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Así cambió el mundo en el 2022

Escrito por Mauricio Jaramillo-Jassir

Una mirada de conjunto a Europa, Estados Unidos, Asia y América Latina muestra que el 2022 estuvo marcado por la guerra, la inseguridad alimentaria y la inestabilidad política.

Mauricio Jaramillo Jassir*

Adiós 2022

Cuando el mundo avanzaba hacia una normalización tras la severa crisis sanitaria y económica que implicó la pandemia, se atravesó la guerra en Ucrania y destruyó los pronósticos optimistas; aunque no siempre se la reconoce, en 2022 el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear cuya posibilidad parecía haber desaparecido.

A esta delicada e inquietante coyuntura geopolítica que, por ahora, parece sin salida, se suman la inseguridad alimentaria y las crisis políticas, común denominador de la actualidad de varias regiones, incluida América Latina.

Por cuenta del conflicto, el nacionalismo ha vuelto con consecuencias para la integración europea y la estabilidad del mundo. La guerra, además ha retrasado la transición ecológica en la que gobiernos europeos parecían el ejemplo a seguir. El retroceso en esta materia para compensar las sanciones económicas a Rusia difícilmente será corregible en el corto plazo.

En medio de esta situación caótica, se ha debilitado el multilateralismo, dejando al descubierto los peligros que entrañan el desmonte del diálogo político y el discurso nacionalista que revive con efectos que el mundo aún no advierte.

Europa: un año tomentoso

Inesperadamente, la guerra volvió a Europa por la confrontación entre Rusia y Ucrania. No cabe duda de que este hecho fue el más importante del año y marcará la pauta durante mucho tiempo. Esta guerra, además, no muestra perspectivas de acabarse en el corto plazo.

En Europa siguió el avance de la extrema derecha, y esta vez Italia fue testigo del ascenso de Giorgia Meloni, quien había elogiado las políticas de Mussolini aunque que como candidata moderó su discurso para aclarar que Italia no se distanciaría de los valores europeos.

La crisis en el Reino Unido no parece tener fondo. El paso fugaz de Liz Truss como primera ministra confirma el desastre post Brexit y las grandes vulnerabilidades a raíz de la aparatosa salida de la Unión Europea.

Alemania y Francia, por su parte, no han podido relanzar un proyecto de liderazgo europeo tras la salida de Ángela Merkel, que es aún más necesario en medio de la guerra.

En todo este contexto regional de divisiones, la guerra en Ucrania logró crear un sentido de unidad entre los europeos que, de todos modos, parece nocivo en el largo plazo, pues Bruselas, sede de la Unión Europea, está sucumbiendo frente a los discursos nacionalistas que abanderaron los “euroescépticos” en el pasado reciente.

Entre estos figuran los Estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), Polonia, Rumania, República Checa, Eslovaquia y Eslovenia, quienes han sido críticos de la política de apertura migratoria, defensores de la influencia de Estados Unidos en Europa y ultraconservadores en materia de derechos humanos.

Por cuenta del conflicto, el nacionalismo ha vuelto con consecuencias para la integración europea y la estabilidad del mundo. La guerra, además ha retrasado la transición ecológica en la que gobiernos europeos parecían el ejemplo a seguir. El retroceso en esta materia para compensar las sanciones económicas a Rusia difícilmente será corregible en el corto plazo.

La guerra en Ucrania significó inclinar la balanza entre proeuropeos (Alemania y Francia) euroescépticos en favor de los segundos, y además pone en tela de juicio la autonomía del proyecto europeo respecto de Estados Unidos. El denominado viejo continente está sometido a la voluntad de Washington, único sujeto internacional capaz de incidir sobre Rusia y Ucrania para detener la guerra.

Rusia, por su parte, parece una de las grandes perdedoras del año. La sorpresiva decisión de Putin de invadir Ucrania acentuó rusofobia presente durante décadas en los Estados de Europa Central y Oriental, que habían sido víctimas de los excesos de la Unión Soviética.

Moscú, que disponía del recurso retórico de acusar de guerrerismo a Estados Unidos y Occidente, por sus operaciones en Afganistán, Irak o Libia, deberá enfrentar la desconfianza internacional y su credibilidad difícilmente será reestablecida. Aun así, Putin parece mantener su autoridad dentro del país y los vaticinios sobre su caída por el conflicto son infundados por ahora.

Estados Unidos: entre Biden y Trump

Estados Unidos sigue viviendo las consecuencias del retorno de Trump a la política. Eso sí: su reaparición no tuvo la fuerza que se esperaba ante el descrédito del presidente Biden, y en las elecciones de una tercera parte del Senado y la totalidad de la Cámara de Representantes, el Partido Republicano no logró la victoria que todos anticipaban.

Por su parte el Programa Mundial de Alimentos y la Organización Mundial para la Agricultura se han cansado de emitir advertencias sobre la grave situación de inseguridad alimentaria en el mundo desde hace varios años, producto del calentamiento global y de las malas políticas de distribución. Esto ahora se ha agravado por el conflicto en Europa.

Todavía peor para Trump, sus candidatos a las gobernaciones en Arizona y Pensilvania fueron derrotados, lo cual puso en duda la eficacia de sus endosos y su posibilidad de ser reelegido.

Seguramente en el 2023 Trump seguirá buscando la candidatura republicana en medio de los procesos judiciales que avanzan en su contra, mientras que Biden deberá confirmar si aspira o no a ser reelegido.

Asia Pacífico: centro de la atención global

Uno de los Estados más pobres del mundo, Sri Lanka, fue noticia por la caída del presidente Gotabaya Rajapaksa y también por el desastre en que acabó su apuesta de convertirse en el primer país con una agricultura totalmente orgánica. Una política agresiva de exportaciones, que descuidó la seguridad alimentaria, agravada por una política fiscal irresponsable llevaron el país a la banca rota.

Por su parte el Programa Mundial de Alimentos y la Organización Mundial para la Agricultura se han cansado de emitir advertencias sobre la grave situación de inseguridad alimentaria en el mundo desde hace varios años, producto del calentamiento global y de las malas políticas de distribución. Esto ahora se ha agravado por el conflicto en Europa.

Y China por su parte siguió siendo protagonista de la política global. Muchos la consideran ganadora del conflicto en Europa, porque su liderazgo no está empañado por ninguna guerra externa (es el único miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU con esa condición) y concentra las esperanzas de una mediación efectiva entre Rusia y Ucrania. Aunque Turquía e Israel han intentado asumir ese papel de mediación, Beijing parece ser el único interlocutor con suficiente poder para detener el conflicto en un mundo donde el vacío de poder es evidente.

Pero la proyección mundial de China se ha visto debilitada por las protestas masivas contra las políticas de control por la COVID-19, que hacen evidentes los límites del partido comunista en ciertas zonas y ponen en tela de juicio la efectividad de la estrategia sanitaria, hasta ahora una de sus grandes conquistas recientes.

Foto: Flickr: Trump White House Archived - La reaparición de Donald Trump en la política estadounidense no tuvo la fuerza que se esperaba.

América Latina: la convulsión permanente

Las elecciones en América Latina resultaron en un avance para el progresismo en   Brasil, Colombia y Honduras. Pero no se debe pensar en estos países como un bloque, como había sucedido con el auge de la “nueva izquierda” a comienzos del siglo, que llevó a Chávez, Correa, Lula, Morales y Fernández a un discurso de unidad alrededor de valores progresistas.

Hoy, la situación interna en esos países es delicada, y en casi todos ello hay un gobierno de coalición, o sea que el presidente de izquierda depende de apoyos en el centro. Además, el revés de la izquierda en Chile con el rechazo en las urnas de su proyecto de Constitución obligó a Gabriel Boric a dar prioridad a la política interna y le quitó su proyección regional.

El caso más crítico es el de Perú con un Pedro Castillo, representante de una vieja izquierda nacionalista y alejada del progresismo, quien se vio enfrentado a una intransigente oposición que ha querido su salida desde el primer día de gobierno. Acorralado (o mal aconsejado) optó por disolver el Congreso sin cumplir los requisitos constitucionales. Acabó firmando la sentencia de muerte de su mandato y el país se sumergió de nuevo en una crisis cuyas únicas salidas parecen ser adelantar las elecciones, o inclusive una refundación constitucional.

El panorama para el kirchnerismo en Argentina es sombrío, tras la condena a seis años de prisión y la inhabilidad política de por vida para Cristina Fernández. El año entrante la reelección parece cuesta arriba, no solo por la inhabilidad de Cristina sino por el desprestigio del peronismo. Solo una buena gestión económica cambiaría las proyecciones que, hasta ahora indican el retorno de Macri o  aún el ascenso del candidato libertario Javier Milei, quien ha hecho de la incorrección política bandera de campaña.

Los gobiernos de Brasil y Colombia que empiezan son el referente de este nuevo progresismo que avanza en medio de enormes dificultades y contradicciones, pero que demuestra que la izquierda sigue siendo una opción atractiva en las urnas.

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