Aurelio Arturo: resonancias del sur
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La voz de Aurelio Arturo, aunque sutil, sigue resonando en la poesía nacional, porque trajo el refrescante y sencillo sonido de la naturaleza viva en oposición a la pesada retórica que suele acompañar a nuestros vates.
Lina Alonso Castillo*
Poeta de un solo libro
Ya son 40 años desde que en noviembre de 1974, Aurelio Arturo Martínez (1906) muriera en Bogotá, lejos de La Unión, su ciudad natal, lejos del universo literario que atravesó su obra, y lejos del oficio de jurista del que vivió.
En la suma de sus 68 años, el profesor, abogado y diplomático publicó un solo libro: una obra que templaría las amarras del panorama literario nacional y que lo sacaría de ese espeso fango hispanista que rondaba en el país desde que aparecieran las plumas de los “piedracielistas”.
Como una fuga o una especie de escape aparece el poeta nariñense en la historia literaria del país. Llegó en los años veinte a Bogotá a caballo, en el momento en que los cenáculos intelectuales se debatían entre la convulsión sociopolítica y la entrada de fenómenos culturales y literarios como las vanguardias.
En la suma de sus 68 años, el profesor, abogado y diplomático publicó un solo libro
Admirador y traductor de literatura inglesa y norteamericana, en Arturo encontramos también una constante preocupación por la estética de otros lugares, y por autores como Barry Cole, Peter Levi o Karen Gershon, a quienes tradujo y publicó en la revista ECO.
Cuando comenzó a escribir alrededor de 1930, el escritor nariñense se situaba dentro de la generación de “Los Nuevos” y un poco antes de “Piedra y Cielo”. No obstante, es difícil encontrar en sus poemas algún dejo de estas dos generaciones.
Su lenguaje totalmente libre de alguna pretensión trivial u ornamental deja un registro aún inclasificable. Sobre él diría Hernando Téllez: “Su poesía no pertenece sino como una fecha a un tiempo determinado, pero su voz no está señalada o estigmatizada por los tics que facilitan la identificación con una tendencia específica, con una moda conocida, con una influencia tiránica y fácilmente perceptible”.
Solo un poco de viento
Sobriedad es la palabra que para mí define la poesía de Aurelio Arturo. Encontrarse con él es sumergirse en una orquesta de rumores o, casi como en Silva, en “una música de alas”.
Con su libro Morada al Sur, publicado en 1945, Aurelio Arturo instaló una voz poética que deambula desde el bagaje de la música mítica de la noche hasta la celebración silenciosa de los árboles: “He escrito un viento, un soplo vivo/ del viento entre fragancias, entre hierbas/ mágicas; he narrado/ el viento; sólo un poco de viento”.
Durante todo el libro, como en un ritornello, los temas en Arturo constantemente vuelven a nosotros para descubrir la convivencia callada de los elementos que se reúnen en su escritura y que solamente el poeta puede traducirnos en sus páginas.
Más adelante, en “Canción del viento” nos encontramos con la palabra que trae desde la noche sureña: “Toda la noche/ sentí que el viento hablaba/ sin palabras” y de nuevo nos hallamos con esa callada manera de hablar de las cosas desde el sonido que estas puedan emitir, ya sea como susurro o como canción de hoja suave.
Sorprende que su poética pueda encontrarse en cada verso y que insospechadamente sus temas se revelen como un eco en cada poema. Arturo es un poeta del viento y del silencio, algo peculiar entre los muchos registros que circundaban la literatura del momento.
Basta releer su obra para descubrir en él la discreción de sus imágenes y sus metáforas poco ruidosas. En la constitución de un lenguaje corriente se edifican sus palabras. Por ejemplo, en “Qué noche de hojas suaves” dice el poeta: “Y he de cantar en días derivantes/ por ondas de oro, y en la noche abierta/ que enturbiará de ti mi pensamiento/ he de cantar con voz de sombra llena”.
Esa voz puede llegar a ser el mensaje nunca definitivo y definido de la poesía misma, una confesión sin sonidos en el fondo de la palabra. Esa puede ser la resonancia del sur al que nos invita el poeta, una resonancia llena de arroyos y albergues de silencio.
Su morada es la del lenguaje, como se supone que es la de toda la buena poesía. Sin embargo, en él encontramos matices que obligan a entender qué tipo de escritura debemos enfrentar y con qué palabras tenemos que armarnos para acceder a ella.
Su escritura desnuda de atavíos innecesarios se muestra original, primigenia, como mostrando de sí lo que es conocido y familiar para el hombre, lo que siempre lo lleva al pasado y lo adecúa en lenguaje para el presente, para el poema.
![]() Amanecer en el municipio de La Unión, en Nariño. Foto: Jorge Andrés Rodríguez Toro |
Naturaleza y pasado
El suyo es el lenguaje de la evocación. Todo su libro está atravesado, entre otras cosas, por el tema de la niñez y la juventud. Si Rainer Maria Rilke decía que “la verdadera patria del hombre es la infancia”, en Morada al Sur se perfila todo el proceso evocativo que implica volver a una dimensión como la niñez.
Asistimos, cuando se lee a Arturo, a una total contemplación del tiempo pasado. Con esto nos damos cuenta de que sin pretender una quietud o un ensimismamiento por el volver a un paisaje atravesado de recuerdos y nostalgias, existe la posibilidad de testificar una escritura fundacional y comunicante.
Fundacional porque desde una sinestesia totalmente traducida por el poeta se crea un universo, que es el sur, y que al tiempo une y hermana las facultades del autor para hablarnos de un pretérito que siempre aparece ante él bajo la circunstancia en la que se encuentre. La infancia retorna una y otra vez, vuelve sobre el poema para seguirse haciendo.
Otro rasgo prominente en la escritura de Aurelio Arturo es el influjo de lo natural, de la naturaleza, de la tierra y sus manifestaciones. La naturaleza aquí cobija los vocablos y los envuelve en un aura casi pictórica. La mujer, o “la nodriza”, el piano que tocaba su madre o la vaca tendida en el pasto se pueden transformar en el follaje colmado de rocío, en la luz que inunda los rincones de las casa.
La comparación en él es un diálogo constante entre figuras humanas y naturales: hay un lugar en sus poemas donde se funden unos y otros para dar la espesura cálida de las imágenes con que está hecha su poesía.
Arturo es un poeta del viento y del silencio, algo peculiar entre los muchos registros que circundaban la literatura del momento.
Así encontramos momentos como: “El viento viene, viene vestido de follajes /y se detiene y duda ante las puertas grandes, /abiertas a las salas, a los patios, las trojes. Y se duerme en el viejo portal donde el silencio /es un maduro gajo de fragantes nostalgia”.
En su escritura hay ante todo una vocación de explorar lo humano y lo cercano a él. No solo la infancia y la naturaleza recorren esta Morada al Sur, sino que de igual manera se dibujan las fragancias de la mujer (“Yo miro las montañas. Sobre los largos muslos/ de la nodriza, el sueño me alarga los cabellos”) y el torbellino de imágenes que ella representa para el poeta y para la poesía, aparecen también la ciudad y sus noches:
“Yo amo la noche que se embelesa/ en su danza de luces mágicas/ y no se acuerda de los silencios/ vegetales que roen los insectos”.
También hay espacio en esta geografía secreta para la fantasía: “Hadas divinas hadas/Creer en las hadas/en las rosadas, felices noches estivales/y también en esas noches extrañas/cuando entre abismos de sombras en el silencio/del silencio/se encuentra de súbito una líquida palabra melodiosa”.
En esas ondas, su poesía se interna en la convivencia simultánea de temas siempre dispuestos para la escritura.
De verso lento
El impacto de su poesía ha sido lento. Aurelio Arturo ha sido un poeta silencioso y poco proclamado por las mediaciones intelectuales que rodean los espacios literarios. Su obra aparece en la poesía colombiana como un soplo de noche y niebla sin adornos nis espejismos y sobre todo sin el enaltecimiento a veces innecesario de la palabra "promoción".
La sencillez y la poca pompa de su recepción invita, entre otras cosas, a reconocer su escritura en el ejercicio de leer una y otra vez su obra, y que además sería la verdadera recompensa y mención que merecerían sus versos.
No obstante, su fama silenciosa tuvo su reconocimiento, en parte, en el momento en que la mirada crítica de ávidos lectores como Hernando Téllez, Fernando Charry Lara o el mismo Danilo Cruz Vélez repararon en su obra.
Ahora, 40 años después de su muerte, la poesía de Arturo rueda sigilosa entre las manos del lector que sabe reconocer la singularidad y la sinuosidad lingüística de un llamado secreto a su lectura.
* Estudiante de Literatura con énfasis en investigación, crítica y teoría literaria de la Pontificia Universidad Javeriana. Diplomada en Latín del Instituto Caro y Cuervo y egresada de Teatro de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño.
Acerca del autor
Lina Alonso
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La voz de Aurelio Arturo, aunque sutil, sigue resonando en la poesía nacional, porque trajo el refrescante y sencillo sonido de la naturaleza viva en oposición a la pesada retórica que suele acompañar a nuestros vates.




