El ataque a Irán y los peligros que vendrían
Foto: Kamenei.IR

El ataque a Irán y los peligros que vendrían

Compartir:

El orden regional atraviesa un dilema preocupante. Para Washington, se trata de preservar la disuasión sin caer en la sobreextensión; para Teherán, elevar el costo de la agresión sin provocar una guerra abierta. En esa tensión se juega una parte sustantiva de la seguridad internacional contemporánea.

Presión y riesgo inminente

El ataque coordinado entre Estados Unidos e Israel contra Irán incrementa sustancialmente la incertidumbre geopolítica y actúa como combustible para una profunda alteración del equilibrio regional. Más allá de su dimensión táctica, se trata de un movimiento con implicaciones sistémicas. Desde el derecho internacional, la operación difícilmente encuentra sustento jurídico, porque sin una autorización expresa del Consejo de Seguridad o una situación inequívoca de legítima defensa conforme al artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, el uso de la fuerza contra la integridad territorial de un Estado soberano se inscribe en el terreno de la ilegalidad. Sin embargo, la preocupación central no es solo normativa. Lo inquietante es que esa ilegalidad parece haber perdido su capacidad de contención efectiva; la arquitectura jurídica que pretendía regular el recurso a la guerra luce erosionada frente a la primacía militar y al cálculo estratégico de las potencias. En este contexto, la norma retrocede y la correlación de fuerzas vuelve a ocupar el centro del tablero. Irán es, sin duda, un vector importante de la política exterior estadounidense.

El cálculo inicial de Washington puede entenderse como la culminación de un ciclo de acciones, tanto tácticas como estratégicas, iniciado con el retiro de Estados Unidos del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) en 2018, durante la administración de Donald Trump. La política de “máxima presión” reconfiguró el entorno de seguridad regional al sustituir un esquema de verificación nuclear por una combinación de sanciones económicas extensivas, aislamiento financiero y sofoco militar. Desde entonces, Irán se consolidó como un vector central en la política exterior y de seguridad internacional de la Casa Blanca, en la medida en que por Teherán confluyen los ejes de estabilidad, disuasión y proyección de poder que Estados Unidos busca ordenar en Medio Oriente. El ataque actual, en consecuencia, no es un episodio aislado, sino la expresión más aguda de una trayectoria estratégica que privilegia la imposición sobre la contención normativa, con el riesgo evidente de desatar dinámicas regionales cuya gestión posterior podría exceder los cálculos iniciales.

Tras la retirada del JCPOA, el equilibrio se tornó inestable, y esa inestabilidad produjo una niebla densa en medio de la incertidumbre. Irán incrementó progresivamente sus niveles de enriquecimiento de uranio y redujo los compromisos de transparencia que había asumido años atrás. De forma paralela, Estados Unidos reforzó su presencia militar en el Golfo, lo que sirvió de justificación para incrementar el despliegue de tropas y consolidar su presencia en bases estratégicas de la región. Al mismo tiempo, Israel intensificó operaciones encubiertas contra infraestructura y científicos vinculados al programa nuclear iraní, obteniendo resultados operativos destacados que le han permitido sugerir que dichas acciones han devuelto a Irán a una suerte de Edad de Piedra estratégica.

Es necesario recordar, además, el ataque con drones que dio de baja al general Qasem Soleimani el 3 de enero de 2020, lo que estableció un precedente de uso directo de la fuerza contra el núcleo de seguridad del régimen iraní. Ese hecho marcó una trayectoria distinta y definitiva en la tensión entre Teherán y Washington.

En este momento, el escenario es más amplio y arrastra las circunstancias de hace siete años con aditivos relevantes. La discusión pública y en los círculos decisores de política exterior en Washington contempla opciones de ataques directos contra Irán, en medio de un resquebrajamiento del régimen y de una importante movilización social en su contra. Las hipótesis sugieren bombardeos selectivos y quirúrgicos contra instalaciones nucleares, ataques de decapitación contra el liderazgo político-militar y campañas aéreas limitadas, diseñadas para degradar capacidades críticas sin ocupar territorio. El problema no es la factibilidad técnica de esas operaciones, sino sus consecuencias sistémicas.

¿Qué puede venir?

El ataque estadounidense puede perseguir tres grandes objetivos. El primero estaría orientado a restaurar la credibilidad estratégica en la zona, junto con la idea de contener los proyectos nucleares iraníes, ya disminuidos. El segundo, atado al anterior, consistiría en impedir que Irán alcance una capacidad nuclear suficiente para hacer daño creíble a aliados como Israel, e incluso en enviar un mensaje de disuasión a Rusia sobre el alcance estadounidense para reorganizar una región geográficamente lejana, pero geopolíticamente cercana. Y, en tercer lugar, reafirmar la primacía regional de Washington y sus aliados, capaces, al menos en la narrativa, de hacer lo suficiente para impulsar un cambio de régimen. Pero la cuestión radica en que, a pesar de la primacía militar estadounidense sobre una defensa iraní atrasada, las decapitaciones de los líderes del régimen no llevan automáticamente a un cambio político. Puede ser la entrada de un punto de inflexión, pero el régimen teocrático es más profundo que la mera presencia de algunos mandos determinados.

Sin embargo, la presión militar preventiva enfrenta una paradoja clásica que no puede dejarse en el aire: puede reforzar precisamente el comportamiento que pretende evitar. Podría generar un Irán aún más agresivo y producir en Teherán la justificación para atacar, también de forma preventiva, activos estratégicos e intereses de Estados Unidos, de Israel y de otros aliados. 

De hecho, esa paradoja, si la presión no se articula con un horizonte diplomático creíble, tiende a fortalecer los incentivos de resistencia del régimen iraní antes que a inducir su transformación o un cambio definitivo. En consecuencia, el ataque estadounidense podría consolidar en el régimen la percepción de amenaza existencial, lo que aceleraría la decisión de avanzar hacia una capacidad nuclear efectiva como seguro último de supervivencia.

Con base en lo anterior, hay que construir algunos escenarios que saltan a la luz luego del ataque. Estos abarcan desde operaciones de precisión limitadas hasta una dinámica de escalada horizontal que involucre múltiples frentes y actores indirectos. El ataque es lo de menos; lo verdaderamente determinante será lo que puede ocurrir después.

Foto: Wikimedia Commons

Escenarios posibles

Dentro de la elucubración estratégica, el ataque limitado contra infraestructura nuclear, centrífugas, plantas de enriquecimiento, centros de investigación, podrá degradar capacidades técnicas iraníes en el corto plazo. Sin embargo, Irán ha dispersado y fortificado gran parte de su infraestructura, lo que reduce la probabilidad de neutralización total. El régimen ha calculado que su infraestructura es un blanco apetecido por las fuerzas enemigas, por lo que ha construido señuelos e instalaciones falsas que le permiten ganar tiempo y preservar capacidades críticas. Esto sugiere que el resultado más probable sería una degradación temporal, no una eliminación estructural del programa.

Un segundo escenario estaría definido por ataques dirigidos contra el liderazgo y el mando político-militar. Aunque este tipo de operaciones de decapitación busca desconectar la cadena de mando, generar confusión en el liderazgo y romper canales estratégicos de comunicación, la evidencia sugiere efectos ambiguos: pueden generar disuasión momentánea, pero también consolidar la cohesión interna bajo una narrativa de agresión externa y reforzar la legitimidad del régimen.

El tercer escenario es la escalada horizontal. La visión de seguridad iraní privilegia la respuesta asimétrica a través de redes y actores proxy aliados en Líbano, Siria, Irak o Yemen (el llamado eje de resistencia), que involucra a Hezbolá y a los hutíes, así como el uso de misiles de mediano alcance y capacidades cibernéticas que ha venido desarrollando, incluso para apoyar ataques rusos en Ucrania. Un conflicto inicialmente bilateral podría transformarse en una confrontación regional de múltiples nodos, vectores y trayectorias.

También está sobre la mesa el riesgo de una guerra prolongada e híbrida sin invasión terrestre. Un terreno fangoso donde la previsibilidad de la correlación de fuerzas sería difícil de calcular. Aunque Washington evitaría una ocupación, la acumulación de consecuencias, los ataques navales en el Golfo y las amenazas de bloqueo del estrecho de Ormuz podrían extender el conflicto más allá de los cálculos iniciales.

Impactos regionales y globales

Con base en lo anterior, el ataque estadounidense abre una nueva grieta en el tablero regional. El impacto geopolítico de una incursión militar de la administración Trump en territorio iraní sería inmediato y tendría desenlaces imprevistos. El estrecho de Ormuz constituye una arteria crítica del comercio energético global y un activo susceptible de estrangulamiento, lo que pondría en aprietos tanto las cadenas de suministro como las rutas del comercio internacional. Una interrupción parcial, o incluso la mera percepción de riesgo, elevaría los precios del petróleo y del gas, lo que incrementaría la inestabilidad del mercado energético.

Debe advertirse que los bloqueos en el estrecho son una de las primeras opciones disponibles para los grupos proxy de Irán, que en distintas ocasiones lo han convertido en una rampa de asaltos a buques y en un trampolín de ataques contra activos civiles relevantes.

En la dimensión regional más cercana, los aliados de Washington enfrentarían dilemas complejos. Su seguridad depende de cálculos precisos. Las monarquías del Golfo podrían respaldar políticamente la operación, pero quedarían expuestas a represalias directas. Saben que los ataques por delegación serían una de las primeras formas de respuesta iraní. Israel podría verse involucrado en una confrontación ampliada si Hezbolá activa un frente en el norte, lo que podría desencadenar un conflicto de mayor escala y una guerra mundial de Medio Oriente.

La arquitectura de seguridad de la región se volvería más volátil y menos predecible, hasta el punto de que podría hablarse de una guerra ampliada. Un ataque preventivo enviaría, además, señales ambivalentes al régimen internacional de no proliferación: si la lección estratégica es que solo la posesión efectiva de un arma nuclear garantiza inmunidad frente a ataques externos, el incentivo para alcanzar esa capacidad se fortalecería. Sería otro golpe, casi mortal, al orden internacional basado en reglas.

Más allá de la región

Abrir un frente militar contra Irán tendría implicaciones directas para la posición global de Estados Unidos. La sobreextensión estratégica es un riesgo real en un entorno caracterizado por la competencia estructural con China y la persistente inestabilidad en Europa oriental. Una campaña prolongada en el Golfo desviaría recursos militares, capital político y atención estratégica.

El riesgo de error de cálculo es elevado. Las guerras contemporáneas rara vez comienzan como conflictos totales; emergen de secuencias de acciones limitadas que, progresivamente, cruzan umbrales no previstos. Todos saben cómo empiezan las guerras, pero no cómo terminan. La desconexión diplomática entre Teherán y Trump implica un problema de comunicación que puede dar lugar a lecturas divergentes y peligrosas para la seguridad internacional. Si Irán interpreta la retórica ofensiva estadounidense como mera presión negociadora, podría subestimar la probabilidad de un ataque. Si Washington sobreestima la vulnerabilidad interna del régimen iraní, podría asumir que la presión externa precipitará concesiones que no necesariamente se materializarán, como el cambio de régimen o la eliminación del programa nuclear.

En esta coyuntura, la noción de éxito y de victoria se difumina. Cualquier movimiento de las partes puede fracturar aún más el equilibrio regional, con impacto global. El riesgo de una escalada horizontal se cristaliza y, de concretarse, la situación geopolítica y de seguridad tendería a desbordar cualquier capacidad diplomática, e incluso militar, para contenerla.

El orden de Medio Oriente está siendo desgastado por la superposición de microórdenes no tradicionales, especialmente los de actores armados no estatales. Una colisión entre actores asimétricos y simétricos puede alterar el orden mundial, desde los mercados hasta el abastecimiento energético, recalibrar alianzas y terminar de erosionar el régimen internacional de no proliferación.

Estados Unidos e Israel han optado por atacar a Irán bajo una lógica que combina castigo militar y presión política, con la expectativa, explícita o implícita, de erosionar las bases del régimen. La operación parece inspirada en la doctrina de la superioridad aérea al degradar capacidades críticas, paralizar la infraestructura estratégica y desarticular los nodos de mando sin comprometer las tropas terrestres ni asumir los costos de una ocupación. En términos estrictamente militares, Irán no dispone de una capacidad convencional equivalente para neutralizar de forma simétrica ese poder aéreo y tecnológico. Sin embargo, confundir la vulnerabilidad defensiva con la fragilidad política sería un error de cálculo. Derribar un régimen es infinitamente más complejo que destruir instalaciones o inutilizar sistemas. La historia reciente demuestra que la superioridad aérea puede ganar campañas, pero no necesariamente produce transformaciones políticas sostenibles. El verdadero desafío no es la factibilidad del ataque, sino la incertidumbre del día después: la cohesión interna del régimen, su capacidad de movilizar nacionalismo defensivo y el recurso a respuestas asimétricas podrían convertir una operación de precisión en el inicio de una inestabilidad prolongada, con efectos que desborden ampliamente los objetivos iniciales.

Finalmente, el orden regional atraviesa un dilema preocupante. Para Washington, se trata de preservar la disuasión sin caer en la sobreextensión; para Teherán, elevar el costo de la agresión sin provocar una guerra abierta. En esa tensión se juega no solo la estabilidad del Golfo, sino también una parte sustantiva de la seguridad internacional contemporánea.

Le recomendamos: Marco Rubio en Múnich: la redefinición de Occidente en tiempos de fractura

Acerca del autor

César Niño
cnino@razonpublica.org | + posts

*Profesor Titular de la Facultad de Relaciones Internacionales, Estrategia y Seguridad en la Universidad Militar Nueva Granada. Twitter: cesarnino4.

0 comentarios

César Niño

Escrito por:

César Niño

*Profesor Titular de la Facultad de Relaciones Internacionales, Estrategia y Seguridad en la Universidad Militar Nueva Granada. Twitter: cesarnino4.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

últimos artículos

Los Cancilleres del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y los representantes de Irán en Viena.
Internacional

¿Por qué Irán quiere la bomba?

Internacional

El modelo uruguayo de control de drogas ante el mundo

Internacional

Turquía: entre la tradición y Occidente

Internacional

Guatemala: el Presidente que no asesinó a su crítico

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.

Click to listen highlighted text!