Alejandro Cortés Arbeláez, autor en Razón Pública
Foto: Facebook: Registraduría - ¿Hay democracia en Colombia?

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El presidente Petro y el presidente Hernández podrían chocar con el estado de derecho porque ninguno de los dos entiende ni valora la democracia que tenemos en Colombia.

Alejandro Cortés Arbeláez*

Un resultado alarmante

El triunfo en primera vuelta de Gustavo Petro y Rodolfo Hernández es una voz de alerta para las instituciones colombianas y para quienes creemos que en Colombia existe una genuina —aunque deficitaria— democracia.

A quienes sostenemos que en Colombia sí existe democracia, nos ha faltado:

  • ser más explícitos en lo que significa esta afirmación, para lo cual tendríamos que explicar qué es la democracia, y
  • prestar más atención a las razones o los argumentos de quienes creen que la democracia colombiana no es real o que no tiene importancia.

En este corto texto me propongo examinar estos dos asuntos y conectarlos con la coyuntura electoral colombiana.

¿Hay democracia en Colombia?

Simplificando la discusión, podría decirse que existen dos posiciones contrarias sobre la democracia en Colombia: la tesis de “la democracia más antigua de América Latina” y la tesis de que “Colombia es apenas una democracia aparente”:

“La democracia más antigua”

Quienes defienden esta posición resaltan el hecho de que Colombia, desde el comienzo de su vida independiente y con contadísimas excepciones, ha elegido a sus gobernantes por medio de elecciones periódicas y más o menos competitivas. Esto ha sucedido incluso en los momentos de democracia restringida, por ejemplo, bajo el Frente Nacional: aunque la competencia electoral fue formalmente limitada en esos tiempos, nunca fue eliminada.

Colombia tiene un sistema democrático. A pesar de sus muchos y graves problemas políticos, sociales y económicos, tenemos la posibilidad de escoger a nuestros representantes y gobernantes mediante elecciones periódicas.

Nuestra Democracia colombiana 2022
Foto: Facebook: Registraduría - Quienes defienden que “Colombia es solo una democracia aparente” consideran que la celebración de elecciones competitivas y el principio de separación de poderes no son razones suficientes para sostener que Colombia es una verdadera democracia.
Quienes suscriben esta posición no niegan que Colombia tiene serios problemas como la violencia y la desigualdad social, pero señalan que estos no implican la inexistencia de un sistema democrático, cuyos pilares son las elecciones competitivas y el respeto al principio de separación de poderes.

“No es más que una democracia aparente”

Quienes sostienen esta idea argumentan que, si bien Colombia tiene una larga trayectoria electoral, esto no basta para decir que el sistema político sea de veras democrático, puesto que la democracia implica mucho más que elecciones competitivas.

Según la versión más popular de este argumento, un país con los niveles de pobreza y desigualdad de Colombia no merece ser calificado como una democracia.

¿Qué es la democracia?

Las dos tesis anteriores podrían ser correctas, porque la respuesta a esta pregunta depende de cómo se defina o qué se entienda por democracia.

Quienes creen en la idea de “la democracia más antigua de América Latina” adoptan una definición mínima de democracia, como expliqué en un artículo anterior en Razón Pública. Según esta concepción, la democracia es un método para la toma de decisiones colectivas, independientemente de cuáles sean esas decisiones o de los resultados que se sigan.

Según Michelangelo Bovero, “la democracia es una forma de gobierno que puede albergar una amplia gama de contenidos, es decir, de direcciones políticas distintas y alternativas entre sí”. De la misma manera, Adam Przeworski  defiende un entendimiento minimalista de la democracia según el cual esta “es solo un sistema en el que los gobernantes son seleccionados mediante elecciones competitivas”. Y entre nosotros, una historia reciente de Colombia escrita por el director de esta revista explica que “La democracia no pretende ser perfecta, ni pretende que sus supuestos (ciudadanía informada, voto transparente…) correspondan a la realidad, ni pretende tampoco que ella siempre produzca la mejor decisión. Pretende apenas ser el método para llegar a las decisiones que en promedio o en el largo plazo sean mejores para más personas de las que produciría cualquier otro método”. Nada más y nada menos.

Si se adopta esta definición, es claro que Colombia tiene un sistema democrático: en efecto, a pesar de sus muchos y graves problemas políticos, sociales y económicos, tenemos la posibilidad de escoger a nuestros representantes y gobernantes mediante elecciones periódicas. Y además tenemos un sistema institucionalizado de separación de poderes.

Por el contrario, quienes piensan que “Colombia es una democracia aparente” consideran que las elecciones competitivas y la separación de poderes no son suficientes para concluir que la democracia sea verdadera.

Aunque no comparto esta postura, creo no equivocarme al señalar que sus defensores adoptan una concepción republicana de la democracia, según la cual esta no implica apenas la existencia de elecciones, sino de un fuerte compromiso ciudadano con la vida pública. Este compromiso se manifiesta en una activa participación política, que a su vez supone la existencia de equidad socioeconómica entre los ciudadanos.

Para explicar esto, debo desviarme hacia una discusión más general sobre los modelos constitucionales que han estado en disputa en América Latina desde los tiempos de la independencia.

Tres visiones de la democracia

En La sala de máquinas de la Constitución: dos siglos de constitucionalismo en América Latina (1810-2010), Roberto Gargarella organiza y clasifica los múltiples proyectos constitucionales que tuvieron lugar en la región.

La clasificación de Gargarella tiene en cuenta las distintas posiciones sobre los ideales básicos del constitucionalismo: (i) el ideal de la autonomía individual, que alude a la independencia que debe tener el individuo respecto del Estado y de la sociedad; y (ii) el ideal del autogobierno colectivo, que alude a los mecanismos para que sociedades se gobiernen a sí mismas.

Frente a estos dos ideales, Gargarella identifica tres posiciones en América Latina, que se derivan de distintas maneras de pensar la constitución y la democracia:

  • Conservadurismo: desde el comienzo de las guerras de la independencia, esta posición “asumió la defensa de la visión más restrictiva, frente a ambos ideales”. Respecto de la autonomía individual, sostuvo que el sistema constitucional debía garantizar una concepción particular del bien, usualmente asociada con la religión católica. Respecto del autogobierno colectivo, asumió una posición elitista o contraria al respeto de la voluntad mayoritaria.
  • Republicanismo: contrariamente al conservadurismo, esta corriente  asumió un compromiso total con el ideal del autogobierno colectivo y “tendió a considerar a la autonomía individual como un ideal desplazable en nombre del bienestar general, o las exigencias propias de una política mayoritaria”. De manera crucial, esta posición defendió desde un comienzo la necesidad de protecciones sociales vigorosas para los individuos, que les permitan participar tranquilamente en la vida pública de sus sociedades.
  • Liberalismo: esta posición, contrariamente a la republicana, invirtió el orden de prioridades “para concebir todo el orden constitucional en torno a la idea del respeto a las libres elecciones individuales”, por lo cual se mostró “dispuesta a fijar restricciones severas frente al mayoritarismo político, que era visto como amenaza grave frente al ideal de la autonomía individual”.

Gargarella explica que, debido al “terror que provocaran, en la clase dirigente americana, las revoluciones democráticas operadas en Europa, en 1848”, liberales y conservadores se aliaron en un “constitucionalismo de fusión” dirigido a frenar el proyecto republicano y edificado sobre tres acuerdos básicos:

  • “una mirada estrecha sobre los derechos”, que quedaban reducidos a los llamados derechos civiles y rechazaba cualquier aspiración de establecer protecciones sociales;
  • una defensa irrestricta del derecho a la propiedad privada; y
  • una visión limitada de los derechos políticos “como derechos reservados para unos pocos”.

¿Cómo leer el triunfo de Petro y Hernández?

Gustavo Petro, defensor de la tesis de que “Colombia es solo una democracia aparente”, se puede entender en cierta medida como heredero de la tradición del republicanismo latinoamericano. Y por esto podría representar un problema para la estabilidad institucional de Colombia que, pese al énfasis en los derechos sociales de la Constitución de 1991, está más cercana al constitucionalismo de fusión que al proyecto republicano.

El énfasis del Pacto Histórico en la igualdad socioeconómica y en el mayoritarismo político puede resultar en choques con un sistema institucional más inclinado hacia el liberalismo individualista, protegido por la separación de poderes, que hacia visiones maximalistas de la democracia.

El caso de Rodolfo Hernández es más difícil de entender en los términos de este artículo, poque tiene una visión política poco coherente y se limita a señalar a la corrupción como fuente de todos los males. Pero su fuerte discurso contra los políticos, la política y por ende, contra las instituciones, hace más que previsible su eventual confrontación con el sistema.

Lo que para mí está claro es que quienes sostenemos la tesis de que en Colombia sí hay una democracia no debemos suponer que nuestros contradictores están equivocados, sino entender las razones detrás de sus afirmaciones. La mejor manera de defender las instituciones democráticas es escuchar las críticas y comprender los déficits del sistema, para ver si podemos llegar a puntos de encuentro con quienes sostienen una visión más radical de lo que significa el gobierno democrático.

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Alejandro Cortés Arbeláez

Escrito por:

Alejandro Cortés Arbeláez

Politólogo de la Universidad EAFIT. Magíster en Políticas Públicas de la Escuela de Gobierno Alberto Lleras Camargo de la Universidad de los Andes y estudiante del Máster en Filosofía Política de la Universidad Pompeu Fabra. Correo electrónico: alejandrocortes90@gmail.com. Cuenta de Twitter: @alecortesarbe

Foto: PxFuel - ¿Por qué existe tan poca claridad acerca del concepto de democracia?

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Alejandro-Cortes

Más de un político colombiano coquetea con los autoritarismos, y por eso es necesario que tengamos una definición mínima y compartida de lo que significa democracia.

Alejandro Cortés Arbeláez*

La confusión

Hace unos días el periodista Juan Pablo Calvás le preguntó a Camilo Romero, precandidato presidencial de la Alianza Verde, si Venezuela y Nicaragua pueden considerarse dictaduras. En respuesta, Romero afirmó que estos países tienen “asteriscos de democracia pendientes”.

Aunque no causó revuelo mediático, su respuesta produjo reclamos, incluso dentro de su mismo partido. El senador Antonio Sanguino, por ejemplo, señaló que Venezuela y Nicaragua no pueden considerarse “democracias con asterisco”, sino regímenes autoritarios.

Más allá de revelar algo sobre las ideas de Romero y Sanguino, este episodio refleja la poca claridad sobre el concepto de democracia entre figuras de la política colombiana y, por supuesto, entre los ciudadanos del común.

Hace unos años pregunté a mis alumnos qué entendían por la palabra democracia. Las respuestas no fueron ni siquiera parecidas entre sí: “mayorías que se reparten el poder”, “el gobierno que debe respetar a las minorías”, “la gran utopía del hombre”, “acceso a las mismas oportunidades e igual responsabilidad frente a los deberes”.

La carga emocional

¿Por qué existe tan poca claridad sobre la democracia? ¿Por qué esta palabra puede ser usada para calificar regímenes políticos diametralmente opuestos? ¿Qué explica, por ejemplo, que Iván Duque y Nicolás Maduro sostengan que el país que ellos gobiernan es una verdadera democracia y que su vecino tiene un régimen dictatorial?

Hay que buscar la respuesta a estas preguntas en la carga emocional positiva que acompaña a la palabra democracia. Como muchos analistas lo han dicho, las palabras pueden tener usos descriptivos y también emotivos: el uso descriptivo consiste en designar cosas; por ejemplo, la palabra “cortina” describe un objeto que usamos para bloquear la luz. El uso emotivo consiste en expresar una emoción determinada; por ejemplo, las palabras “¡hurra!” o “¡bravo!” expresan que algo nos gusta.

Pues bien: la palabra “democracia” tiene tanto un uso descriptivo como un uso emotivo. Describe un tipo de régimen político y, al mismo tiempo, es asociada con un estado de cosas deseable. Pero esta mezcla de connotaciones afecta o disminuye la exactitud o capacidad descriptiva de la expresión “democracia”.

Democracia directa y representativa

Un primer paso para clarificar el concepto consiste en retomar la distinción clásica entre democracia directa y democracia representativa: mientras en la primera los ciudadanos deciden acerca de los asuntos de interés común, en la segunda los ciudadanos delegan este poder en representantes elegidos para ello.

Así, en la democracia directa los ciudadanos votan para decidir y en la democracia representativa votan para elegir a quienes deciden.

Ahora bien, es posible encontrar puntos intermedios entre ambos modelos de gobierno. Este es el caso de las democracias representativas contemporáneas que adoptan mecanismos de democracia directa como el referendo o el plebiscito. En todo caso, todos los regímenes democráticos actualmente existentes son de carácter principalmente representativo. Algunos, como el colombiano, se definen como “democracias participativas” porque incorporan mecanismos de participación directa, pero esto no anula su naturaleza eminentemente representativa.

La democracia es un método

Después de entender la carga emotiva que tiene el concepto de democracia, podemos entender por qué, en términos generales, la derecha asocia este concepto con valores como la libertad económica, mientras que la izquierda lo asocia con valores como la justicia social.

Lo anterior puede volver sumamente difícil la discusión sobre el concepto de democracia: si cada corriente política asocia a la democracia con los valores que defiende, tendremos múltiples definiciones del concepto. ¿Es posible salir de este atolladero?

Una manera de acercarnos a un acuerdo sobre el significado del concepto de democracia es adoptar una definición centrada en las reglas de juego y no en los propósitos últimos del sistema político. La democracia puede servir para perseguir la libertad económica o la justicia social, entre otros múltiples fines y/o valores políticos en conflicto, pero no está atada irremediablemente a ninguno de ellos.

Puede leer: El debilitamiento de la democracia liberal en Occidente

Una definición mínima

Pasemos pues a una “definición mínima de democracia”. Tengamos presente que esta definición hace referencia al modelo de democracia representativa y no al de la democracia directa.

En palabras de Michelangelo Bovero, “en cuanto método para decidir, la democracia es de por sí agnóstica respecto de los fines sociales últimos […] La democracia es una forma de gobierno que puede albergar una amplia gama de contenidos, es decir, de direcciones políticas distintas y alternativas entre sí”.

En otras palabras, la democracia como forma de gobierno no establece “qué” debe decidirse, sino únicamente las reglas de juego que definen “quién” puede decidir y “cómo” puede decidir. Lo central, por supuesto, es que estas reglas de juego, estas reglas “para decidir”, permitan “la distribución más igualitaria posible del poder político”.

Las reglas de juego de la democracia

¿Cuáles son estas reglas de juego para lograr la distribución más igualitaria posible del poder político? Siguiendo a Robert Dahl y Norberto Bobbio, es posible precisar ocho reglas como otras tantas condiciones de la democracia:

  1. Cargos públicos electos y abiertos. Los cargos públicos donde se toman las principales decisiones legislativas y político-administrativas deben ser de elección popular. Además, estos cargos deben estar abiertos para que cualquier ciudadano, en principio, pueda competir para acceder a ellos.
  2. Elecciones libres, imparciales y frecuentes. Las elecciones para ocupar cargos públicos deben desarrollarse con imparcialidad por parte de las instituciones encargadas del proceso. Así mismo, deben celebrarse con una periodicidad más o menos preestablecida y en un ambiente de poca coerción.
  3. Libertad de expresión. Los ciudadanos deben poder expresarse libremente respecto de los asuntos públicos, incluso cuando se trata de críticas radicales al gobierno o al Estado.
  4. Acceso a fuentes alternativas de información. Debe permitirse la existencia de fuentes de información alternativas a las oficiales, para que los ciudadanos puedan acceder a distintas perspectivas. Esto se traduce en la necesidad de una vigorosa libertad de prensa.
  5. Autonomía de las asociaciones de ciudadanos. Los ciudadanos deben tener el derecho de constituir asociaciones u organizaciones independientes (grupos de interés, movimientos sociales y bancadas políticas) para buscar sus propósitos comunes.
  6. Ciudadanía inclusiva e igualitaria. Los derechos políticos deben estar en cabeza de todos los adultos residentes en el Estado, con muy contadas excepciones que deben tener justificaciones de peso extraordinario. Esto implica, por ejemplo, que el voto de cada individuo debe tener exactamente el mismo peso que el de los demás (“una cabeza, un voto”).
  7. Principio de mayoría. En las elecciones de cargos públicos, así como en los procesos decisorios en el interior de cuerpos colegiados como el Congreso, las decisiones deben tomarse a través del principio de mayoría. La alternativa que obtenga un mayor número de votos debe considerarse como válida y vinculante para todos los miembros de la colectividad.
  8. Principio de protección de las minorías. Aunque el principio básico para la toma de decisiones es el principio de mayoría, debe garantizarse que las decisiones tomadas por las mayorías respeten los derechos básicos de las minorías. Especialmente aquellos que les permiten organizarse y, eventualmente, convertirse en mayorías.
Foto: Consejería Presidencial para los derechos humanos - La democracia como forma de gobierno no establece “qué” debe decidirse, sino únicamente las reglas de juego que definen “quién” puede decidir y “cómo” puede decidir.

Puede leer: ¿Está en riesgo la democracia colombiana?

La democracia como ideal y como asunto de grado

La definición mínima de democracia expuesta a partir de las reglas de juego resulta útil para clarificar el disputado concepto de democracia.

Existen por supuesto otras definiciones que complementan o controvierten esta definición mínima, puesto que ella no está exenta de polémica. Por eso importa concluir con dos aclaraciones respecto de las reglas de juego mencionadas:

-En palabras de Bobbio, esas reglas no necesariamente son condiciones suficientes, pero sí son condiciones necesarias de la democracia.  Un régimen donde se respeten estas reglas puede tener déficits democráticos, pero un régimen donde se irrespete gravemente una de ellas no puede ser llamado democracia.

La definición mínima de democracia es un “ideal límite”. Es decir, es inalcanzable en su plenitud por ser un ideal. De esta manera, no existe una democracia como la aquí descrita, sino democracias reales que, en mayor o menor medida, se aproximan a este ideal.

-La definición mínima permite calificar los regímenes políticos como democráticos o antidemocráticos y además calificar el grado de democracia que exhibe cada uno de ellos. La democracia no es apenas cuestión de “sí” o “no”, sino de grados o niveles de democracia.

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Alejandro Cortés Arbeláez

Escrito por:

Alejandro Cortés Arbeláez

Politólogo de la Universidad EAFIT. Magíster en Políticas Públicas de la Escuela de Gobierno Alberto Lleras Camargo de la Universidad de los Andes y estudiante del Máster en Filosofía Política de la Universidad Pompeu Fabra. Correo electrónico: alejandrocortes90@gmail.com. Cuenta de Twitter: @alecortesarbe

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Senador Uribe Vélez, junto a Exprocurador Ordóñez.

Alejandro CortesMuchos son los colombianos que se aferran a los valores tradicionales. Por eso nadie debe subestimar el potencial electoral del ex-procurador Ordóñez ni la posibilidad de que la derecha dura nos gobierne durante los próximos años.

Alejandro Cortés Arbeláez*

Continue reading «Libertad, orden y autoridad»

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Tribunales de Paz abogarán por el correcto orden del Acuerdo Final.

Alejandro CortezAunque en algunos puntos polémicos -como la participación política- los cambios son pocos, es evidente el avance hacia un Acuerdo que concilie las propuestas de los voceros del No con lo que ya había sido respaldado por los votantes del Sí*.

Alejandro Cortés Arbeláez**

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Alejandro CortésPara asegurar que los acuerdos con la guerrilla se traduzcan en un país en paz los colombianos deben aprender a debatir civilizadamente sus diferencias. Y los primeros en hacerlo deben ser los opositores y los partidarios del proceso de La Habana.

Alejandro Cortés Arbeláez*

 

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Tomografía de un cerebro con Alzheimer y otro sin la enfermedad.

Alejandro Cortez¿Qué pasaría si pudiéramos escoger las cualidades físicas y mentales de nuestros hijos gracias a la ingeniería genética? Este libro se hace la pregunta y aventura algunas respuestas bastante perturbadoras.

Alejandro Cortés Arbeláez*

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