Arauca: la guerra y la paz total. | Fundación Razón Pública 2022
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Arauca: la guerra y la paz total

Escrito por Elizabeth Dickinson

La disputa sanguinaria entre el ELN y las FARC es la primera prueba concreta de las posibilidades y las dificultades de la política de “paz total”. ¿Qué está pasando y cuál será el papel del Estado en este conflicto?

Elizabeth Dickinson*

Disidencias vs elenos

Arauca está en plena guerra. Se trata de una pelea sanguinaria entre el ELN y los Frentes 10 y 28 de las disidencias de las FARC, una guerra por el control territorial y social de la zona fronteriza.

Con más de 300 homicidios, el año 2022 se convirtió en el más violento en el departamento desde la firma del acuerdo de paz en 2016. En Arauca, como en muchas otras zonas del país, el anuncio por parte del presidente Petro de una política de la “paz total” reconfiguró el conflicto.

Pero los grupos armados no han visto este momento como una oportunidad para reducir sus acciones criminales. Todo lo contrario, han intentado expandir y consolidar su poder para llegar a la mesa de diálogos con un dominio más significativo frente a los otros grupos. Según ellos, tendrán mayor visibilidad para el gobierno en tanto su presencia se haga más notoria.

Cuando el Estado pidió gestos de buena fe para disminuir los homicidios, la violencia no despareció, sino que se reencarnó de otras maneras nefastas: confinamiento forzoso, restricciones a la movilidad, extorsión, coerción y amenazas. Por ejemplo, el ELN empezó a patrullar e imponer toques de queda, incluso en zonas donde antes raramente se les veía patrullar.

Tensión territorial

“El problema en Arauca nunca ha sido una guerra entre un grupo armado y el Estado, sino entre los grupos”, explica un líder juvenil de Arauquita.

Aunque la ola de violencia más reciente en este departamento arrancó a principios del 2022, esta dinámica no es nueva. Desde los años ochenta, cuando descubrieron las primeras reservas de petróleo en Caño Limón, el ELN y las FARC mantuvieron una presencia más o menos constante en Arauca.

En un principio estas guerrillas se repartieron el departamento, pero esta convivencia se rompió y entre 2005 y 2010 se enfrentaron de forma violenta. Muchos de los habitantes del departamento cuentan que, cuando volvió la violencia hace unos meses, sintieron revivir un trauma que permaneció latente.

Después del acuerdo de La Habana, el ELN se quedó sin rivales que compitieran por el control de Arauca. No obstante, en 2019, las disidencias de las FARC regresaron a los rincones que habían controlado en el pasado.

Por un tiempo los elenos dejaron crecer a las disidencias, quienes llegaron a las comunidades ofreciendo regalos, solucionando problemas entre vecinos y reclutando jóvenes con promesas de salarios, motos y celulares. Fue peor cuando, en la segunda mitad del 2021, las FARC incursionó en territorios donde el ELN ejercía control social y económico. Los guerrilleros de las disidencias empezaron a cobrar vacunas a ganaderos que le pagaban al ELN, e intentaron controlar las economías producto del tráfico fronterizo de ganado y coca, entre otros bienes.

Pero los grupos armados no han visto este momento como una oportunidad para reducir sus acciones criminales. Todo lo contrario, han intentado expandir y consolidar su poder para llegar a la mesa de diálogos con un dominio más significativo frente a los otros grupos.

Según fuentes que tienen contacto con los grupos, cuando las disidencias se dieron cuenta de la furia que despertaron en el ELN, trataron de reparar la relación, pero fue muy tarde. En enero el ELN dio la orden de eliminar “todo lo que huela a FARC”. Esta nueva ola de violencia tuvo un giro espantoso: la guerra se ensañó con la población civil. Alguien podía ser acusado de complicidad simplemente por el lugar donde vivía o por un chisme. Fue extremadamente preocupante la violencia ejercida contra los líderes sociales.

En esta misma línea, las Juntas de Acción Comunal (JAC) fueron objeto de señalamientos particularmente crudos. Esto se debió a que, en los últimos años, los dos grupos armados trataron de controlar las juntas. Fue tanto el miedo que muchos presidentes de las JAC no quisieron tomar posesión de sus cargos por el gran riesgo y la inevitable coerción que implicaría hacerlo.

En este momento, muchos de los líderes araucanos están encerrados en sus casas por miedo. Casi una docena de comunidades están confinadas a la fuerza y es imposible transitar por las zonas rurales después de las 5 de la tarde por orden de los grupos armados.

Juego de poder

La guerra directa entre los dos grupos ha sido cruenta desde comienzos del año. Sin embargo, las disidencias al quedar arrinconadas y muy debilitas tuvieron que retirarse. Para mediados del año nadie pensó que las disidencias volverían a aparecer en Arauca.

Pero a partir de agosto, el Frente 10, con la ayuda del Frente 28 que está basado en Casanare, regresó a Arauca. Las FARC quisieron demostrar que todavía tenían la capacidad de actuar. Por eso salieron de la pequeña zona que controlaban e incursionaron a hacer retenes ilegales, pintar casas, sembrar artefactos explosivos, amenazar o matar en las zonas donde el ELN estuviera más presente.

La respuesta del ELN fue incursionar en territorio de las FARC para imponer controles de movilidad y presionar a la población civil que fue vista como posible colaboradora del enemigo.

En este momento, los habitantes de al menos 11 veredas en Puerto Rondón “están confinados, o más bien secuestrados” explica una dirigente de la zona. Ella cuenta cómo la guerrilla entra a las casas de civiles, incauta sus celulares, y les roban los animales. Según fuentes militares, el propósito es asegurar que Arauca esté “limpia” de opositores en el momento de sentarse a dialogar con el Estado.

En medio de esta pelea, ambos grupos han vuelto a reclutar jóvenes y niños para ampliar su capacidad de acción militar. En Puerto Rondón, pero también en Fortul, Tame y otras zonas rurales, la comunidad denuncia un intenso reclutamiento de menores. Con voz quebrada, una madre soltera dice “uno no sabe qué hacer con los hijos. Si no se les puede conseguir cómo estudiar o trabajar, no son más que carne de cañón para los grupos”.

¿Y dónde está el Estado?

A raíz de la crisis, varias comisiones a del Senado llegaron a Arauca y Saravena esta semana para entrarse de la situación. El Alto Comisionado para la Paz propuso intentar mediaciones entre los grupos armados. Pero hay que tener en cuenta que para muchos araucanos, la reconciliación o el cese al fuego debe ser el primer paso de cualquier “paz total”.

No obstante, una posible mediación del Estado entre las FARC y el ELN en Arauca sería un desafío aún más complejo que las negociones bilaterales. Ambos grupos quieren demostrar que son un actor suficientemente fuerte para estar en la mesa y recibir concesiones significativas por parte del gobierno.

Además, la pelea entre el ELN y las disidencias está ligada a rentas económicas que el Estado no puede reemplazar ni garantizar. Un cese al fuego entre los dos grupos implicaría que ambos tienen que quedar contentos, pero esa idea es altamente improbable.

Con voz quebrada, una madre soltera dice “uno no sabe qué hacer con los hijos. Si no se les puede conseguir cómo estudiar o trabajar, no son más que carne de cañón para los grupos”.

Es un desafío que puede repetirse en muchos frentes del conflicto entre dos o más organizaciones armadas, como en Putumayo, Nariño, Chocó, Cauca, y muchos otros.

Hay que mencionar que Arauca es uno de los departamentos con mayor presencia militar, pero hasta ahora no logra brindar seguridad a la población. Muchas comunidades anhelan una presencia efectiva de la fuerza pública. Por ahora, las autoridades explican que los militares se dedican en gran parte a proteger el oleoducto y la carretera principal.

Foto: Alcaldía de Arauca - Aunque el Gobierno ha anunciado el inicio de los diálogos de paz con el ELN, la violencia en Arauca a causa del enfrentamiento de esta guerrilla con las disidencias de las FARC es alarmante. La población civil se ha visto profundamente afectada.

Por eso las comunidades cuentan que hay pocos controles en las demás vías, que es donde hay más acciones criminales. Para atacar a los grupos, el ejército hace operaciones puntuales y rara vez mantiene una presencia en las zonas rurales.

Sin embargo, un giro en la estrategia no será fácil debido a que los soldados sufren altos costos en secuestros y asesinatos, aunque el giro es totalmente necesario.

El Estado debe ser consciente de que la respuesta a esta crisis no se limita a la seguridad. Hay que resolver los problemas que facilitan el conflicto: la falta de oportunidades y educación para jóvenes, las carreteras en estado deplorable y la poca presencia institucional. Es decir, hay que enfrentar el hambre y el desempleo.

Para finalizar, Arauca es la primera prueba de cómo será en la práctica la búsqueda de una “paz total” que necesita reconciliación entre los grupos armados, y de éstos con el Estado. El temor es que este es el principio de la próxima ola de violencia en el departamento. Por eso mientras el gobierno busca la paz, es posible que el pueblo araucano primero tenga que vivir otra guerra.

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