Todo arde: aquí y allá - Razón Pública
Inicio Los Rostros de la crisis Todo arde: aquí y allá

Todo arde: aquí y allá

Escrito por Laura Duarte Bateman
Laura-Duarte

Crónica de una colombiana que ha pasado la cuarentena a más de 6.000km de distancia de su país de origen.

Laura Duarte Bateman*

Extrañar el azul

Hay pocas cosas que extrañar cuando se vive en una ciudad desconocida durante una cuarentena. Si estuviera en Bogotá, tendría un bar que anhelar los fines de semana, me dolería ver los locales desocupados con avisos de “se arrienda” y no soportaría el silencio de las calles. Pero estoy en Emeryville, una ciudad de 9,500 habitantes donde vivimos los que queremos estar cerca de San Francisco, pero no podemos pagar un arriendo en la segunda ciudad más cara de Estados Unidos.

El 9 de septiembre extrañé algo, por fin: el color azul. Lo extrañé porque ese miércoles no amaneció. El humo de los incendios forestales del norte de California bajó a la bahía, dispersó la luz azul y nos sumergió en un atardecer de cielo entero —primero naranja oscuro, luego claro, finalmente amarillo pálido— que duró el resto de la semana.

Días antes, el gobernador de California reveló cifras aterradoras: aún quedaban casi dos meses de la temporada de incendios y ya habíamos tenido 2,679 más que el año anterior y 2.3 millones de acres devorados por el fuego (un acre equivale a 4,046 metros cuadrados). Hoy, un mes y medio después, la cuenta va en 8,600 incendios y más de 4 millones de acres quemados, aproximadamente el 4% del terreno californiano.

Desde que comenzaron los incendios, reviso el clima todas las mañanas para saber si saltaremos de los 22 a los 37 grados como sucede en las repentinas y cada vez más frecuentes olas de calor. También empecé a revisar el índice de calidad de aire (AQI, por sus siglas en inglés) después de recibir la visita de una amiga que no podía creer que tuviéramos las ventanas abiertas con un AQI de 196. El aire comienza a ser nocivo a partir de los 51 puntos.

Me acostumbré a que las calles huelan a fogata mientras corro, y a limpiar las cenizas que se acumulan en los marcos de las ventanas. He aceptado con resignación todas las pequeñas modificaciones que han traído los incendios, salvo una: me rehúso a comprar un filtro de aire. Me aferro a creer que es una medida exagerada. Usaré el filtro unos cuantos días y terminará guardado en un cajón, me digo día tras día hace ya dos meses.

Lo mismo pensé cuando el gobernador decretó la cuarentena el 13 de marzo, se acabará pronto. Pero lo único que se acabó fue la comida y el papel higiénico en los supermercados. Llevamos 227 días de una cuarentena que oficialmente no se ha levantado, pero que cada vez permite más restaurantes abiertos y personas haciendo visita en los andenes. Poco a poco, la ciudad comienza a despertarse del sueño profundo que nos robó la primavera y el verano.

Un alivio repugnante

El día que comenzó la cuarentena iba a visitar un centro de detención por tercera vez. En enero comencé a trabajar en el Colaborativo de California de Justicia para Inmigrantes (CCIJ por sus siglas en inglés), una ONG que lucha contra los centros de detención y brinda asistencia legal gratuita a los migrantes detenidos en ese estado.

En cada visita, hacíamos consultas exprés para las personas que no contaban con un abogado de inmigración. Yo ayudaba a los abogados a hacer las preguntas básicas del formulario: ¿De qué país viene? ¿Cuándo entró a Estados Unidos por primera vez? ¿Tiene miedo de regresar a su país? Esta última era la más difícil de todas: el migrante se veía obligado a recordar y a confesar traumas del pasado, y yo sentía un alivio repugnante cada vez que oía la desgracia ajena porque sabía que entre más triste fuera la historia, había más posibilidades de que la persona obtuviera asilo.

Desde que empezó la pandemia solo hablamos con los migrantes por teléfono, y las consultas tienen un propósito distinto. Ahora, la lucha no se trata de ganar casos migratorios, se trata de no perder vidas. La prioridad recae en las preguntas relacionadas con el coronavirus: ¿Le dan suficiente jabón y tapabocas? ¿Ha tenido síntomas? ¿Tiene alguna condición de salud que lo haga más vulnerable al virus? Cada vez que alguien contesta ‘sí’ a la última pregunta vuelvo a sentir el mismo alivio repugnante porque sé que si esa persona se contagia, tiene más posibilidades de que lo liberen gracias a la demanda colectiva Zepeda-Rivas presentada por varios migrantes detenidos en California.

Como quedan pocos en los centros de detención, ya los reconozco por su voz. Me imagino sus caras y me pregunto si ellos también me imaginan, si recrean el espacio en el que estoy. Seguramente oyen los ladridos de Kira, el camión de helados y los ruidos de la construcción de enfrente.

Un día llamó José y me contó que tenía dolor de cabeza y dolor de cuerpo. Al día siguiente me enteré de que tenía COVID. Volvió a llamar la siguiente semana. “José lamento mucho lo del virus”, le dije, pero él me respondió: “No, señorita Laura, yo no creo que tenga COVID”. Los oficiales del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) no le habían dicho que su prueba había salido positiva.

No me corresponde darle esta noticia, pensaba mientras encontraba las palabras apropiadas para dársela. Afortunadamente, José se recuperó, pero otros no han corrido con la misma suerte. De las 21 personas que murieron a manos de ICE (servicio de inmigración) en el año fiscal 2020, 8 tenían coronavirus. Paradójicamente, “gracias” a la pandemia, este ha sido el año en el que menos migrantes han sido arrestados por ICE desde su fundación en 2003.

Foto: Página congresista Adriano Espaillat - Un alivio repugnante siento cuando oigo historias muy tristes, porque entre más tristes más oportunidades hay de que obtengan el asilo.

Correr en llamas

Cuando termino de trabajar salgo a correr por las calles que huelen a fogata. Algunas casas están decoradas con calabazas de Halloween y otras tienen carteles raídos por el sol pegados en sus ventanales que claman justicia para Breonna Taylor y apoyan el movimiento Black Lives Matter.

Mientras corro pienso en el fuego, y en que la tierra no es lo único que se está quemando. “Te he pensado en estos días con nuestras dos casas ardiendo,” me había escrito un amigo colombiano que también vive en California el día después de que no amaneció. Esa madrugada en Bogotá dos policías habían torturado y asesinado a Javier Ordóñez. Luego sabríamos del asesinato de más de 10 personas durante las manifestaciones que surgieron en rechazo al abuso policial.

Pienso en el acto de quemar. Quemar un CAI como símbolo de protesta, quemar una carta de amor como forma de olvido. Quemamos como último recurso, cuando creemos que no queda nada por salvar. Quemamos cuando la última esperanza es reducirlo todo a cenizas. A veces esperamos que de ellas surja un ave fénix. A veces no esperamos nada.

Artículos Relacionados

Dejar un comentario

*Al usar este formulario de comentarios, usted acepta el almacenamiento y manejo de sus datos por este sitio web, según nuestro Aviso de privacidad

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies