
¿Artista o creador de contenido? Reflexiones sobre ser músico en la era de los algoritmos
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Hoy tenemos más herramientas, más plataformas y más posibilidades de difusión que nunca. Pero también enfrentamos desafíos que hace una década era difícil imaginar.
Nunca en la historia había sido tan fácil publicar música. Tampoco había sido tan difícil vivir de ella.
Durante las últimas décadas, la tecnología transformó profundamente la manera como creamos, distribuimos y consumimos arte. Hoy un músico puede grabar una canción desde su casa, subirla a una plataforma digital y ponerla a disposición de oyentes en cualquier lugar del planeta. Lo que antes requería estudios profesionales, grandes inversiones y el respaldo de intermediarios especializados, ahora parece estar al alcance de cualquiera.
En teoría, vivimos la época más democrática para la creación musical. Sin embargo, quienes trabajamos en este campo sabemos que la historia no termina ahí.
Hace más de trece años saqué Irrational, mi primer álbum, publicado por un sello independiente británico. Desde entonces he seguido componiendo, produciendo música y participando en distintos espacios del sector cultural, y he visto cómo las reglas del juego han cambiado de manera acelerada.

Cuando Irrational salió al mundo, las redes sociales ya existían, pero todavía no ocupaban el lugar central que tienen hoy. Mirando hacia atrás, tengo la sensación de que entonces la mayor parte de mi energía estaba concentrada en la creación. Hoy, en cambio, una porción creciente del trabajo artístico parece ocurrir lejos de los instrumentos, los escenarios y el estudio de grabación.
Paradójicamente, hoy tenemos más herramientas, más plataformas y más posibilidades de difusión que nunca. Pero también enfrentamos desafíos que hace una década era difícil imaginar.
El problema ya no es publicar
Durante años, el gran reto para muchos músicos fue lograr grabar un disco y ponerlo en circulación. El acceso a estudios, sellos discográficos y canales de distribución representaba una barrera importante. Hoy ese panorama ha cambiado radicalmente.
La tecnología ha democratizado la posibilidad de grabar y distribuir música, pero también ha generado una saturación sin precedentes. Cada día aparecen miles de nuevas canciones en las plataformas digitales. Nunca habíamos tenido acceso a tanta música y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil destacarse en medio de semejante cantidad de contenidos.
El problema ya no es grabar una canción, sino lograr que alguien la encuentre… y, más aún, que la escuche.
Hace justamente dos años publiqué Autoctrónico. Fue un álbum construido a partir de viajes, encuentros e investigaciones alrededor de distintos sonidos y territorios colombianos. Entre Autocrónico e Irrational habían transcurrido más de diez años, pero la diferencia más significativa no estaba en la música. Estaba en el ecosistema que la rodeaba.

Durante el proceso de creación, descubrí hasta qué punto el oficio del músico había cambiado. Ya no bastaba grabar un disco y compartirlo con el público. También era necesario diseñar estrategias de difusión produciendo contenido para redes sociales, mantener una presencia constante en plataformas digitales y aprender a competir por atención en un entorno cada vez más saturado.
No se trataba únicamente de compartir una obra artística. También había que aprender a competir por atención.Y fue entonces cuando empecé a notar una transformación más profunda. Las plataformas digitales son herramientas donde se puede difundir el arte, sin embargo, muchas veces parecería que la relación se ha invertido. La obra ya no siempre ocupa el centro de la conversación, la visibilidad sí.
¿Artista o creador de contenido?
Durante mucho tiempo la economía giró alrededor de la producción. Hoy, en muchos sentidos, gira alrededor de la atención.
La música no compite solamente con otra música. Compite con series, videojuegos, redes sociales, noticias, publicidad y una cantidad prácticamente infinita de estímulos que se disputan cada minuto de nuestro tiempo.
En este escenario, la dificultad ya no consiste únicamente en crear una obra, sino en lograr que alguien le dedique tiempo. Por eso la promoción ha adquirido un peso cada vez mayor. Los músicos siempre han necesitado comunicar su trabajo, pero la lógica de las plataformas ha llevado la visibilidad a un nuevo nivel: ya no parece ser una herramienta para acompañar la obra, sino una exigencia permanente.
No se trata de despreciar estas herramientas digitales. Muchas de ellas han permitido que proyectos independientes encuentren públicos que antes habrían sido inaccesibles. Yo mismo he podido conectar con personas, medios y espacios gracias a estas posibilidades.
Pero también percibo una tensión creciente entre los tiempos que exige la creación artística y los tiempos que exige la internet.
Y aquí aparece una sensación que escucho con frecuencia entre colegas y que yo mismo comparto:
“Yo no quiero volverme creador de contenido, yo quiero hacer música”
La frase puede sonar exagerada, pero refleja una tensión real. El problema no es tener que hacer contenido. Comunicar una obra siempre ha sido parte del trabajo artístico. El problema aparece cuando el contenido comienza a reemplazar a la obra.
Para captar atención, muchos artistas terminan recurriendo a formatos, tendencias o contenidos que poco tienen que ver con su trabajo creativo. Memes, videos humorísticos, opiniones sobre temas intrascendentes o cualquier otro recurso capaz de generar interacción.
No hay nada malo en ello. El problema aparece cuando esos contenidos comienzan a ocupar más espacio que la propia obra. Cuando la atención se convierte en el objetivo principal y el arte en una consecuencia secundaria.
Las plataformas premian la frecuencia.
Los algoritmos favorecen la actividad constante.
Las redes impulsan la inmediatez.
El arte, en cambio, suele construirse mediante procesos que requieren tiempo. La creación tiene diferentes ritmos.
Quizás por eso, después de lanzar un disco, uno descubre que gran parte de la energía ya no se invierte únicamente en hacer una obra significativa, sino en evitar que desaparezca entre el ruido permanente de las plataformas.
Lo que las métricas no pueden medir
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para medir el alcance de nuestro trabajo. Podemos saber cuántas personas oyeron una canción, desde qué ciudad lo hicieron, cuánto tiempo permanecieron escuchando y en qué momento decidieron pasar a otra cosa.
Tenemos más datos que nunca. Pero muchas veces esos datos nos dicen muy poco sobre lo que realmente importa y comienzan a confundirse con el valor de la obra misma. En un entorno donde las reproducciones, los seguidores y las interacciones son visibles permanentemente, resulta fácil caer en la tentación de medir el éxito artístico con las mismas herramientas que utilizan las plataformas para medir la atención.
Las estadísticas no pueden medir qué sintió alguien al escuchar una canción en un momento importante de su vida. No pueden registrar una conversación después de un concierto. No pueden explicar por qué una obra permanece durante años en la memoria de una persona mientras otras, mucho más exitosas en términos numéricos, desaparecen pocas semanas después de haber sido publicadas.
La experiencia artística sigue ocurriendo en un territorio que las métricas no logran capturar completamente.
Tal vez por eso me resulta cada vez más difícil asociar el éxito exclusivamente con números, reproducciones o seguidores. Después de años trabajando en música, enseñando, gestionando proyectos culturales y desarrollando procesos creativos, tengo la sensación de que las preguntas más importantes siguen siendo otras.
¿Qué conversaciones genera una obra? ¿Qué vínculos construye? ¿Qué formas de sensibilidad ayuda a despertar? ¿Qué experiencias permite compartir?
Estas preguntas rara vez aparecen en los informes estadísticos de las plataformas, pero quizás son las que mejor explican por qué seguimos creando.
Seguir creando
A pesar de las dificultades, seguimos haciéndolo.
Seguimos componiendo canciones, imaginando proyectos, organizando conciertos, buscando colaboraciones y dedicando incontables horas a actividades cuyo valor difícilmente puede medirse en términos de productividad o rentabilidad.
Quizás ser artista hoy signifique habitar permanentemente una contradicción. Aprovechar las oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías sin permitir que ellas definan por completo el sentido de nuestro trabajo. Aprender a movernos en un ecosistema que exige visibilidad constante sin renunciar a los espacios de profundidad que hacen posible la creación.
Trece años después de publicar mi primer álbum, sigo sin tener una respuesta definitiva sobre cómo resolver esa tensión.
Pero sí tengo una certeza: sigo haciendo música y arte por las mismas razones que me llevaron a hacerlo hace más de una década. Porque disfruto el proceso de crear, porque me permite entender el mundo de otra manera y porque me lleva a lugares a los que difícilmente llegaría de otra forma. No lo hago para satisfacer las exigencias de un algoritmo.
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Acerca del autor

Leonardo Suárez Jiménez
*Músico de la Universidad de Los Andes, compositor y productor musical. Magíster en Producción de Audio de University of Westminster (Reino Unido) y docente universitario. Su práctica articula creación e investigación con el sonido como punto de partida para explorar el cruce entre percepción, comunicación y cultura.
4 comentarios






Me parece una reflexión muy pertinente para el momento actual del arte. Pienso en el desafío que representan las nuevas tecnologías.
Muchos artistas encuentran dificultades o incluso deciden mantener una postura crítica frente a ellas, convirtiendo esa decisión en una forma de resistencia. Sin embargo, esa resistencia también puede traducirse en menor visibilidad y oportunidades dentro del mercado cultural. El reto, entonces, no parece ser únicamente adaptarse, sino preguntarnos de qué manera podemos incorporar estas tecnologías sin renunciar a una mirada crítica sobre su impacto en la creación, la circulación y el valor del arte.
Totalmente de acuerdo. Creo que el reto no es estar a favor o en contra de las redes sociales o las nuevas tecnologías, sino preguntarnos qué lugar le damos.
El problema aparece cuando dejamos de usarla como una herramienta y empezamos a adaptar nuestras obras a las lógicas que impone… y que termine definiendo por completo cómo creamos, cómo circula nuestro trabajo o cómo entendemos su valor.
Ahí es donde vale la pena mantener una mirada crítica.
La cosa no solo pasa por la oferta desmedida de estímulos, sino por la formación de audiencias que privilegien la calidad. Claro está, quienes pagan más logran mayor visibilidad, pero puede ser un comienzo.
Es cierto, cuando decimos que la música ya no es solo componer y que en parte se ha convertido en una serie de cosas que no tendrían por que ser importantes, ya que lo que uno busca al componer realmente es dejar un mensaje o un sentimiento. Sin embargo con las herramientas que existen últimamente es mucho más rápido crear música y las industrias han comercializado tanto la música que ya no importa tanto el mensaje. Si no, Que podemos conseguir con eso ?