Andrea Arango Gutierrez, autor en Razón Pública
Foto: Parlamento Europeo

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No es verdad que la extrema derecha sea mayoría en el Parlamento Europeo, pero sí han ganado una importante relevancia política en las últimas elecciones, reforzando discursos que recuerdan al fascismo.

Andrea Arango Gutiérrez*

Elecciones en Europa

El fin de semana pasado, los europeos eligieron a sus 720 eurodiputados. En estas elecciones, la extrema derecha pasó de ser una fuerza marginal al obtener 180 diputados en el Parlamento Europeo.

Este hecho evidencia que estamos en una trayectoria ascendente que comenzó con el Brexit en el 2016 y que se está profundizando hasta ocupar cargos de poder y representación, transformando los valores occidentales y las realidades materiales de Europa y de las Américas. 

Si tenemos en cuenta que la pasada ola autocrática en occidente (1930-1945) dejó totalitarismos, fascismos, genocidios y la segunda guerra mundial, debemos estar alerta para identificar este fenómeno y prevenir su ascenso. Más ahora, cuando esta nueva ola autocrática apenas está creciendo y aún no ha llegado a su pico, por lo que no conocemos completamente su capacidad de despliegue.

Los Conservadores y Reformistas Europeos (CRE), el Partido de Identidad y Democracia (ID), junto con representantes no inscritos que se identifican con la extrema derecha, configuran el 47% del Parlamento Europeo

Estas fuerzas crecen con un discurso anti-europeísta y representa una amenaza para el modelo de integración continental que defiende los valores democrático-liberales y cosmopolitas de carácter progresista. 

Si bien es cierto que no han logrado la mayoría, ya que los europeístas juntos suman el 63% del parlamento y cuentan con un partido mayoritario de 186 eurodiputados agrupados en el Partido Popular Europeo de centro derecha, estas mayorías sí se ven cada vez más forzadas a tener en cuenta a la contraparte para negociar y poder tomar decisiones colectivas.

Lo que cambia para la extrema derecha

La extrema derecha, antes outsiders de la esfera pública en Europa, estaban obligados a usar la discreción para defender sus ideales, como lo advertía el fundador del Partido Vox, José Antonio Ortega, en su evento de Europa Viva ‘24 el domingo 19 de mayo. 

Estos liderazgos, que cuentan con un creciente apoyo electoral, son abiertamente anti-liberales, anti-izquierdistas, nativistas o nacionalistas, anti-islamistas o xenófobos.

Foto: Parlamento Europeo - El gran éxito de la extrema derecha, más que arrasar en las elecciones, lo que aún no ocurre, se mide por tres elementos.

Sin embargo, el triunfo electoral en los cargos de dirección en países como Hungría (2010), Estados Unidos (2016), Polonia (2017), Colombia (2018), Brasil (2018), El Salvador (2019), Reino Unido (2019), Italia (2022), Ecuador (2023) y Argentina (2023) les ha permitido empoderarse y aclarar públicamente sus posiciones ideológicas: las cuales son cada vez más cercanas al fascismo.

Estos liderazgos, que cuentan con un creciente apoyo electoral, son abiertamente anti-liberales, anti-izquierdistas, nativistas o nacionalistas, anti-islamistas o xenófobos; características propias del viejo fascismo (un argumento que ya desarrollé a profundidad en otro espacio). 

Así mismo, aunque no son abiertamente machistas, como los fascistas que defendían la dominación masculina, sí defienden los valores tradicionales de la familia, por lo que se oponen al aborto y al enfoque de género. 

En esa medida, las extremas derechas están en contra de la expansividad de los derechos sociales por los que lucha la izquierda y de la progresividad de derechos individuales que defienden los liberales. 

Aun cuando ese paquete de ideales es claramente de derecha y de extrema derecha, dividen a la sociedad en facciones en las que unas merecen más que otras, y en donde los migrantes musulmanes deben ser expulsados, como lo hizo el nazismo con los judíos en Alemania. 

Las extremas derechas han aprendido a usar estrategias discursivas propias del populismo para captar el caudal electoral de la izquierda, pero la ejecución de sus políticas no beneficia a los sectores populares, como lo anuncian en campaña. 

En la crítica a las élites globalistas “woke”, usan al pueblo para beneficiar a las multinacionales. Además, el trato de la burocracia transnacional como “relatores de la ONU” no es realmente una crítica al neoliberalismo ni al sistema capitalista, para que en efecto se atiendan las necesidades de las personas más empobrecidas. 

Esa crítica es mera demagogia en contra del paquete completo que es la globalización económica y la cultural con sus ideas progresistas. Esta estrategia discursiva aumenta la polarización en épocas electorales, de modo que les permite ganar en las urnas. 

Ya que la extrema derecha ha ocupado cargos de decisión y ha demostrado con su gestión pública resultados medibles, es evidente que la crítica a las élites globalistas no pretende disminuir las desigualdades materiales.

De hecho, contrastando a Trump con Obama, siendo este último un liberal demócrata, ni populista y menos fascista, Obama fue capaz de crear más empleos justo después de la crisis más grande del sistema capitalista, más que Trump antes de la pandemia. Lo mismo ocurre con Giorgia Meloni en Italia, quien habla en contra de las élites de la cual ella hace parte y a la que no pretende afectar con políticas fiscales. 

Todo esto da cuenta que la extrema derecha no es populista, pero sí es fascista. Aun así, sus cantos de sirena sí logran convencer a los votantes de izquierda inconformes con el sistema global capitalista. 

La derecha del presente y la del pasado

Sin embargo, no se puede decir que estas extremas derechas que configuran la nueva ola autocrática sean idénticas a las viejas derechas fascistas de la pasada ola. Hay mucha agua que ha corrido debajo del puente desde el fin de la segunda guerra mundial y hay elementos adicionales propios del contexto de la globalización y de la cuarta revolución industrial que aportan novedades tales como:  

  • El nacionalismo anti-inmigración como respuesta a la ola de migraciones desde países musulmanes; y con ello una reivindicación de los valores religiosos judeocristianos.
  • El uso de lenguaje emotivo y de “sentido común” a través de las redes sociales de forma creativa, ligera y de fácil acceso, para una población mundial que es analfabeta digital.
  • El uso de burbujas informativas y bots para radicalizar las diferencias en las redes sociales.
  • La espectacularización de la política y la rebeldía contra el establecimiento cosmopolita, lo que atrae mucho a la población joven.
  • La creación de noticias falsas y la negación de la evidencia científica y empírica (Por ejemplo, la negación del pasado histórico autocrático, del cambio climático y de las vacunas como forma de detener los virus).
  • El uso del concepto de “libertad” para criticar la estructura burocrática del Estado de Derecho, que es la garantía de los derechos civiles y sociales, y para criticar la expansión del Estado por cuenta de las políticas restaurativas y afirmativas que buscan corregir las injusticias contra grupos históricamente excluidos (Mujeres y minorías).  
  • La estrategia discursiva propia de la izquierda populista, que critica las élites globales y las castas políticas en favor de la clase trabajadora empobrecida. Discurso que promete beneficios económicos pero que no se traduce en políticas progresivas reales. 
  • La disputa cultural gramsciana, al servicio de la derecha, como una lucha contrahegemónica desde la sociedad para ir ganando terreno hasta ocupar los cargos de decisión pública e intentar convertirse de nuevo en fuerza hegemónica.

Así ganó terreno la extrema derecha

Todo lo que da licencia a lo políticamente incorrecto hasta convertirlo en aceptable, como dejar morir migrantes en el mar, separar familias y encarcelar personas sin el debido proceso.

El gran éxito de la extrema derecha, más que arrasar en las elecciones, lo que aún no ocurre, se mide por tres elementos: 

  1. Persuadir al centro, al centro izquierda y centro derecha de escucharles e incluir sus reclamos en la gestión de lo público. Tanto así, que han derrotado a la izquierda y han dejado vacío el centro político.
  2. Cooptar el electorado de izquierda, que se encuentra desilusionado con la gestión de sus representantes en los cargos de decisión, principalmente en Europa que sí han ocupado mayoritariamente cargos con incidencia (se elitizaron) y no han sido capaces de beneficiar a la izquierda popular económicamente. 
  3. Empoderar a las personas afectadas por las desigualdades propias del sistema capitalista en su fase financiera, para que dirijan sus inconformidades, no en contra de los principales generadores de esas desigualdades, sino en contra de personas aún más desfavorecidas que ellos: los migrantes o sus compatriotas pobres, para que sean expulsados o encarcelados. 

Todo lo que da licencia a lo políticamente incorrecto hasta convertirlo en aceptable, como dejar morir migrantes en el mar, separar familias y encarcelar personas sin el debido proceso. 

Esta licencia moral es un cambio cultural que no se queda en opiniones y votos, sino que se expresa en la calle en manifestaciones públicas cada vez más violentas, como las que vimos en la Norteamérica de Trump y ahora en Francia también.

Ha sido tan exitoso el auge de las agendas de la extrema derecha, no solo en Europa sino también en América Latina, en donde no tuvimos la experiencia fascista clásica, que políticos de izquierda y progresista están adoptando el discurso xenófobo anti-inmigración y contemplando salidas punitivistas, como las de El Salvador de Bukele, para seguir vigentes en las urnas: tal como lo está haciendo Evo Morales en Ecuador, Gabriel Boric en Chile y Claudia López en Colombia, para posicionarse en las elecciones del 2026.

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Andrea Arango Gutierrez

Escrito por:

Andrea Arango Gutierrez

*Docente de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Antioquia, magíster en Ciencia Política de San Diego State University y politóloga de la Universidad de Antioquia.

ISSN 2145-0439

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