familiares cercanos que permiten las normas biosanitarias.

Con el mismo rasero

Por otra parte, ‘quédese en casa’ es una orden que se entiende de manera distinta en un apartamento de clase media y en un sector popular, o en aquellos pueblos donde la calle es una extensión de la sala donde están los vecinos al caer la tarde, sentados en sus mecedoras, o donde se han criado los niños que a menudo sólo regresan a casa a comer y dormir.

Las medidas gubernamentales chocan con esa diversidad de la vivencia espacial y así es muy difícil contener el contagio. El alcalde de Cali tiene razón al decir que le es más fácil garantizar que un joven contagiado no propague el virus y cumpla la cuarentena si vive en un apartamento del occidente de la ciudad, en vez de en una casa de 40 m2 del Distrito de Aguablanca. La diferencia no está sólo en el metraje del espacio: es socioeconómica y cultural.

Conforme avanzan los meses, a los abuelos libertarios, a los jóvenes rumberos, a los trabajadores informales, a las madres cabezas de familia, a los jugadores de dominó en las tardes tibias de los pueblos del litoral y a las personas con comorbilidades la ‘señora Muerte se los va llevando’, como en el poema de León de Greiff. Ella ha ido cosechando atendiendo medias las razones filosóficas, las condiciones socioeconómicas y los factores culturales.

Foto: Alcaldía de Bogotá El clasismo determina a qué se le llama indisciplina social y a qué no.

Lea en Razón Pública: Encerrar a los pobres para combatir la pandemia

Gobierno autoritario

Puede ser verdaderamente complejo dilucidar las responsabilidades y pasarle la cuenta al gobierno por todos estos muertos; quizás nuestro inmoral sistema de salud y las condiciones de la informalidad económica no daban para más.

Pero lo que sí no podemos ignorar es el modo en que, invocando el rigor patológico de la pandemia y la rebeldía social frente a las medidas de confinamiento, se ha ido afirmando un estilo político autoritario y economicista.

El sesgo político de los primeros decretos se refería sólo de modo indirecto a la pandemia y fueron los gremios económicos, antes que los epidemiólogos, los que legitimaron las primeras medidas. Esos decretos estaban orientados a salvar a los bancos antes que a la gente.

Las autoridades locales fueron las encargadas de tomar las primeras medidas de cuarentena acordes con la gravedad del momento. Luego, las medidas que flexibilizaron la cuarentena buscaban oxigenar la economía (lo cual es en sí mismo válido), pero sin atender necesariamente al comportamiento de la curva de contagio. De nuevo: importó más ‘la economía’ que la gente y la pandemia ha seguido justificando un estado de excepción que oxigena un gobierno débil y sin norte, que ahora exhibe sin pudor su talante autoritario.

Lo que ha terminado favoreciendo a un gobierno, que hacia febrero tenía tan bajos niveles de aceptación, ha debilitado también la democracia colombiana: lo que ya desde el comienzo era un estilo gubernamental elusivo, ha mutado hacia una sordera insultante frente al clamor nacional en relación con otros problemas igualmente acuciantes. Valga mencionar el exterminio de los líderes sociales y las diversas formas en que se ahogan los acuerdos de paz. Todo eso queda oculto tras el programa vespertino en que el presidente nos habla de la pandemia.

Y lo que se fortalece es un régimen que, fingiendo cuidarnos y apelando al criterio de los expertos, aprovecha la situación para eludir el necesario control político y que gobierna mediante decretos.

Es un negacionismo distinto del de Trump y Bolsonaro. No se ha puesto a pelear con los epidemiólogos y no ha minimizado la gravedad de la pandemia. La ha usado para negar la democracia, para ignorar a la oposición, comenzando ‘por la vieja ésa’, y para no darse por enterado de la desestabilización que su propio estilo está causando.

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Delfín Ignacio Grueso

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Delfín Ignacio Grueso

*Sociólogo y filósofo de la Universidad del Valle. Ph.D. en Filosofía de la Universidad de Indiana, profesor titular de la Universidad del Valle y Líder del Grupo Praxis (Colciencias A1).

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Delfin Grueso La Universidad Nacional le otorgó un doctorado honoris causa a esta filósofa española que ha introducido la ética en el pensamiento político y ha influido en generaciones enteras.

Delfín Ignacio Grueso*

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Delfín Ignacio Grueso

*Sociólogo y filósofo de la Universidad del Valle. Ph.D. en Filosofía de la Universidad de Indiana, profesor titular de la Universidad del Valle y Líder del Grupo Praxis (Colciencias A1).

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