Carlos Hector Cantillo, autor en Razón Pública
Foto: Alcaldía de Medellín

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En vísperas de la III Conferencia Interamericana de Gestión del Riesgo de Desastres, es momento de que Colombia resurja de sus cenizas y reivindique la importancia de atender estos temas, luego de los múltiples escándalos de corrupción en gestión de riesgos.

Carlos Héctor Cantillo Rueda*

Limpiar el desastre de la gestión de desastres

El presente año no puede pasar desapercibido para la gestión del riesgo de desastres en Colombia. 

Hoy en día se identifica “gestión del riesgo” con “corrupción”, llegando tal vez a uno de los momentos más oscuros en la historia de lo que inicialmente se denominó la “prevención y atención de desastres”.

De otra parte, en la corta fracción transcurrida del año, el país no ha salido de una continua y abrumadora sucesión de emergencias y desastres, viviendo en una zozobra permanente.  

No ha cesado el sufrimiento por los percances asociados con las altas temperaturas, los incendios forestales, sequía, escasez de agua y alimentos, racionamientos de agua y energía, entre otros. Al tiempo se inicia, casi que traslapado, un periodo donde los daños y destrucción se asocian con factores como las lluvias, inundaciones, deslizamientos y avenidas torrenciales.

Así mismo, parece que no hemos aprendido, como sociedad, las duras lecciones de desastres pasados, varios de los cuales conmemoran decenios y quinquenios en el 2024. Esos desastres no se deben olvidar, so pena de repetirlos, lo que hace imperativa la transmisión intergeneracional.

A todo lo anterior, se contraponen iniciativas del sector académico que buscan, entre otros aspectos, “limpiar” el nombre de la gestión del riesgo (elevando su nivel y rigor técnico y científico), reivindicar la necesidad de conocer la historia de los desastres y entender cómo nos debemos relacionar con la naturaleza de una manera armónica. 

Este es el caso de la III Conferencia Interamericana sobre la Reducción del Riesgo de Desastres y Adaptación al Cambio Climático, evento internacional que se lleva a cabo esta semana en Manizales.

Le recomendamos: El manejo de los desastres en Colombia

El hoyo negro de la gestión del riesgo

La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) fue creada para dirigir y orientar la gestión del riesgo en Colombia. Asimismo, busca mejorar la calidad de vida de la población y contribuir al desarrollo sostenible, y no precisamente el de llenar, a cuenta de los recursos públicos, los bolsillos “insostenibles” de los delincuentes. 

Sin embargo, los frecuentes y cada vez más graves escándalos de corrupción que salpican a esta entidad han conducido a una crisis de grandes proporciones.

Ya van 4 directores de la UNGRD en la actual administración del presidente Gustavo Petro, quien se aleja de su propio discurso del cambio, la sostenibilidad y la protección ambiental, en el momento de ejecutar la política de gestión del riesgo y designar a quien debe orientarla.

A lo anterior contribuyen cuestionados manejos de dineros públicos destinados a estos fines a nivel municipal y departamental, que no son menos graves, pero alejados de la atención mediática, hundiendo a Colombia en una crisis sin precedentes, desde la creación y reglamentación del entonces Sistema Nacional de Prevención y Atención de Desastres (hoy de Gestión del Riesgo de Desastres) en los años 1988 y 1989.

Para dar algunos ejemplos de la gravedad de esta situación, no hay nada más elocuente que algunos titulares de prensa de los últimos años: 

  • La Fundación Paz y Reconciliación publicó “Dineros para el Covid: «La UNGRD es un antro de corrupción»”
  • “Se robaron la reconstrucción de San Andrés, casas a $695 millones de pesos” en Pluralidad Z.
  • El medio local Mi Putumayo denunció en el artículo “«La UNGRD es un verdadero desastre» frente a reconstrucción de Mocoa: Contraloría General abre Proceso Administrativo Sancionatorio contra director y exdirector de esta entidad”

Además, ya van 4 directores de la UNGRD en la actual administración del presidente Gustavo Petro, quien se aleja de su propio discurso del cambio, la sostenibilidad y la protección ambiental, en el momento de ejecutar la política de gestión del riesgo y designar a quien debe orientarla. 

El recién nombrado Carlos Carrillo se ha dedicado a indagar y revisar los procesos de contratación y destapar la corrupción. Pero cabe preguntarse ¿hace gestión del riesgo?, ¿a qué hora, si dedica su tiempo al tema de la corrupción en la contratación, cuando las entrevistas en medios de comunicación le dan tregua? 

Si bien su oratoria y cualidades como político son notables, no deja de ser preocupante que el actual director de la Unidad no cuente con una trayectoria académica y profesional que respalde su gestión y decisiones en el campo de la gestión del riesgo de desastres en el país. 

La gestión del riesgo de desastres no se limita a atender las emergencias consuetudinarias, sino que es una verdadera estrategia de desarrollo, con una visión a futuro que promueva la seguridad y bienestar de los ciudadanos y su patrimonio físico, natural y cultural. 

De igual manera, no se requiere de un evento de gran magnitud que afecte todo el país o golpee una ciudad capital para poner a prueba la institucionalidad y sus dirigentes, sino que deben resolverse los pequeños y medianos retos que impone el diario quehacer en estas lides y planear y ejecutar acciones para prevenir la ocurrencia e impacto de todos ellos. Por el bien del país, espero que a Carrillo le vaya mucho mejor que a sus antecesores.

Nuevos desastres: ¿el cambio climático tiene la culpa?

Los daños se agravan, en muchos casos, porque las alarmas no se activan o lo hacen tarde, las acciones son insuficientes, la planeación no funciona como se espera, los eventos se multiplican, las cifras de afectación crecen, se observan escenas de dolor y destrucción y se responsabiliza a la furia de una naturaleza despiadada.

Foto: Alcaldía de Bogotá
Bajo el contexto ya descrito, no resulta extraño que las noticias sobre los estragos asociados con uno u otro fenómeno se hayan vuelto un lugar común en los medios, como todo lo relacionado con la “ola invernal”, que no es una, sino dos al año.

Sólo este año hemos sido presenciado graves emergencias como los incendios forestales en gran parte del país, incluyendo los Cerros Orientales de Bogotá y varios páramos, así como la ola invernal, deslizamientos, inundaciones y avenidas torrenciales en Montebello (Antioquia), la variante de Ibagué (Tolima), Colombia (Huila), Chaparral y Murillo (Tolima) y el rompimiento de la fallida y cuestionada obra del tapón de Cara de Gato, en La Mojana.

Los daños se agravan, en muchos casos, porque las alarmas no se activan o lo hacen tarde, las acciones son insuficientes, la planeación no funciona como se espera, los eventos se multiplican, las cifras de afectación crecen, se observan escenas de dolor y destrucción y se responsabiliza a la furia de una naturaleza despiadada. 

Este es un escenario trágicamente frecuente al que nos hemos venido acostumbrando, aunque se olvide con cada nueva noticia de cada día en un país turbulento y acosado por miles de problemas. 

En los últimos años, se le echa la culpa de los desastres al cambio climático, lo cual no es cierto. Los culpables somos nosotros, nuestra sociedad, nuestro gobierno, por no hacer gestión del riesgo.

El riesgo es una responsabilidad compartida

Primero, compartimos la responsabilidad del riesgo como sociedad porque somos vulnerables. No nos atrevemos a reconocer nuestra naturaleza vulnerable, frágil, nos aterra sentirnos débiles. Eso impide tomar medidas oportunas frente a un eventual desastre.

Pero así seamos conscientes de lo vulnerables que somos, tampoco admitimos la corresponsabilidad en la gestación de riesgos y, por ende, de desastres. Preferimos los eufemismos o inculpar a la naturaleza, a la mala suerte o a Dios. 

No somos conscientes de la vulnerabilidad que hemos construido al adoptar un modelo de desarrollo consumista, extractivista, depredador e insostenible. Vivimos en una relación tóxica-viciosa con ese modelo: Se sabe que es dañina, pero se aferra más cada día.

También cabe mencionar una visión de corto plazo, de inmediatez, al momento de ejecutar la gestión del riesgo. No hay suficiente planeación ni aprendizaje y, por ello, las medidas aplicadas son ineficaces o insuficientes.

Y, por último, factores como la corrupción y la falta de idoneidad, resultan ser de las principales protagonistas de una deficiente gestión del riesgo de desastres.

La gran tarea es entender la naturaleza del riesgo, su conocimiento y su reducción a través de medidas adoptadas por los individuos, en lo personal, y como comunidad y sociedad, en su conjunto. También hay que comenzar por reconocer nuestra responsabilidad en la construcción de riesgo. 

La gestión del riesgo se debe basar en el respeto (a la vida, a los otros, a los animales, a las plantas, al agua, al aire, a la tierra, a uno mismo y su descendencia, entre otros). 

Por esto, es menester que se promuevan cambios en la percepción del riesgo y en la actitud, el mejoramiento del conocimiento, el cumplimiento de las normas, la ejecución de inversiones “sanas”, la promoción de una cultura preventiva, el combate a la corrupción y el replanteamiento de las actividades humanas y los modelos de desarrollo.

Para no olvidar

En este 2024 se conmemoran quinquenios y decenios de tragedias que, en su momento, fueron muy impactantes para el país, y que no se- deben olvidar. Acá, un brevísimo recuento de las principales:

  • 50 años del deslizamiento de Quebradablanca:  el 28 de junio de 1974, en la Vía al Llano, que une las ciudades de Bogotá y Villavicencio, en el sector conocido como Quebradablanca, se presentó un movimiento en masa de grandes dimensiones, que dejó un saldo superior a las 500 personas fallecidas y desaparecidas.
  • 45 años de los terremotos de 1979: Este fue un año con muchos movimientos telúricos, de los cuales fueron de gran impacto e importancia los de Tumaco y Manizales.
  • 30 años del terremoto de Tierradentro y desastre de Páez: El 6 de junio de 1994, un fuerte temblor en el suroccidente de Colombia, ocasionando la muerte de más de 1.000 personas, dando lugar a una de las más grandes operaciones helicoportadas de rescate de emergencia de la historia de Colombia, por las dificultades de acceso y las condiciones climáticas. 
  • 25 años del terremoto del Eje Cafetero: pasado el mediodía del 25 de enero de 1999, un sismo de magnitud 6,2, sacudió las ciudades de Armenia y Pereira y gran parte del departamento del Quindío, norte del Valle y Cajamarca en Tolima, causando gran destrucción y pérdidas humanas.
  • 15 años de la pandemia AH1N1: En el 2009 se produjo a nivel global, esta pandemia, con el virus de la gripe A, llamada en sus inicios gripa porcina, y que sería una especie de preámbulo para la fatídica Covid19 algunos años después.

Así como se conmemoran desastres, también es útil recordar algunos instrumentos derivados de aquellos, como son los 40 años de promulgación del Código Colombiano de Construcciones Sismo-Resistentes de 1984, primera versión de las actuales Normas Sismorresistentes, NSR10, y que fueron adoptados a raíz del sismo de Popayán de 1983.

Por otro lado, en 1988 y 1989 nace el Sistema Nacional de Prevención y Atención de Desastres (hoy de Gestión del Riesgo de Desastres) como resultado de la transformación que sufrió el país a causa del desastre de Armero del 13 de noviembre de 1985.

El ave fénix 

Este año Colombia retoma el liderato de la gestión del riesgo de desastres a nivel regional de las Américas, como anfitrión de la III Conferencia Interamericana sobre Reducción del Riesgo de Desastres y Adaptación al Cambio Climático, que se inicia este lunes en Manizales y se prolonga hasta el 24 de mayo. El país resurge en medio de sus cenizas, como un ave fénix, en la gestión de riesgo. 

La Conferencia incluye 12 eventos colaterales, organizados por entidades internacionales y nacionales, como la Red de Estudios Sociales en Prevención de Desastres en América Latina, Florida International University y USAID, el Programa Amazonía+, REDULAC, la Sociedad Colombiana de Geotecnia, la Asociación Colombiana de Ingeniería Sísmica, la sociedad IDRiM y la Organización Panamericana de la Salud, entre otras.

También cubre la presentación de 11 conferencias magistrales, cerca de 150 ponencias (en 3 sesiones simultáneas cada día) y la participación de aproximadamente 400 asistentes de más de 30 países.

La III Conferencia Interamericana, por su carácter técnico, académico y científico, resulta ser el evento hemisférico más importante en gestión del riesgo de desastres y adaptación al cambio climático de las últimas décadas. Constituye una oportunidad para reflexionar sobre el tema y adelantar una revisión de medio término sobre el estado del arte y las acciones emprendidas.

Lea en Razón Pública: Retórica versus realidad: la corrupción en el gobierno del cambio

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Carlos Hector Cantillo

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Carlos Hector Cantillo

*Ingeniero Civil, Especialista en Evaluación de Riesgos y Prevención de Desastres y aspirante a maestría en Dinámicas Rurales y Globalización.

Foto: Facebook: Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo Desastres

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La prevención y manejo de los eventos recientes ponen en duda la labor de las autoridades encargadas de gestionar el riesgo. ¿Cuáles son las causas de esta crisis y cómo puede resolverse?

Carlos Héctor Cantillo Rueda*

Comienza el año con desastres

El 12 de enero se presentaron varios deslizamientos en la carretera Quibdó–Medellín, uno de los cuales dejó al menos 38 personas fallecidas y varias desaparecidas, además de las consecuencias por el cierre de la carretera, una de las dos conexiones terrestres del departamento del Chocó con el resto del país. Lamentablemente, no es la primera vez que ocurren sucesos de esta naturaleza, pese a los cuantiosos recursos que gobiernos sucesivos han anunciado invertir. Por eso esta vía ha recibido el poco honroso nombre de “Trocha de la Muerte”.

Una semana después, el país se despertó con un sismo de 5,6 grados de magnitud y de 33 km de profundidad, con epicentro en Ansermanuevo, Valle del Cauca. Afortunadamente no hubo víctimas fatales y apenas algunos daños materiales menores.

Esta semana, en vísperas de los 25 años del sismo del Eje Cafetero, los incendios forestales en los Cerros Orientales de Bogotá y de varias regiones del país, entre ellas la Amazonía, Cundinamarca, Boyacá y los Santanderes, ocuparon la primera plana de los medios de comunicación y las redes sociales.

La lucha conjunta de los bomberos, los demás cuerpos de socorro, las fuerzas armadas y la policía para controlar y sofocar las llamas en todos los frentes ha sido más que heroica. Los daños sociales y ecológicos son inmensos. En el momento de escribir este artículo, quedan focos activos en el cerro El Cable y la Presidencia reporta que se han apagado 443 incendios.

Ante este panorama, conviene preguntarse qué tanto ha servido la “gestión del riesgo” en Colombia.

Le recomendamos: El eterno martirio en la vía al Llano

Qué es la gestión del riesgo

La explicación más sencilla y recurrente de los desastres recientes es que son naturales y se han exacerbado por el cambio climático. Hace poco, Gloria Bratschi escribió que “La Naturaleza no es despiadada, no avasalla, no daña, no es feroz”; Gustavo Wilches Chaux explica que la Tierra ha activado su sistema inmunológico para defenderse del ataque que la humanidad ha emprendido contra ella.

No se puede olvidar que la gestión del riesgo de desastres es una estrategia de desarrollo sostenible, cuyo propósito principal es mejorar la seguridad y calidad de vida de los colombianos.

Foto: UNGRD - Existe una crisis de la gestión de riesgos de desastres causada, entre otras cosas, por la falta de personas idóneas, tal es el caso del director de la UNGRD, Olmedo López, quien no tiene la formación académica ni la experiencia en el tema.
Sin embargo, hay fenómenos físicos, naturales y accidentes humanos que representan peligro para las personas, sus bienes y para otros seres vivos. A eso se le llama “amenaza”.

Según Gustavo Wilches, la otra causa principal es la vulnerabilidad que es un componente humano del riesgo que determina si los eventos peligrosos pueden ocasionar una perturbación en el sistema a tal punto que si no es capaz de resolverlo por sí mismo hay una grave crisis o desastre. En otras palabras, la vulnerabilidad es esa predisposición de un sistema a ser afectado por un evento peligroso.

Las acciones de identificación y conocimiento del riesgo, las medidas de prevención y mitigación para reducirlo y la respuesta y recuperación o manejo de desastres son lo que la Ley 1523 de 2012 denominó la “gestión del riesgo de desastres”.

La crisis

Los acontecimientos recientes y sus efectos han puesto en el “ojo del huracán” la confianza de la ciudadanía en las instituciones creadas para reducir los riesgos y los desastres. Todo ello pese a que Colombia se ha caracterizado históricamente por tener destacados expertos en la materia.

A esto se suman las excusas del presidente Petro frente a las críticas de la oposición por la falta de gestión, inculpando a los entes de control que suspendieron al director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo del Desastres (UNGRD) y al canciller: “Nos suspendieron los funcionarios ejes para resolver esta emergencia”.

Hay que recordar que el presidente es el máximo responsable de la gestión del riesgo como jefe de Estado, ya que debe proteger “la vida, honra y bienes de los ciudadanos” y que es el conductor del Sistema Nacional, ya que “como jefe de Gobierno y suprema autoridad administrativa, está investido de las competencias constitucionales y legales para conservar la seguridad, la tranquilidad y la salubridad en todo el territorio nacional”.

Otra evidencia de la crisis es el regreso al pasado, como la rogativa nacional por el don de la lluvia, emprendida por el cardenal Luis José Rueda, arzobispo de Bogotá, que evoca las épocas cuando los desastres se le endilgaban a Dios y por tanto no eran responsabilidad de los humanos.

Las causas

En primer lugar, hay una falta de profesionalismo en algunos de los responsables del tema, así como una incapacidad técnica de entidades como la UNGRD y las corporaciones regionales, por ejemplo:

  • Julio César Gómez, director de la Corporación Autónoma Regional de Risaralda (CARDER) declaró en febrero de 2022, con ocasión de un deslizamiento ocurrido en Dosquebradas, y que implicó la muerte de varias personas, que a la ladera hay que “dejarla quieta para que la regeneración natural de las placas tectónicas haga su sinergia y dialéctica ambiental”.

Esto muestra el enorme desconocimiento de la autoridad ambiental en temas geológicos y de riesgos. No sobra indicar que las CAR son las que lideran y revisan los procesos de ordenamiento territorial y ambiental en el país, que deben incluir las amenazas y riesgos como determinantes.

  • El nombramiento como actual director de la UNGRD de un político de carrera, sin las mínimas credenciales académicas y de experiencia en el tema.
  • Las declaraciones de Jocelyn Danna Carrillo, secretaria de Gestión del Riesgo de la ciudad de Cali sobre el sismo del pasado 19 de enero: “Cali está lista para hacer frente a cualquier sismo”.
  • El desastre causado por la UNGRD en Providencia, al no disponer adecuadamente de los escombros del Huracán IOTA. En Providencia, tuvieron que declarar calamidad pública para atender esta situación, desencadenada por ese otro desastre llamado reconstrucción.

Otro factor de la crisis en la gestión del riesgo es la corrupción. A los frecuentes escándalos en la UNGRD del presidente Duque, se suman los actuales, que salpican al hijo del presidente, por contratos a favor de sus amigos.

Del mismo modo, la incapacidad técnica y moral de las entidades de control, los “falsos positivos” de la gestión del riesgo como el mega dique propuesto para La Mojana y las noticias falsas que circulan ampliamente en las redes sociales y que sólo sirven para desinformar contribuyen a esta crisis.

¿Qué hacer?

Como recomienda Gustavo Wilches, hay que hacerle gestión del riesgo a la gestión del riesgo, para lo cual hay varias propuestas:

  • Hacer visibles los casos en que la gestión ha sido efectiva y ha logrado evitar desastres, y con ello muertes y lesiones de personas y pérdidas económicas, sociales y ambientales. Son más los casos exitosos, pero normalmente no tienen el cubrimiento mediático de los casos fallidos.

Otro factor de la crisis en la gestión del riesgo es la corrupción. A los frecuentes escándalos en la UNGRD del presidente Duque, se suman los actuales, que salpican al hijo del presidente, por contratos a favor de sus amigos.

  • Se trata de promover la III Conferencia Interamericana sobre Reducción del Riesgo de Desastres y Adaptación al Cambio Climático, que se va a llevar a cabo del 20 al 24 de mayo de este año en la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales, organizadora del evento, en conjunto con la Sociedad Colombiana para la Gestión del Riesgo de Desastres (SCGRD).

Allí se encontrarán profesores, investigadores, estudiantes universitarios, líderes comunitarios, consultores y funcionarios de los diferentes sectores y profesionales de las Américas para hacer una reflexión de medio término sobre el estado del arte en riesgo de desastres, cambio climático y sostenibilidad y un debate con visión crítica sobre lo que se está haciendo en esta materia.

Por otra parte, la SCGRD ha publicado un comunicado con recomendaciones a los gobiernos nacional y locales entre las cuales se pueden resaltar la transparencia en el nombramiento de funcionarios, la ejecución de las acciones contenidas en los instrumentos de planificación, el mejoramiento de las capacidades locales y el seguimiento de las mismas.

No se puede olvidar que la gestión del riesgo de desastres es una estrategia de desarrollo sostenible, cuyo propósito principal es mejorar la seguridad y calidad de vida de los colombianos. Por eso importa divulgar ampliamente el tema para aumentar la conciencia ciudadana, que es muy significativa de por sí.

Igualmente, se espera una reacción positiva del gobierno, la cual ya se empieza a vislumbrar con la expedición del Decreto 037 de 2024, mediante el cual se declara desastre nacional por el término de 12 meses para hacer frente al Fenómeno de El Niño y sus eventos relacionados.

Lea en Razón Pública: Marruecos y Libia: los desastres no son naturales

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Carlos Hector Cantillo

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Carlos Hector Cantillo

*Ingeniero Civil, Especialista en Evaluación de Riesgos y Prevención de Desastres y aspirante a maestría en Dinámicas Rurales y Globalización.

Foto: Twitter: @QRCS

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No dejamos de culpar a la naturaleza por las grandes tragedias, pero olvidamos las medidas de prevención y gestión del riesgo para evitarlas.

Carlos Héctor Cantillo Rueda*

Dos tragedias

Los trágicos acontecimientos en África del Norte, específicamente en Marruecos y en Libia, han volcado la atención del mundo sobre esa región.  Las imágenes que han circulado por todos los medios son impresionantes y el alto número de víctimas, desplazados y desaparecidos nos conmueve a todos.

El 8 de septiembre miles de residentes en distintas ciudades de Marruecos fueron sorprendidos por un terremoto de 6,8 de magnitud con epicentro en la zona montañosa de Alto Atlas. Murieron más de 2.900 personas a causa de la debilidad de buena parte de sus edificaciones.

Apenas cuatro días después, la tormenta Daniel, un “medicán” —huracán del Mediterráneo— y los grandes volúmenes de lluvias produjeron la falla de dos presas cercanas a la ciudad de Derna, en Libia. Se produjo una ola que literalmente arrasó parte de la ciudad. La prensa informa sobre la muerte de por lo menos 10.000 personas, la desaparición de 11.000 y miles de desplazados.

¿Cómo se explican estos desastres que muchos todavía califican como “naturales”?

Puede leer: Una lección que Colombia debe aprender sin necesidad de otro gran desastre

Negligencia y más negligencia

Aunque el terremoto y la tormenta son eventos naturales y de gran magnitud e intensidad, la falla de las presas y la destrucción de las edificaciones son consecuencia de acciones y decisiones humanas.

¿Por qué colapsaron las estructuras en ambos países? Las respuestas están en las deficiencias de diseño, construcción o mantenimiento y todas sus combinaciones.

La norma marroquí de diseño y construcción sirvió para proteger algunas edificaciones, pero lamentablemente buena parte de las ciudades afectadas fue construida antes de su vigencia. Esto explica la magnitud de los daños.

Por su parte, existen graves denuncias sobre la negligencia en el mantenimiento de las presas de Derna. Incluso se afirma que llevaban más de 20 años agrietadas sin que se hiciera el debido mantenimiento y que se postergó varias veces por la inestabilidad política del país.

En cualquiera de los dos casos y desde cualquier punto de vista, una falla en alguna de estas presas sería apocalíptica, con gravísimas consecuencias sobre la mayor parte del territorio colombiano.

Foto: Twitter: @LibyaRC - La configuración urbana de Derna favoreció la destrucción, pues esta ciudad está ubicada en el trayecto del caudal desbordado.
Cabe recordar que Libia se enfrenta a una crisis política desde que Muammar Gaddafi fue derrocado y asesinado en 2011. Desde el “2014 el país está políticamente dividido y gobernado por autoridades rivales”.

Además, deben considerarse las condiciones de exposición y vulnerabilidad de la población frente al derrumbe de las edificaciones, tanto por el sismo en Marruecos como por la gigantesca ola en Libia. Hechos que no son naturales sino humanos y sociales.

En el caso de Derna, la configuración urbana de la ciudad favoreció la destrucción, pues está ubicada en el trayecto del caudal desbordado.

Las lecciones

Una lección obvia de estos hechos dolorosos es recordar lo que tantas veces habíamos comprobado: que los desastres no son naturales.

En ambas tragedias los eventos físicos naturales –sismo y tormenta– no fueron la causa principal de los daños referidos, sino su detonante. Sacaron a la luz desastres que previamente venían naciendo, creciendo y desarrollándose de manera silenciosa e imperceptible gracias a varios factores –todas de tipo antrópico–:

  • Decisiones, como la ubicación de las ciudades afectadas;
  • Acciones, como la forma de construir las ciudades y las viviendas;
  • Inacciones, como la falta de mantenimiento de las presas.

Como diría Omar Darío Cardona: “El desastre ya estaba configurado, el evento lo puso en evidencia”.

Otra lección ineludible es la importancia de una adecuada gestión del riesgo para aprovisionar a las comunidades de un mínimo de seguridad y bienestar que garantice sus derechos fundamentales, especialmente a la vida. Las medidas de gestión del riesgo contribuyen también al desarrollo sostenible y armónico del territorio.

Los riesgos en Colombia

Al conocer los detalles de estos desastres, surge la pregunta: ¿En Colombia puede ocurrir algo parecido? Si bien existen diferencias sociales, culturales y políticas con Libia y Marruecos, también algunas similitudes.

El primer hecho que nos viene a la memoria es el sismo del pasado 17 de agosto, que causó más zozobra que daños entre la población de las ciudades cercanas a su epicentro, como Bogotá y Villavicencio.

Pero esto no permite olvidar que Colombia tiene una larga historia de devastación en ciudades por terremotos:

  • Bogotá (1785, 1827 y 1917)
  • Santa Marta (1834)
  • Cúcuta (1875)
  • Cali (1925)
  • Manizales (1979)
  • Popayán (1983)
  • Pereira (1995)
  • Armenia (1999)

En todos los casos, los desastres se dieron en condiciones similares: presencia de ciudades y edificaciones vulnerables en zonas de actividad sísmica moderada y alta.

Al pensar en potenciales fallas de presas, surgen preocupaciones sobre el binomio El Quimbo-Betania en el Huila e Hidroituango en Antioquia.

En el Quimbo-Betania, las presas a cargo de Enel han sido evaluadas y monitoreadas, según exigencias de la Agencia Nacional de Licencias Ambientales, ANLA. Pero sus resultados no son de conocimiento público.

Hidroituango, a cargo de Empresas Públicas de Medellín (EPM), aunque aún no ha entrado en operación ha sido criticada reiteradamente por sus deficiencias en evaluación y gestión del riesgo. Al respecto recomiendo los artículos de Gustavo Wilches en esta revista: “Hidroituango: un desastre de mal en peor” e “Hidroituango: un desastre que no cesa”.

Aunque el terremoto y la tormenta son eventos naturales y de gran magnitud e intensidad, la falla de las presas y la destrucción de las edificaciones son consecuencia de acciones y decisiones humanas.

Además de las fallas en gestión del riesgo, se anota que en Hidroituango —como en el Quimbo-Betania—, la información es objeto de un gran celo institucional que impide conocer las condiciones de estabilidad del proyecto.

En cualquiera de los dos casos y desde cualquier punto de vista, una falla en alguna de estas presas sería apocalíptica, con gravísimas consecuencias sobre la mayor parte del territorio colombiano.

Pese a ser situaciones y contextos muy diferentes, las tragedias del norte de África deben llamar la atención de las autoridades responsables de la seguridad y bienestar de los colombianos, pues son las encargadas de difundir el conocimiento de los riesgos y revisar las acciones de gestión del riesgo de desastres que se están llevando a cabo actualmente en el país.

Lea en Razón Pública: El eterno martirio en la vía al Llano

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Carlos Hector Cantillo

*Ingeniero Civil, Especialista en Evaluación de Riesgos y Prevención de Desastres y aspirante a maestría en Dinámicas Rurales y Globalización.

Foto: Defensoría

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Aunque hay dificultades geológicas, la gestión del riesgo no se ha tomado con la seriedad que debería para prevenir tragedias como la avalancha en Quetame.

Carlos Héctor Cantillo*

Carretera de tragedias

Se ha presentado una nueva tragedia en la carretera Bogotá–Villavicencio. Intensas lluvias se presenciaron el pasado 17 de julio en la vereda Naranjal del municipio de Quetame, Cundinamarca.

La lluvia dio lugar a una avenida torrencial, precedida de deslizamientos y desbordamientos de quebradas, que afectaron gravemente a la población y la infraestructura. Hasta el momento el resultado es de 29 personas fallecidas, varias viviendas destruidas, el cierre de la carretera por la caída de un puente y la anegación de la vía con barro y otros materiales.

Al igual que en otras ocasiones, el cierre causa que los 90 km que separan las dos ciudades se conviertan en cerca de 350 km al tener que tomar vías alternas. El tiempo de viaje se triplica.

El gremio de transportadores calcula un 83 % en el aumento de los gastos de transporte. Además, hay preocupación por la potencial afectación de la industria avícola debido a la escasez de insumos.

El gobierno nacional tomó medidas para enfrentar la emergencia, como la instalación de un puente metálico provisional que permite el paso con tráfico alternado.

Con el cierre de la vía quedan prácticamente aisladas dos grandes regiones de Colombia y se pone en riesgo el abastecimiento de alimentos de la capital colombiana y de parte del país.

Le recomendamos: Otro capítulo en la vida activa del Ruiz/Cumanday: De la pérdida de la memoria colectiva a la Gestión del Riesgo con Enfoque de Derechos basada en la comunidad

Antecedentes

No es la primera vez que ocurren hechos similares. Entre los antecedentes más trágicos cabe mencionar el desastre de Quebradablanca el 28 de junio de 1974, cuando un alud de roca sepultó varios vehículos cerca del municipio de Guayabetal y causó la muerte o desaparición de aproximadamente 500 personas.

Con el cierre de la vía quedan prácticamente aisladas dos grandes regiones de Colombia y se pone en riesgo el abastecimiento de alimentos de la capital colombiana y de parte del país.

También es importante registrar el sismo de Quetame el 24 de mayo de 2008, en el que hubo daños en el 70% de las viviendas de este municipio y la muerte de al menos 20 personas.

Más recientemente se produjo el cierre de la vía por varios meses debido a la inestabilidad de los taludes aledaños en el kilómetro 58 y la caída del puente de Chirajara por deficiencias de diseño.

Cabe resaltar que los cierres de la vía al Llano son frecuentes, por lo menos una vez al año y en general se asocian a problemas de inestabilidad del terreno.

¿Qué hace el gobierno?

Sin embargo, surge la pregunta ¿por qué esta región tiene tantos problemas de inestabilidad?

Si bien los inconvenientes podrían no haber sido muy previsibles cuando se fundaron las ciudades, la experiencia de casi un siglo de construcción y mantenimiento de la carretera debería haber dejado algunas enseñanzas acerca de la inmensa complejidad geológica y geotécnica de este corredor vial en ambientes climático y tectónico intensos.

Muchas generaciones de ingenieros formados en la escuela de los profesores Manuel García López y los ya fallecidos Juan Montero Olarte y Álvaro González, han reconocido estas condiciones de la zona.

Foto: ANI - Aunque se ha afirmado que los recurrentes problemas en la carretera Bogotá-Villavicencio son causa de una naturaleza hostil, el principal problema es el incumplimiento de las obligaciones de gestión de riesgos de desastres.

El resultado no pudo ser más pobre, pues por lo menos la mitad de los concesionarios no lo hicieron y los demás eran planes sin los estudios mínimos para afrontar contingencias de esta magnitud. Además, el INVÍAS no es la excepción

Hoy, en pleno 2023, no es un secreto que la vía y la región son susceptibles a frecuentes eventos que causan desastres. Algunos muy fuertes como sismos, deslizamientos, inundaciones y avenidas torrenciales, entre otros.

El problema principal no es la naturaleza hostil en una cordillera joven en plena evolución, como lo dijo en estos días el presidente, sino que radica en que no se están cumpliendo las obligaciones legales en materia de gestión del riesgo de desastres que rigen el país.

La ley 1523 de 2012, así como sus antecesoras —la ley 46 de 1988 y el decreto ley 919 de 1989— hacen gran énfasis en que los proyectos de infraestructura, más aún de esta envergadura e importancia estratégica, deben contemplar estudios y medidas de gestión del riesgo de desastres con el fin de proteger la vida y bienes de las comunidades, los ecosistemas y la inversión pública.

Por lo visto esto no se cumple a cabalidad en las carreteras de Colombia. Hace un par de años solicité, mediante derecho de petición a la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI), los planes de gestión del riesgo de desastres de las concesiones viales, a los que están obligados los concesionarios según el decreto 2157 de 2017 y al INVÍAS.

El resultado no pudo ser más pobre, pues por lo menos la mitad de los concesionarios no lo hicieron y los demás eran planes sin los estudios mínimos para afrontar contingencias de esta magnitud. Además, el INVÍAS no es la excepción y elabora un plan totalmente desvinculado de los proyectos que administra.

Así mismo, los contratos de concesión no cubren de manera categórica la responsabilidad del concesionario porque un evento de esta naturaleza puede ser considerado “Evento Eximente de Responsabilidad”, es decir, que puede ser invocado para no hacer nada al respecto y dejar la gestión en manos del Estado.

Advertencias ignoradas

En el caso particular de esta tragedia, la Sociedad Colombiana de Ingenieros había advertido sobre el estado de la infraestructura y las condiciones de amenaza y riesgo por avenidas torrenciales en el sector, recomendando estudios detallados que no se llevaron a cabo.

Pero, de otra parte, según la ley, los entes territoriales también tienen obligaciones específicas en gestión del riesgo de desastres, en relación con el territorio y las comunidades que lo habitan. Pese a las diversas advertencias, no se actuó con la debida diligencia.

Es urgente, por tanto, hacer un llamado a los responsables del tema en el país para que sean revisados los mecanismos de gestión y control, así como instar a las autoridades a que realicen una investigación profunda de lo que está pasando y que se establezcan las responsabilidades civiles y penales.

Hay que asumir con seriedad la seguridad y bienestar de los colombianos. No podemos perpetuar un modelo de muerte y de atraso en nuestras carreteras y regiones.

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Carlos Hector Cantillo

Escrito por:

Carlos Hector Cantillo

*Ingeniero Civil, Especialista en Evaluación de Riesgos y Prevención de Desastres y aspirante a maestría en Dinámicas Rurales y Globalización.

ISSN 2145-0439

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