Atrapadas en Ohio: inmigrantes en medio de la pandemia - Razón Pública
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Atrapadas en Ohio: inmigrantes en medio de la pandemia

Escrito por Juana Eslava-Bejarano

Los días pasan, la cuarentena se extiende y mientras tanto, miles de inmigrantes estamos atrapados en Estados Unidos. Los toques de queda se alargan, pero nuestras visas no lo hacen.

Juana Eslava-Bejarano*

Ohio dice “hi”

Estoy en Ohio, en el Ohio profundo donde no hay ni siquiera transporte público. Vivo en un pueblo pequeño —chiquito, chiquitico— rodeado de bosques. Es un pueblito húmedo y pegajoso y, sin embargo, nevó en pleno mayo. La primavera sigue sin llegar y el verano anuncia que se la va a saltar.

Ohio es el estado del que no se habla, del que no se sabe, porque no pasa nada, además de los cultivos y más cultivos de trigo que pasamos de largo en el carro. Lo único que se sabe es que hay frío y caminos cada vez más planos. La región en la que queda Ohio se llama Medio Oeste aunque geográficamente haga parte de la Costa Este. Además de trigo, hay comunidades Amish que viven aún más dentro de Ohio. Sé de su existencia porque los veo en la estación de tren y porque en Walmart hay bebederos para sus caballos.

Encerradas hasta nuevo aviso

Aquí estoy atrapada con una española y una argentina.

Antes de llegar, mi madre y mi padre me dijeron: qué bien que aprenderá bien inglés. No he aprendido inglés, pero sí argentino y español. Sin querer, a veces mi subconsciente me habla con acento argentino y mi inconsciente lo regaña con acento español. Aquí estoy con ellas, todas húmedas y pegajosas por el clima. Juntas y atrapadas.

Poco antes del receso de primavera, nos mandaron un correo que decía que todo el mundo debía empacar sus chiros, dejarlos en cajas en el campus si no podían llevarlos consigo y volver a sus casas. Todas excepto nosotras, porque nuestro hogar está más lejos que unas cuantas horas en carro.

En un correcorre en medio de exámenes, las estudiantes dejaron prácticamente todas sus pertenencias, entre ellas, un pececito vinotinto muy pequeño que abandonaron en un pasillo a que esperara su muerte. Cuando lo rescatamos, parecía un pedazo de tela mal cosido y triste. El pueblo chiquito chiquitico quedó vacío. Nos quedamos solas con un pececito entre los brazos.

Nuestras visas, que antes nos hacían sentir seguras, ahora son un dolor de cabeza. Antes de irme a dormir, miro mi visa, mi pequeña visa atrapada en un librito café, como yo, y le digo: sobreviva un poquito más. En agosto estudiaré en otro pueblo, también en el Ohio profundo, que se llama como la capital de Grecia. Cuando lo cuento, la gente se emociona y dice: ¡Grecia! Y yo digo: no, no. Atenas, Ohio; como Madrid, Cundinamarca.

Foto: Cortesía Juanita Eslava
Estoy en el Ohio profundo en el que no hay ni transporte público.

Para seguir viviendo en Estados Unidos necesito otra visa, una que sea nueva y reluciente. Y yo que pensaba que la mía era invencible, ahora es débil y está moribunda. Necesito una visa de estudiante que empiece por una J, como mi nombre, porque las visas también son clasificadas por categorías. Necesito un cambio de letra, una insignificante letra, e igual cada vez la veo más lejos, como mi nombre, que nadie acá pronuncia con una J, sino con una Y. Para poder cambiar de visa, debo salir de Estados Unidos, pero mi país está cerrado y mi visa está a punto de morir. A la visa le quedan un par de meses y yo la veo y pienso: qué angustia saber el día de tu muerte.

Colombia estará cerrada hasta el 31 de agosto y, ni siquiera eso es seguro, porque puede que extiendan el cierre hasta el día de mi cumpleaños. Debo salir para poder volver, pero no puedo ni salir, ni volver. En este papeleo me enteré de que puedo pedir una visa desde otro país. Por eso, hace un par de semanas estaba decidida a ir a Costa Rica, porque era el país que mejor llevaba la pandemia. Estaba más que decidida a ir a Costa Rica, enclaustrarme en un hotel y pedir una visa. Quisiera decir por favor, y ya, que me dijeran: sí, tranquila, tenga su visa que empieza por J, como su nombre. Pero cerraron Costa Rica y ahora solo pienso: qué extraña expresión decir que un país está cerrado. “Costa Rica está cerrado domingos y festivos. Abierto lunes a sábado de 10am a 5pm”.

Recuerdo que una vez de pequeñas, mis hermanas y yo nos quedamos atrapadas en el garaje de mi casa que era un cuadradito, como Ohio. Llamamos a mi mamá sorbiéndonos los mocos y ella mandó a la vecina. La vecina nos habló a través de la puerta y nosotras estábamos temblando de miedo. Así me siento ahora: sin poder entrar ni salir y teniéndole miedo a quien está detrás de la puerta.

No mentiré, tengo una visa que se llama J para no graduados, pero necesito otra que se llame J para graduados. Me gustaría poder echarle corrector al “no” y ya. Aunque suene absurdo, no se puede sacar una visa desde Estados Unidos y los cambios de estatus pueden tardar hasta un año. Un año de espera del que no dispongo, pero que tendría si pudiera recolectar todos los minutos que he desperdiciado en mi vida. Estoy segura de que, si los recolectara, cumpliría un año de sobra.

Debido a la pandemia, la universidad en la que estoy tratará de hacer un cambio de estatus con la nueva universidad. Creen que a lo mejor se puede, a pesar de que carezca de un año de espera. Pagué casi 400 dólares a la embajada y puede que ni aun así pueda conseguir la bendita visa que se llama J. Mientras tanto, yo sigo pendiente de las fronteras de Costa Rica y de cuanta cosa se le ocurra a Donald Trump.

Foto: Cortesía Juanita Eslava
En Ohio estamos atrapadas tres migrantes. Yo veo con los días como se acerca el día de la muerte de mi visa.

Que en paz descansen

Aquí estoy, esperando la muerte de mi visa y su posible resurrección desde las cenizas, como un ave Fénix. Espero pacientemente, porque no me queda de otra. Estaré acá tres meses por lo menos, sin poder trabajar, claro está, porque mi visa me lo impide.

Nunca imaginé que sería inmigrante, ni que tendría problemas de inmigrante. Nunca me preocupé por mi visa, mi lengua ni mi color de piel hasta que llegué acá y por algún extraño motivo, me convertí en latina. Una latina atrapada, como otras latinas en Estados Unidos. Sin poder entrar a Colombia, pero sin poder salir de Estados Unidos, un país del que pronto me echarán.

En cuanto al pez que encontramos, yo estaba plenamente dispuesta a atravesar Ohio para llevarlo a un santuario de peces. No podíamos liberarlo, porque es originario de Singapur y liberarlo en Ohio no solo hubiera sido irresponsable, sino también cruel para un pececito que, como yo, no aguantaría el frío. Una profesora lo adoptó, le dio agua tibia y amor y su color vinotino oscuro pasó a ser un rojo vivo, como una pequeña llama aleteando dentro del agua. Murió hace una o dos semanas porque el abandono en el que vivía lo dejó maltrecho.

Esta semana nos encontramos un polluelo de pájaro que se cayó de su nido. Otro calcetín mal cosido y despelucado. Por él, que a veces abría la boca en un grito silencioso, atravesamos Ohio en plena pandemia. Cerramos las ventanas, nos metimos en el carro y atravesamos el cuadrado que es Ohio hasta dejar al pequeño soplo de vida al borde de la muerte en un santuario. Como el pez, falleció pronto.

Sentimos que todo lo que tocamos últimamente se muere y se desvanece en medio de la incertidumbre. Sin embargo, cuando un animalito moribundo vuelva a caer en nuestras manos, volveremos a atravesar Ohio en medio de la pandemia para llevarlo a cualquier santuario. Aún nos queda todo el verano para rescatar pequeñas vidas que latan entre nuestros dedos pegajosos. De pronto puedo llevar mi visa moribunda a un santuario. Entre tanto, yo continúo intentando acostumbrarme al tapabocas, que me da claustrofobia.

*Literata e Historiadora del arte de la Universidad de los Andes. Editora de Razón Pública.

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